Interludios (El fin de amar)


Yurio aún no sabía cómo sentirse con respecto a la confesión que le hizo Otabek. Sabía que era estúpido, pero sentía celos, después de todo siempre fue comparado con ella “parecen dos gotas de agua” o “es tan hermoso como su hermana mayor”, eran frases que frecuentemente le dirigían. Y ahora tenía terror de que en el fondo Otabek lo viera como un reflejo de Yulia: un simple reemplazo para la omega que amó. 

«No pienses esas cosas, yo te veo a ti»

Le había asegurado Otabek abrazándolo con fuerza.

«Ambos son personas muy distintas»

Había dicho con una sonrisa ladina el moreno, refiriéndose al carácter tan disímil que ambos tenían. Ella dócil y delicada como las flores del cerezo que florecen hermosas y fugaces. Él decidido y orgulloso como las flores del ciruelo que florecen aún en invierno, como un soplo de primavera que viene a erguirse aún en medio del frío. 

«Yo te amo, Yurio»

Y Yurio también lo amaba, pero necesitaba alejarse para reflexionar sobre el tema. Y aunque Otabek no quisiera, comprendía que debía darle ese espacio. 


Yuuri, Víctor y las pequeñas princesas estaban en los jardines del palacio. Anastasia se encontraba mejor y se columpiaba junto a su hermana mientras el rey y el príncipe estaban sentados bajo un frondoso árbol que los protegía de los rayos del sol. 

—Me alegra que Anastasia ya se encuentre mejor —dijo Yuuri mirando a las niñas con una sonrisa. 

—Me duele tanto cada vez que tiene una crisis. Pero cada vez hay mayor distancia entre ellas, confío en que su salud mejore.

—La salud de Yulia mejoró en la adolescencia, seguro que la de Anastasia también —sonrió confiado. 

Víctor también sonrió mientras miraba a sus hijas, las amaba y deseaba su bienestar por sobre cualquier cosa. Luego miró a Yuuri y quedó embelesado con la sonrisa dulce y la mirada sincera que el omega le dirigía, realmente se maravilló de que aún pudiera tener aquella cálida expresión después de haber sido separado de su bebé de un modo tan horrible. 

«Haré lo que sea por encontrar a tu hijo, Yuuri»

Se juró a sí mismo el Rey de Plata. Deseando poner en el rostro de Yuuri una sonrisa aún más espléndida que aquella que le regalaba. Y Víctor se sorprendió a sí mismo por aquellos deseos que estaba empezando a comprender, y la necesidad de extender su estadía en el reino de Cristal se instaló vehemente en su corazón. 


Tres días pasaron y una hermosa mujer pelirroja llegó en un espléndido caballo blanco. Mostrar el estandarte del reino de plata y una carta de Víctor solicitando su presencia fue suficiente para que la dejaran entrar al palacio. El rey de Plata la atendió en una cómoda estancia que el Rey Creonte le había cedido para que se ocupara de sus asuntos. 

—Me ha tomado por sorpresa su petición, majestad, pero he venido en cuanto recibí su orden —dijo solemne la mujer. 

—Agradezco que hayas venido tan pronto. ¿Cómo están las cosas en el reino? —contestó Víctor.

—Muy bien mi señor, la reina madre no tiene dificultades para manejar la corte.

—Mi madre es terrible, supongo que muchos te suplicaron que me llevaras de regreso —rio.

—No puedo negárselo —contestó con una sonrisa traviesa. 

—Para ser sincero, tengo razones para extender aún más mi visita. 

—¿Razones?

—La principal se llama Yuuri —respondió con una sonrisa sincera—. Mila, necesito que encuentres a una persona, un niño o tal vez una niña. 

—¿Que encuentre a un niño? —preguntó sorprendida.

—Lo que te contaré es confidencial, te prohibo repetirlo —advirtió.

—Como ordene, majestad —contestó con seriedad. 


—La luna luce preciosa —dijo Yuuri alzando su mano hacia el cielo nocturno. 

—No más que tú —contestó Víctor haciéndolo sonrojar. Ambos habían tomado la costumbre de dar largos paseos nocturnos aprovechando el cálido clima. 

—Eres un zalamero —respondió Yuuri.

—Claro que no, sólo digo la verdad. Eres hermoso, mucho más que la luna o el cielo. 

Yuuri bajó la vista, el rubor había cubierto hasta sus orejas. Víctor se acercó a él y puso sus manos sobre los hombros del omega.

—Yuuri —le dijo—, creo que no es un secreto para nadie lo mucho que me gustas. 

El príncipe levantó su rostro, sus ojos brillaron con ilusión. Pero luego recordó a su padre y dejó ver el miedo en sus preciosas orbes castañas.

—No te preocupes por tu padre, Yuuri —se adelantó Víctor al adivinar las preocupaciones del menor—, permíteme hablar con él, estoy seguro de que no podrá negarse a una propuesta formal de matrimonio. 

—Matrimonio… —susurró Yuuri. 

—Lo siento, soy algo torpe. —Víctor se inclinó ante Yuuri, tomó su mano y lo miró a los ojos—. Sé que no es mucho el tiempo que hemos pasado juntos, pero ha sido suficiente para desear multiplicarlo. Mi mayor deseo es hacerte el omega más feliz sobre la tierra, y si me permitieras intentarlo yo mismo sería el alfa más afortunado del universo. Yuuri, ¿quieres ser mi esposo? 

Víctor selló su propuesta con un suave beso en el dorso de la mano del omega, Yuuri se estremeció ante el contacto. Sus ojos brillaban y cálidas lágrimas bañaron sus mejillas mientras una sonrisa se formaba en su rostro.

—Sí, yo… yo acepto —respondió con la voz entrecortada por la emoción. 

Víctor se puso de pie y lo estrechó entre sus brazos, lo levantó alegre y luego, mirándolo a los ojos comenzó a acercar sus bocas, Yuuri arrulló el rostro del alfa entre sus manos y se dejó guiar hasta que sus labios se encontraron y se unieron en un beso amoroso, dulce e íntimo. Que fue seguido de otros más, todos ellos acompañados de promesas, risas y caricias.

El corazón de Víctor se sentía feliz. El corazón de Yuuri latía con alegría, agradeció a la vida haber puesto a Víctor en su camino, sin embargo, en el fondo de su corazón había una tristeza insondable que el omega creía que jamás podría sanar. 


Otabek estaba a punto de ir a dormir. Sólo vestía un pantalón holgado, dejando la piel morena de su musculoso torso al descubierto. Bebía un vaso de agua en la cocina cuando unos golpes en su puerta llamaron su atención. 

Se acercó a la puerta preocupado, nadie lo importunaba a tan altas horas de la noche a menos de que hubiese alguna emergencia. Abrió la puerta esperando encontrarse con alguno de sus soldados, pero quien estaba al otro lado era el príncipe Yurio.

—Yura —dijo sin poder ocultar su sorpresa.

—Beka —respondió el joven príncipe arrojándose a sus brazos—, te he extrañado tanto —confesó aspirando el aroma masculino del moreno. 

—Yura —pronunció despacio, saboreando cada letra mientras envolvía el cuerpo delgado del omega en un abrazo cálido y entrañable—, también te extrañé. Te extrañé mucho. 

Un beso selló aquel reencuentro que se extendió hasta la madrugada. 

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