Verdad revelada (El fin de amar)


—Yuuri, te amo. 

—Yo también te amo.

—¿Estás seguro de esto?

—Confío en ti. Huiré contigo, iré donde me lleves. 

—Mi hermoso príncipe, mi perfumado lirio. Estaremos siempre juntos. 

Los amantes se besaron resguardados por la oscuridad de la noche, y la luna fue la única testigo de la mutua entrega de sus cuerpos. 


Yuuri arrojó el peine que tenía en sus manos y salió hecho un vendaval de su habitación. Necesitaba alejarse de ese lugar, de ese hombre que años atrás lo destrozó.

Yuuri bajó las escaleras y salió al jardín ante la mirada preocupada de los sirvientes con los que se encontraba. No obstante los ignoró y decidió escaparse nuevamente por aquel trayecto que Otabek había dejado libre de vigilancia. Estaba tan ensimismado que no notó que estaba siendo seguido. 

Se internó en el bosque que limitaba con el palacio y caminó nuevamente hasta llegar a ese lago de aguas tranquilas que durante el día reflejaban el color de los árboles que lo rodeaban. Se sentó y dejó escapar un grito adolorido, seguido por infinitas lágrimas que bañaron rápidamente su rostro. 

Dolía, su corazón dolía desde hacía tantos años. La herida no cicatrizaba, y jamás lo haría. 

De pronto, un suave aroma lo envolvió y lo acarició. Un aroma a sándalo y cedro. Masculino, fresco y cálido. Yuuri levantó la vista y su mirada se encontró con unos preocupados ojos azul cielo que lo miraban con ternura. 

—Víctor —pronunció aún entre sollozos. 

—¿Puedo sentarme a tu lado? —preguntó, el omega asintió—. Siento si estoy siendo entrometido, pero me preocupó mucho como te veías y decidí seguirte. 

—Lo siento —dijo Yuuri intentando secar su rostro con sus manos—, no debería comportarme así —las lágrimas no paraban. 

—No tienes que disculparte —dijo Víctor tomando las manos del omega—, está bien llorar si te sientes mal. Pero me gustaría mucho saber si puedo ayudarte. 

—Agradezco mucho que te preocupes, es… mi padre, lamentablemente Yurio y yo sólo somos piezas en su tablero de ajedrez. 

—¿Estás seguro que sólo es eso? —preguntó Víctor mirándolo fijamente a los ojos, levantando con sus manos el rostro de Yuuri para que esos bonitos iris marrones no le fueran ocultados—. Sé que lo que dices de tu padre puede haberte herido, pero tengo la sensación de que llorabas por algo más profundo.

—Yo… yo… —Yuuri comenzó a jugar con sus dedos, sus ojos se movían rápidamente, y las lágrimas caían con mayor fuerza.

—Lo siento, Yuuri. No quiero forzarte a que me cuentes lo que te ocurre, no tengo ningún derecho a preguntar. 

Víctor soltó las mejillas de Yuuri y luego secó sus lágrimas con delicadeza. 

—Yuuri, me gustas. Creo que podríamos intentar conocernos más y quizá…

—También… también me gustas —confesó ruborizándose con violencia—, por eso, lo mejor es que te cuente.

—No es necesario, puedes contármelo más adelante. 

—No. Sí es necesario, Víctor. Lo que te contaré puede hacer que me desprecies, por eso es mejor que lo sepas ahora y no cuando hayan sentimientos involucrados y sea más doloroso —se sonrojó aún más—, yo no quisiera mentirte al respecto. 

Víctor miró fijamente a Yuuri. Realmente no creía que existiera algo que pudiera hacer que sintiera desprecio por ese precioso omega. Era tan dulce y tan puro. La noche anterior se había divertido como nunca conversando con él, porque era tímido, pero inteligente y gracioso.

—Entonces te escucho, Yuuri. 

—Yo, hace años atrás, me enamoré perdidamente de un alfa. Él no era de la nobleza ni tenía riqueza de ningún tipo por lo que nuestro amor parecía imposible. Sin embargo, comenzamos a vernos en secreto. Él y yo planeabamos huir, pero mi padre nos descubrió. Él me abandonó para poder escapar. Y yo fui castigado severamente por mi padre —Yuuri cubrió su rostro, el llanto le imposibilitaba seguir hablando. 

Víctor lo abrazó y lo envolvió en su aroma mientras acariciaba su cabello negro con delicadeza. 

—Mi padre me encerró en los calabozos. Poco tiempo después descubrí que estaba embarazado, tenía miedo y lo oculté todo el tiempo que pude. Pero obviamente terminaron por descubrirlo —Yuuri se aferró a la camisa de Víctor—, mi padre llevó a una mujer, quería que me hiciera abortar, pero ella le dijo que ya no podía hacerse, tenía demasiado tiempo de embarazo y mi vida correría peligro. 

Víctor abrazó más fuerte a Yuuri y siguió acariciándolo mientras escuchaba. Yuuri dejó descansar su rostro sobre el hombro de Víctor. Mojándolo con sus lágrimas. 

—Estuve todo el embarazo encerrado en ese calabozo, si no fuera por el bebé que esperaba me habría vuelto loco. Ese bebé fue mi fuerza, pero cuando nació ni siquiera me dejaron verlo, ni siquiera supe si era un niño o una niña. ¡Yo no sé qué hicieron con mi bebé! Después de su nacimiento mi padre me sacó del calabozo y me encerró en mi habitación, decía que había pescado una enfermedad extraña en el supuesto viaje que estaba haciendo. Al principio, sólo gente de su confianza podía verme, después comenzó a atenderme Yuko, ella aún trabaja en el palacio como parte del servicio, fue tan buena y maternal que sus cuidados me trajeron nuevamente. Yo por momentos pensé que moriría de tristeza. Yurio era muy pequeño en esos momentos y Yulia estaba ya casada contigo. Me sentía tan solo y miserable. Aún a veces me siento así. 

Yuuri se separó de Víctor y lo miró a los ojos. Y en esas hermosas lagunas sólo pudo encontrar ternura. 

—Yuuri —le dijo Víctor acunando su rostro—, eres una persona muy fuerte para estar aquí conmigo después de la experiencia que me has contado. Lo que hizo tu padre es terrible y tú mereces toda mi admiración y respeto. 

—Víctor —Yuuri abrazó al alfa y siguió llorando—, mi hijo, no sé qué pasó con mi hijo. Quiero a mi hijo Víctor, quiero a mi hijo. 


Estaban tan concentrados en su abrazo que no se dieron cuenta que eran observados. Yurio tenía sus manos sobre la boca intentando no emitir ningún ruido, mientras hundía su cabeza en el pecho de Otabek que lo abrazaba cálidamente. 

—Creo que es mejor que nos marchemos —dijo Otabek en voz baja. Yurio alzó su mirada, sus ojos verdes estaban a punto de derramar las lágrimas que con esfuerzo contenía, sus ojos escocían. El joven príncipe asintió y comenzó a caminar sigilosamente de la mano del moreno. 

Yuko había visto salir a Yuuri muy alterado, por lo que avisó a Yurio, él buscó a Otabek y juntos fueron a ese lugar pensando que se encontraría solo. Fue una sorpresa para ambos encontrarlo con el rey Víctor. Pero la mayor, y más terrible sorpresa, se la llevaron cuando escucharon lo que el príncipe de ojos color vino le confesó al monarca de plata. 

Ambos se fueron del lugar dejándolos a solas. Por un lado querían ir y abrazar a Yuuri, pero sabían que no podían interrumpir ese momento y que su hermano estaba en buenas manos. En silencio, caminaron hasta la casa de Otabek, era arriesgado, pero necesitaban tiempo para digerir lo que habían oído antes de volver al palacio. 

—¡Lo odio! —gritó Yurio al encontrarse a solas con Otabek dándole una fuerte patada a la puerta—. Mi padre es un monstruo, Yuuri tiene suerte al no compartir sangre con ese infeliz. 

—Me siento un imbécil —dijo Otabek—, ¿cómo es posible que no me haya dado cuenta? 

Ambos se sentaron en el sofá de la sala. Yurio con los brazos cruzados, el entrecejo fruncido y moviendo frenéticamente sus pies mientras murmuraba insultos. Tenía rabia, y no sabía qué hacer para evitar intentar matar a su padre en cuanto lo viera. 

Por su parte, Otabek se sentía miserable. Él volvió del reino de plata cargando su propia desdicha y utilizó a Yuuri para desahogarse, sin darse cuenta de que su hermano menor lo estaba pasando tan mal o incluso peor. 

—Soy un pésimo hermano. Yuuri todavía no salía de la adolescencia cuando pasó por todo eso. ¿Cómo es posible que no me haya dado cuenta? Tan ciego estaba. 

—No te culpes, Otabek. Él siempre ha callado todo lo que le sucede. Prefiere guardarse las cosas antes que preocupar a los demás… es un idiota. 

—Yurio. 

—¡Lo es! Y se hace daño a sí mismo. Me alegra que haya confiado en ese rey. 

—Aún así, el daño se lo causó otra persona. 

—No podemos ir contra él, es el rey. Pero me aseguraré de conseguir la felicidad de mi hermano, y si su felicidad se llama Víctor Nikiforov me encargaré de que se vaya de este maldito reino con él. Lejos de mi detestable padre —sentenció Yurio con decisión. 

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