XIII (Antes del alba)


Yuuri disfrutaba la vida que ahora tenía. Aunque eso no significaba que a veces el pasado no volviera y lo atacará como una cruel serpiente que trepaba sobre su cuerpo, paralizándolo, apretando su pecho y enroscándose en su cuello: la respiración le faltaba y el sudor corría por su frente cuando aquello sucedía. 

Sin embargo, ahora sabía que esa vida se había acabado. El amo cruel ya no podía susurrar en su oído y la certeza de que jamás podría volver a dañarlo lo tranquilizaba, estaba preso pagando por su crimen y él, Yuuri, era libre. Su futuro reposaba en sus propias manos. 

Y no estaba solo en todo eso. Tenía a Lilia, en quién se refugiaba cuando pasaba por días oscuros y no sabía qué hacer, tenía a Chris, un excelente amigo que conocía su vida, con el que no tenía que fingir ni construir máscaras, a quién podía pedirle consejo y también tenía a Mila, Otabek, Yuri, Leo, Guang, Sara, Emil y Michelle, que eran los amigos con los que podía divertirse, ir al cine, al parque o a comer. Con ellos podía bailar y patinar, construir y mirar hacia el futuro. Yuuri era feliz. 

Pero le hacía falta Víctor. Aunque el tiempo pasaba y todavía no sabía de qué forma lo quería en su vida: ¿Cómo un amigo? Él era más que eso. ¿Cómo un novio? La sola idea le hacía quedar sin aliento. ¿Cómo un amo? Todavía no tenía esa respuesta.

Yuuri había pasado horas, días, buscando información y leyendo sobre BDSM, entró a foros y leyó experiencias que relataban sumisos y dominantes, descubrió que habían diferentes maneras de entender la filosofía, algunas más rígidas y otras más liberales, aunque todos coincidían en que era un estilo de vida que debía escogerse de manera voluntaria y seguir las normas de lo sensato, seguro y consensuado. Algo que difería mucho de la experiencia que vivió desde los once años. 

Cuando leía sobre algunas experiencias relatadas por los sumisos y las sumisas a través de blogs y páginas dedicadas al tema, Yuuri sentía como si mariposas aletearan bajo su piel; bajo las yemas de sus dedos, bajo sus pezones, en su vientre. Se sentía excitado y le costaba trabajo comprender las razones para que eso sucediera. A veces creía que era el método de defensa que su mente encontró para sobrevivir a todo el daño que recibió y eso le hacía poner un freno, una barrera. Le daba miedo ir más allá.

Le aterraba desear ser lastimado y humillado de la manera terrible que por tantos años vivió. 

Pero por más freno que le pusiera a sus deseos, estos siempre lo alcanzaban. En la madrugada despertaba excitado y sudado, con la imagen de Víctor aún dibujada en sus ojos: ese Víctor de mirada orgullosa y aspecto dominante que tanto extrañaba. Se veía a sí mismo sobre las rodillas del Dominante mientras él lo azotaba y era tan excitante que no podía evitar tomar su miembro endurecido y masturbarse hasta acabar. Mordía la almohada para ahogar sus gemidos y apretaba los ojos para que la fantasía no se escapara… cuando sentía sus dedos húmedos y tibios, la imagen de Víctor cambiaba y esos ojos azules parecían derretirse como miel; tan dulces y amables como sus palabras y caricias. 

Y Yuuri no sabía qué hacer con sus deseos. 

Decidió que tal vez lo mejor era experimentar todo eso, aunque solo fuera como espectador: ver lo que sucedía en esos encuentros, admirar con sus ojos a los sumisos que se entregaban voluntariamente a las manos de un otro. Le daba miedo, y cada vez que estaba a punto de salir e ir a alguno de esos lugares que había encontrado en internet, se arrepentía.

Pero la idea seguía allí, rondando su cabeza y esparciéndose como un virus que le quitaba el sueño y hacía suyos cada uno de sus pensamientos. 

La oportunidad para ir llegó una tarde de viernes, Chris le informó que llegaría tarde, iría a cenar con Víctor y luego tal vez fueran a divertirse a otro sitio. En uno de los foros en los que participaba como lector estaban hablando de una fiesta BDSM que se llevaría a cabo en un club del ambiente, habría exhibiciones de diferentes prácticas y pensó que verlas le haría tener más claridad sobre sí mismo.

Se vistió con un pantalón y una camisa negra, nada llamativo, pero supuso que era adecuado para la ocasión, además, tampoco quería llamar la atención de nadie, solo estar allí y presenciar lo que ocurría. 

Llegó bastante temprano al lugar donde la fiesta se realizaría, a las nueve de la noche cruzó las puertas, el sitio era amplio y estaba tenuemente iluminado, a un costado estaba el bar que vendía bebidas sin alcohol, en otra de las esquinas había mesas y sillones, luego la pista de baile. Caminó un poco, todavía habían pocas personas, en el bar dos hombres altos conversaban, Dominantes, supuso por sus trajes costosos y la postura erguida y orgullosa que ambos tenían. Siguió caminando y mientras lo hacía un gemido dolorido llegó a sus oídos, tragó grueso, pero caminó hacia el lugar de donde provenía. Allí la vio; una sumisa estaba atada a una cruz de san Andrés, prácticamente desnuda, solo un pequeño short de cuero cubría sus nalgas. La espalda de la sumisa, al igual que sus muslos, estaban ya enrojecidos por los azotes que su Dominante le propinaba con un flogger, a la vista de quien quisiera estar allí. Un pequeño grupo de hombres y mujeres observaban el espectáculo. 

Entre esas personas Yuuri pudo observar a algunos sumisos; una chica rubia que era rodeada por los fuertes brazos de un hombre de cabello castaño, un muchacho a los pies de una mujer que vestía con ropas de cuero y otro a los pies de un hombre de traje. También había un chico que lucía un collar, pero estaba solo, mirando con ojos brillantes como el Dominante azotaba a su sumisa. Yuuri también fijó su mirada en la escena; los jadeos de la mujer, el sonido de los golpes, la piel trémula y enrojecida, todo eso comenzó a excitarlo, tragó al imaginarse allí y sintió su piel arder ante la fantasía. 

Cuando los azotes acabaron, vio como el dominante abrazaba a la mujer, besaba su rostro y le decía lo hermosa y perfecta que era. Ella sonreía satisfecha, feliz de haber complacido a su amo. El corazón de Yuuri latía tan fuerte que por un momento creyó que se escaparía por su garganta. 

Buscó el baño, mojó su rostro y se miró al espejo, tomó aire y supo que sería difícil seguir escapando de eso. 

Después de unos minutos salió del baño, pidió una limonada en el bar que no vendía nada de alcohol y se quedó allí por un momento, observando a los sumisos y dominantes que entraban al lugar conforme la noche avanzaba. 

De pronto se sintió algo incómodo, el lugar cada vez se llenaba más y muchos ojos comenzaban a posarse sobre él. Se sintió observado, como si estuviese en algún tipo de exhibición, trató de no responder a esas miradas y concentrarse en su limonada, pero era incómodo y comenzó a sentirse vulnerable. Decidió dejar el bar y caminó nuevamente hacia el lugar de las exhibiciones, pensando que tal vez podía ver otra cosa interesante. 

Poco tiempo después encontró una exhibición de Shibari que estaba a punto de comenzar. Se relajó un poco observando a una Domina atar con maestría a su sumisa y sintió que aquello que veía escapaba del puro erotismo para volverse también arte.

Después de observar durante algunos minutos, Yuuri se sintió inquieto nuevamente; sentía el peso de una mirada insistente sobre él, se puso nervioso, se abrazó a sí mismo y se enterró las uñas en los brazos. Intentó ignorar esa mirada y esa sensación de vulnerabilidad que se apoderaba de su cuerpo y viajaba por su torrente sanguíneo, envenenando cada célula. 

Escuchó los pasos del hombre que se acercaba, su perfume amaderado chocó contra sus fosas nasales y ya no pudo evitar mirarlo.

—Buenas noches —saludó el hombre de gabardina azul marina—, ¿podemos charlar?

—N-no —tartamudeó Yuuri para luego darse la vuelta y caminar con la angustia alojada en su garganta y el aire faltando en sus pulmones. El hombre no lo siguió, pero aun así la sensación de ser observado como si fuera una presa no desapareció. 

Aunque intentaba razonar que no era así, tenía la sensación de que todos lo miraban como un objeto en exhibición, que evaluaban su cuerpo y pensaban en qué tipo de cosas hacer con él. Tenía miedo, sentía que de pronto sería abordado por cualquiera de ellos, que sería doblegado, tragado por esa oscuridad de la que escapaba todos los días. 

Y cuando las vio fue peor: tres jaulas pequeñas pendían desde el techo, dos estaban ocupadas y la tercera vacía. Y se vio allí, y el virus que se esparcía por su sangre contaminándola de terror lo hizo temblar. Sus ojos escocieron por las lágrimas que no lloraba. 

—¿Estás bien? —La voz del hombre de cabello castaño era amable, pero incluso así para Yuuri sonó amenazante.

—N-no… 

«No te acerques», quería decir, pero su voz se había quedado atorada en ese cúmulo de ansiedad que lo asfixiaba. 

—¿Necesitas ayuda?, ¿quieres salir fuera? —preguntó poniendo su mano sobre el hombro de Yuuri.

Yuuri sintió pánico, le costaba respirar y tenía náuseas. La oscuridad lo estaba invadiendo… pero en medio de esa oscuridad unos reflejos plateados y azul cielo aparecieron.

—Víctor —susurró—, Víctor —dijo—, ¡Víctor! —exclamó.

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