II (Antes del alba)


Víctor llevaba años disfrutando de la sumisión. Que un sumiso se inclinara ante él mostrando su entrega y respeto era estimulante, lo excitaba, hacía que sus manos anhelaran tomar el cuerpo dócil para someterlo a sus fantasías. Que un hombre se postrara a sus pies, humillándose y adorándolo, lo complacía. Pero verlo a él, sollozando, le dolía de una manera que nunca había experimentado. Le dolía porque sabía que tras ese gesto no había nada de placer, ni de juego, ni de consenso; era solo un ser humano roto al que habían convencido que la razón de su existencia era la de servir a un amo. 

¿Sería capaz de mostrarle que eso no era más que una opción?, ¿podía enseñarle que los sumisos y esclavos, que entregaban voluntariamente el control, buscaban una forma diferente de libertad? 

Volvió sus ojos al muchacho que sollozaba a sus pies y se inclinó a su lado, suavemente tomó su rostro entre sus manos y sin ejercer fuerza levantó su cabeza para poder mirarlo de cerca. 

—No llores más —susurró limpiando con sus pulgares las lágrimas que caían sin consentimiento—. Desde hoy eres mío y voy a cuidar de ti. 

(…)

Al comenzar la segunda cita, Lilia se retiró de su propia consulta, dejándolos a solas a petición de Víctor. Inmediatamente, el dominante ordenó a Yuuri mantenerse de rodillas junto a la puerta y él se sentó en una de las sillas, ubicándola justo frente al sumiso. Víctor estaba completamente atento a la postura de Yuuri, asombrado de que no emitiera ningún movimiento o sonido, por mínimo que fuera; no lo escuchaba respirar, ni tragar saliva. Ni un músculo se movía. Miró su reloj, habían transcurrido treinta minutos y la obediencia de Yuuri había sido perfecta.

—Yuuri, ponte de pie y luego recuéstate en el diván —ordenó. Su voz era serena y suave, pero demandante; no vacilaba al dar una orden. 

Sin dudar, Yuuri se puso de pie y fue rápidamente a tenderse sobre el cómodo diván de la psicoanalista. Víctor se puso de pie y caminó hacía Yuuri, quien al verlo de pie entrando en su campo de visión pensó que se pondría a temblar, no obstante, se obligó a mantenerse inmóvil frente el escrutinio de su nuevo amo. 

Víctor no podía dejar de mirar ese rostro bonito que parecía sereno cuando obedecía sus órdenes. Sus ojos castaños estaban inundados de una inocencia difícil de explicar después de todo el daño que había recibido, sus mejillas sonrosadas y su piel suave le tentaban a acariciarle al igual que su cabello, tan negro como una noche sin luna. Sus labios pequeños y pálidos prometían ser la entrada a los besos más dulces y el elixir más embriagante, toda una provocación. El brillo del deseo oscureció los ojos del amo y eso no pasó desapercibido para el esclavo, quien entreabrió su boca queriendo decir algo, pero finalmente decidió callar. 

—¿Tienes algo que decir? —interrogó Víctor al notar la duda en Yuuri—, tienes mi permiso para hablar.

—Y-yo… m-me preguntaba s-si el amo desea que me desnude —expresó temblando.

—¿Es lo que quieres, Yuuri?, ¿quieres desnudarte? —cuestionó mientras se sentaba en la orilla del diván y comenzaba a acariciar el cabello suave de Yuuri. 

La expresión de Yuuri mostró confusión, no entendía por qué su amo le preguntaba eso y no sabía cuál era la respuesta correcta. Su amo era extraño, tanto, que acariciaba su cabello de una manera tan agradable que le daban ganas de cerrar los ojos y dejarse llevar por el sueño que sentía, la noche anterior no había podido dormir por la ansiedad que le causaba saber que vería por segunda vez a su nuevo amo. 

Yuuri estuvo apunto de cerrar sus ojos, pero entonces, una terrible idea apareció en su cabeza: su amo lo estaba probando, aquellas preguntas eran una prueba y su gentileza un engaño. El rostro de Yuuri comenzó a reflejar el terror que sentía, si no respondía o si respondía equivocadamente la suave caricia se volvería un golpe feroz, o peor, su amo ya no lo querría como esclavo, porque pensaría que es un inútil incapaz de responder correctamente a una simple pregunta. Comenzó a sudar copiosamente mientras sus labios temblaban y su cuerpo se encogía. 

Y Víctor fue un testigo privilegiado; pudo ver el momento exacto en que la expresión de Yuuri comenzó a transformarse en una llena de terror.

—Yuuri, ¿qué ocurre? —preguntó—, háblame. 

—Y-yo… yo quiero lo que amo quiera —dijo rápidamente y con el tono de voz ligeramente más alto de lo usual—, yo quiero lo que el amo quiera —repitió llevando sus manos al primer botón de su camisa para desabrocharlo con desesperación.

—Yuuri, tranquilo —pidió Víctor tomando sus manos, deteniendo sus actos. Pero el miedo en su mirada no desaparecía. 

—¿M-me equivoqué? —preguntó Yuuri temblando—, N-no me d-deje —tartamudeó mientras las lágrimas comenzaban a escapar de sus ojos, cayendo por los costados hasta mojar su cabello— seré bueno, amo, n-no me deje. 

—No te dejaré, Yuuri —prometió Víctor tomando en sus brazos el cuerpo tembloroso de Yuuri—. Eres mío, mío. Me servirás como un buen esclavo, a cambio, yo cuidaré de ti como un buen amo. 

«Has sido un chico malo, mereces ser castigado». 

«Eres una puta desobediente que debe ser disciplinada».

—Seré bueno —repitió con el pánico aún filtrándose entre sus palabras.

—Eres bueno, muy bueno —susurró Víctor buscando tranquilizarlo, queriendo mostrarle que estaba bien que dijera lo que pensaba, aunque sí era honesto consigo mismo, sabía que eso era algo que Yuuri no podía aceptar de la noche a la mañana. Era su deber mostrarselo una y otra vez, las veces que fueran necesarias, hasta que lo creyera. 

Víctor abrazó a Yuuri, quien reposó su cabeza en el pecho del mayor, mientras las manos grandes de Víctor acariciaban su cabello y sostenían su espalda. 

Los sollozos de Yuuri lentamente fueron desapareciendo, su respiración agitada se volvió suave y constante. Víctor separó el cuerpo de Yuuri con delicadeza; se había dormido. Recostó al menor sobre el diván de Lilia y luego besó su frente, sintiendo ahora en su propia piel la angustia que Yuuri le había transmitido. Tuvo miedo, miedo a errar en sus acciones, pero sabía que no había vuelta atrás: dejar a Yuuri en ese momento solo significaría romperlo aún más, entonces tomó su propia decisión. 

—También seré bueno para ti, Yuuri, el mejor amo. 

(…)

Yuuri apretaba con fuerza la tela de su pantalón, iba sentado en el auto de su amo, conocería la casa en la que pronto viviría, con él. Mientras la ciudad corría tras la ventana del automóvil se preguntaba cómo sería ese lugar: ¿Habrían más esclavos? Su amo anterior tenía dos más, ¿dónde dormiría? Su antiguo amo lo encerraba en una jaula en un sótano oscuro del que solo salía cuando debía complacerlo. La angustia que sentía mantenía su cuerpo rígido y su mandíbula tan apretada que sus dientes comenzaron a sonar mientras su respiración se hacía más fuerte.

—Yuuri, tranquilo —dijo Víctor, había estacionado afuera de unas tiendas, se percató del estado de Yuuri y decidió detenerse a tranquilizarlo. Comenzó a acariciar sus brazos mientras besaba su frente y su cabello, lo atrajo cerca de su cuerpo y cuando lo sintió más tranquilo levantó su rostro suavemente con ambas manos, provocando que sus miradas se encontraran—. Falta poco para llegar a casa, para mí es importante que conozcas el lugar que será tu hogar, ¿qué es lo que te preocupa?

—N-nada, amo. 

—No debes mentirme, Yuuri —advirtió Víctor con el semblante serio—. Es una de las reglas más importantes de mi hogar. 

—Lo siento, amo, lo siento, lo siento…

—Tranquilo —pidió con voz serena al notar que Yuuri volvía a alterarse—. No pasa nada, solo no lo vuelvas a hacer. Te explicaré todas las reglas cuando vivamos juntos.

—Gracias, amo. 

—¿Qué es lo que te preocupa, Yuuri?

Trató de endulzar su voz mientras seguía jugando con el cabello de Yuuri entre sus dedos, con suavidad, intentando proyectar calma y seguridad. Yuuri sentía que su amo podría leer su mente si le mentía, aunque le ponía ansioso tener que contestar a sus preguntas, su antiguo amo casi nunca hablaba con él ni le permitía dirigirle la palabra, que su nuevo amo le preguntara cosas era extraño, incluso atemorizante porque sentía que si respondía incorrectamente sería castigado. Aunque Lilia, la única persona en la que confiaba, le prometió que su amo no lo castigaría por decir lo que pensaba.

—Y-yo… me preguntaba cómo será la casa, si hay más esclavos, dónde dormiré… e-esas cosas, amo.

—La casa te gustará, estoy seguro, es muy bonita y luminosa. En la primera planta tengo una biblioteca llena de libros, allí podrás entretenerte cuando yo esté trabajando. Los dormitorios están en la segunda planta. También tiene un pequeño sótano, allí tengo mi sala de juegos. No hay más esclavos, serás el único. 

Yuuri se sentía bien al ser rodeado por los brazos de su amo, la melodía de su voz era calmante y su aroma le gustaba. La calidez que desprendía su cuerpo era reconfortante y sus dedos acariciando su cabello le hacían pensar que incluso las cosas sucias que otros hombres hicieron con él, en las manos de su nuevo amo se sentirían mejor. Pero esos pensamientos y sensaciones le asustaban, después de todo, un amo no tenía razones para preocuparse por un insignificante esclavo. 

Víctor tenía la intención de mostrarle cada rincón de su casa, empezando por el cuarto de juegos, que podía ser lo más atemorizante para alguien que sobrevivió al abuso, luego le mostraría las partes más cálidas de su casa y el cuarto que preparó para él, pensaba que aquellas cosas lograrían dejar una sensación agradable y por eso prefería comenzar con lo más difícil. 

—Te mostraré cada rincón de esta casa, quiero que la sientas como un verdadero hogar —dijo Víctor cuando entraron al espacioso vestíbulo, iluminado y abierto hacia la sala que a la distancia se veía limpia y ordenada. Todo brindaba una primera impresión de luz y calidez—. Comenzaremos por el sótano. —Un ligero temblor, que no pasó desapercibido para Víctor, recorrió el cuerpo de Yuuri. Tenía miedo, pero Víctor estaría allí para ayudarle a enfrentar sus temores—. Vamos. 

Víctor tomó a Yuuri por los hombros y lo guió hasta las escaleras, caminaron lentamente por los escalones enmoquetados que los llevaron a un pequeño pasillo en el cual solo había una puerta. Víctor puso una llave en la cerradura para poder abrirla, encendió la luz y un amplio cuarto lleno de artículos de placer y tortura apareció frente a los ojos del esclavo. 

—Adelante, Yuuri —ordenó Víctor—. Esta es solo una visita, hoy no utilizaremos nada de lo que hay aquí —tranquilizó. 

—¿A-aquí m-me castigará? —preguntó mientras sus ojos se posaban en la colección de fustas, varillas y látigos que colgaban en perfecto orden en una de las paredes. 

—Yuuri —dijo Víctor acariciando la espalda de su esclavo—, los instrumentos que hay aquí causan dolor, pero también placer. 

—¿Placer? 

—Sí, me gusta que mis sumisos disfruten de lo que hacemos aquí cuando jugamos o reciben un premio. 

—¿Hay premios? —preguntó con la incredulidad colándose en su voz.

—Sí, hay premios, los buenos chicos merecen premios —susurró cerca de su oído—. Es cierto que también castigo la desobediencia, pero no olvides que incluso cuando te castigue no voy a lastimarte. 

Yuuri sintió la manera en que su corazón brincó al escuchar a Víctor prometer recompensas: inmediatamente quiso ser merecedor de una de ellas, porque obtenerla significaría que ha sido un buen esclavo y que ha hecho feliz a su amo. Un amo que promete no lastimarlo. Una parte de Yuuri quiso confiar en esa promesa, aferrarse a esas palabras, aunque todo su cuerpo le gritaba que esa promesa era una mentira.

Víctor comenzó a caminar llevando a Yuuri de la mano, mostrándole los objetos que tenía, el esclavo parecía tranquilo, hasta que frente a sus ojos apareció una jaula mediana, una donde cabía una persona, pero cuyo espacio era reducido; un hombre no podría ponerse de pie, e incluso arrodillado debería estar más inclinado de lo normal, lo más cómodo sería mantenerse acostado en posición fetal. Sin lugar a dudas la movilidad dentro de la jaula era difícil y aunque estar allí un tiempo no causaba daño, no era recomendable extender el encierro por demasiado tiempo. 

«Los animales como tú deben permanecer encerrados».

—Yuuri, ¿qué ocurre? —preguntó Víctor al sentir que la mano de Yuuri lo apretaba con fuerza, las lágrimas invadieron nuevamente los ojos castaños y el terror se dibujó en su rostro. La respiración comenzaba a ser dificultosa, errática y agitada—. Yuuri, cariño, habla conmigo. —Víctor tomó el rostro de Yuuri entre sus manos, mirándolo a los ojos, intentando mostrar serenidad y la honestidad en sus palabras—. ¿Quieres que me deshaga de la jaula? No la tendré aquí cuando vengas a casa. —Víctor apoyó su frente en la de Yuuri sin dejar de observarlo—. No te encerraré, jamás lo haré —prometió—. Tranquilo, cariño. Respira junto a mí, despacio. 

Poco a poco, Yuuri logró tomar el control de su respiración siguiendo las indicaciones de Víctor.

—¿No dormiré en la jaula? —preguntó—. Mi amo solo me dejaba salir de la jaula para complacerlo —confesó.

—Ahora yo soy tu amo y las cosas aquí son diferentes. 

—Nuevas reglas. 

—Nuevas reglas. —Víctor sonrió—. Preparé un cuarto para ti, te lo mostraré. 

Víctor tomó la mano de Yuuri y lo guió fuera del cuarto de juegos, olvidándose del primer piso subió las escaleras hasta llegar a la segunda planta, un espacio diáfano apareció frente a ellos, luego un pasillo, Víctor abrió la primera puerta dando paso a una acogedora habitación. 

—Este es tu cuarto, Yuuri. —El esclavo entró a la habitación pintada de colores cálidos, en tonos damasco y con muebles de madera clara, la cama se encontraba junto a la ventana, era amplia y lucía cálida con colchas color marfil—. Esta es tu cama, aquí dormirás. —Víctor se tumbó sobre la cama—. Ven aquí, pruébala, es muy cómoda. 

Yuuri se sentó en la cama y luego se recostó en ella, al lado de Víctor, se giró hacia él con timidez y dijo:

—G-gracias, amo.

Víctor lo observó detalladamente, estaban muy cerca, comenzó a acariciar el rostro del más joven y a enredar sus dedos en el cabello negro. Yuuri era hermoso y sus labios parecían tan dulces que la tentación por probarlos fue demasiado grande. Víctor cerró sus ojos y buscó el contacto de manera suave, un beso tranquilo en el que sus alientos se mezclaron con calma. Yuuri nunca había sido besado así, solo un ligero roce de sus labios que se sintió cálido y reconfortante, como la caricia de un protector, sin la lujuria de un amante, sin la perversidad de su amo, sin la violencia de los hombres a los que había sido entregado. 

(…)

Víctor estaba sentado en el diván de Lilia, Yuuri estaba arrodillado junto a él, apoyado en sus piernas mientras Víctor acariciaba su cabello. La docilidad y calma que transmitía Yuuri en ese momento era sorprendente para Lilia, quien siempre lo conoció ansioso, en un estado de alerta constante, temeroso de todo y nada. 

¿Cómo ha estado la visita? —preguntó Lilia en francés. Idioma que compartía con Víctor, pero que Yuuri desconocía. 

Ha ido bien… aunque hubo un momento en que pensé que tendría que usar el tranquilizante que me diste —respondió Víctor en el mismo idioma—. Creí que le daría un ataque de pánico. 

¿Qué ocurrió?

Lo llevé al cuarto de juegos. Le mostré todo lo que tengo allí y parecía tranquilo con eso… hasta que vio la jaula. 

¿La jaula?

Sí, pensé que se asustaría más con los látigos o los muebles de inmovilización… pero fue la jaula lo que lo desestabilizó. —Víctor suspiró y su semblante cambió a uno molesto—. Me confesó que su antiguo amo lo mantenía siempre encerrado en una, solo podía salir de allí para complacer al muy desgraciado. 

Debió ser muy chocante para él verla —reflexionó Lilia con un deje de tristeza en la voz—. Pese a que él deseaba un nuevo amo, lleva más de once meses sin experimentar esas atrocidades.

Debo tener mucho cuidado con las cosas que haga, Lilia. —Víctor dejó que ella viera en sus ojos algo que difícilmente mostraba; la duda—. Por un lado, creo que es muy difícil que me pida que pare, siempre estará dispuesto a anteponer mis deseos a su propio bienestar, y por el otro, algunas prácticas pueden desencadenar reacciones como la que tuvo hoy. —La mirada de Víctor se posó en el chico que se pegaba a sus piernas mansamente—. Al menos me ha dejado claro que no debo realizar ningún tipo de encierro, y creo que tampoco es prudente utilizar la humillación verbal, tengo la convicción de que si utilizara palabras denigrantes en él, se le grabarían en la memoria y se las repetiría como ciertas. 

Yuuri levantó su rostro cuando sintió la mirada de Víctor sobre él, los ojos de su amo eran muy hermosos y su mirada gentil. Yuuri estaba confundido por la manera en que él lo trataba, era atemorizante, porque no sabía cómo reaccionaría si lo molestaba y se enfadaba, pero a la vez era tan agradable que le gustaba, aunque no podía evitar pensar que todo eso era un sueño, o un engaño.

Aún así, su nuevo amo le gustaba, era amable y atractivo, su voz era cautivante y el acento que usaba al hablar francés con Lilia era muy sensual, pero lo que más le agradaba de su voz es que nunca se elevaba, daba órdenes de manera serena, sin gritos. Su amo hacía que su corazón sintiera esperanza; la esperanza de gustarle, de hacerlo feliz y recibir alguno de los premios que le dijo que daba a los buenos esclavos. Él deseaba ser un buen esclavo; complacer sus deseos, satisfacer sus necesidades y obedecer sus órdenes.

—Yuuri —dijo Víctor, sacándolo de sus pensamientos—. Debo irme ahora, te quedarás un rato más con Lilia, tienes permiso para hablar con ella sobre lo que quieras.

—Sí, amo. 

—La próxima vez que nos veamos te llevaré a casa.

Víctor se inclinó y besó la frente del esclavo, luego se puso de pie y tras despedirse de Lilia se marchó. 

—Mi amo me da miedo —confesó Yuuri mirando la puerta por la que Víctor había salido.

—¿Miedo?, ¿por qué? —interrogó Lilia.

—Porque cuando sea él quien me golpeé, la herida dolerá más. 

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