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IX (Antes del alba)


El tiempo pasaba, y hubo un momento en que Yuuri se sintió cómodo con la vida que llevaba. Cuando Víctor trabajaba podía hacer lo que deseaba, solo debía cumplir con algunos requerimientos que habían acordado desde el principio: encargarse de las labores domésticas encomendadas y avisar dónde se encontraba si decidía hacer algún cambio en su rutina. A veces salía con Chris, iban de compras o a comer algo, otra veces salía con Mila, tomaban helados o iban a la pista de patinaje. El resto del tiempo le pertenecía a Víctor. 

Sin embargo, poco a poco, saborear la libertad que tenía al estar con otras personas comenzó a llenarlo de interrogantes que durante un tiempo no se atrevió a formular en voz alta, se negaba a darles cabida porque le asustaba lo que eso pudiera significar, sin embargo, no pudo evitar que todo ello lo agitar silenciosamente. Hasta que, finalmente, en una sesión con Lilia dejó salir este malestar por primera vez.

—Mila propuso que fuéramos al parque de diversiones el próximo sábado —comenzó a relatar—. Se lo dijo a varios chicos y chicas que asisten a la academia, la mayoría se entusiasmó con la idea y respondieron inmediatamente que irían. Pero yo no pude hacerlo…

—Debes pedir permiso a Víctor —señaló Lilia, mirando con interés el rostro de Yuuri, por primera vez veía un gesto molesto y disconforme en él. 

—Lo iba a hacer, pero él se adelantó —bufó—, compró unos juguetes nuevos y dijo que el sábado me quería todo el día en la sala de juegos. Como él no tiene que preguntar y solo decide…

—Porque él es el amo.

—Y yo solo soy un esclavo —dijo con la rabia colándose indiscretamente al decir esas palabras. 

Lilia sonrió al escucharlo hablar así, por primera vez viendo destellos de rechazo a esa identidad impuesta por la fuerza

(…)

Era viernes por la noche y habían bajado hacía poco al cuarto de juegos, Yuuri solo estaba vestido con un ajustado y transparente boxer negro y el collar de cuero que Víctor le ordenaba usar en esa habitación. El sumiso estaba ya inmovilizado en un potro de cuero negro, vulnerable y expuesto para su amo. 

—Empezaré a calentar tu piel con diez nalgadas —anunció Víctor—, los últimos días te he notado algo inquieto, espero que el dolor te ayude a aclarar tu mente. 

—Sí, amo.

—Cuenta de manera descendente.

—Diez —gritó Yuuri después de recibir el primer azote, fuerte y preciso. 

Víctor acarició por breves momentos y luego dos golpes más se dejaron caer. Al siguiente Yuuri no contó.

—¿Yuuri?

—Siete, amo.

—¿Estás bien?

—Sí, amo… —pronunció, pero esas palabras le supieron falsas, las interrogantes que los últimos días habían estado flotando en su cabeza se hicieron presente con fuerza.

¿Por qué era un esclavo?, ¿por qué seguía siéndolo? Una parte de él se respondía que lo que vivía ahora no era igual a lo que antes vivió, que Víctor no le hacía daño, pero aún así… Aún así tenía que seguir sus órdenes, aún así tenía que permitir que lo castigara, aún así tenía que estar allí recibiendo sus azotes. Él no podía decidir… o tal vez…

—¡Negro! —gritó después de la sexta nalgada. 

Yuuri contuvo el aire. Por un momento sintió terror de la reacción de Víctor ante su acción repentina. 

Víctor se detuvo en el acto. Su mano quedó suspendida en el aire y luego se acercó a Yuuri, inclinándose para quedar a la altura de su rostro.

—Cariño, ¿estás bien? —preguntó con la preocupación filtrándose en su voz mientras acariciaba el cabello negro—, te desato enseguida, tranquilo. 

Víctor removió los grilletes acolchados de las muñecas y tobillos de Yuuri, con cuidado lo tomó en brazos y lo llevó sobre la cama.

—Yuuri, cielo, ¿estás bien?

—Sí… yo, solo necesitaba parar —dijo despacio—, perdóneme, amo.

—No te disculpes, cariño —respondió mientras revisaba la piel enrojecida de Yuuri—, si necesitas parar debes detenerme, siempre. 

Yuuri asintió, Víctor fue por la pomada que usaba en Yuuri después de las sesiones, masajeó las zonas enrojecidas con cuidado y luego lo cubrió con mantas ligeras.

—¿Quieres descansar?, ¿ir a tu cuarto? —preguntó Víctor mientras acomodaba los mechones negros que cubrían parte del rostro de Yuuri—, ¿comer algo?, ¿charlar? 

—Iré a mi cuarto, yo… Me gustaría estar solo un momento. 

—Está bien, pero no olvides que si me necesitas estoy aquí, para ti. 

Yuuri asintió y luego se puso de pie, arropado por la suave tela de la manta salió de la habitación y caminó a pasos apresurados hasta su propio cuarto. Se sintió confundido ante las emociones que lo embargaban, ante sus propias acciones.

¿Quién es Yuuri? 

Esa pregunta se repetía y martilleaba en su cabeza.

¿Qué siente por Víctor?

Era la otra cara de aquella moneda. 

Yuuri sabía que lo que sentía por Víctor no era lo mismo que sintió por su amo anterior. El terror constante con el que convivió por tanto tiempo había desaparecido. Sin embargo, también tenía claro que él seguía siendo el mismo, el esclavo complaciente e incapaz de desobedecer o contradecir una orden.

Y ya no quería serlo más.

Yuuri tomó su teléfono móvil y buscó entre sus contactos, no eran muchos, por lo que rápidamente encontró el número que buscaba: Mila.

« Mila, mañana sí podré ir con ustedes al parque de diversiones, ¿puedes venir por mí?

Mila B » ¡Claro! Que bueno que puedas venir 😀 

Mila B » Beka y yo pasaremos por ti a las 9 😉

Mila B » ❤

« Nos vemos mañana 🙂

Yuuri presionó el teléfono en sus manos, no podía controlar el temblor en ellas, pero se repetía que tenía derecho a tomar esa decisión, que tenía derecho de ser algo más que un esclavo o complaciente sumiso.

Durante esa tarde Yuuri no volvió a salir de su cuarto y Víctor respetó su necesidad de soledad, no obstante, estaba preocupado. Entendía que el uso de su palabra de seguridad se debió a una necesidad psicológica de detener el juego, a los pensamientos que en ese momento tenía, y no a una necesidad física de parar. Algo absolutamente válido porque para entrar en el juego debía haber una disposición total del sumiso. Sin embargo, Víctor habría deseado que Yuuri compartiera con él aquello que lo molestaba, como amo, era lo que él necesitaba de su sumiso. 

Aquella noche se acostó sin cenar, pese a que cocinó por si Yuuri salía de su habitación. Pasó gran parte de la noche moviéndose en la cama, no se sentía cómodo, tenía deseos de ir a la habitación de Yuuri y de hablar con él, pero no quería imponer su presencia. A las seis de la mañana, y aún sintiendo dudas sobre la manera en que debía actuar, recién logró dormirse, exhausto de tanto pensar. 

(…)

Víctor despertó cuando un insistente rayo de luz que se colaba por la ventana se posó sobre su rostro, pestañeó somnoliento y miró la hora en su teléfono móvil. Se sorprendió al ver que eran las diez de la mañana, aunque no le pareció raro debido a la hora en que se durmió; aún sentía sueño. Lo que le extrañó fue que Yuuri no lo despertara con el desayuno. 

«Seguramente tampoco pudo dormir bien», pensó. 

Víctor salió de su habitación después de vestirse con un pantalón holgado y una camiseta negra, tocó a la puerta de Yuuri y al no recibir respuesta la abrió con cuidado, pensando que Yuuri podía estar aún dormido, mas la habitación estaba vacía y la cama tendida. Bajó al primer piso y buscó en la cocina, en la sala y en la biblioteca. Ya estaba preocupado cuando vio una nota sobre la mesa del comedor. 

Fui al parque de diversiones junto a mis compañeros de la academia.

Yuuri.

Decía sucintamente el papel. 

Víctor pestañeó incrédulo y volvió a leer el papel un par de veces antes de convencerse de que estaba entendiendo bien. Suspiró aliviado al saber que Yuuri estaba con sus amigos de la academia, aunque luego sintió una punzada en el pecho al pensar que no le había dicho que deseaba ir al parque de diversiones con ellos. 

Subió nuevamente a su cuarto y tomó su teléfono móvil que estaba sobre el velador, después de dudar un momento marcó el número de Lilia, al tercer tono contestó:

—Buenos días, Víctor.

—Buenos días, Lilia. Me preguntaba si estás disponible para charlar conmigo.

—Tengo la mañana libre.

—Perfecto, conozco una cafetería deliciosa.

(…)

Durante el camino al parque de diversiones Yuuri se mantuvo en silencio, con el teléfono móvil apretado entre sus manos y mirando a través de la ventana con aire ausente. Escuchando a lo lejos la conversación entre Mila, Otabek y Yuri Plisetsky, otro de sus compañeros de academia. 

Al llegar al parque de diversiones se encontraron con otro grupo de compañeros que los estaban esperando: Sara, Michelle, Emil, Leo y Guang. 

Los jóvenes caminaron juntos y alegres, discutiendo entre ellos cuál sería el primer juego al que subirían.

—Vamos a la montaña rusa —dijo Yuri apuntando hacia el juego más llamativo—, más tarde hay más gente y después de comer no es buena idea.

—Estoy de acuerdo —dijo Leo.

—A mi me da vértigo, así que iré a algo más tranquilo —dijo Mila—, Yuuri me acompañará, ¿verdad?

—¿Eh?, sí —respondió algo desorientado.

—¡Nos vemos después! —Mila agarró el brazo de Yuuri y se alejó del grupo principal. 

Caminó con él hasta llegar a un lugar de descanso, un pequeño parque con varias mesas distribuidas para comodidad de quienes desearan hacer un alto para comer. Yuuri se sentó junto a una de esas mesas algo confundido.

—¿No quieres ir a algún juego?

—Primero quiero saber si estás bien.

—Claro que lo estoy.

—Si es así, ¿por qué aprietas de esa manera tu celular?, ¿por qué luces tan asustado?

—¡No estoy asustado! 

—¡Pareces un adolescente que ha salido de casa sin el permiso de sus padres, Yuuri! —afirmó la pelirroja haciendo que Yuuri bajara la mirada.

—No me despedí de Víctor, él estaba dormido cuando salí, pensé que me llamaría en cuanto no me viera —respondió Yuuri mirando su móvil y dejándolo sobre la mesa. 

—Yuuri, ¿tu pareja te maltrata?

—¡Qué!

—Siento ser tan directa y me disculpo si estoy equivocada, pero desde la primera vez que salimos juntos he notado algo extraño en tu conducta. Como si temieras tomar tus propias decisiones, además, aunque haga calor siempre andas todo cubierto, incluso en la academia. 

—Víctor no me lastima —respondió Yuuri, sus orbes marrones destellaban con seguridad mientras miraba a Mila a los ojos—. No quiero que vuelvas a insinuar algo así.

—Estoy preocupada por ti.

—Te lo agradezco, pero no hay motivos para que lo estés.

Yuuri se puso de pie y caminó en la dirección a la que habían ido sus amigos, pero ya no podía ignorar la molestia que se había alojado en su pecho.

«Sigo viéndome como el pobre chico que es maltratado y abusado», pensó con rabia. 

(…)

—Por primera vez no sé que debo hacer con mi sumiso —dijo Víctor mientras revolvía la taza de café recién servida. Estaba junto a Lilia en una cafetería elegante ubicada en el centro de la ciudad—. ¿Lo castigo por desobedecer y salir sin pedir autorización?, ¿lo felicito porque al fin está dejando esa malsana esclavitud a la que lo habían acostumbrado?

—Si un sumiso cualquiera hubiese desobedecido una orden sin un motivo importante o una conversación previa al respecto, ¿qué harías?

—Lo castigaría.

—Esa es la respuesta, Víctor —dijo Lilia esbozando una pequeña sonrisa—. Comportarte como su amo es lo que ha logrado que Yuuri empiece a deshacerse de las creencias que le obligaron a aceptar. Que se haya ido con sus amigos es un gran logro y tú le facilitaste el tomar esa decisión, él sabe que lo castigarás, pero también sabe que ese castigo no le hará daño. 

—Incluso sabe que si no acepta mi castigo yo no lo forzaré a recibirlo, él ya me probó en sesión. 

—Lo hizo, él necesita poner a prueba sus nuevas creencias: Víctor es distinto a mi amo anterior, si digo mi palabra de seguridad se detendrá. Víctor es distinto a mi amo anterior, aunque lo desobedezca no me hará daño. 

—Víctor es distinto a mi amo anterior, no me forzará a estar a su lado aunque decida irme y dejar de ser un sumiso —completó Víctor una sonrisa triste en sus labios. 

—¿Tienes temor de que eso ocurra?

—Sería lo mejor para él, significaría que ha logrado romper con la identidad que le impusieron desde niño.

—No te pregunté eso.

—Lilia, me conoces mejor que nadie —respondió Víctor mirando directamente sus resplandecientes ojos verdes—, sabes que mi satisfacción como dominante está asociada a la necesidad de dependencia, y Yuuri, sentí que Yuuri dependía de mí más que ningún otro sumiso. Llegué a fantasear que… —Víctor suspiró y Lilia tomó su mano, conocedora. 

—Víctor, sabes que eso no es amor. 

—Lo sé, por eso nunca antes busqué entablar una relación tan estrecha con un sumiso, menos aún con esos que siguen la filosofía al pie de la letra y anhelan un amo que domine su vida entera. Pero ver la manera en que Yuuri necesitaba de mí hizo nacer el deseo de conservarlo a mis pies… No me atrevería a hacerlo, pero te confieso que llegué a pensar que lo mejor era mantenerlo en una burbuja donde solo yo existiera para él. Así podría protegerlo de cualquier cosa y mantenerlo como el sumiso perfecto que encontré en él. 

—Lo que dices no es verdad, Víctor. Yuuri no llegó a ti como el sumiso perfecto, llegó como un muchacho totalmente destruído. Eso es algo que tú lo comprendiste el día en que lo conociste, ¿recuerdas lo que sentiste cuando se arrodillo frente a ti por primera vez? 

—Dolor, su sumisión me dolió. 

—Ahora tienes miedo de perder una relación que te hizo sentir un placer diferente al de solo tomar sumisos para sesionar.

—Por eso imagino escenarios que me hacen perder de vista que la sumisión de Yuuri nunca ha sido genuina. 

—Pero sus peticiones lo son —dijo Lilia adelantándose a los pensamientos de Víctor—. Y tú eres el primero que le ha dado la oportunidad de expresar sus propios deseos, por eso hoy se fue sin pedir permiso.

(…)

Víctor estaba sentado en el sofá de la sala, sus pies descalzos estaban sobre los mullidos cojines y sus manos sostenían un libro que leía con atención: Confesiones de una Máscara de Yukio Mishima. Escuchó la puerta y la voz de Yuuri despidiéndose de sus amigos, pero no cambió su postura y siguió con su lectura. 

Yuuri cerró la puerta y se quedó quieto en el recibidor. Al comprender que Víctor no iría por él caminó hasta la sala y se quedó en silencio, observando el gesto de concentración que tenía en su rostro mientras sus ojos se desplazaban sobre las hojas del libro que leía con sumo interés. 

—Amo —dijo Yuuri finalmente—, he regresado.

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