XII (Antes del alba)


Chris se encontraba atado con cuerdas rojas, los dibujos que ellas hacían en su cuerpo eran hermosos. Su pie derecho tocaba el suelo, pero su pierna izquierda, al igual que sus brazos, estaba alzado hacia el techo, curvando su espalda como si hiciera algún delicado y complejo paso de ballet o fuera el capullo de una rosa a punto de abrirse. La polea que colgaba sostenía parte del peso de su peso, aunque no fuera a ser del todo suspendido en el aire. 

Las cuerdas cruzaban su espalda y su abdomen como una gruesa rejilla que había sido tejida con paciencia para dar como resultado arte, un arte erótico y sutil que besaba sus extremidades y su cuerpo entero. 

—Te ves hermoso —dijo Víctor al observar satisfecho su creación. Chris no pudo contestar, sus ojos estaban cubiertos por una suave cinta roja y su boca mordía una mordaza de bola que le impedía decir cualquier palabra. 

Víctor comprobó los nudos y que las cuerdas no estuvieran demasiado apretadas ni flojas: habían quedado perfectas y eso lo complacía. 

Hacía días que Víctor necesitaba eso: tomar el control de otra persona y dejar de pensar en cualquier cosa que estuviera fuera de su habitación de juegos. Lo logró haciendo esa hermosa muestra de shibari que Chris aceptó, entregando su cuerpo para el arte y su silencio para el dominante que deseaba perderse en el trabajo de sus manos. 

No había nada sexual de parte de ellos en ese momento, solo dominio y sumisión, control y quietud. 

—Gracias —dijo Víctor acariciando el cabello de Chris—, ahora te desataré. No quiero cortar ninguna cuerda, por lo que será lento. Si estás incómodo ya conoces la señal. 

Chris movió su cabeza en asentimiento y Víctor comenzó a desarmar su trabajo. Desanudando con la misma paciencia que había atado.

El trabajo fue pausado, pero Christophe resistió hasta que la cuerda quedó extendida sobre el suelo. Víctor lo tomó en sus brazos y luego lo dejó descansar sobre la cama, le quitó la venda de los ojos y la mordaza. 

—Muchas gracias por entregarme este momento, lo necesitaba —le dijo con una sonrisa cálida.

—Eres al único al que le permito usar mi cuerpo para fines no sexuales, ahora siento que me está faltando una follada —respondió con timbre dramático. Víctor rio ante las palabras de su amigo y contestó:

—Lo siento por eso.

—No te preocupes, sé que no sería buena idea si estás pensando en Yuuri.

—Sí… Bueno, voy a masajearte, iré por el aceite. 

Víctor se movió por la habitación de juego y Chris se acomodó sobre su abdomen, dejando descansar su cabeza sobre las cómodas almohadas. Víctor no tardó en volver, se sentó en la cama y masajeó con cuidado los músculos de las piernas y brazos de Chris.

—Debería contratarte como masajista —susurró Chris con los ojos cerrados—, no olvides mi cuello, por favor. 

Víctor rio ante las palabras de su amigo, pero le hizo caso y masajeó el cuello haciendo que de la boca de Chris saliera un sonido satisfecho.

—Víctor —dijo despacio—, estoy conociendo a un Dom que me está agradando mucho. Es francés, lleva poco tiempo en la ciudad, pero me ha parecido muy tranquilo y respetuoso.

—Vaya, hace tiempo que no me hablabas de nadie.

—Él me gusta, aunque solo hemos charlado un par de veces, en el bar al que siempre íbamos.

—Hace tiempo que no me paso por allá, ni por ningún lugar del ambiente…

—Tal vez te haría bien, no tienes que buscar sumiso si no quieres, pero siempre pasan cosas interesantes allí… si mal no recuerdo en unos días hay una fiesta, habrá demostración de bondage, spanking, cera caliente y exhibición de sumisos en jaulas colgantes. 

—No sé si sea buena idea ir, sabes que desde que Yuuri se fue no he estado con ganas de pasarme por esos lugares.

—Qué te parece si te invito a cenar ese día y si te animas me acompañas después. 

—Está bien.

—Genial, podré presentarte a Masumi.

—Solo acepté la cena.

—Por el momento, chérie. 

Después de conversar un rato más, Víctor subió a preparar almuerzo. Se sentía mucho mejor que los días anteriores, la sesión con Chris le había servido, se relajó bastante al practicar un poco de shibari sobre el cuerpo sumiso de su amigo. La última semana se había sentido irritable, parecía que poco a poco iba perdiendo su autodominio y eso era algo que no le gustaba para nada. Necesitaba ese momento, necesitaba tomar el control para encontrar nuevamente quietud dentro de sus pensamientos. 

Era increíble como el hecho de tener la voluntad de un otro en sus manos, que se entregaba sumiso y silencioso a sus deseos, lo podía calmar de tal manera. Como si recuperara su centro. 

Poco antes de que terminara de preparar la comida, Chris ya estaba sentado en el pequeño comedor de diario que había en la cocina. Víctor sirvió la pasta que había cocinado y ambos comenzaron a comer en un agradable silencio.

—¿Cómo ha estado Yuuri? —preguntó Víctor, ya había pasado un mes desde que se había ido y no habían tenido contacto.

—Yuuri ha estado muy bien, lo hace excelente en la recepción de la academia, es un chico muy inteligente y aprende rápido —contestó Chris para luego beber un trago de agua—. Ha seguido en las clases de baile y ha socializado bastante, tiene varios amigos con los que sale a menudo, el próximo fin de semana saldrá de la ciudad con ellos. Se compró patines y va seguido a la pista de patinaje. 

—Me alegra saber que está disfrutando de la libertad que ha encontrado —dijo Víctor apoyando su cabeza sobre la palma de su mano, dibujando una sonrisa nostálgica en su rostro—, gracias por ayudarlo con eso, Chris. 

—No es nada, Yuuri me agrada mucho, me alegra tenerlo en casa y en la academia. 

—Es imposible no encariñarse con él. 

—Es cierto —dijo Chris entre risas—, pero creo que nuestros “encariñamientos” son distintos.

—Es verdad… pensé que era natural que me encariñara con él, es un hombre dulce y valiente, lo admiro por su capacidad de crecer aún en tierra infértil. —Víctor sonrió al recordarlo—. Además, fue un un precioso sumiso y realmente sentí deseos de ser egoísta y mantenerlo aquí… pero ahora sé que eso no me habría hecho feliz, porque estoy verdaderamente feliz de saber que él está bien, viviendo la vida que escoge, aunque sea lejos de mí. 

—Él también te extraña, Víctor. 

—No lo dudó, pero tal vez no quepo en la vida que está construyendo ahora. 

La mirada de Víctor se perdió en la nada, pero Chris tomó su mano haciendo que sus ojos se encontraran, con una sonrisa suave y una mirada conocedora, le dijo:

—Eso no lo podemos asegurar.

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