XVI (Antes del alba)


Víctor leía recostado en el sofá de la sala cuando Yuuri entró a la casa, lucía cansado, pero contento. Era viernes y después de salir del trabajo se fue con sus amigos de la academia a patinar sobre hielo.

—Buenas noches —saludó a Víctor entrando a la sala y cayendo sobre un sofá individual, se sentía cansado y tenía un poco de sueño. 

—Buenas noches —contestó Víctor, bajó su libro y miró a Yuuri—, luces cansado.

—Lo estoy, me duelen los pies… patinar me gusta, pero los patines me lastimaron. 

—¿Quieres que te ponga pomada para aliviar las molestias?

—De verdad te lo agradecería. 

Víctor se levantó del sofá y, antes de subir a buscar la pomada, preguntó:

—¿Tienes hambre? Hay comida en el refrigerador.

—No, comimos papas fritas con hamburguesa después de patinar. 

—Okay, vuelvo enseguida. 

Víctor no tardó más de cinco minutos en regresar con la crema, se sentó en el suelo junto a Yuuri, quitó sus zapatos y calcetines, luego untó pomada en sus manos y comenzó a masajear, con dedicación y mucho cuidado.

Yuuri lo observaba y sentía las burbujas estallar bajo su piel, la electricidad recorriendo su cuerpo y la necesidad de sentir esas manos tocándolo de todas las maneras posibles; rudas y suaves, violentas y cuidadosas. 

—¿Tienes planes para mañana? —preguntó Víctor, ajeno a sus pensamientos. 

—No realmente, pero ¿te gustaría ir al cine conmigo?

—¡Me encantaría! —respondió Víctor animado—. Pensaba invitarte a comer fuera, podríamos almorzar y luego ir al cine, ¿estás de acuerdo?

—Sí, me parece un buen plan.

—¿Y qué película me invitarás a ver?

—No estoy seguro, veré la cartelera —dijo sacando su teléfono móvil del bolsillo de su pantalón—, ¿qué tipo de películas te gustan?

—Cualquiera que elijas estará bien para mí. —Víctor le guiñó un ojo mientras le mostraba una amplia sonrisa. 

Yuuri sintió su rostro arder, decidió mirar su celular para escapar de los ojos de Víctor y fingió que miraba la cartelera, pero la verdad era no podía hacerlo mientras sentía las manos de Víctor tocando sus pies.

***

A la una de la tarde del día siguiente, Víctor y Yuuri estaban ya sentados en el restaurante que había escogido Víctor. Era bastante elegante y Yuuri se sorprendió al ver los precios, pero a Víctor no parecía importarle. 

Víctor pidió pescado a la plancha acompañado con papas salteadas y ensalada. Yuuri escogió ravioles de espinacas rellenos con brócoli, el plato también tenía mozzarella fundida sobre la pasta. Acompañaron sus platos con vino blanco, aunque esta vez Yuuri tan solo bebió una copa. 

A Víctor le gustaba escuchar la voz de Yuuri contándole de manera entusiasta todo lo que hacía en el día y lo mucho que le gustaba estar en la academia de baile. Le confidenció que estaba juntando dinero porque quería estudiar, aunque sabía que sería difícil ya que el trabajo en la academia era temporal y no quería dejar de bailar. Aún así, pensaba que regularizar sus estudios era necesario, había buscado información en internet sobre escuelas para adultos y quería inscribirse durante el próximo semestre. Había aprendido algunas cosas por su cuenta y gracias a la ayuda de la gente a su alrededor, pero a Yuuri se le hacía insuficiente, quería aprender más. 

—Eres un hombre admirable —concluyó Víctor mientras lo miraba con los ojos brillantes. Yuuri se sonrojó y bajó la mirada.

—Yo… solo intento mejorar…

—Lo sé, y precisamente eso es lo que admiro de ti, pese a todo lo que has vivido no te estancas. No pareces el mismo chico que conocí en la consulta de Lilia, pese a que sigo percibiendo esa misma esencia dulce, pura y tímida. Que desees seguir aprendiendo cosas nuevas me alegra mucho y si puedo ayudarte con eso me harías sentir feliz. 

—Gracias, pero no ha sido solo mi esfuerzo —contestó Yuuri, levantó su cabeza y, pese a que su rostro seguía mostrando un hermoso rubor y enfrentó sus ojos marrones a los de Víctor—. Sin Lilia siempre a mi lado, sin ti mostrándome que merezco sentirme valioso, sin los amigos que he ido haciendo, nada de eso habría sido posible. 

—Estoy feliz de que me permitas seguir viendo la hermosa persona que eres, ahora mi mayor deseo es seguir descubriendo las sorpresas que nos puedes dar. 

Y otra vez Yuuri sintió que su corazón se encajaba en su garganta, como si quisiera salir por su boca y ofrecerse voluntariamente al hombre frente a él. 

***

Yuuri decidió comprar entradas para Rocketman, película que retrata parte de la vida de Elton John a través de una fantasía musical. Después de las dos horas de película, ambos salieron dispuestos a dar una vuelta por el centro comercial.

—¿Qué te pareció la película? —preguntó Yuuri mientras caminaban en medio de la gente.

—Bueno… me entretuve viéndola —respondió Víctor algo dubitativo.

—Puedes decirme si no te gustó, yo creo que sí fue un poco superficial en su relato. 

—Me entretuve viéndola, es cierto, aunque los musicales no son mis favoritos. Concuerdo en que es un poco superficial y, a decir verdad, Elton John me cayó mal —susurró lo último como si fuera un secreto, Yuuri rio ante la confesión de Víctor y Víctor pensó que podría vivir escuchando ese sonido claro y alegre. 

La tarde pasó de prisa y Víctor salió del centro comercial cargando una bolsa con zapatos nuevos. 

Decidieron caminar de regreso a casa, no quedaba muy lejos y a ambos les gustaba caminar mientras mantenían una charla amena. El clima estaba algo frío, pero iban cubiertos con gruesos abrigos que los ayudaban a mantener sus cuerpos calientes. 

Al pasar por un callejón ambos sintieron un suave gemido lastimero, miraron intrigados y vieron una caja de cartón abandonada que se movía. Yuuri se acercó y dentro de la caja vio a un pequeño cachorro de caniche que intentaba salir de la caja. Se arrodilló en el suelo sin importarle ensuciar su ropa y tomó al pequeño perro entre sus brazos, el caniche chillaba y ladraba en su regazo. 

—Lo abandonaron —dijo Yuuri acariciando el pelaje marrón, en un intento de calmarlo. 

—Debe tener hambre. —Víctor se inclinó y miró los pequeños ojos negros del cachorro. 

—¿Por qué, Víctor?, ¿por qué las personas abandonan a seres indefensos? —preguntó Yuuri abrazando al perrito. Víctor entendió que no solo se refería al caniche, Yuuri tampoco tuvo una familia que cuidara de él. 

—¿Quieres que lo llevemos a casa? Podríamos comprarle comida en la tienda de la esquina y en la semana llevarlo al veterinario. 

—¿De verdad? —preguntó conteniendo las lágrimas, con un brillo esperanzado en su mirada.

—Claro que sí, no podemos abandonarlo también.

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