El plan (El fin de amar)


Víctor se encontraba en una reunión mientras las niñas y Yukio tomaban clases particulares. La educación de las princesas siempre había sido exigente, y ahora Yukio también debía adaptarse a ella, aunque los profesores habían sido instruidos en darle el tiempo necesario para tomar el ritmo; lamentablemente en el hogar donde vivió todos esos años solo se encargaban de satisfacer sus necesidades básicas, el aprendizaje nunca fue prioridad. 

Yuuri había estado leyendo en la biblioteca, aunque le encantaba la literatura, los libros que leía ahora eran de historia, deseaba empaparse con la historia y la política del Reino de Plata para servir de apoyo a Víctor. Cuándo se cansó del silencio y la luz tenue de la biblioteca, tomó uno de esos libros y se dirigió al jardín, caminaba buscando un sitio donde sentarse a leer cuando la voz de su hermano lo llamó.

—Yuuri —dijo Otabek acercándose al rey.

—Beka, me alegra verte —afirmó sinceramente Yuuri mirando a su hermano. Lamentablemente no había compartido mucho con él desde que arribaron al palacio.

—A mi me alegra encontrarte a solas, no había querido acercarme a ti teniendo a la reina madre tan cerca, ella no está satisfecha con mi presencia. 

—Lo he notado —respondió Yuuri suspirando—, ella no te ve con buenos ojos. 

—Y yo la entiendo —la mirada de Otabek se perdió en el pasado por algunos instantes—. De todos modos, deseaba felicitarte por la boda. Tú y el rey Víctor son personas que merecen ser felices. 

—Y lo seremos, Beka —Yuuri sonrió y no pudo evitar abrazar a su hermano. Otabek respondió al abrazo y se quedaron así hasta que Yuuri sintió a Víctor acercándose, se separó de su hermano y sus ojos se cruzaron con los del rey.

—Buenos días, majestad —saludó Otabek cuando el rey finalmente llegó junto a ellos.

—Bueno días, Otabek —respondió Víctor mirando al alfa, luego sus ojos se posaron en Yuuri. 

—¿Ha ido bien la reunión? —preguntó el omega tomando las manos de su esposo. 

—Sí, no hay grandes novedades en el reino —contestó para luego abrazar a Yuuri y besar su frente. 

Intercambiaron algunas palabras más y luego Otabek se retiró. 

—¿Ocurre algo, amor? —preguntó Yuuri al quedarse a solas con Víctor, había notado que el rey estaba más serio de lo normal. 

—He notado que tú y Otabek tienen una cercanía especial, ¿hay algo que deba saber al respecto, Yuuri? —Víctor clavó sus ojos azules en los iris marrones de su esposo.

—Sí, hay algo que debes saber, mi amor —dijo Yuuri acariciando el rostro del rey—. Hace tiempo que deseo contártelo, no sé porqué no lo he hecho, tal vez simplemente no vi la oportunidad de hacerlo. 

—Entonces… 

—La historia de mi madre es similar a la de Yulia, aunque ella no tuvo la suerte de tener un esposo bueno como tú —comenzó a relatar Yuuri sin apartar la mirada de Víctor—. Cuando Yulia era una niña, mi madre conoció al padre de Otabek, Eneas Altin, él era el encargado de su seguridad. Ellos se enamoraron, y yo soy fruto de ese amor. —Yuuri guardó silencio unos momentos y luego continúo—. Eneas era un hombre bueno, realmente yo podía enorgullecerme de llamarlo padre aunque fuera un secreto. Cuando murió, mamá sufrió mucho. Solo volvió a sonreír cuando se embarazó nuevamente, Yurio fue como la última luz en su vida —sonrió nostálgico—. Creonte nunca supo que madre lo engañó… si se hubiese enterado no sé qué habría sido de ella, y de mí. 

Yuuri guardó silencio esperando la respuesta de su esposo. Víctor lo envolvió en un abrazo y repartió besos en su cabello.

—Siempre pensé que Creonte no merecía ser tu padre —dijo después de imaginar escenarios en los que se enteraba de la infidelidad de su esposa—. Realmente me alegra que tengas buenos recuerdos de un mejor hombre que puedas llamar así. 

—Otabek es mi hermano y yo…

—Siempre supiste lo que ocurrió con Yulia. 

—Me lo contó cuando regresó al Reino de Cristal. Víctor, sé que fuiste el más perjudicado en todo eso, pero él también sufrió.

—Y Yulia… lo sé, todos tuvimos nuestra parte de sufrimiento. Pero de eso ya ha pasado mucho tiempo. Ahora yo soy feliz junto a ti, y realmente no deseo más sufrimiento para nadie. 

—De todos modos tengo miedo por mis hermanos. Ellos están enamorados y eso no es algo que mi padre vaya a aceptar. 

—Estaremos aquí cuando ellos nos necesiten. 

Yuuri sonrió y dejó descansar su cabeza en el pecho de Víctor mientras su esposo lo abrazaba con fuerza, a lo lejos, Otabek los miraba con una leve, pero sincera, sonrisa.


Cuando Otabek recibió una carta enviada por Yuko, supo que algo no andaba bien en el Reino de Cristal. Al abrirla y notar quien la escribía lo confirmó. No tenía más alternativa que solicitar la ayuda de su hermano, y del propio Víctor para lo que Yurio le había informado que haría. 

Era ya tarde cuando Otabek se presentó en un pequeño salón del segundo piso donde los reyes y sus hijos solían estar antes de ir a la cama. Yuuri estaba sentado sobre una alfombra leyendo un cuento para Alena y Yukio, quienes estaban recostados y reposaban sus cabezas sobre las piernas del omega. Víctor en cambio jugaba ajedrez con Anastasia mientras oían la melodiosa voz de Yuuri leyendo.

—Hola, Otabek —saludó Anastasia al notar la presencia del alfa.

—Buenas noches —saludó el alfa llamando la atención de los demás. 

—Siéntate con nosotros —dijo Víctor—, Yuuri está por terminar de leer un cuento. 

Otabek asintió y se sentó cerca de Yuuri, Alena aprovechó para acercarse a él y sentarse en sus piernas. Altin se sorprendió por aquella muestra de cercanía, pero se alegró de que la princesa tuviera esos gestos con él. Pocos minutos después Yuuri efectivamente terminó de leer la historia infantil, entonces Víctor miró el reloj.

—Niños, ya es hora de que vayan a dormir —dijo sin dar pie a réplica—, despidanse y vayan a sus cuartos. 

—Mañana podrías venir más temprano, me gustaría que jugaramos a algo todos juntos —dijo Alena mirando los ojos oscuros de Otabek. Él asintió y ella sonrió para luego ir a despedirse de Yuuri y Víctor. 

Yukio abrazó a Yuuri y le pidió que fuera darle un beso antes de irse a dormir, con esa promesa se despidió de los demás. Anastasia también se despidió de todos antes de marcharse junto a sus hermanos. 

—¿Has venido por alguna cosa en particular? —preguntó Víctor cuando los tres adultos se quedaron a solas. 

—Sí, majestad —respondió Otabek extendiendo la carta de Yurio—. Recibí esta carta del príncipe Yurio y necesito solicitar su permiso para llevar a cabo el plan que él propone. 

Los reyes leyeron la carta de Yurio y se miraron comprendiendo que había llegado la hora de que el menor de los príncipes se viera libre de las intenciones del rey Creonte.

—Está bien —dijo Víctor mirando a Otabek—, cumple con la petición del príncipe Yurio. 


La carta que envió Yurio explicaba brevemente lo que su padre pensaba hacer, comentaba también que se había mostrado dispuesto a obedecer para que el rey no sospechara de sus verdaderas intenciones. La petición que le había hecho era que lo esperara en la frontera de ambos reinos, indicaba el día, la hora y el punto exacto en el que debían encontrarse. Otabek simplemente tenía que pedir autorización a los reyes para ir por él y llevarlo en secreto al palacio. El plan del menor era hacer desaparecer para siempre al príncipe Yurio; adoptar otro nombre y vivir una sencilla vida lejos de su padre.

A Yurio jamás le agradó la vida de palacio, fingir cordialidad y buenos modales con personas igual de hipócritas que su propio padre era algo que le costaba soportar. Su naturaleza era libre y deseaba poder vestir ropas sencillas, correr sin preocupaciones, nadar desnudo en el río, echarse sobre el pasto a recibir los rayos del sol o contar estrellas. Ese era su deseo y ese era el momento de hacerlo realidad; su hermano estaba casado con el hombre que amaba y Otabek ahora servía en el Reino de Plata. Ya no tenía nada que lo atara a ese lúgubre lugar. 

El día anterior a aquel que marcaba su encuentro con Otabek en la frontera, Yurio se despidió temprano de su padre, le mintió diciendo que algo en la comida le había sentado mal y que prefería reposar temprano. No obstante, en cuanto se sintió seguro para hacerlo, Yurio se escapó como tantas veces antes lo había hecho para encontrarse con Otabek, utilizando esa vieja ruta de escape que aún quedaba libre cada noche. El príncipe salió con ligereza del palacio y se encontró con Yuko en la laguna ubicada en el bosque colindante, la mujer lo llevó a la casa que había sido de sus padres y que ella aún conservaba para visitar en sus días libres. 

Yuko tinturó el cabello de Yurio, su melena rubia se convirtió en una azabache. Luego lo ayudó a retirar sus prendas elegantes y le dio ropa sencilla, la que usaría cualquier jovencito del pueblo.

—Yuko ¿quieres huir conmigo? —preguntó Yurio una vez listo mirando su nueva apariencia—, si te quedas aquí el rey puede sospechar de ti. Allá puedes quedarte al servicio de Yuuri.

—Es una oferta tentadora, sin ustedes en el palacio estar ahí será insoportable. 

—Entonces, ¿vienes?

—Sería poético que dijeran que el príncipe omega huyó con la sirvienta beta. Un amor prohibido por las clases sociales y el género secundario. 

—Una gran historia. 

—Entonces, acepto. Yo tampoco tengo nada por lo que seguir aquí. 

Resguardados por el manto nocturno ambos montaron un caballo que Yuko había comprado días antes y cabalgaron rumbo al lugar que les deparaba un nuevo futuro. 

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