El Reino de Plata (El fin de amar)


Víctor entró al cuarto de su madre preocupado. Lo primero que escuchó al entrar al palacio fue que la reina había estado guardando reposo por varios días debido a una fuerte bronquitis. 

—Madre… —pronunció acercándose a ella cuando la vio reposando en su cama. Víctor llegó a su lado y se sentó en la orilla de la cama, muy cerca de ella.

—Te he extrañado, Víctor —dijo la reina acariciando el cabello de su hijo.

—¿Cómo se siente, Madre? —preguntó el rey mirando el rostro de la mujer que era tan parecida a él, los mismos ojos azules, grandes y comunicativos, el mismo cabello, como finos hilos de plata, pero con el rostro surcado por el paso del tiempo y una expresión más reposada, aunque sin perder la altivez digna de una reina. 

—Estoy mejor, no fue nada serio y con el reposo suficiente estaré bien. 

—Me alegra oírlo —Víctor esbozó una sonrisa y su expresión mutó a una más relajada al ver que su madre estaba mejor de lo que había supuesto en un principio—. Me alegra verla madre.

—Yo tenía la impresión de que estabas muy entretenido en el reino de Cristal —asestó la reina mirándolo fijamente. Víctor abrió los ojos ante el reclamo que la reina no se molestaba en ocultar tras sus palabras—. No me agrada tu compromiso, no con un hermano de esa mujer —puntualizó. 

—Madre, por favor no juzgue a Yuuri por los errores que cometimos Yulia y yo —pidió mirándola a los ojos con la súplica impregnada en sus ópalos azules. 

—Víctor —dijo la reina acariciando el rostro de su hijo—, ¿por qué te comprometiste? Cuando viajaste hablamos sobre esa posibilidad, después de todo nos esperábamos que el rey Creonte te ofreciera la mano de alguno de sus hijos, pero tú me aseguraste que no aceptarías esa oferta. 

—No fue el rey Creonte quien me ofreció la mano de Yuuri —respondió Víctor tomando las manos de su madre mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro—, yo fui quien le pido a Yuuri que aceptara ser mi esposo. 

—¿Tú?

—Yuuri me encanta —dijo mientras el sonrojo llenaba su rostro—. Madre, yo estoy enamorado de Yuuri y le ruego que lo reciba sin prejuicios, él no se merecería un trato frío de su parte, conózcalo, le aseguro que también lo amará. 

La reina pestañeó sorprendida, pero la sinceridad que había en los ojos de Víctor la hizo sonreír. 

—Está bien, pero quiero que me cuentes todo lo que sucedió en el reino de Cristal. También quiero saber por qué mandaste llamar a Mila y qué tarea le encomendaste. 

Víctor asintió y fue honesto con su madre; no valía la pena ocultarle cosas y si pretendía encontrar al hijo de Yuuri su madre tenía que aceptarlo también. La reina escuchó todo con atención y sin intervenir hasta que Víctor terminó con su relato, el rey observó el semblante serio de la reina madre, intentando descubrir en su expresión aquello que la mujer pensaba al respecto, pero su expresión era demasiado hermética para averiguarlo. 

—Si encuentras al niño, ¿qué lugar le darás dentro de nuestra familia? —preguntó la reina. 

—Lo adoptaré, será mi hijo también. 

—Estás criando a dos niñas que no llevan tu sangre y ahora piensas adoptar al hijo del príncipe Yuuri, ¿qué clase de rey eres?

Víctor bajó la vista sin responder a la pregunta de su madre, sintiendo que ella se decepcionaba de él por sus decisiones. Pero después de unos cortos segundos sintió los brazos de la reina rodeándolo con afecto. 

—Eres un rey que jamás se ha olvidado de su humanidad, hijo. 

—Madre —pronunció Víctor abrazándose a ella. 

—Estoy orgullosa de ti, pero tengo miedo de que sufras otra vez. 

—Eso no pasará, no soy el mismo de hace 10 años. Tanto Yuuri como yo tomamos esta decisión porque confiamos en nuestros sentimientos y estamos dispuestos a ser felices juntos. Por favor, madre, crea en nuestra decisión. 

—Confío en ti —respondió ella rompiendo el abrazo para mirarlo a los ojos—. Admito que admiro la honestidad que el príncipe Yuuri tuvo al contarte sobre su hijo, me causa simpatía su actitud, así como me causa escalofríos la actitud del rey Creonte, es un hombre detestable. 

—Solo quiero que el tiempo transcurra de prisa para tener a Yuuri junto a mí, quiero apartarlo del hombre que le causó tanto sufrimiento. Ese hombre no merece ser su padre. 


Dos semanas después de que Víctor volviera al reino de Cristal, Jean también se marchó. Creonte había quedado encantado por la actitud de Yurio con el alfa de piel bronceada y pensó que Yuuri se había convencido del interés de Yurio por Jean, sobre todo porque el príncipe de cabellos rubios había dicho que mantendrían correspondencia. Sin embargo, Yuuri no imaginó nada de eso, él sabía de los sentimientos de su hermano menor por Otabek y simplemente se alegró de que su hermano hiciera amistad con uno de sus primos. 

Jean, por su parte, había descubierto la estrategia de Yurio y le siguió el juego. Le gustaba molestar a su primo y hacer aseveraciones comprometedoras cuando estaban con su padre. Pero en realidad, Jean tenía sus ojos puestos en otra persona, una hermosa beta de nombre Isabella. Antes de irse Yurio le agradeció que se prestara para el juego y le pidió que no revelara su naciente relación con esa mujer hasta después de que Yuuri saliera del Reino de Cristal, él aceptó dispuesto a colaborar con el plan del menor de los príncipes. 

Pocos días después, Mila conocía a un pequeño niño de cabello negro y  ojos marrones. Vivía en un orfanato al sur del Reino de Cristal. La mujer alfa había estado investigando con las parteras que vivían en la capital, entre ellas se corría el rumor de una mujer ya mayor que después de ir al palacio se fue a vivir a otra ciudad; todas pensaban que se había hecho cargo de algún hijo bastardo del rey con algún omega del servicio. La pelirroja logró dar con el paradero de la mujer, un buen saco de monedas de oro fue el pase para llegar al orfanato donde ahora se encontraba. 

Y ahora estaba frente al niño que aparentaba unos diez años, preguntándose cómo acercarse a él para que confiara en ella. El niño la miraba con timidez, y aunque ya la habían autorizado a llevárselo, siempre era bueno tener una boca menos que alimentar, Mila quería que el niño no se viera forzado a acompañarla. 

—Hola, yo soy Mila y estoy encantada de conocerte —le dijo sonriendo mientras se inclinaba a su altura y le acariciaba el cabello. 

—M-me dijeron que me llevaría de aquí —respondió el niño jugando con sus dedos— ¿quiere ser mi mamá? —preguntó dejando ver la ilusión que eso le causaba. Mila sintió que su corazón se estrujaba al percibir el anhelo que el niño tenía de encontrar una familia. 

—He venido a buscarte porque hay un hombre muy bueno que quiere ser tu padre y darte una familia. Tendrás padres, hermanas e incluso una abuela —le sonrió acariciando su mejilla—. ¿Quieres ir conmigo a conocer esa familia? 

Los expresivos ojos del niño se clavaron en la mirada azul de Mila. Su pequeño corazón latía con fuerza ante la expectativa de ser adoptado, tenía miedo, miedo de no ser del agrado de las personas que lo acogerían, miedo de ser nuevamente abandonado. Pero quería aferrarse al deseo de ser amado por esos padres que esperaban por él. 

—Sí —respondió esperanzado—, quiero ir con usted. 

—Me alegra mucho —dijo Mila abrazándolo con entusiasmo—, te prometo que serás un niño muy amado. 

Y el pequeño se aferró a las ropas de Mila, queriendo aferrarse también a aquella promesa que la pelirroja le hacía. 


Cuando Víctor recibió la carta de Mila, informando que iba camino al palacio con el pequeño hijo de Yuuri, su corazón saltó de felicidad. Realmente sintió una alegría que embargaba su pecho al saber que podría darle esa sorpresa a Yuuri, que cuando su hermoso príncipe llegara a su lado también se encontraría con el hijo que creía perdido para siempre. 

Lo primero que hizo Víctor fue ir a hablar con sus hijas, las llevó a su habitación y se sentaron los tres en la cama grande y cómoda del monarca. Víctor entonces las miró y les dijo.

—Hijas, les contaré un secreto.

—¿Un secreto? —preguntó Alena con brillo en sus ojos, mostrando abiertamente su curiosidad.

—Sí, es un secreto y una sorpresa que le daremos a Yuuri —respondió Víctor sonriendo. Las niñas asintieron—. Hace mucho tiempo Yuuri tuvo un hijo. 

—¿Un hijo? —preguntó Alena—, ¿por qué no lo vimos? —cuestionó confusa.

—Cuando su hijo nació… —Víctor miró a las niñas—, ocurrió algo muy malo y se perdió. Yuuri estaba muy triste por no tener a su hijo y por eso le pedí a Mila que lo buscara, ustedes saben que Mila es genial, ¡tan genial que lo encontró!

Anastasia y Alena sonrieron.

—¡Ahora Yuuri estará siempre feliz! —exclamó Alena. 

—¡Será una gran sorpresa! —secundó Anastasia agarrando las manos de su hermana.

—Mila me ha escrito y dice que en dos días llega junto al niño, lo adoptaré y será parte de nuestra familia.

—Un hermano —afirmó Anastasia. 

—Así es, seremos una gran familia. La abuela también está de acuerdo —dijo el rey.

—Y después seremos más —Anastasia sonrió—, Yuuri tendrá más bebés. 

—Sí, quiero tener hijos con Yuuri —respondió Víctor con una sonrisa cálida y soñadora. 

—Tendrás hijos verdaderos —dijo Alena bajando la vista mientras sus manos apretaban la tela de su vestido. 

—Alena —pronunció Víctor tomando el rostro de su hija entre sus manos y obligándola a mirarlo—, yo no tengo hijas falsas. Yo elegí ser su padre y las amo más que a nada, ahora también escojo ser un padre para el hijo de Yuuri y lo amaré como tal. Si en el futuro tengo más hijos serán sus hermanos y los amaré también. Pero ustedes siempre serán mis primeras hijas y las que me enseñaron a ser padre, eso jamás cambiará. 

Alena y Anastasia se lanzaron a los brazos de Víctor que las recibió como siempre, con el amor sincero de un padre. 


Dos días después, Mila caminaba por los pasillos del palacio llevando de la mano al pequeño hijo de Yuuri. El niño miraba con sorpresa todo a su alrededor, se sentía nervioso y un poco intimidado ante tanto lujo, Mila en cambio caminaba con seguridad y era saludada con respeto. Al llegar a una puerta de madera pintada de blanco Mila miró al pequeño.

—Ahora conocerás a la persona que te adoptará —le dijo acariciando su cabello negro, viendo como los ojos del niño temblaban con miedo—. Tranquilo, él es una buena persona y tú un niño muy dulce, estoy segura de que se llevarán bien —sonrió con confianza, el niño asintió. 

Cuando les fue otorgado el permiso para entrar Mila, sosteniendo la mano del niño, entró sonriente al despacho del rey.

—Majestad —dijo ella al ver a Víctor esperándolos con una sonrisa—, él es Yukio. 

Víctor lo miró y amplió su sonrisa, sin lugar a dudas el pequeño era el hijo del príncipe, era como había imaginado a Yuuri de niño, la misma mirada dulce a través de esos ojos castaños. 

—Buenos días —saludó Yukio jugando con sus manos, sin saber qué hacer o cómo comportarse.

—No sabes lo feliz que me hace conocerte —dijo Víctor caminando para acercarse al niño, inclinándose a su altura y acariciando su cabello, evocando la imagen de su príncipe, imaginando la felicidad que le daría. 

El niño lo miró confundido y Mila se retiró para dejarlos a solas. Víctor se levantó y tomó la mano de Yukio, lo acercó a los sillones cerca de la ventana y se sentó junto a él.

—¿Sabes quien soy? —preguntó Víctor.

—Mila solo me dijo que deseaba adoptarme, pero le dijo majestad, ¿es cierto eso? ¿Usted es un rey? —interrogó con la mirada. 

—Soy un rey y tú un príncipe —sonrió—. En tres días llega a casa mi prometido, nosotros te daremos una familia. Tendrás dos lindas hermanas, mis hijas Anastasia y Alena, también una abuela, mi madre. 

Yukio no entendía la razón por la que un rey querría adoptarlo, y Víctor prefería que el mismo Yuuri le contara la razón después de conocerlo. Veía la duda en la mirada del niño, pero la timidez le impedía seguir haciendo cuestionamientos al respecto. Después de pocos minutos la puerta fue nuevamente abierta, esta vez la reina madre entraba junto a sus nietas, las niñas soltaron la mano de su abuela y Alena corrió arrastrando a su hermana, ambas alegres y deseando dar la bienvenida a su nuevo hermano. Víctor rió por la expresión de desconcierto que puso Yukio.

—Tus hermanas estaban ansiosas por conocerte —le dijo acariciando el cabello negro. 

Las niñas, especialmente Alena, le daban muestras de afecto y le hacían preguntas. 

—Niñas, no intimiden a su hermano —la voz de la reina se escuchó suave—, recuerden que todo esto es nuevo para él. —Yukio miró a la reina y sonrió al ver esos bonitos ojos azules mirándole sonrientes. 

La calidez comenzó a correr con fuerza dentro del cuerpo del pequeño. La esperanza de ser amado por una familia se encendió. 

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