XIX (Antes del alba)


Víctor cerró la puerta de su habitación y frente a él solo vio a Yuuri. 

Yuuri preparado para él y esperándolo junto a la cama, ruborizado, ansioso. Lo miraba con sus ojos marrones brillando como si contuvieran mil estrellas; un universo enorme y grandioso que en ese momento solo existía por Víctor. 

Víctor se aproximó a él, caminó lento, observando absorto su rostro enrojecido y sus labios hinchados producto de los besos compartidos. Cuando recorrió el corto trayecto y quedó frente a él por escasos centímetros, acunó su rostro entre sus manos y volvió a besarlo. Sus labios eran adictivos, dulces, tan dulces como el rocío sobre las flores, no se cansaba de degustarlos. 

Las manos de Yuuri se anclaron en los hombros de Víctor, su cuerpo entero temblaba de anticipación, de deseo y también de un poco de miedo. Aunque sabía que no era así, se sentía como un jovencito inocente a punto de ser desvirgado. Tal vez porque era la primera vez que se entregaba de manera voluntaria y por amor.

Víctor recorrió el contorno de Yuuri hasta que sus sus manos se posaron en la cintura de su novio. Dejó un último beso sobre sus labios y dijo:

—Cariño, en el momento que quieras podemos detenernos. 

—Lo sé, tú no me forzarías a nada. 

Víctor dibujó una sonrisa en su rostro y luego su boca reclamó un nuevo beso. Sus manos exploraron bajo la polera de Yuuri, acarició su espalda y pronto se animó a retirarla, desnudando el torso de su amante. Yuuri se sintió apenado, Víctor había visto su cuerpo desnudo, pero la persona que estaba frente a él era diferente: no era el esclavo que solo tenía en mente obedecer y complacer, era un hombre que quería ser atractivo para la persona que amaba, y le costaba sentirse así debido al daño marcado en su piel. 

—Eres hermoso —susurró Víctor, su voz sonaba sedosa cerca del oído de Yuuri—, hermoso —repitió mientras besaba su cuello y acariciaba con delicadeza las cicatrices que escribían sobre su cuerpo una historia difícil de olvidar. 

Las manos de Yuuri bajaron suaves hasta el pecho de Víctor, allí se dedicaron a desabotonar la camisa de su novio para luego arrancarla y dejar expuesta esa piel perfecta, tragó en seco cuando supo que podía tocarlo y sus dedos se posaron allí, en el pecho cálido que se le antojó besar. Y lo hizo, como el aleteo de las mariposas dejó dulces besos sobre la piel de su amante, deleitándose con su fragancia y textura. 

La habitación fue testigo mudo de los besos y caricias obsequiadas con mimo, de los suspiros y jadeos inevitables e invitantes, de la ropa regada en el suelo y los cuerpos desnudos sobre la cama. Yuuri temblaba al calor de sus cuerpos y Víctor dejaba una estela húmeda y ardiente sobre la figura excitada bajo su toque. 

—Te amo, mi Yuuri —le dijo mordiendo el lóbulo de la oreja y recibiendo un gemido ahogado en respuesta. 

Sus piernas se enredaron mientras las caricias y los besos continuaban, su erecciones despiertas se rozaban, el líquido preseminal las mojaba, sus manos apretaban, estrujaban y tocaban. Una mano de Víctor bajó con delicadeza por la espalda de Yuuri, acarició sus nalgas y llevó sus dedos en medio de ellas, palpando la entrada de su ano, sin entrar, solo rozando ligeramente por fuera. Un gemido prolongado y la cadera de Yuuri moviéndose contra sus dedos fue la recompensa. 

Yuuri se aferró al cuello de Víctor, besó cerca de oído y juntó aún más sus cuerpos, el calor abrasador cosquilleaba bajo su piel. 

Víctor comenzó a crear un camino de besos, desde el cuello de Yuuri, bajando por su pecho, deteniéndose en sus pezones, retomando el camino por el centro de su abdomen, saboreando la cuenca de su ombligo y bajando todavía más; hasta sentir el tacto suave del vello púbico contra sus labios. Se detuvo un momento y tomó un pote de lubricante y condones. 

—Te amo —dijo antes de besar los labios de Yuuri, luego volvió a bajar, se acomodó entre sus piernas y lamió el glande empapado de su amante. Jugó con su lengua sobre el pene erecto y escuchó con deleite los sonidos de placer que escapaban de la boca de Yuuri. Capturó entre sus labios la erección palpitante de su amante y succionó arrancando gritos que en sus oídos sonaban como el canto de una sirena, hipnóticos y cautivantes, no quería dejar de oírlos jamás. 

Sin dejar de practicarle sexo oral, tomó pote de lubricante y untó sus largos dedos, los mismos que luego ubicó entre las nalgas de Yuuri, acarició, palpó, entró; un dedo, dos y tres, de manera cuidadosa, lenta, abriendo la estrechez de Yuuri para que pudiera recibirlo.

Había tantas cosas que Víctor deseaba hacer al ver el cuerpo dócil de Yuuri, entregado a sus caricias, sumiso en sus manos. Pero de todas las fantasías que cruzaban por la mente de Víctor, la que más anhelaba cumplir era la de mostrarle a su amante lo mucho que lo amaba. Sería gentil y amoroso, le haría el amor de la manera en que él necesitaba ser amado, siempre. 

Después de prepararlo, y justo antes de que Yuuri se derramara su boca, Víctor dejó lo que estaba haciendo para tomar un condón, abrió el envoltorio ante la mirada acuosa de Yuuri y lo puso en su pene erecto y necesitado de atención. Luego se acomodó sobre Yuuri y acarició su cabello mientras sus erecciones se presionaban, una sobre la otra.

—Voy a entrar en ti —le dijo con suavidad—, si te sientes incómodo y quieres parar dímelo, ¿sí?

—Sí —respondió Yuuri con dificultad, el aire aún entraba agitado en su cuerpo excitado—, me amas y no te gustaría que me forzara a hacer algo, ¿verdad? —Víctor sonrió y asintió—. Pero quiero, lo necesito. Te deseo dentro de mí.

El brillo en los ojos de Yuuri fue suficiente para él. Y su amante vio como el azul de sus ojos desapareció casi por completo, oculto tras la excitación. 

Yuuri envolvió la cadera de Víctor con sus piernas y él lo besó. En medio del beso se adentró en el cuerpo de Yuuri, lo hizo despacio y sintió como la carne trémula de su amado se abría para luego apretarlo; el placer y la calidez corrió por su cuerpo como un tren de alta velocidad que no llegaba a destino.

Sus bocas tragaron gemidos y saborearon suspiros, sus labios no se despegaban en medio de la danza erótica de sus caderas y el sudor bañando sus cuerpos. Y ellos solo escuchaban la música de sus cuerpos chocando, de sus gemidos ahogados y la fricción de sus pieles, la gentil melodía del amor. 

Yuuri gimió fuerte cuando el ritmo impuesto por Víctor aumentó y sintió que su interior era invadido con fuerza. Las notas de su voz se hicieron más agudas cuando su pene mojado fue acariciado con ímpetu. El nombre de Víctor en sus labios escapó como un oración al cielo cuando el orgasmo le arrebató los sentidos y, por segundos, se vio perdido, sumergido en el mar de goce en el que se estaba ahogando. 

Víctor se deleitó con su nombre dicho en medio del orgasmo y quedó fascinado con esa expresión fruición que se adivinaba en su rostro; sus ojos mirando la nada y su boca abierta ya sin voz. 

Dos embestidas más y la estrechez de Yuuri también devoró la consciencia de Víctor, como una corriente que navegó en su cuerpo y viajó a su vientre para luego hacerlo volar al cielo creado solo para los dos. 

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