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Miradas al pasado (El fin de amar)


No puedo mentirle en esto, él no se lo merece. Yo no puedo engañarlo más. 

Ciertamente, no puedes hacerlo  la voz del Rey Víctor acercándose a ellos los petrificó.

Un frío viento sopló en el jardín, la noche se alzaba con su manto oscuro y sólo la majestuosa luna brillaba alumbrando las lágrimas de Yulia.

El primero en reaccionar fue Otabek, quien se adelantó dejando a Yulia tras él.

—Todo ha sido culpa mía. Si necesita castigar a alguien aquí estoy yo, aceptaré lo que decida, le entrego mi vida, pero no le haga daño a la Reina. 

Yulia entonces corrió hasta Víctor y lo miró con profundo dolor.

—La única que merece tu desprecio soy yo. Yo fui quien te traicionó, no Otabek. Otabek pudo faltarle al Rey, pero la única que merece un castigo por fallarle a su esposo soy yo. 

—Yulia, regresa a tu habitación —contestó Víctor sin mirarla—, necesito hablar con Otabek, después hablaré contigo. 

—Pero Víctor, yo…

—¡Yulia! —dijo Víctor aún sin mirarla—, regresa a tu habitación. 

—Obedezca al Rey, por favor —pidió Otabek hablando con serenidad—, yo estaré bien, lo prometo. 

Yulia marchó a su habitación sintiendo como su corazón se comprimía dentro de su pecho. 


Una de las cosas a las que Creonte nunca se había podido adaptar, pese a sus años en el Reino de Cristal, era al calor de las noches de verano. Él provenía de un país frío, en el que los días soleados eran escasos. Se había quedado trabajando hasta tarde en su despacho, a sabiendas de que no podría conciliar el sueño con el clima tan caliente, pero tampoco podía concentrarse mucho por lo que decidió salir al balcón, esperando encontrar alivio al sofoco que sentía. 

Se sentó junto a una pequeña mesa en la que puso una botella de vino, bebía un poco cuando escuchó la risa de Yuuri. Algo extrañado se puso de pie acercándose a la barandilla. Se sorprendió bastante al verlo caminando junto a Víctor, parecía alegre y Víctor también sonreía. Creonte frunció el entrecejo. —¿Acaso es tan idiota que prefiere a Yuuri en lugar de Yurio?—, se preguntó mientras los observaba alejarse. 

Cuando ya no los tuvo a la vista volvió a sentarse y mientras bebía más vino recordó el momento en que Yulia nació. En ese entonces, Pólibo, el padre de Víctor, era el Soberano del Reino de Plata. Con Yulia recién nacida y Víctor de cinco años los comprometieron en matrimonio. Creonte estaba convencido de que Liliya le daría un hijo alfa, por lo que no se preocupó por la sucesión del trono, sin embargo, ese pequeño alfa nunca llegó, por lo que hubiese deseado no enviar a Yulia al Reino de Plata, ya que al no ser padre de un alfa ella heredaría el trono y él prefería que fuera uno de sus sobrinos quien desposara a la heredera del trono del Reino de Cristal. Sin embargo, no podía faltar a su palabra y finalmente envió a Yulia a casarse con Víctor. Pero Creonte no estaba dispuesto a entregar dos veces a su heredero a un hombre que no fuera de su linaje.  —A menos que Yuuri renuncie al trono—. La idea que apreció en su cabeza lo hizo sonreír. Prefería mil veces que el hermoso y puro príncipe Yurio fuera quien se desposara con uno de sus sobrinos y se convirtiera en el rey del Reino de Cristal. Si Víctor quería a Yuuri, pues que se lo llevara, pero no el trono, ese sería para uno de sus sobrinos. 

Creonte apuró la copa de vino y posteriormente entró nuevamente a su despacho, sonriendo por los nuevos planes que comenzaba a trazar. 


Anastasia despertó cuando todavía era de noche. Se encontraba en una amplia habitación con dos camas, Alena dormía profundamente en la que estaba más cerca de la ventana. Anastasia se sentó y sacó de entre sus ropas una medalla que colgaba de una fina cadena de plata. La abrió y sonrió al ver una fotografía de Yulia embarazada. 

—Mamá —dijo en voz baja—, al fin he conocido a Otabek —miró a su hermana que no parecía tener intenciones de despertar en mucho tiempo más—. Alena no recuerda nada de lo que nos transmitiste antes de nacer. Pero yo sí, sé de todo el amor que sentías por él. 


Yulia estaba sentada en el borde de su cama. Tenía la mirada en el suelo y las manos a los costados, apretando la fina colcha blanca que cubría las sábanas. Las lágrimas seguían corriendo desde sus ojos y por sus mejillas hasta caer al suelo, pero no emitía ningún sonido, estaba pálida y estática, ensimismada, asustada. 

Temía por la vida de Otabek, lo amaba tanto que no podría soportar que fuera lastimado. Temía también por su hijo, Víctor había escuchado su confesión a Otabek, sabía que estaba embarazada y que no era el padre de la criatura que comenzaba a gestarse en su vientre. ¿Acaso la obligaría a abortar? Pero ella deseaba tanto ese hijo, el hijo de su verdadero amor. 

No supo cuánto tiempo pasó sumergida en esos pensamientos, inmóvil, con sólo un leve temblor recorriendo su cuerpo. Había perdido la noción del tiempo, pero cuando sintió la puerta abrirse reaccionó. Se puso de pie y miró con temor a Víctor, que entró cerrando la puerta tras él. Yulia bajó la vista y entrelazo sus dedos, nerviosa. 

No lastimaré a Otabek dijo Víctor respondiendo a la pregunta que Yulia no se atrevía a formular—, pero eres mi esposa, no puedo permitir que se sigan viendo. Otabek regresará al Reino de Cristal y no podrá regresar al Reino de Plata nunca más. 

Gracias por dejar que se vaya, Víctor. 

Yulia..

No quería traicionarte. Tú eres importante para mí, Víctor… pero me enamoré de Otabek… yo lo amo. —Yulia secó sus lágrimas tratando de expresarse lo mejor posible—. Perdóname por favor, pero necesito hablarte con la verdad. Intenté ser fiel al compromiso que contraje contigo, y que antes nuestros padres nos impusieron, pero no pude. No tuve la fuerza necesaria para mantener mi fidelidad a ti, pero tampoco fui valiente como para negarme a cumplir con el mandato de mi padre. Todo ha sido culpa mía, Otabek y tú han sido lastimados por mi cobardía. Lo siento. En verdad, lo siento. 

Víctor miró por primera vez los ojos color jade de su esposa, encontró dolor y sinceridad en ellos y en sus palabras. 

Yo debí detenerme a pensar en tus sentimientos antes de aceptar sin más el compromiso que pactaron nuestros padres. También tengo responsabilidad en esto. 

Estoy embarazada de Otabek, ya lo oíste. Sé que no tengo derecho a pedirte nada y merezco tu desprecio, pero realmente deseo a este bebé, realmente deseo poder tenerlo en mis brazos y… Yulia no pudo contener más las lágrimas y ya no logró seguir hablando. 

No puedo decir que no siento rabia contra ti u Otabek dijo Víctor—, no como Rey, como hombre se acercó a la ventana—, pero te amo y no sería capaz de lastimarte de esa manera: jamás te obligaría a abortar ni te separaría de tu hijo. 

Gracias Yulia intentó acercarse a su esposo, pero él la detuvo con un gesto de sus manos.

Necesito tiempo, Yulia. 

Víctor salió de la habitación dejando a Yulia sumergida en sentimientos que se contradecían los unos a los otros. Tranquilidad porque Otabek estaría a salvo, tristeza porque no lo volvería a ver, felicidad porque podría tener a su hijo, culpa porque había lastimado a Víctor, rabia por todo lo que tenía que vivir por culpa de un compromiso que no tomó en cuenta su voluntad. 


Otabek despertó con un fuerte dolor de cabeza, finalmente se había quedado dormido por efecto del alcohol, en la sala de su casa. Pero la jaqueca que sentía lo hizo despertar antes de que saliera el sol. Tomó una ducha porque apestaba a whisky y eso no hacía más que revolverle el estómago. Después de la ducha se vistió con un pantalón negro y una camisa blanca, pensó en intentar dormir nuevamente, después de todo era muy temprano aún, pero prefirió no hacerlo y ocupar su cabeza en otras cosas. Se sirvió un café cargado con la intención de beberlo y salir a entrenar un rato. Sin embargo, antes de terminar su café alguien golpeó su puerta. 

A Otabek le pareció extraño que alguien lo visitara tan temprano, pero se dispuso a abrir la puerta. Nunca esperó encontrar a la pequeña princesa Anastasia sonriendo fuera de su casa. 

—¡Princesa! —dijo mirando hacia afuera, esperando encontrar a alguien más.

—He venido sola —dijo la pequeña entrando a su casa.

—¿Cómo ha podido salir sola del palacio? 

—Eso deberías saberlo, Otabek Altin. Eres el capitán de la guardia y conoces perfectamente el camino que has dejado libre para tío Yuuri.

—Pero él no se lo mostraría.

—No voluntariamente, claro está. Pero, no soy una niña común —sonrió. 

—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó, pero no obtuvo respuesta, Anastasia empezó a caminar por la sala de la casa, miraba todo con curiosidad—. ¿Por qué ha venido, princesa? —preguntó finalmente. 

—Te dije que tenía muchas ganas de conocerte, y no tengo mucho tiempo porque pronto me iré. 

Otabek la miró moverse por su casa y contestó a las preguntas que la niña le hacía. Realmente no entendía muy bien lo que estaba sucediendo, pero no podía evitar sentirse feliz de tener a esa niña allí, curioseando sus cosas e historias. 

—Me agradas —dijo finalmente Anastasia mirándolo a los ojos—, mi madre tenía razón sobre ti.

—¿Su madre?  preguntó Otabek bastante descolocado. 

—Claro, yo no sé porque la gente olvida lo que sus madres sienten cuando están embarazadas.

Anastasia simplemente sonrió ante el extraño gesto que había en la cara de Otabek, quien realmente no sabía cómo interpretar aquellas palabras. 

—Creo que ya deberíamos irnos al palacio —dijo finalmente Anastasia—. Si Alena despierta y no me ve hará un escándalo. Se preocupa demasiado por mi salud. 

—Sí… yo… espere un momento, por favor. 

Otabek entró a su habitación y rápidamente vistió su uniforme. Se sentía confundido con las palabras de Anastasia… ¿acaso la niña sabía que él…? Meneó la cabeza, eso era imposible, sólo el Rey Víctor, Yuuri y él sabían ese secreto —Ella incluso parece saber cosas que deberían estar más allá de su alcance—. Las palabras del Rey de Plata hicieron que su corazón latiera de prisa. Trató de quitar esos pensamientos de su cabeza y finalmente salió de su habitación impecablemente vestido con su uniforme; botas negras, pantalón blanco y chaqueta roja. 

—Bien, es hora de irnos al palacio, princesa —dijo mirando a la niña que lo esperaba sentada en su sofá. 


Yuuri había dormido poco. La charla con el Rey Víctor se extendió hasta bien entrada la madrugada. Hacía mucho tiempo que no había hablado así con nadie, sonrió. Cuando se despidió de él, su corazón latía tan fuerte que no podía conciliar el sueño, y por la mañana se levantó con los primeros rayos del sol, quería verlo nuevamente. Yuuri se sintió un poco tonto con ese pensamiento, apenas conocía a Víctor y ya se sentía como un adolescente enamorado, rio ante su pensamiento. 

El príncipe se encontraba frente a su tocador, peinaba su cabello recordando la conversación con Víctor cuando su padre entró sin tocar. La felicidad que sentía se desvaneció, después de todo, él sabía las intenciones matrimoniales que tenía su padre con él y Yurio. 

—Anoche te vi muy alegre conversando con el Rey Víctor. 

—Padre, yo…

—Te felicito, si pide tu mano serás el rey consorte del Reino de Plata. 

Yuuri se descolocó con esa respuesta. 

—Pero en ese caso debes renunciar al trono del Reino de Cristal y cederlo a Yurio. Estoy seguro de que mi hermano estaría feliz de que Jean Jacques se despose con Yurio. 

—Padre… Por favor deje que Yurio escoja a la persona que quiere como esposo. Yo haré lo que decida, pero Yurio es muy joven y pese a su carácter fuerte es muy romántico. Él siempre ha deseado casarse por amor.

—El amor es una tontería. Él es un príncipe y debe comportarse como tal. Será el Rey y se casará con Jean.

—En ese caso no renuncio a nada. El Rey Víctor me aseguró que no se casaría con Yurio y yo no le cederé el trono, ¡déjelo en paz!

—No digas estupideces. Tú harás lo que yo diga ¿o acaso quieres que Víctor se entere de que te revolcabas con…

—¡Cállese! —gritó Yuuri, como nunca lo hacía, furioso—. No me recuerde lo mucho que lo odio, padre. Yo nunca le perdonaré lo que me hizo pasar. 

Yuuri arrojó el peine que tenía en sus manos y salió hecho un vendaval de su habitación. Necesitaba alejarse de ese lugar, de ese hombre que años atrás lo destrozó.  

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