El tiempo pasa (El fin de amar)


Yuuri caminaba por los pasillos del palacio real del Reino de Cristal, era la primera vez en seis años que visitaba ese lugar; desde que se marchó a desposarse con Víctor no había vuelto a ver a su padre. En sus brazos cargaba una bebé que no superaba los cinco meses desde su nacimiento. La niña dormía en los brazos de su padre apretando con fuerza la camisa suelta que él llevaba puesta, Yuuri la abrazaba con ternura y cada pocos instantes dejaba besos sobre la pelusa clara que adornaba su cabeza, aprovechando para aspirar el aroma a bebé mezclado con el de Víctor que había dejado huellas en su último abrazo. 

Cuando Yuuri llegó junto a la habitación de su padre respiró hondo intentando calmar sus nervios. Víctor había querido estar con él en ese encuentro, pero el omega decidió enfrentar a solas lo que le estaba esperando tras esas puertas, aunque su pequeña Satoko se negó a soltarlo y finalmente tuvo esa pequeña y tranquilizadora compañía. 

Aspiró aire por última vez antes de abrir aquellas puertas de madera oscura que siempre le habían parecido imponentes y frías. Cruzó el portal y entró a la enorme habitación de su padre; los rayos de sol entraban cálidos por las ventanas, pero la frialdad del ambiente calaba los huesos. Miró hacia la cama y ahí se encontró con su padre agonizante, el antiguo y autoritario rey no era más que un hombre anciano que respiraba con dificultad debido a una neumonía que en sus años de juventud hubiese superado sin mayores problemas, pero que ahora le auguraba una muerte próxima. 

—Padre —dijo Yuuri sintiéndose triste por el estado del que, para bien y para mal, siempre había sido su padre. 

—No… no mires con… lastima —pronunció con la voz entrecortada por el esfuerzo, pero con el mismo tono frío y la mirada altiva de siempre—, ¿qué haces aquí? —preguntó—. Cuando encontraste a tu bastardo dijiste… dijiste que no regresarías. 

Le recordó Creonte aquellas agrias cartas que se enviaron en el pasado, Yuuri contándole de su hijo y buscando dejar los odios atrás, Creonte respondiendo que no le interesaba conocer a ese bastardo que debió nacer muerto, Yuuri contestando que pondría un pie en el Reino de Cristal mientras él siguiera vivo. 

—Padre, ha perdido tanto y ni siquiera en estos momentos es capaz de dejar su odio atrás —las lágrimas comenzaron a correr por las mejillas de Yuuri—. Mire, en mis brazos está su nieta más pequeña, afuera está Víctor con nuestros otros hijos ¿no prefiere pasar sus últimos momentos con su familia? Estoy seguro de que Yurio también vendría si usted se disculpara. 

—¿Tú sabes dónde está?

—Siempre lo he sabido, es mi hermano amado y nunca lo dejaría a su suerte. 

—Por eso jamás lo encontré, ustedes han estado protegiendo a ese mocoso ingrato que se convirtió en mi mayor vergüenza… ¡yo no quiero verlo! —Creonte comenzó a toser con fuerza y un silbido agudo se instaló en su pecho cuando intentaba respirar.

Yuuri se preocupó al ver a su padre en ese estado, sirvió un vaso de agua e intentó ayudarlo a sentarse en la cama, queriendo darle de beber mientras maniobraba con dificultad al tener a su hija en sus brazos.

—Aléjate —ordenó Creonte tirando el agua que Yuuri le ofrecía—. No te necesito, no necesito a nadie. 

—Está bien, no molestaré más —dijo Yuuri limpiando las lágrimas de su rostro—. Pero sepa, padre, que lo he perdonado. La vida me ha dado tantas cosas buenas que ya no puedo guardar rencor. Descanse, yo llamaré al médico para que lo atienda. 

Yuuri salió de la habitación y una vez afuera se recargó contra la pared. No podía evitar sentir tristeza por ese hombre que hasta en sus últimos días se negaba a recibir amor. 


En los jardines del palacio se encontraba el resto de la familia real del Reino de Plata. Las hermosas princesas, Anastasia y Alena, se columpiaban suavemente mientras conversaban y reían. Ambas resultaron ser alfas, lo cual fue una sorpresa, especialmente por Anastasia, quien parecía demasiado débil para poseer ese género secundario. No obstante, su salud había mejorado considerablemente después de presentarse como la joven alfa que era. 

De pie cerca de ellas se encontraba Víctor, quién reía al sentir los brazos de su hijo, Luka, aprisionando su pierna. Luka tenía tres años y era todo un pequeño Víctor, de piel blanca y mejillas sonrosadas, cabello plateado y ojos azules. Yukio también se reía mientras miraba a su pequeño hermano queriendo acaparar toda la atención de su padre. 

Yukio era un omega risueño y bastante fuerte, Victor comenzó a enseñarle esgrima desde pequeño y el omega se enorgullecía de lo bien que se le daba el arte de la espada, además, era más flexible y ágil que los alfas con quienes también practicaba. Al igual que su hermano, Alena era una experta esgrimista y a veces practicaban hasta la extenuación, caían juntos al suelo sin poder mover sus músculos, todo por no aceptar las previas derrotas y querer continuar para mostrar superioridad. Ambos eran un par de testarudos y orgullosos príncipes. 

Víctor tomó en sus brazos al pequeño Luka, besaba sus mejillas mientras su hijo reía y tiraba su cabello.

—Eso duele, Luka —se quejaba con pucheros que hacían que la risa del niño fuera aún más escandalosa.

Yuuri observó esa escena al salir del palacio. Sus hijos sonrientes y Víctor junto a ellos.

—Esto se llama felicidad… siento tanto que sea algo que usted no conozca, padre —pronunció Yuuri para sí mismo mientras se acercaba a su familia, aquella que junto a Víctor había construido con amor, honestidad y esfuerzo.


Dos días después Creonte falleció en su cuarto, acompañado por Yuuri, quien no se fue pese a que su padre lo ignoraba. Finalmente, acompañarlo en esos últimos momentos era algo que hacía por su propio bien, por su consciencia. Yuuri tomó la mano del rey y la besó, él lo miró por última vez antes de cerrar sus ojos para no abrirlos más. 

Tras la muerte del rey, a Yuuri le correspondía tomar el gobierno del país. Ya había hablado con Yurio en el pasado y le había asegurado que estaba dispuesto a abdicar en su nombre si él deseaba recuperar su antigua posición, pero Yurio se negó. Como príncipe nunca había sido tan feliz como lo era ahora, se había vuelto hábil sembrando y cosechando la tierra, vendía hortalizas y también productos como leche, mantequilla y queso que elaboraba gracias a unas vacas que poseía. No era algo a gran escala, pero se entretenía y se sentía útil. Alena y Anastasia también parecían divertirse con aquellas cosas, ambas visitaban con bastante frecuencia el pequeño puerto de Argentería, Yukio también acompañaba a sus hermanas; olvidarse de que eran príncipes y simplemente correr por la playa era algo que no tenía precio. 

Yuuri aceptó la corona del Reino de Cristal jurando ser un rey justo y traer prosperidad a su pueblo. Y mientras la corona de cristal era puesta sobre su cabeza, en una playa lejana Yurio camina bajo el sol:

—¡Kohana, no te acerques al mar! —gritó a su hija de cinco años que corría directo al agua. La niña de cabello y ojos oscuros lo miró seria y cruzó sus brazos fastidiada—. No me mires así, sabes que no puedes entrar sola al mar —la reprendió al llegar junto a ella. 

—Ya soy niña grande —dijo desafiante. 

—¡Niña grande! —rio escandaloso—. No eres más que una pequeña enana —le dijo golpeando suavemente la frente de la niña con su dedo índice. 

La niña frunció el entrecejo y Yurio la tomó en sus brazos. Besó sus mejillas sonrosadas y se metió al mar junto a ella, haciéndola reír. 

Y para Yurio, aquella risa fresca en boca de su hija era el sonido de la felicidad. 

FIN

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