El Rey Víctor (El fin de amar)


—Es un placer volver a verlo, majestad.

Otabek hizo una reverencia y luego levantó su rostro. Su mirada se cruzó con los ojos de Anastasia, quien lo miraba y le sonreía desde los brazos del rey Víctor. La pequeña princesa se veía pálida y frágil, pero había algo en ella que la hacía parecer diferente a las demás niñas de su edad, quizás incluso un poco más adulta y más reflexiva. Anastasia había estado apoyada en el pecho de su padre, pero se incorporó un poco y mirando a Otabek le dijo:

—Tenía muchas ganas de conocerte, Otabek Altin.

Otabek abrió los ojos sorprendido y miró al rey Víctor interrogante. 

—Mi hija —dijo Víctor—, ha oído hablar mucho de ti. Aunque tu paso por el reino de Plata fue breve, la impresión que causaste en todos es permanente. Difícilmente podríamos olvidarte —Víctor sonrió y Anastasia lo abrazó. 

—Estoy cansada —dijo la niña—, quiero dormir con Alena. 

Víctor dejó a Anastasia dentro del carruaje en el que dormía una niña de cabello negro. Cerró la puerta y se acercó a Otabek.

—El viaje ha sido largo y Alena es una dormilona. En eso me recuerda a Yulia.

—La princesa Anastasia lucía débil.

—Lamentablemente su cuerpo es muy frágil. La verdad es que yo no quería hacer este viaje por temor a que su salud empeore, pero ella insistió tanto que no pude seguir negándome. Anastasia deseaba mucho conocer el reino de Cristal y a su familia. —Al decirlo, Víctor bajó la vista y Otabek pudo notar que lo decía con tristeza. Sin embargo, el rey recuperó rápidamente la compostura—.  ¿En cuánto tiempo llegaremos al palacio? —preguntó.

—Estamos a 5 horas del palacio real —contestó Otabek.

Víctor consultó su reloj:

—Si partimos inmediatamente llegaremos cerca de las dos de la tarde. Daré la orden. 

—Majestad —dijo Otabek—, quisiera hablar con usted en privado. 

—Si es por lo que sucedió en el reino de Plata no lo veo necesario. Ha pasado mucho tiempo. 

—No es sobre eso. Al menos no exactamente —Otabek pasó su mano por su cabello algo nervioso—, es importante. 

—Está bien, Pediré mi caballo, podemos adelantarnos un poco para poder hablar. 

El rey Víctor y Otabek montaron sus caballos y cabalgaron juntos. Estaban bastante adelantados del resto de la comitiva cuando bajaron la velocidad.

—Te escucho —dijo el rey.

—Tengo que advertirle que las intenciones de mi rey son las de ofrecerle la mano del príncipe Yurio. 

—Ya me parecía raro que no me hubiera ofrecido la mano de alguno de sus hijos antes. 

—Creo que su intención siempre fue ofrecerle al príncipe Yurio, pero era demasiado jóven. Acaba de cumplir dieciocho años. 

—¿Por qué te interesa este asunto? —preguntó Víctor mirando significativamente a Otabek. 

—El príncipe pasó un día entero en los calabozos del palacio por negarse a la propuesta. No quisiera que a él…

—Le pasara lo mismo que a Yulia —completó el rey. Otabek lo miró y finalmente no pudo más que asentir. 

—El príncipe es capaz de negarse pese a las consecuencias —dijo Otabek con la vista fija en el horizonte—, y creo que usted conoce bastante bien al rey Creonte. 

—Él es un rey, Otabek —dijo Víctor—.  Actúa como lo que es. 

—Pero usted es diferente, ya me lo demostró en el pasado.

—¿Y quieres que lo vuelva a hacer? —preguntó—. ¿No te parece que estás siendo un poco descarado? 

—Lo admito, pero se lo pido en nombre del príncipe. Él quiere escoger a la persona que estará a su lado.

—¿Y esa persona eres tú? ¿Por eso te importa tanto? 

—Sí, esa persona soy yo —admitió Otabek mirando al rey. Lo miraba directa y honestamente. 

—No te preocupes —dijo Víctor—, no pretendo casarme con nadie. Y si lo hago será con alguien que desee hacerlo también. 

—Se lo agradezco mucho.

—Mi pequeña Anastasia —comenzó a decir Víctor—, es una niña muy especial. Pese a su debilidad física posee un espíritu muy fuerte. Ella incluso parece saber cosas que deberían estar más allá de su alcance y su sabiduría me ha ayudado bastante. Gracias a ella he comprendido mejor los sentimientos de Yulia.

—Es una niña muy linda —dijo Otabek sonriendo.

—Ella deseaba conocerte Otabek. Creo que su entusiasmo por ti contagió incluso a Alena, aunque ella es lo opuesto de su hermana. Se comporta más como una princesita mimada, es dormilona, alegre, saludable y despreocupada. 

—Honestamente, cuando el rey Creonte me dijo que usted las traería no supe cómo sentirme al respecto. Aún no lo sé. 

—Ellas son mis hijas, Otabek. No impediré que las conozcas, pero ten siempre presente que su único padre soy yo, y que después de esta visita regresaremos al reino de Plata y tú te quedarás aquí. 

—Lo sé. Desde que regresé al reino de Cristal que lo sé. Yo renuncié a todo después de nuestra última conversación. Pero aún así, no pude evitar sentirme extrañamente emocionado cuando vi a la pequeña princesa. 

—Esta situación me parece demasiado extraña. La última vez que te vi te prohibí la entrada al reino de Plata y ahora cabalgamos juntos. Honestamente, hubiera preferido no volver a verte, mis deseos de asesinarte no han desaparecido del todo. 

—Aún así no lo ha hecho, ni lo hizo en el pasado. Por eso fui capaz de renunciar a todo lo que era importante para mí. 

Otabek miró al horizonte recordando su salida del reino de Plata, renunciando a Yulia y a su felicidad. Luego pensó en Yurio y en sus ojos esmeralda mirándolo con intensidad, entonces, supo inmediatamente que no sería capaz de renunciar a esta nueva felicidad que representaba el hermoso y joven príncipe del que sin quererlo se había enamorado totalmente. 


Creonte se encontraba ansioso por la llegada del rey y sus nietas. Él había visto a las niñas una única vez, cuando fue el funeral de su hija Yulia, pero eso fue cuando eran apenas unas recién nacidas; Yulia falleció durante el parto de sus hijas. No obstante, no era por sus nietas que se encontraba expectante. Lo que deseaba era ver qué impresión causaba Yurio en el rey de Plata. 

Yurio y Yuuri lucían muy hermosos, especialmente Yurio ya que su padre había dado órdenes a las sirvientas para que se esmeraran mucho con la elección de su vestimenta. El príncipe Yurio intentaba lucir tranquilo y confiar en las palabras que Otabek le dijo en el calabozo y le había repetido antes de partir al encuentro con el monarca de Plata, pero le costaba, sobre todo cuando miraba a su padre y leía en su rostro lo mucho que ambicionaba colocarlo en el trono del reino vecino.

Casi a las dos de la tarde sonaron las trompetas que daban la bienvenida a la comitiva proveniente desde el reino de Plata. Otabek precedía la marcha con algunos soldados más. Posteriormente venía el carruaje del rey y los hombres que venían acompañándole desde su reino, cerraba la comitiva otro grupo de guardias reales al mando del capitán Altin. Las puertas del palacio se abrieron y la comitiva cruzó el enorme y hermoso jardín que los acercaba finalmente a las puertas del majestuoso edificio en donde los esperaba el rey y los príncipes de Cristal. 

Después de ser anunciado, el rey Víctor bajó de su carruaje acompañado por sus dos pequeñas hijas. Anastasia, pálida y delicada, cabello rubio y hermosos ojos que asemejaban a un par de brillantes ónix negros y que parecían ver más allá de lo aparente otorgándole un aire de inteligencia y reflexividad. Y la pequeña Alena, una niña de cabello azabache y ojos color jade,  de mirada alegre y sonrisa fácil, cuyo cabello peinado en coletas acentuaba su aire infantil. Eran hermanas mellizas, pero tan diferentes como la luna y el sol. 

Los tres, fueron efusivamente recibidos por el rey Creonte. Quien, según dijo,  estaba muy contento de tener en su casa al que consideraba un hijo, y muy emocionado de ver nuevamente a sus pequeñas nietas.

—¿Qué opina de mis preciosos hijos? —preguntó Creonte acercando a Yurio.

Víctor cruzó la mirada con el príncipe Yurio y notó que él lucía incómodo y fastidiado pese a la sonrisa que había en su rostro, luego miró a Yuuri, quien un poco más alejado sonreía mirando a las hijas de Yulia, se notaba que era un muchacho dulce y más tímido que sus hermanos. 

—Ambos lucen encantadores y hermosos —respondió finalmente. 

—Deben tener hambre y venir cansados. Pasemos a comer y luego les acomodaremos en sus dormitorios.

Creonte planeaba entregar el brazo de Yurio a Víctor para que caminara junto a él, pero el monarca de Plata fue más rápido y ofreció su brazo a Yuuri. Creonte caminó con Yurio y fue seguido por Víctor y Yuuri, Alena tomó la mano de su hermana y caminó rápido adelantando a su abuelo. Atrás caminaba Otabek, y su mirada se perdía en las sonrisas de las pequeñas princesas del reino de plata. 


Otabek, ya no puedo seguir engañando a Víctor decía al borde de las lágrimas una hermosa mujer rubia de ojos color jade vestida de blanco.

Yo tampoco quiero hacerlo, pero no puedo renunciar a ti respondió el joven de cabello negro abrazándola con fuerza—, yo te amo, te amo Yulia. 

Yo también te amo, pero… estoy embarazada y estoy segura de que este bebe es tuyo Yulia ahora lloraba sin poder contener más las lágrimas que empapaban su rostro mientras sus dedos se aferraban a la camisa de Otabek. Lo miraba directamente a los ojos rogando encontrar en ellos algo que le hiciera saber qué hacer. 

Mi… hijo… Otabek miró los ojos de jade sin saber muy bien qué debería decir. Una parte de él quería abrazarla, besarla, explotar de felicidad. Sin embargo, sabía que su situación era complicada y difícilmente la felicidad de ser padre junto a la mujer que amaba llegaría a buen final. Yulia también lo sabía y por eso sentía el alma quebrada. 

No puedo mentirle en esto, Víctor no se lo merece. Yo no puedo engañarlo más. 

Ciertamente, no puedes hacerlo la voz del rey Víctor acercándose a ellos los petrificó.

Un frío viento sopló en el jardín, la noche se alzaba con su manto oscuro y sólo la majestuosa luna brillaba alumbrando las lágrimas de Yulia.

—¡Yulia! —Otabek despertó agitado, sudaba copiosamente y respiraba con violencia. Le costó un poco enfocar la mirada en la sala de su casa y darse cuenta de donde estaba. Se había dormido en el sofá, aún no era tarde y el whisky que se había servido seguía esperándolo en la mesa pequeña que se encontraba frente al sillón. 

Suspiró, hacía mucho tiempo que no soñaba con el pasado. Haber hablado nuevamente con el rey Víctor y conocer a las pequeñas princesas de Plata lo habían afectado más de lo que imaginó. Bebió su whisky de un trago, sonrió triste y se sirvió un poco más. 


No quería traicionarte. Tu eres importante para mí, Víctor… pero me enamoré de Otabek… Yo lo amo. 

Víctor no había podido conciliar el sueño, cada vez que intentaba hacerlo imágenes del pasado venían a inquietarlo. Emociones y sentimientos en conflicto atacaban su alma e incluso la idea de arrebatarle el príncipe Yurio a Otabek aprovechando las intenciones de Creonte había rondado su mente, aunque él mismo reconocía ese acto como una bajeza y lo desechaba. Intentaba guiarse como el hombre correcto que siempre había aspirado a ser, pero una parte de él seguía sintiendo la misma rabia que sintió hace ya casi diez años cuando se enteró del romance entre Yulia y Otabek. A pesar de que jamás dejó que esa rabia lo dominara y esta se había dormido en su interior, ahora sabía que no había desaparecido y si no fuera por su gran autocontrol no sabría qué habría sido capaz de hacer al ver nuevamente a Altin.

Decidió dejar su habitación y salió a los jardines reales. La noche estaba cálida, tal vez demasiado, pero eso no parecía importarle mucho. Caminaba ausentemente hasta que divisó una figura sentada junto a un árbol, se acercó y reconoció al príncipe Yuuri, tenía un vestuario más sencillo que el que usó para recibirlo y estaba apoyado en el enorme tronco del viejo árbol, profundamente dormido. Víctor no pudo evitar sonreír, el príncipe tenía un aire inocente durmiendo tan despreocupadamente en medio de los jardines reales, además, la sencillez de la ropa azul que traía puesta le sentaba mejor que la ostentación del ropaje y los ornamentos que llevaba ese mismo día por la tarde. No pudo evitar acercarse un poco y aspirar su suave aroma a lirios

—Príncipe —le dijo con voz suave y llamándolo hasta que Yuuri comenzó a abrir sus ojos—, si pasa la noche aquí puede coger un resfriado.

—¡Majestad! —dijo Yuuri sobresaltado y profundamente avergonzado. Su piel blanca lucía roja y se puso de pie rápidamente, bajó la cabeza y se sacudió la ropa algo nervioso. 

—La noche está muy cálida —dijo Víctor intentando relajar el ambiente.

—Demasiado para mi gusto —contestó Yuuri—, mi habitación era un infierno, por eso salí al jardín, aquí es un poco más agradable. Pero creo que ya debo regresar.

—Si es por mí no es necesario. Yo tampoco podía dormir y sería agradable caminar un momento junto a usted. Honestamente quisiera distraerme un momento de mis pensamientos. 

—Está bien, caminemos y charlemos entonces —respondió Yuuri. 

Yuuri imaginaba perfectamente de qué se trataban esos pensamientos que tenía el rey Víctor, y aunque no podía decirle abiertamente que conocía el secreto, acompañarlo le parecía una buena manera de intentar apaciguar su alma, la que seguramente se revolvía al enfrentarse nuevamente al pasado. Yuuri lo entendía muy bien, después de todo, si fuera su pasado el que se apareciera delante de sus ojos, no sabría exactamente qué podría suceder. 

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