XI (Antes del alba)


Eran las seis de la tarde cuando Yuuri llegó al apartamento de Chris. Llevaba ya dos semanas viviendo allí, dos semanas en las que se había sentido acogido y apreciado por su amigo. Abrió la puerta de madera caoba y la amplia sala apareció frente a él, Christophe estaba sentado en el sofá con su notebook apoyado en las rodillas.

—Bienvenido, Yuuri —dijo después de levantar la mirada y dedicarle una cálida sonrisa.

—Hola, ¿cómo ha estado tu tarde? —preguntó, se quitó los zapatos y luego se acercó a jugar con el pequeño gato siberiano que había estado descansando junto a Chris. 

—Bastante bien… Hoy vi a Víctor. 

—Oh… ¿cómo está él?

—Se encuentra bien, me dio esa maleta para ti —respondió indicando una maleta blanca que estaba en una esquina de la sala—, dijo que es la ropa que dejaste en su casa. 

—Pero, esa ropa…

—Esa ropa es tuya —interrumpió Chris—, Víctor no la puede usar y tampoco la regalará. La escogiste tú, para ti. 

—Pero fue con su dinero.

—Aunque el contrato entre ustedes ahora esté roto, cuando lo firmaron ambos asumieron responsabilidades. Tú también hiciste cosas por Víctor y le entregaste algo más valioso que el dinero, tienes derecho a quedarte con lo que él te dio. 

—Creo que tienes razón —aceptó en un susurro.

—¡Claro que la tengo! Ahora ve a guardar tu ropa, yo prepararé la cena —Chris le guiñó un ojo y Yuuri sonrió.

Yuuri llevó la maleta al segundo piso y entró en su habitación, era más pequeña que la que tenía en casa de Víctor, pero igualmente acogedora. Abrió la maleta y sonrió al reconocer las prendas, sintió nostalgia de la primera vez que escogió su ropa: de lo divertido que fue jugar a ser modelo junto a Chris y de lo bien que se sintió cuando Víctor elogió la manera en la que se veía con aquellas vestimenta. No podía negar que lo extrañaba; Víctor significaba mucho para él. 

Después de tomarse más tiempo del que pretendía para guardar su ropa, bajó las escaleras y se dirigió a la cocina, Chris terminaba de cocinar un platillo sencillo de verduras salteadas acompañadas con un trozo de pollo a la plancha. Yuuri sacó el mantel y lo puso sobre la mesa, luego llevó una botella de agua, vasos y cubiertos. Chris sirvió los platos y se sentaron a comer. 

La cena fue silenciosa, Yuuri parecía afectado por la mención de Víctor, por la ropa que le envió, por los recuerdos…

—¿Lo extrañas? —le preguntó Christophe cuando acabaron de comer. 

—Yo… —Yuuri desvió la mirada y sus ojos aletearon en busca de un lugar donde posarse. Al no encontrar nada miró sus manos, pero después de un tiempo levantó su rostro y contestó—: Sí, lo extraño… pero no creo que sea bueno para mí volverlo a ver, al menos hasta que sepa quien soy.

—Yuuri querido, esa respuesta es difícil de encontrar… a veces tardamos toda una vida y aún no podemos estar seguros. —Chris apoyó su mentón en una mano y Yuuri notó cierto aire melancólico venir de él.

—¿También es algo que te ha costado? —preguntó a riesgo de ser entrometido, quería saber.

—Aún estoy en construcción, y eso no es malo, me gusta saber que puedo crecer todavía más y aprender cosas nuevas —respondió, luego hizo una pausa y prosiguió—. Una manera de seguir adelante en esa construcción ha sido aceptarme a mí mismo y lo que ahora soy, amarme con mis defectos y contradicciones, si no lo hubiese hecho me habría quedado estancado, peleando con mis deseos en lugar de hacerlos parte de mí. 

—Pero es difícil aceptar que deseas aquello que te hizo daño —respondió Yuuri apretando sus manos.

—Sin esa aceptación no hay apertura y sin apertura hay estancamiento. Pero tampoco tienes que retroceder. —Chris hizo una pausa y agregó—. Siempre he sido un hombre independiente, trabajé desde jóven para lograr mis objetivos y jamás le permitiría a alguien tomar decisiones sobre mí tiempo o actividades. Sin embargo, hay una parte de mí que sí quiere descansar de las responsabilidades, dejar de pensar y entregar su voluntad a otras manos. También me siento libre de esa manera porque no tengo que hacerme cargo de nada, solo de sentir, y eso es excitante. 

»La manera que encontré de conciliar esas dos partes de mí es a través de mi sexualidad. Algunos dicen que eso no es BDSM y que soy solo un fetichista sexual al no estar interesado en un contrato que abarque más ámbitos de mi vida, pero a decir verdad no me importa la opinión de los demás o el nombre que se le pueda dar a lo que hago. A fin de cuentas es lo que a mí me funciona y con lo que ahora me siento cómodo. He tenido amos por largos periodos y ellos han respetado ese límite, aunque la mayoría busca algo más y por eso lo hemos dejado, de manera amistosa. Sin embargo, pese a todo ha habido períodos… difíciles.

»Me gusta jugar fuerte, para mí es excitante y realmente adoro conectarme con esa parte sumisa y masoquista que hay en mí, pero también es algo que asusta: no creo que exista un sumiso o masoquista que no haya tenido conflictos con sus deseos de ser humillado o golpeado. Yo… al principio estaba emocionado con las nuevas experiencias, no me contuve al explorarlo y fui de dominante en dominante queriendo experimentar. Aceptaba cualquier cosa porque todo me parecía estimulante, me sentía como si estuviera drogado y quisiera más y más de esa droga… pero de pronto comencé a tener malos viajes. Después de dejar que me azotaran y me humillaran me sentía triste, usado, vacío… llegué a sentirme como si fuera una basura. ¿Cómo no sentirme así después de lo que escuchaba?, ¿cómo no sentirme así si anhelaba alcanzar el éxtasis siendo golpeado y humillado? Me sentía una mierda, pero no podía huir de ello, lo deseaba. 

»Aun así logré alejarme un tiempo, intenté sexo vainilla y hubo experiencias que disfruté, pero no me llenó. Tuve que regresar a buscar eso que solo sentía cuando estaba en sesión; la adrenalina, la libertad, el placer que solo hallaba allí.

—¿Y cómo lo llevas ahora?

—Ahora lo llevo muy bien y lo disfruto más que al principio.

—¿Cómo lo lograste? 

—Dejé de correr hacia cualquier dominante que me parecía atractivo y empecé a cuidarme más. Ahora solo sesiono con personas que conozco bien, con dominantes que saben contenerme después de estar con ellos y rearmar lo que destrozan en sesión. Un buen aftercare y una verdadera relación de confianza son la base de la estabilidad mental de la parte sumisa. Supongo que también para la de ellos, saber que su sumiso está bien los alivia y aleja de la culpa, o eso creo. 

—Entiendo lo que dices, pero… siento asco de mí mismo al pensar que deseo ceder el control de mi cuerpo después de lo que viví… 

—¿Por qué?

—¿Por qué…? ¿Acaso encuentras normal que quiera volver a lo mismo que me tanto daño me causó?

—Estás cometiendo un error Yuuri, en aquella ocasión tú no cediste el control, te lo arrebataron. Ceder el control es una elección.

—Pero me da miedo lo que puedo llegar a desear…

—A mí también, pero los deseos no desaparecen bajo la alfombra. Debes conocerlos y entenderlos para controlarlos. 

Yuuri bajó la mirada y mordió sus labios, no sabía qué pensar sobre lo que Chris le decía. En esas dos semanas se había encontrado fantaseando con Víctor y la sala de juegos, y eso lo asustaba. No entendía la razón por la que su cuerpo deseaba que Víctor lo tratara con rudeza, pero se excitaba al imaginarlo azotando sus nalgas y su espalda. Su cabeza era un caos. 

—Yuuri, creo entender que hay cosas sobre las que querrás poner una línea gruesa sobre la cual no desearás pasar jamás. Tienes todo el derecho de hacerlo. Pero ya arruinaron años de tu vida, no permitas que arruinen tu futuro también. Si quieres intentar o experimentar algo, hazlo. Si no quieres hacer algo no lo hagas por petición de nadie.

»La mejor manera de encontrarse consigo mismo es a través de las elecciones que hacemos. Escoge sin miedo y allí sabrás quien eres. Pero recuerda que tienes toda tu vida por delante para hacerlo, no te apresures ni te obligues a decidir antes de estar seguro de lo que quieres. 

—Muchas gracias, Chris, yo… pensaré muy bien qué quiero hacer.

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