Toma el pincel: trátame como la página de un libro (Escrito en tu piel)


Yuuri y Christophe se encontraban bebiendo en una de las mesas más apartadas de un club nocturno que tocaba música electrónica. El omega estaba harto de buscar algo que nunca encontraba, aunque la verdad no estaba seguro de por qué deseaba tanto un alfa que cumpliera con ambas características.

Esa noche había decidido aceptar la invitación del único amigo que tenía para intentar olvidarse de sus decepciones amorosas y pasar un rato agradable entre tragos con su querido Chris.

Conversaban animadamente cuando Christophe divisó entre la gente a un alfa de hebras plateadas que se acercaba a ellos.

—Chris, qué sorpresa —dijo el recién llegado.

—Amigo, que bueno verte —respondió Christophe levantándose de su asiento para abrazar al otro hombre, algo mayor que él—, hace tiempo que no sabía nada de ti.

—Es que me dediqué por completo a la escritura de una novela, pero acaba de ser publicada por lo que ahora estoy con algo más libre de tiempo.

—¿Eres escritor? —los interrumpió Yuuri llamando la atención de los alfas.

—Sí —respondió sonriendo el alfa de cabellos color plata—, a decir verdad recién publiqué mi primera novela.

—Muéstrame cómo escribes —dijo Yuuri poniéndose de pie—, quiero que lo hagas aquí. —Levantó la pierna poniéndola sobre la mesa y mostrando su muslo descubierto, después le entregó una pluma al apuesto alfa de ojos azul cielo que lo observaba con curiosidad.

—¿Qué quieres que escriba? —preguntó aceptando la pluma que le ofrecía.

—Sorpréndeme —respondió el omega con una sonrisa sensual.

El de ojos zarcos sonrió y se acercó a Yuuri, lo miró a los ojos y luego acarició suavemente el muslo desnudo que le ofrecía, después de pensarlo un poco acercó la pluma y comenzó a deslizarla con suavidad sobre la piel blanca y delicada del omega que le observaba atentamente; le sexe d’un ange aux yeux brunes.

Yuuri miró las palabras escritas y puso una expresión de desilusión.

—Tú no eres un escritor —dijo bajando su pierna de la mesa—. Esto no es escritura, es un garabato, horrible.

Víctor rio ante la declaración de Yuuri.

—Entonces —dijo regresandole la pluma—, enséñame tú. —Yuuri lo miró sorprendido al oír sus palabras, el de cabello plateado comenzó a desabotonar su camisa y cuando su pecho estaba descubierto tomó la mano de Yuuri y la llevó hasta él—. Si no puedo ser el escritor permíteme ser el libro —sonrió—, trátame como la página de un libro, tu libro.

Yuuri no pudo evitar sentirse seducido por aquella invitación. Acercó la pluma al cuerpo de ese atractivo alfa y comenzó a deslizarla con maestría sobre su piel. Escribió:

«El olor del papel blanco es como el color de la piel de un nuevo amante, quien llega de sorpresa a través de un jardín húmedo. Y la tinta negra es como el cabello laqueado. ¿Y la pluma? Bueno, la pluma es como el instrumento del placer cuyo propósito nunca está en duda pero cuya eficiencia sorprendente siempre se olvida.»*

Acarició con sus dedos la piel escrita por él, absorto en su creación, complacido por las palabras que salieron de su pluma en cuanto la acercó a la hoja de papel en que se había convertido el cuerpo de aquel hombre. Miró los ojos azules del alfa con auténtico deseo, un deseo más puro e intenso que cualquier otro que haya sentido antes. Realmente deseaba fundirse con él y despertar siendo un nuevo Yuuri, uno que también pudiera crear.

—¿Y entonces? —preguntó el alfa—, ¿qué es lo que me puedes enseñar sobre la escritura?

—La escritura es una ocupación común, pero aún así preciosa —sonrió y se acercó más al hombre de cabello plateado, y le dijo casi en un susurro—, pero para ser hermosa realmente, la palabra humo debe moverse como el humo y la palabra lluvia debe caer como la lluvia.

El alfa sonrió.


Yuuri terminó por dejar a Christophe para irse a su departamento con el apuesto alfa que se había ofrecido como página en blanco para ser escrita por él.

Yuuri no podía dejar de observar su pecho escrito, lo desvistió con maestría y lo lanzó a la cama para sentarse sobre él, besó el cuello del hombre y quiso seguir su obra sobre él. Escribió en cada trozo de piel desnuda y luego lo observó complacido, anhelante.

Se desvistió con cuidado ante la atenta mirada de su nuevo amante, se inclinó sobre la cama y se acercó lentamente a su entrepierna, besó su miembro erecto y humedeció su glande lentamente haciéndolo gemir de placer y deseo, luego introdujo el erecto pene del alfa dentro de su boca, atrapandolo en la suave humedad de su cavidad.

El sexo oral que Yuuri le daba lo volvía loco, si seguía así acabaría en su boca, cosa que al omega parecía no molestarle. Yuuri estaba dispuesto a hacerlo perder la cabeza por él y no se detuvo, implacable e insaciable, hasta hacerlo alcanzar el orgasmo en un gemido profundo y gutural.

Lo miró sonriente, satisfecho por ser capaz de provocar aquella reacción en tan hermoso alfa. Después de unos momentos en los que vio como la respiración de su compañero se regularizaba, se sentó a horcajadas sobre él y devoró sus labios con un beso dulce y apasionado. Pequeños gemidos inundaban y rompían el silencio del lugar mientras sus lenguas danzaban al tiempo que las manos de Yuuri recorrían el pecho fuerte y cálido de su acompañante.

Víctor se dejaba hacer mientras disfrutaba del tacto suave de las manos delicadas y exploraba la humedad de su lengua entre sus labios.

Yuuri rompió el beso dedicándole una nueva sonrisa, podía sentir la erección nuevamente creciente de su compañero y decidió sentarse sobre ella, introduciendo su miembro lentamente dentro de su lubricada entrada. Comenzó a moverse despacio mientras además se masturbaba, el alfa sonreía envuelto en el éxtasis que los movimientos del omega le causaban, hipnotizado también con la erótica imagen de los labios entreabiertos y los ojos húmedos y brillantes de Yuuri. 

El omega imponía un ritmo que poco a poco lo llevaba a adentrarse en placenteras sensaciones, las que se incrementaban al ver el cuerpo entregado de su amante a su escritura y su dominio, en esa ceremonia simbólica en la que pasaba de ser creatura a creador.

Y el clímax lo atrapó, lo abrasó, lo enredó en la telaraña eléctrica de sensaciones placenteras que se extendían por su cuerpo desde el centro de su placer.

Antes de que volviera a ser plenamente consciente de sí mismo, en un rápido movimiento, fue puesto por su amante bajo él, con las rodillas sobre la cama e inclinando su cuerpo hacia adelante, dejando descansar su cabeza sobre la almohada mientras sus manos se extendían sobre las sábanas.

Él comenzó a penetrarlo intensamente, con deseo, con anhelo por fundirse con ese cuerpo delgado y pálido que se le ofrecía vulnerable y exquisito, tan inocente y voluptuoso al mismo tiempo.

El clímax también arrasó con su conciencia y con su cuerpo que ya no se sostuvo a sí mismo, cayendo sobre el omega y luego a su lado, abrazándolo, apegándolo a su carne como un tesoro sagrado que no quería dejar escapar.

Se quedaron en silencio por un largo momento en el que sus respiraciones acompasadas eran el único sonido que quebraba aquel mutismo en el que se habían sumergido.

Después de aquello, Yuuri giró su cuerpo quedando frente a él.

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó mientras recorría su mejilla con sus dedos

—Víctor —respondió él regalándole una sonrisa—, Víctor Nikiforov. 

—Ha sido un placer conocerte, Víctor.


Los placeres de la literatura y aquellos que le otorgaba el sexo parecieron al fin fundirse y concretarse sobre el cuerpo de su amante, con él podía satisfacer sus deseos carnales y también dar rienda suelta al placer de la escritura: siendo receptáculo de las palabras de Víctor, que además de escritor resultó ser traductor, manejaba cinco idiomas: ruso, francés, inglés, chino y japonés, y el cuerpo de Yuuri muchas veces los contenía todos. A su vez, Yuuri usaba a su amante como página en blanco para plasmar sus creaciones y recrearlo con ellas…

—Léeme lo que has escrito —dijo Víctor tendido sobre la cama, cubierto con los Kanjis que Yuuri escribió con dedicación

—El libro del inocente —respondió Yuuri para proceder a leer:

Este es un libro inocente – sin usar y sin leer, un inocente con trescientas páginas blancas como la leche, y sin ilustraciones.

Las páginas aún están sucias del polvo blanco del fabricante.

Las páginas tienen un sabor dulce, como leche esperando la punzante pluma, la tinta que ensucia, los curiosos pelos del pincel, todos ansiosos de invadir los intrincados espacios de la virginidad del libro.

Las ataduras son fuertes  las costuras están apretadas, esperando una pequeña inflexión y una ruptura.

Las páginas yacen chatas y crujientes, los músculos de las páginas se desperezan.

No hay carne innecesaria que haya sido estimulada a correr en exceso por una manipulación descuidada.

El pulgar humedecido del anhelante lector todavía no ha marcado los suaves tejidos de este magro, limpio, sonriente volumen.

Extiéndeme, y ábreme en dos, para el placer.**

Al terminar de leer miró a Víctor y él le sonrió abrazándolo por la cintura para extenderlo en la cama junto a él.

—Me encanta, Yuuri —dijo—, eres mejor escritor de lo que nunca podría serlo yo.

—No lo creo —respondió el omega.

—Es cierto, yo sólo puedo escribir sobre lo que veo en cambio tú escribes sobre lo que sueñas.

—Aún así prefiero leerte a ti —sonrió.

—Yuuri, hace un tiempo me contactaron de una editorial japonesa para que mi libro sea publicado también en ese idioma, la verdad es que en poco tiempo se publicará. El editor me ha pedido viajar a Japón para su lanzamiento. Acompáñame.

—Volver… a Japón.

—Siempre he tenido intenciones de vivir en Tokio por un tiempo, ¿puedo ser egoísta y pedir que vengas conmigo?

Yuuri se sintió confundido con respecto a sus deseos. Nunca pensó que algún día volvería a su país natal. Él estaba seguro de que las luces de Francia y las pasarelas y escenarios parisinos lo acompañarían por siempre. Sin embargo, la idea le agradaba, después de todo, ahora la única cosa a la que no podía renunciar era a aquella mancomunión que había alcanzado con su amante de cabello color plata y ojos como el cielo.

Aceptó y en menos de dos meses se encontraba a bordo de un avión rumbo a Narita.

Japón había cambiado, pero a la vez seguía siendo el mismo. Esa extraña sensación de nostalgia y extrañeza lo acompañaba mientras el taxi se dirigía al hotel donde estarían juntos hasta conseguir un lugar apropiado al cual mudarse. Llegaron cansados y no hicieron otra cosa más que dormir durante el resto del día. Despertaron seis horas después, cuando eran ya las 8 de la noche. Se ducharon, se cambiaron de ropa y salieron para recorrer las calles de Shibuya.

Víctor se sintió abrumado al salir del metro y encontrarse inmerso en ese mar humano, el exceso era la palabra que mejor describía el lugar; exceso de gente, exceso de luces de neón que iluminaban el cielo negándoles poder contemplar las estrellas y exceso de ruido proveniente de las tiendas que invitaban sin cesar a los transeúntes a entrar, en un discurso vacío e interminable.

Tenían hambre así que entraron en un pequeño local de ramen. Sólo era una barra alrededor de la cocina en donde los comensales comían en silencio y rápidamente. Víctor se sintió algo incómodo al escuchar el ruido que hacían los japoneses cuando sorbían la sopa.

—Eso es muestra de que les gusta mucho —dijo Yuuri en francés—, ya te acostumbrarás —rio ante el gesto de incredulidad con el que él lo miraba.

Después volvieron al hotel, seguían cansados y al día siguiente Víctor debía reunirse con el editor de su libros. Había conseguido que Yuuri lo acompañara, tenía muchas ganas de presentarlo con su editor y de hacer que leyera algunas de las cosas que el omega había escrito, estaba seguro de que lo consideraría maravilloso, al igual que él.




*Textual de «Makura no Sōshi»

**Textual de «The Pillow Book»

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