Escribe mi nombre, inscribe lo que soy (Escrito en tu piel)


«Estoy convencido de que hay dos cosas en la vida que son fundamentales: las delicias de la carne y las delicias de la literatura. Yo he tenido la suerte de disfrutar de las dos por igual».*

Yuuri entonces volvió a mirar hacia la cama, él dormía plácidamente, desnudo, sólo cubierto por la delgada sábana blanca que parecía acariciar su piel con suavidad. Dejó el pincel sobre un paño y caminó descalzo hacia la cama, se deslizó bajo las sábanas y acercó las manos hacia el pecho del hombre dormido y desnudo, que al sentir la delicada caricia lo atrapó instintivamente entre sus brazos.


Escrito en tu piel


—Cuando Dios modeló con arcilla al primer ser humano le pintó los ojos —dijo el hombre mientras usaba el pincel sobre los párpados de su pequeño hijo, en el día de su cumpleaños número cuatro—, le pintó los labios y el sexo —prosiguió mientras entintaba los pequeños labios del pequeño omega—. Luego escribió el nombre de la persona para que no lo olvidara —las mejillas sonrosadas fueron pintadas con su nombre: Yuuri.**

Año a año se repetía aquella ceremonia, cada cumpleaños el padre de Yuuri, un talentoso escritor, escribía sobre el rostro del niño como si quisiera repetir el momento de la creación y llevar al límite su relación de consanguinidad: de padre e hijo, creador y creatura.

Siempre era el mismo repertorio, pero al cumplir los doce años algo fue diferente. El editor de su padre fue a visitarlo junto a un niño alfa algunos años mayor que Yuuri, ese hombre, que lucía sus cincuenta años con una calvicie prominente, le provocó desagrado al niño omega. Cuando lo vio tomar el pincel para ser él quien grabara su nombre en su rostro, su cuerpo se puso rígido y se llenó de incomodidad.

Más tarde, se le informó a Yuuri que el niño que lo acompañaba era su prometido y que después de cumplir los dieciocho años se celebraría el matrimonio. Él no preguntó nada: el peso de esas palabras aún no la aplastaba.

El tiempo siguió avanzando y Yuuri no volvió a ver al editor y tampoco al niño, ya no podía recordar sus rostros cuando cumplió los dieciocho años. Edad en la que su padre seguía escribiendo su nombre con tinta sobre su rostro antes de comenzar con las celebraciones de cumpleaños.

Escribe mi nombre, inscribe lo que soy

Con el pasar de los años,  Yuuri olvidó completamente el compromiso que se le anunció a los doce. Después de todo, nunca más volvió a ver a ese chico de mirada agresiva, hijo adoptivo del editor de su padre, que conoció a tan tierna edad. Por eso, no lo reconoció cuando entró junto a su padre en medio de los abrazos que le daban por sus recién cumplidos dieciocho años.

El omega se encontraba sonriente y con el rostro pintado cuando su mirada se cruzó con la del joven moreno que lo miraba con indiferencia

—¡Pero qué hermoso te has puesto! —exclamó el hombre mayor que acompañaba al muchacho. Lo tomó por los hombros y lo besó en su frente.

Yuuri revivió aquella misma sensación de incomodidad que lo invadió cuando era sólo un niño, su cuerpo rígido deseaba apartarlo de sí rápidamente, pero en consideración a su padre se dejó abrazar por ese sujeto, después de todo, no podía decir que tuviera algo en su contra y gracias a él su padre siempre pudo vivir de lo que más amaba: escribir.

—Estoy seguro que mi hijo, Phichit —dijo mirando al apuesto joven alfa a su lado—, está feliz de comprobar la belleza de su prometido. —Los ojos de Yuuri se clavaron en los de Phichit—. Dentro de seis meses se celebrará la boda, los preparativos ya están en marcha —concluyó.

Y esas palabras que le dijeron cuando cumplió los doce años, ahora, seis años después, cobraban su verdadero significado dentro del alma de Yuuri.

El resto de la tarde hablaron de los preparativos de la boda, pero Yuuri, uno de los novios, parecía ser un espectador secundario que simplemente debía acatar lo que su padre y su editor, pero sobre todo el editor, decidían para el día de su matrimonio.

Yuuri entonces se dedicó a observar a su prometido, intentó encontrar en él algo de lo que se suponía debía hallar en su futuro esposo. Era atractivo, su piel morena no tenía rastros de imperfecciones, sus ojos aceitunos brillaban como un par de ónix grises, pero a su vez eran fríos y su mirada indiferente y con cierta velada agresividad. A Yuuri le pareció que Phichit no se interesaba en él, lo único que hacía el joven era asentir a lo que su padre decía y responder de manera breve y práctica a las preguntas que se le hacían. Nunca le dirigió la palabra al joven omega, ni le preguntó su opinión sobre los por menores de la ceremonia nupcial.

Yuuri se sintió desolado e ignorado. Siguiendo la corriente en un destino decidido por otros.


Ya de noche, Yuuri reposaba su cabeza sobre las piernas de Minako, la niñera que lo había cuidado desde pequeño. La amorosa omega acariciaba el cabello del muchacho mientras leía para él. Yuuri se lo había pedido, era una costumbre adoptada en la niñez: cada vez que se sentía triste Minako leía para él hasta que se dormía acunado por la voz de la mujer que lo había cuidado más que nadie.

—Encontrarse con el amante —leía Minako las palabras de Sei Shonagon expresadas en El libro de la almohada, el diario íntimo que a su pesar se volvió público—: En invierno, cuando hace mucho frío y una está sepultada bajo la ropa de cama escuchando las amorosas palabras de su amante, es una delicia oír el sonoro gong del templo, que parece salir del fondo de un pozo. Los primeros cantos de las aves, que todavía ocultan sus cabezas bajo las alas, suenan extraños y en sordina. Luego los pájaros, uno tras otro, cantan respondiéndose. Placentero es yacer oyendo el sonido que se hace cada vez más nítido.

—Quisiera poder experimentar eso —dijo de pronto Yuuri interrumpiendo la lectura de Minako—, escuchar dulces palabras de amor en los brazos de un amante apasionado, pero ese hombre no parece interesarse para nada en mí.

—Eso es porque no te conoce —razonó Minako—, a él también le impusieron el compromiso siendo pequeño. Pero no podrá resistirse a tu belleza y cuando te conozca se enamorará de tu dulzura y tu inteligencia, ya lo verás.

—Espero que tengas razón —respondió Yuuri esbozando una sonrisa esperanzada.


Los meses pasaron rápidamente y Yuuri no había tenido la oportunidad de hablar con su novio. Todos los preparativos estuvieron a cargo del padre de Phichit y el omega sólo vio pasar el tiempo hasta que llegó el día señalado en que debía usar el traje blanco tradicional que lo mostraba como novio.

A Yuuri le parecía estar viviendo algo irreal. Siguió las indicaciones que le daban y cumplió con su rol en la ceremonia, se sacó fotografías con los invitados y sonrío ante las felicitaciones. Sin embargo, aún no se convencía de que era él quien se estaba casando, más bien le parecía un sueño o una especie de representación que terminaría al bajar el telón. Como estar actuando la escena de alguien más.

Esa sensación la siguió acompañando incluso cuando se encontró a solas con su marido. Entendía lo que acontecería entre ambos, su madre, una mujer no muy presente, sobria y poco afectuosa, se había encargado de decirle a Yuuri que llegado el momento de consumar su matrimonio debía obedecer a su esposo y hacer lo que él le pidiera, algo que no lo convencía del todo.

Cuando Phichit se acercó a él y enredó sus dedos en el cabello de Yuuri las sensaciones lo golpearon con fuerza: el sueño había terminado y él seguía estando ahí.

Su esposo resultó ser un amante diestro, por lo que Yuuri no tardó en encontrarse embriagado en su aroma masculino que le recordaba a especias como el orégano recién cortado. Se dejó perder entre los brazos del alfa y disfrutó de la experiencia pese a la falta de ternura de su compañero, que a cambio le entregaba frenesí y lujuria.

Yuuri se durmió exhausto, sexualmente satisfecho aunque decepcionado por no haber oído ninguna palabra amable o afectuosa de su compañero. 

Se convenció a sí mismo de que ellas llegarían con el tiempo. Tal vez en el momento en que el alfa decidiera finalmente marcarlo. 


La vida de casado no fue lo que Yuuri había soñado.

Habían pasado cuatro meses desde la boda y aún no conseguía esas palabras tiernas que siempre esperaba durante el sexo. Al contrario, Phichit cada día era más frío e indiferente hacia él. Yuuri comenzó a sentirse como un adorno más dentro de aquella lujosa casa que compartía con su marido, un adorno que le servía en la cama, pero que fuera de ella no tenía ninguna incidencia en su vida o sus decisiones.

Aún así, Yuuri no se desanimaba e intentaba llamar la atención de su esposo con gestos amables e interesándose por él, pero siempre evitando parecer entrometido. Realmente quería que su matrimonio funcionara, después de todo, era lo que su padre había escogido para él y él siempre vio en su padre al mejor y más sabio de los hombres, lo admiraba profundamente y por eso siempre daría lo mejor de sí mismo para satisfacer sus expectativas.

No obstante, de la noche a la mañana todo cambió. No había cumplido aún los 5 meses de casado cuando un repentino ataque cardíaco le arrebató la vida a su padre. Yuuri creyó que no había dolor más grande que el que experimentaba en esos momentos. Buscó consuelo en su esposo, pero él no quiso o no supo dárselo y la soledad en la que el omega había estado viviendo desde su matrimonio lo azotó con una fuerza desgarradora.

Yuuri dejó de sonreír, dejó de intentar agradar a Phichit, dejó de hablarle y dejó de aceptarlo sexualmente. El alfa no le dio mayor importancia pensando que era normal por el dolor de la pérdida, pensó para sus adentros que lo mejor era dejarlo tranquilo para que superara la triste situación.

Los monótonos días siguieron pasando para un Yuuri apático y abúlico, y sólo el cumplir diecinueve años lo sacó de su ensimismamiento. Tomó un pincel y tinta y fue en busca de su esposo.

—Phichit —pronunció despacio, llamando la atención de su marido que se encontraba desayunando en la mesa de la cocina—, por favor, puedes pintar mi rostro —lo miró a los ojos esperando una respuesta. Hacía más de un mes que no le hablaba, pero en el fondo de su corazón sentía que si Phichit hacía lo que le estaba pidiendo, aún podría enamorarse de él y lograr que él lo amara también.

—Eso siempre me pareció una tontería —respondió Phichit con indiferencia, movido tal vez por todo el tiempo en que había sido rechazado, después de todo no era un hombre que olvidara fácilmente.

—Por favor, necesito que lo hagas —rogó Yuuri dejando ver su angustia.

—No seas estúpido, algo así no es en absoluto necesario —respondió el alfa molesto, poniéndose de pie.

Yuuri lo siguió por toda la casa suplicando a su marido que pintara su rostro, nunca antes había sentido lo importante que era para él que escribieran sobre su cara. Sentía que si su nombre no era escrito, como cada año, él ya no podría seguir siendo el Yuuri que todos conocían.

Phichit salió de la casa azotando la puerta con fuerza, molesto por la insistencia de su esposo y dejándolo solo, bañado en lágrimas.

Yuuri entonces corrió a mirarse en el espejo grande que había en su cuarto, secó su rostro y se miró fijamente, tomando el pincel entintado.

—Cuando Dios modeló con arcilla al primer ser humano le pintó los ojos —dijo Yuuri intentando dibujar los kanjis sobre sus mejillas—, le pintó los labios y el sexo —prosiguió mientras entintaba con rabia sus labios—. Luego escribió el nombre de la persona para que no lo olvidara. —Escribió su nombre mientras volvía a llorar, insatisfecho con el resultado. Lanzó la tinta y el pincel con furia para después esparcir la tinta sobre su húmedo rostro.

Phichit estuvo todo el día fuera de casa, primero había pensado no volver por un tiempo, no obstante, terminó sintiéndose culpable por su actitud con Yuuri, después de todo, lo que le pidió era algo bastante sencillo.

Siempre le había parecido que Yuuri era un omega fácil de complacer y en muchas ocasiones estuvo tentado de aceptar la amabilidad que le ofrecía y convertirse en el esposo tierno que sabía que él deseaba, pero era algo que le costaba demasiado conceder.

Aún así, el día no acababa y Yuuri seguía estando de cumpleaños, tal vez si llegaba y pintaba su rostro como se lo había pedido por la mañana, algo podría cambiar entre los dos. Se dirigió a su casa pensando en eso, pero cuando llegó supo que era demasiado tarde: El fuego lo consumía todo y ya no había rastro de su joven esposo.




*Textual de «Makura no Sōshi»

**Textual de «The Pillow Book»

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