El libro del amante (Escrito en tu piel)


A las once de la mañana Víctor y Yuuri se encontraban fuera de la casa del editor, una casa grande y tradicional. Enorme fue la sorpresa del omega cuando la puerta se abrió y vio aparecer al antiguo editor de su padre, el padre adoptivo de Phichit, su suegro.

Yuuri lucía muy diferente a la última vez que ese hombre lo había visto. Había adelgazado mucho para que su cuerpo armonizara con el de los bailarines que danzaban junto a él en los teatros europeos, en ese género de burlesque que había explotado toda su sensualidad. Su vestimenta también era diferente, más atrevida, más osada. Su corte de cabello también era distinto, dejando que su cabello negro creciera un poco más y hasta su expresión delataba lo mucho que había cambiado. Lo único en él que podía delatarlo como el antiguo Yuuri eran sus ojos, esos ojos color vino que seguían teniendo ese brillo de inocencia pese a todo lo que había vivido.

Inocencia, dulzura y valentía se mezclaban en su mirada: esa inocencia que lo hizo pensar que seguir los deseos de su padre lo haría feliz, y que luego lo hizo imaginar que aunque entregara su cuerpo a muchos alfas su alma no se corrompería hasta encontrar al que buscaba. Esa dulzura que lo hizo ser paciente y conformarse con poco durante su vida de casado y que hasta el día de hoy lo hacía atrayente para quienes lo conocían. Esa valentía que lo llevó a dejarlo todo y empezar una vida desde cero, lejos de su país, de las personas que conocía y del idioma que hablaba sólo para encontrar aquello que siempre había buscado aún sin saber exactamente de qué se trataba.

Llevaba lentes de sol por lo que su suegro no pareció reconocerlo cuando los recibió en la entrada, los hizo pasar con amabilidad y los guió hasta una sala. Después de invitarlos a sentarse, habló:

—Me da mucho gusto poder conocerlo en persona finalmente, señor Nikiforov.

—Para mí también es un placer conocerlo  —respondió Víctor con una amable sonrisa en el rostro—. Estoy muy entusiasmado con la publicación de mi primer libro en japonés, sin embargo, hoy quisiera también presentarle a…

—Nishigori Takeshi —lo interrumpió Yuuri dando el nombre del esposo de la única amiga que tuvo cuando era pequeño. No se había quitado los lentes oscuros y deseaba no ser reconocido por ese hombre. Realmente quería poder irse lo antes posible de ahí.

—Takeshi —continúo Víctor siguiéndole el juego—, es un escritor estupendo, estoy seguro de que quedaría sorprendido al leer alguno de sus escritos.

—Disculpen —dijo Yuuri poniéndose de pie—, ¿podría indicarme dónde está el baño?

—Claro —respondió el dueño de casa dándole las instrucciones.

Yuuri salió del lugar, estaba incómodo, quería marcharse lo antes posible. Caminaba de prisa y con la cabeza gacha por el pasillo de madera que lo llevaba a su destino, concentrado en sus pensamientos a tal punto que no vio al joven alfa que caminaba en sentido contrario hasta que pasó a su lado y sintió su aroma masculino y especiado que le recordaba al orégano recién cortado, instintivamente volteó la cabeza hacia él. Entonces lo vio, Phichit, el mismo Phichit que había dejado de ver hace tantos años luego de incendiar su casa y abandonarlo sin previo aviso. El alfa también se había vuelto a observarlo.

Al principio no lo había reconocido, pero al pasar junto a él su aroma a lirios, almendrado y con notas de regaliz le produjo un déjà vu que lo obligó a mirarlo con detención. Yuuri quedó paralizado ante la mirada del que legalmente aún era su esposo, tanto así que no pudo hacer nada cuando lo vio acercarse y quitarle las gafas.

—Yuuri —dijo el alfa mirándolo con sorpresa. 


El tiempo pasaba y Yuuri no regresaba, Víctor había empezado a inquietarse y estaba por salir a buscarlo cuando Phichit entró a la sala.

—Que bien que has venido —dijo el editor mirando a su hijo—, señor Nikiforov, él es mi hijo Phichit —sonrió complacido al presentar a su hijo—. Phichit, este es el señor Nikiforov, el escritor del que te había hablado.

Phichit lo miró con atención, tanto que Víctor se sintió examinado e incómodo ante tal escrutinio.

—El omega que vino contigo —dijo finalmente Phichit mirándolo fijamente a los ojos—, no se sintió bien y regresó a su hotel.

—En ese caso también me iré —contestó Víctor poniéndose de pie, respondiendo a la mirada que Phichit le dirigía.

Después de despedirse cortésmente, Víctor se marchó dejando a padre e hijo solos en la habitación.

—Ese escritor es bueno —dijo el mayor—, y más joven y atractivo de lo que imaginé —sonrió—. Los omegas se volverán locos por conseguir un autógrafo o una fotografía suya.

—¿Sólo los omegas? —preguntó Phichit sentándose en el sofá que antes habían ocupado Víctor y Yuuri.

Su padre se levantó de su propio asiento y se acercó a su hijo, se sentó muy junto a él y le dijo.

—No te pongas celoso, querido hijo. Sabes que ante mis ojos el más hermoso siempre has sido tú —acarició su mejilla ante la fría mirada del moreno, quien en un rápido movimiento puso sus manos alrededor del cuello de su padre, apretando.

—No vuelvas a tocarme maldito degenerado —le dijo mientras lo miraba con una expresión oscura—, sabes que no me costaría nada arrancarte tu sucia vida ahora que no eres más que un alfa viejo y decrépito —Phichit lo soltó y su padre se puso de pie, tosiendo y acariciando su cuello.

En ese momento Phichit desvió su vista, poniendo su atención en unos documentos que estaban sobre la mesa.

—¿Qué es esto? —preguntó—, ¿otro manuscrito de ese escritor?

—No —respondió su padre con la voz rasposa—, son del omega que lo acompañaba. No es el primer estúpido que se deja embaucar por un amante para que recomiende la basura que escribe.

Phichit tomó las páginas escritas y comenzó a leer en silencio. Después de un rato miró a su padre con una sonrisa burlona y le dijo:

—A mí me parece que esta vez te has equivocado —le entregó una de las hojas y su padre, interesado por las palabras de Phichit, comenzó a leer.

—El libro del amante —inició:

«Este es un libro y un cuerpo que es tan tibio al tacto. A mi tacto. Con este libro presioné mis ojos, mi frente, mis mejillas, he tenido este libro abierto sobre mi vientre, me he sentado sonriente sobre este libro hasta que mi cuerpo sintió nupcias con sus cubiertas. Me he sentado riendo en este libro hasta humedecer sus cubiertas con mi cuerpo. He envuelto mis piernas con este libro. Me he arrodillado en este libro hasta hacer sangrar mis rodillas.

Este libro y yo nos hemos vuelto indivisibles. He puesto mis pies en las últimas páginas de este libro, confiada de estar erguida mucho más alta en el mundo de lo que alguna vez estuve. Ojalá conserve este libro para siempre. Ojalá este libro y este cuerpo sobrevivan a mi amor. Ojalá este cuerpo y este libro me amen como yo amo su longitud, su anchura, su espesor, su texto, su piel, sus letras, su puntuación, sus páginas silenciosas y ruidosas. Sus delicias cosquilleantes.

Libro, cuerpo: los amo, él respira delicadamente en su primera página. Respira más profundamente a medida que pasan las páginas. Cuando se asegura el ritmo de lectura, las palabras ganan velocidad rugiente y las páginas corren de prisa. He corrido con estas páginas.

Hacia el final hay un suspiro y el libro se cierra satisfecho. El lector de buena gana comienza nuevamente. Cuerpo y libro están abiertos. Rostro y página. Cuerpo y página. Sangre y tinta. Puntas de dedos, los bordes reforzados, la superficie del borde de cada página es tan suave. Las marcas de agua son como venas encendidas. Las páginas son tan armoniosas en su proporción, que la disonancia en los contenidos es imposible.»*

—¡Maravilloso! —exclamó tras terminar.


—Yuuri, ¿te encuentras bien? —preguntó Víctor cuando al volver de casa de su editor encontró a Yuuri ovillado sobre la cama de la habitación del hotel.

Yuuri miró a su compañero observarlo con ojos preocupados.

—¿Necesitas que haga algo por ti? —le preguntó con gentileza mientras se sentaba junto a él y acariciaba suavemente su cabeza y su cabello.

—Sólo necesito que me abraces —respondió Yuuri girándose hacia él. Víctor lo acercó a su cuerpo y lo abrazó tiernamente.

Yuuri se sintió reconfortado y pudo vislumbrar algo más allá de la pasión que ambos se demostraban en la cama o con la tinta dibujando palabras en sus cuerpos. Víctor era un alfa amable, amoroso y comprensivo. Un hombre que lo impulsó desde un comienzo a crear y recrearse; gracias a él ahora pensaba en la persona que deseaba construir, un escritor creador y no el omega que gustaba de exhibirse para que otros plasmaran en su cuerpo aquello que era o debía ser.

Tampoco sería más el chico obediente y sumiso que inventaba su padre al erigirse su creador y su dios, volviendo a su cuerpo la superficie perfecta para una escritura cerrada, que fijaba e inmovilizaba. Tan diferente a la escritura sin límites a la que su amante y amado lo impulsaba.

—Conocí a ese hombre, tu editor, cuando tenía doce años —comenzó a relatar el omega—, no sé la razón, pero me desagradó inmediatamente, me quedé inmóvil, paralizado ante su presencia como si mi cuerpo supiera algo que mi cabeza no llegaba a dilucidar —suspiró—. Él y mi padre arreglaron mi boda con Phichit, estuvimos casados un tiempo… la verdad es que legalmente seguimos estándolo, pero hace mucho que me considero una persona libre. Yo lo abandoné, me fui a Europa sin despedirme y hoy me lo encontré después de tanto tiempo. He recordado cosas que creí haber dejado en el pasado.

—Lo siento, Yuuri —dijo Víctor apegándolo aún más—, si lo hubiese sabido, yo nunca te habría llevado a su casa.

—No, está bien —dijo Yuuri levantando su rostro mientras le regalaba una sonrisa—, hablé con Phichit y no me guarda rencor por aquello. Después de todo, nuestro matrimonio fue arreglado y nunca llegamos a amarnos verdaderamente. Sin embargo, ese editor hace que me sienta enfermo.

—Mañana iré a buscar el manuscrito que dejé con él. Buscaremos otro editor, estoy seguro de que cualquiera que te lea estará encantado de publicarte —lo besó con suavidad mientras acariciaba su espalda y su cuello.

Yuuri pensó que ese era el mejor beso que le habían dado, carente del apasionamiento febril al que estaba acostumbrado y lo excitaba, pero completamente amoroso, delicado y cuidadoso. Como una confesión del amor que Víctor había comenzado a sentir por él. Una confesión de amor que escribía con sus labios y sellaba con su lengua.


Al día siguiente Víctor llamó temprano a su editor y acordó una cita a eso de las cuatro de la tarde. Almorzó con Yuuri en un restaurante de Shinjuku y luego caminaron de regreso al hotel. Yuuri subió a la habitación y Víctor se dirigió a la cita previamente concertada.

Poco después, golpearon a la puerta de la habitación en la que descansaba Yuuri, su sorpresa fue grande cuando al abrir se encontró con Phichit.

—Yuuri, quiero que vengas conmigo —dijo el alfa a bocajarro mientras lo tomaba de la mano y lo sacaba de la habitación.

—Espera, Phichit ¿qué haces? —preguntó Yuuri intentando liberarse.

—Quiero que seas testigo de lo que mi padre ofrecerá a tu amante. Tal vez así recuerdes por qué te desagrada tanto.

Yuuri se sorprendió ante las palabras de su ex­marido y decidió seguirlo. Llegaron a la misma casa en la que había estado el día anterior, pero Phichit lo guió hasta otro lugar dentro de la misma, una habitación alejada del resto.

Se inclinaron en silencio y Phichit corrió con cuidado el shoji dejando un pequeño espacio para poder espiar sin que su padre se diera cuenta. Víctor estaba adentro, de pie junto a una estantería llena de libros y frente al editor que lo miraba fijamente.

Yuuri miró hacia adentro y al ver esa estantería algo dentro de él se movilizó, el pequeño escritorio caoba a su lado, los sillones de cuero y la lámpara que colgaba desde el techo lo hicieron sudar frío cuando la emergencia de un recuerdo olvidado amenazaba con presentarse con violencia después de tantos años de haber sido sepultado.

Dentro de la habitación, el editor se acercaba a Víctor hasta quedar a escasos centímetros de él.

—El manuscrito que me ha dejado es maravilloso —dijo con voz suave—, pero demasiado poético por lo que no será de fácil recepción como su novela, no sé si sería buena idea publicarlo. Estoy dispuesto a correr el riesgo si usted accede a darme algo a cambio —impúdicamente el editor tomó uno de los mechones plateados de Víctor, mirándolo libidinoso.

—No te atrevas a tocarlo a él —gritó Yuuri antes de que Víctor pudiera reaccionar a la propuesta, abriendo el shoji con violencia cuando los recuerdos de antaño regresaron golpeándolo con fuerza.

Yuuri tenía cinco años cuando acompañó a su padre a dejar el nuevo manuscrito a casa de su editor, lo dejaron en una habitación y ellos se fueron hacia otro lugar, le advirtieron severamente que debía esperar ahí, pero él era un niño curioso y decidió salir a explorar el lugar. Caminó por un pasillo de madera husmeando en las habitaciones que encontraba, nada llamó su atención hasta que llegó a aquella habitación aislada de las demás. Se inclinó en el suelo y asomó sus ojos por un pequeño espacio que había quedado abierto entre el shoji y la pared. Vio la estantería, el escritorio, la lámpara, los sillones y a su padre arrodillado y con las palmas de sus manos sobre el suelo, sus pantalones abajo y tras él su editor, también sin pantalones, moviéndose frenéticamente.

Yuuri no entendía qué pasaba, pero el rostro de su padre expresaba dolor y su cara demostraba que no se encontraba en esa situación porque quisiera estarlo. Yuuri quiso gritar que se detuvieran, pero antes de poder hacerlo su boca fue tapada por las manos de un niño algo mayor que él, el niño cerró el shoji y le dijo en voz bajita.

—Esto no es algo que deba ver una niño pequeño, y tampoco grites o serás castigado —el niño quitó su mano de la boca del omega, el que giró para observarlo.

—Pero parece que a mi papá le duele —la preocupación llenaba sus pequeños ojos de lágrimas.

—No duele tanto —dijo Phichit intentando animarlo con una sonrisa forzada.

—¿También te lo ha hecho? —preguntó el omega curioso.

—Sí, pero llegará el día en que no podrá hacerlo más. Mejor volvamos, pronto terminarán e irán por ti.

Yuuri temblaba de rabia mientras enfrentaba a ese hombre repugnante.

—¡Abusaste de mi padre! —acusó.

—Accedió voluntariamente cuando se dio cuenta que él y su familia morirían de hambre sin mi ayuda —respondió cínicamente burlándose del omega, reconociendolo finalmente y queriendo lastimarlo al culparlo de la humillación que sufrió su familia cuando huyó y abandonó a Phichit.

—Eres un maldito bastardo —replicó el omega golpeándolo furioso con sus manos empuñadas contra su pecho.

—Maldito mocoso —dijo él sujetándolo con brusquedad e intentando golpearlo. Sin embargo, Víctor intervino sujetándolo a su vez y propinándole un puñetazo en el rostro que lo lanzó hacia el suelo.

Los ojos, usualmente amables de Víctor, lucían amenazantes.

—Yuuri tampoco es una persona a la que puedas tocar, de ninguna manera —dijo con frialdad.

El alfa tembló de rabia al sentir la sangre brotando de la comisura de su boca. Se puso de pie y caminó hasta el pequeño escritorio que estaba junto a las estanterías, abrió uno de los cajones y sacó un arma. Apuntó a Yuuri e inmediatamente Víctor lo protegió con su cuerpo.

—¡Los mataré! —exclamó mirándolos con furia—, a ti maldito omega por hacer que mi familia se volviera el hazmerreír al abandonar a mi hijo, y a ti —mirando a los ojos de Víctor— por atreverte a dañar mi rostro.

Se disponía a apretar el gatillo cuando otra arma se disparó desde la entrada a la habitación. La bala llegó a sus manos, hiriendolo dolorosamente y haciendo que su pistola cayera lejos de él.

—¡Phichit! —gritó con furia al ver a su hijo avanzando hacia él sin dejar de apuntarlo con su arma.

—Hace mucho tiempo deseo abrirte la cabeza a balazos —le dijo sonriendo—, me has dado la excusa perfecta.

—Pero soy tu padre, no puedes hacerme esto —dijo temblando mientras sentía el frío metal sobre su frente—. No puedes ser tan malagradecido, te recogí de la calle cuando no tenías nada.

—No me recogiste precisamente por caridad o porque deseabas tener un hijo —respondió sin expresar emoción alguna—, ¿quieres que te recuerde como abusabas de mí?

—Pero eso quedó en el pasado, fue un error —respondió suplicante—, hace mucho tiempo dejé de hacerlo.

—Dejaste de hacerlo cuando tuve la edad y la fuerza para matarte si lo intentabas.

Phichit quitó el seguro del arma, su padre cerró los ojos esperando el desenlace. Sin embargo, Yuuri abrazó a Phichit por la espalda.

—No lo hagas —le dijo acariciando su mano mientras lo hacía bajar el arma—, no te ensucies con su sangre. Nos vengaremos de otra manera.




*Textual de «The Pillow Book»

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