Los placeres de la carne y la escritura sobre el cuerpo (Escrito en tu piel)


Los placeres de la carne

A los veintitres años, Yuuri ya se había convertido en un bailarín reconocido en los escenarios europeos, para el gusto francés de la época resultaba exótico y atractivo un omega oriental de piel clara con esos llamativos y hermosos ojos color vino que resplandecían como estrellas, contrastando con el oscuro cielo de su perfectamente lisa y negra cabellera.

El omega obediente y amable que siempre había sido se transformó en un joven de vida licenciosa que disfrutaba de poner su cuerpo como objeto de la miraba que atrapaba los ojos de los alfas a su alrededor. Pero ninguno lograba quedarse demasiado tiempo junto a él, parecía que Yuuri estaba siempre en constante búsqueda de algo que no lograba encontrar.

Años antes, el día en que cumplió los veinte, solo en un país extranjero y habiendo hecho recién sus primeros trabajos como modelo para una revista de moda, despertó con la necesidad de que alguien ocupara el lugar de su padre en aquel antiguo ritual en el cual su rostro era firmado con su nombre, repitiendo simbólicamente el proceso de creación en el cual le daba vida, nombre e identidad.

La única persona que Yuuri conocía era un muchacho alfa de nombre Christophe Giacometti, él había llegado a Francia siendo un niño junto a sus padres emigrantes Suizos, al reconocer en Yuuri a un extranjero desorientado que no sabía hablar francés, aunque sí inglés, decidió ayudarlo. Lo asistió con el idioma y le consiguió un lugar donde vivir, además, lo empleó en el restaurante de sus padres para que atendiera mesas en lo que conseguía algo mejor. Yuuri llegó temprano a la casa del joven y entregándole tinta y pincel le pidió que la ayudara a repetir aquella ceremonia de cumpleaños.

Al muchacho pareció divertirlo la propuesta y se dispuso inmediatamente a seguir las instrucciones de Yuuri, a los pocos minutos, el omega miraba el resultado en un espejo de mano que el joven le había prestado.

Lo miraba críticamente y al cabo de un rato suspiró.

Christophe se encontraba sentado en el sofá, mirando como Yuuri inspeccionaba su rostro frente a él, lo vio dejar el espejo en la mesa de centro y luego acercarse a él, Yuuri se sentó en las piernas de su amigo y lo besó. Christophe lo abrazó por la cintura y respondió aquel beso con pasión; el omega era hermoso y no podía negar que era algo que antes ya había deseado.

Cuando Yuuri despegó sus labios de los de su amigo le sonrió.

—Es mi beso de gratitud —le dijo—, lamentablemente tu caligrafía es horrible así que no te daré nada más —rio divertido.

Chris también sonrió y desordenó el cabello del amigo que seguía sentado sobre su regazo.

—Si no quieres nada más —le dijo con una sonrisa de autosuficiencia—, eres tú quien se lo pierde —golpeó suavemente la punta de la nariz del omega con su dedo índice mientras se echaba a reír también.


A los veintitrés años Yuuri ya se había convertido en un bailarín reconocido en las escenarios europeos, y el día anterior a su cumpleaños número veinticuatro él danzaba sobre las tablas de un teatro parisino con un traje ceñido que marcaba su figura, era un vestido rojo que se componía de un corset y una amplia falda que tenía una abertura al costado derecho dejando al descubiertos sus largas y delgadas piernas. Mientras bailaba con gracia, sus ojos se cruzaron con los de un hombre alfa de ojos azul grisáceo, delgado y de apariencia masculina, seductora. Él vestía un traje azul ajustado y se encontraba sentado en primera fila; sus ojos lo miraban deseosos. El omega percibió y aceptó ese deseo dedicándole una sonrisa sensual, sin otro gesto de por medio se pusieron de acuerdo y al finalizar su trabajo Yuuri lo siguió hasta su coche, un descapotable rojo, en el cual se subió después de que el hombre le abriera la puerta con galantería.

El destino fue el departamento que Yuuri tenía en el centro de la ciudad, se había mudado hacía poco, era amplio y bien iluminado, aunque se encontraba aún algo vacío y faltaban muebles.

A penas Yuuri cerró la puerta del apartamento, fue acorralado contra la pared por los fuertes brazos del hombre junto a él, su aroma masculino, mezcla de buen tabaco e intenso café lo embriagó y excitó haciendo que su cuerpo respondiera inmediatamente a las caricias apasionadas que su compañero le otorgaba. Las hábiles manos del alfa subieron el vestido rojo que Yuuri aún llevaba puesto y se colaron por los muslos del omega hasta llegar a su sexo. Sonrió al sentir la erección a través de la delgada tela del pequeño calzón que lo cubría y acarició esa dureza con suavidad, haciéndolo gemir de placer.

Yuuri comenzó a desabotonar la camisa blanca que su acompañante llevaba bajo una chaqueta de un oscuro azul y luego se deshizo de ambas dejándolas caer al suelo. El alfa entonces lo tomó en sus brazos y siguiendo las indicaciones del omega lo llevó hasta la habitación.

Cayeron entrelazados sobre la cama.

El alfa lo desnudó completamente y se dedicó a acariciarlo con frenesí, Yuuri se dejó arrebatar por la lujuria mientras sentía su piel arder por donde el alfa tocaba. Después de algunos besos y caricias el alfa se puso de pie para terminar de desvestirse, se quitó los pantalones y los zapatos mientras Yuuri abría el cajón de su velador para entregarle un condón y también lubricante. El alfa se colocó condón y después sonrió, abrió las piernas de Yuuri y después de prepararlo con sus dedos lubricados, haciéndolo elevar su pelvis, se introdujo dentro del omega para penetrarlo vigorosamente.

Hacía mucho tiempo que Yuuri no tenía un sexo tan bueno.

Estaba en la cama, exhausto, mientras observaba a su amante fumar un cigarrillo a su lado. Observó el reloj de pared y se dio cuenta que ya era de madrugada, la madrugada del día de su cumpleaños.

—Hoy estoy de cumpleaños —dijo Yuuri sentándose en la cama—, ¿me podrías dar un regalo? —El hombre levantó una ceja mientras dejaba escapar el humo del cigarrillo. Yuuri sonrió—, no te preocupes, es algo sencillo.

Yuuri caminó desnudo hasta un escritorio que se encontraba junto a la ventana, tomó un pincel y tinta para dirigirse nuevamente a la cama, se inclinó al lado de su compañero y le dijo:

—¿Podrías escribir mi nombre sobre mi rostro? Es una tradición que no quiero perder.

El hombre lo miró con seriedad, pero luego tomó el pincel y la tinta y escribió el nombre del chico mientras él recitaba en japonés las palabras que año a año decía su padre mientras lo hacía.

Cuando él terminó de escribir su nombre, Yuuri corrió al baño para observar el resultado. Las letras latinas no eran del todo su agrado, pero viviendo en Europa ya se había acostumbrado a ellas. Sin embargo, el resultado no le agradaba. Ese hombre era un excelente amante, pero no podía aceptarlo si no era capaz de escribir su nombre de un modo en que a él le gustara.

Yuuri regresó a la cama y se tendió en ella apoyando su cabeza en las piernas del alfa.

—Lo siento —le dijo—, pero no podremos vernos más, tu caligrafía no es bonita. Esta será nuestra única noche juntos.

—Si es la única —respondió con voz grave y ese acento extranjero que Yuuri ya había notado—, permíteme disfrutarla —sonrió.

Él acarició los labios color cereza de Yuuri y luego bajó con sus dedos por su cuello, acarició sus clavículas y recorrió su pecho, concentrándose en sus pezones oscuros y arrancándole un gemido de placer al apretarlos entre sus dedos.

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó Yuuri entre jadeos.

—Si es nuestra única noche, no veo la necesidad de contestar.

—Al menos dime de dónde eres.

—Canadá —respondió él mientras se acomodaba nuevamente sobre el omega con sus ojos inyectados de deseo. 

Escritura sobre el cuerpo

Yuuri nunca estuvo satisfecho con sus amantes, por muy buenos que fueran en la cama al pedirles que escribieran para él su decepción era profunda. No había ninguno que igualara el talento de su padre al escribir, ni su elegancia, ni su perfección.

Decidió entonces buscar de una manera diferente: ya no buscaría amantes que supieran escribir. Ahora quería buscar escritores que también fueran buenos amantes.

El primero en llamar su atención se llamaba Seung-Gil Lee, era un hombre atractivo, pero además era un joven alfa coreano que estaba de paso en Europa ya que sus libros habían tenido éxito entre el público parisino.

Esa tarde estaba firmando autógrafos en una librería céntrica de la ciudad, Yuuri hizo la fila y cuando llegó su turno le dijo:

—Olvidé traer el libro —sonrió seductor—, pero tal vez no le moleste poner su autógrafo aquí —levantó su blusa dejando ver la piel desnuda de su abdomen.

Seung-Gil Lee lo observó curioso, pero pese a lo insólito de su petición decidió complacerlo y estampar su firma en su suave y blanca piel.

Yuuri sonrió complacido.

—Tu escritura es tan hermosa que quisiera ver mi cuerpo entero escrito por ti. No vivo muy lejos, por si te animas a hacerlo —sonrió y luego se marchó, no sin antes entregarle una tarjeta con su nombre y dirección.


Yuuri estaba desnudo sobre su cama, a su lado, vestido de un elegante color negro se encontraba Seung concentrado en el cuerpo de Yuuri, recorriéndolo con el pincel y escribiendo delicadamente sobre sobre su cuerpo.

Yuuri se sentía excitado, cada vez que el pincel recorría su cuerpo este se llenaba de sensaciones placenteras que lo sumergían en la humedad que se apoderaba poco a poco de él. Imaginarse vestido con la caligrafía perfecta de Seung lo hacía subir a la cima del éxtasis, y ahí se encontraba cuando al fin el alfa terminó, Yuuri se miró al espejo y quedó complacido como nunca antes al ver su cuerpo tatuado en tinta.

Ardiente, fogoso, se lanzó a los brazos de Seung buscando encender también su fuego para luego arder en la llama de su deseo.

Seung no era el amante que esperaba.

Frío y calculador buscaba contener la pasión de Yuuri en lugar de dejarse embriagar por ella. Quería imponer su ritmo calmado en lugar de arrojarse a la lujuria y el disfrute de los sentidos alterados por la obscenidad y la lascivia.

Yuuri alcanzó el clímax más por su propio deseo que por la compañía de Lee.

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