Imprudencias que traen consecuencias (Un mundo feliz)


I

—¿En qué trabajas, Kenjiro? —preguntó Víctor mientras terminaba de comer el plato de ramen que el amable muchacho le había ofrecido.

—Trabajo en una guardería de niños.

—¿Guardería? —preguntó Yurio extrañado—, ¿son necesarias las guarderías? 

—Sí, lo que pasa es que algunos Alfas no quieren que sus herederos sean criados por sus Omegas. En realidad, la mayoría prefiere que no conozcan a sus madres, no creen que sea una influencia positiva para su desarrollo. 

—Es mi caso —dijo Víctor—, mi padre no me permitió conocer a la Omega que me dio la vida —continúo—. Cuando era pequeño y aún vivíamos en Rusia, fue Lilia la encargada de educarme, después nos mudamos a Japón y tuve algunos tutores. Conocí a algunos Omegas que mi padre tuvo, pero nuestro contacto fue mínimo. 

—No quieren que los pequeños Alfas desarrollen sentimientos de afecto por sus madres —dijo tristemente Yuuri. 

—Sí, es por eso que existen las guarderías. Generalmente los Alfas de clases superiores tienen tutores particulares, pero los Alfas de rango medio recurren a las guarderías —respondió Kenjiro.

—¿Te gusta trabajar ahí? —preguntó Víctor.

—Me gustaba… —respondió Kenjiro—, trabajo con Alfas muy pequeños, de hasta tres años. Aún no han internalizado los prejuicios que tienen la mayoría de los Alfas por lo que son bastante adorables. Pero no me gusta tratar con sus padres. Ellos, son Alfas altaneros que nos tratan con desprecio —frunció el entrecejo e hizo un puchero—, se creen la gran cosa, pero ni siquiera son Alfas de prestigio. Si fueran Víctor Nikiforov tendrían de qué alardear, pero son simples empleados de otros Alfas más importantes —suspiró con dramatismo—.  ¡Ah! Si tipos como esos son así de arrogantes, la verdad es que no quiero ni pensar en qué tan engreído será un Alfa dueño de una multinacional tan importante como Víctor Nikiforov…

Kenjiro se quedó en silencio cuando fue interrumpido por una carcajada de Yurio. 

—¿Qué ocurre? —preguntó confundido al ver la mueca de Víctor y la risita de Yuuri. 

—Soy Víctor Nikiforov, un placer conocerte. Con todo lo que ocurrió olvidé presentarme, me disculpo por eso —dijo Víctor extendiendo su mano. 

—¡Ah! —soltó Kenjiro una sonora exclamación. 

II

—No te preocupes Guang Hong, estoy seguro de que Víctor nos ayudará. Todo saldrá bien —repetía Leo de la Iglesia intentando calmar a un muy ansioso Omega. Guang Hong tenía los ojos enrojecidos y brillantes por las lágrimas que había derramado.

Leo siguió conduciendo hasta que se detuvo fuera de una de las mansiones de Víctor, la que compró pensando en los Omegas que podría llevar a vivir ahí. Las rejas que antes separaban ambas propiedades ahora no existían y en medio de ambas casas se encontraba el pequeño centro médico y de investigación que había mandado a construir para el bienestar de todos quienes vivían en el lugar y el desarrollo de la investigación de Emil y su equipo. 

Leo estacionó y bajó de su automóvil. Corrió a abrir la puerta de Guang Hong y lo ayudó a bajar, el muchacho temblaba.

—No tengas miedo, no te haremos daño, estarás bien. 

Leo tomó con delicadeza el brazo de Guang y subió las escaleras de la mansión. Tocó la puerta y a los pocos minutos esta fue abierta por Lilia. 

—¿Señor de la Iglesia? —preguntó extrañada, pero después se percató de la presencia del tímido Omega—. ¡Oh! Adelante por favor. 

Leo y Guang Hong entraron al recibidor.

—¡Georgi! —Llamó Lilia, el Omega apareció desde la sala de estar. Miró preocupado al otro Omega que seguía temblando y con los ojos llorosos—. Georgi, ¿puedes cuidar de este chico? Llevalo a la habitación que está junto a la tuya. 

—Claro Lilia —Georgi se acercó a Guang Hong, quien se relajó al percibir el aroma de un Omega—, ven conmigo —le sonrió y lo tomó suavemente del brazo, el muchacho de cabellos castaños se dejó guiar. 

—Debe hablar con Víctor —dijo Lilia a Leo después que los Omegas subieran las escaleras hasta el segundo piso.

—Ahora iré a verlo. Sólo quería que Guang Hong pudiera descansar cuanto antes, está muy nervioso.

—Le prepararé una infusión para que se relaje y pueda dormir. Le pediré a Georgi y a Michele que cuiden de él. Le hará bien estar con otros Omegas.

—Gracias Lilia —Leo sonrió y luego se marchó rumbo a la casa vecina, la que era habitada por Víctor. 

III

Yurio dormía profundamente en el asiento trasero del automóvil cuando llegaron de regreso a la mansión. Víctor lo cargó con cuidado para no despertarlo. Había sido un largo y duro día para su joven hijo, quien una vez estuvo acomodado entre los brazos de su padre se aferró a él. 

—Padre —dijo cuando sintió el aroma de Víctor, sonriendo entre sueños. Haciendo que los ojos azules quedaran nublados por algunas lágrimas que intentaba retener, mas no podía. 

Yuuri se acercó a su pareja y le dio un beso en la mejilla mientras limpiaba las lágrimas con una sonrisa. 

—Yuuri, si no hubiésemos llegado a tiempo y…

—Ya está con nosotros nuevamente —dijo Yuuri interrumpiendo a Víctor— y nos encargaremos de que nada malo le vuelva a suceder. Yurio es un muchacho fuerte, y encontró un buen Alfa que también cuidará de él. 

—Tienes razón.

Caminaron hacia la casa, Mila abrió la puerta y se sorprendieron al ver a un inquieto Leo de la Iglesia saliendo de la sala. 

—Víctor tenemos que hablar… —dijo para luego percatarse del Omega dormido en brazos del Alfa—. Te espero en la sala —agregó—, disculpen mi actitud, siento venir así —suspiró.

—No te preocupes, subiré a acostar a Yurio y bajo. 

Víctor y Yuuri subieron la escalera y entraron en la habitación de Yurio, lo metieron bajo las cobijas y cada uno depositó un beso en su frente. Después fueron a la habitación de Sara, quien se paseaba con Sofía en sus brazos. Luca se había dormido, pero la niña estaba despierta. En cuanto sintió el aroma de sus padres se puso inquieta. 

—Perdón por tardar tanto, bebé. Teníamos que estar con tu hermano mayor, pero ya estamos aquí —dijo Yuuri mientras la tomaba en sus brazos.

—Muchas gracias por cuidar de ella, Sara —dijo Víctor mientras acariciaba el cabello de su pequeña. 

—Pierdan cuidado, Sofía es adorable y se lleva muy bien con Luca —sonrió—, ¿Yurio está bien?

—Sí, ahora duerme —respondió Víctor.

—Descansa tú también, Sara. Yo iré a dormir a mi bebé —sonrió Yuuri. 

Yuuri y Víctor salieron con la niña y se dirigieron a su habitación. 

—Iré a ver qué necesita Leo, subiré pronto amores míos —dijo el Alfa besando después los labios de Yuuri y la frente de su hija. 

IV

Leo de la Iglesia paseaba por la sala de estar que había en el primer piso de la mansión Nikiforov. Pero en cuanto sintió que Víctor se aproximaba se detuvo y esperó hasta verlo aparecer.

—¿Qué sucede Leo? Te ves muy alterado.

—Golpeé a JJ y me robé a su Omega —respondió Leo sin rodeos. 

—Maldición, Leo. En qué lío te has metido —respondió Víctor pasando su mano por su cabello.

—¡Lo estaba maltratando, Víctor! —se quejó Leo—, no podía dejar que lo lastimara frente a mis ojos. ¿Acaso tú lo permitirías?

—No, claro que no… pero sabes que las leyes están en nuestra contra en casos como este. 

—Lo sé, pero también sé que lo legal no siempre es lo correcto.

—Eso también lo sé. ¿Y JJ dónde está ahora? 

—Lo dejé inconsciente en el estacionamiento del edificio corporativo. Le di un puñetazo, pero no me fijé que estábamos cerca de unos pilares de concreto… se golpeó la cabeza muy fuerte y perdió el conocimiento. 

—¿Qué? 

—No te preocupes, usé su teléfono móvil y llamé a una ambulancia, ya debe estar en el hospital. 

—Probablemente me llamaran por la mañana. El padre de Jean vive en Canadá y ahora que absorbimos su empresa supongo que me reportarán el haberlo encontrado en el estacionamiento del edificio. Tengo que esperar a ver como están las cosas para saber cómo actuar. 

—Guang Hong está con Lilia. El pobre está muy asustado. 

—Me lo imagino. Le pediré a Lilia que prepare un cuarto para ti también, si JJ te denuncia tendremos que ocultarte. 

—Gracias, Víctor. 

—No te preocupes, Leo. Cuidaremos de ese Omega… y también de ti, Alfa imprudente. 

V

Phichit despertó cuando los primeros rayos del sol llegaron hasta su rostro. Abrió los ojos aún soñoliento y al no reconocer el lugar en el que estaba se alarmó. 

—Veo que ya despertaste —le dijo un hombre saliendo del cuarto de baño con sólo una toalla envuelta en su cintura y su cabello aún goteando el agua producto de la ducha que recién se había dado. 

Phichit lo miró y abrió los ojos sorprendido, después recordó. Había estado tan borracho que terminó teniendo sexo con el idiota de Giacometti. —¡Qué vergüenza!—, pensó golpeándose mentalmente por haber caído en los encantos de un tipo como él.  

—Te invito a tomar desayuno —dijo Chris sonriendo con coquetería—, a media cuadra hay una cafetería excelente, hacen un pastel de fresa delicioso.

—Lo siento, tengo que irme, señor Giacometti —dijo Phichit poniéndose de pie y comenzando a recoger su ropa, que estaba tirada en diferentes partes del suelo.

—¿Volvemos al modo formal? —preguntó Christophe levantando una ceja—. Oh vamos, precioso. Puedes llamarme Chris, como anoche, cuando lo gemías. 

—Anoche estaba ebrio —respondió sin mirarlo. Se vistió rápidamente y sólo cuando ya se había puesto toda la ropa miró a quien había sido su amante la noche anterior—, adios, señor Giacometti —dijo, y luego salió lo más rápido que sus piernas le permitieron, dejando a aquel atractivo y sensual Alfa realmente muy sorprendido. 

—Es el primer Beta que no suplica por una segunda vez —dijo poniendo una sonrisa ladina en sus labios. 

VI

En Yokohama, una hermosa enfermera Beta, de melena negra y labios pintados de un intenso color rojo, entraba a una de las habitaciones del hospital. Debía tomar los signos vitales del Alfa que había llegado la noche anterior a emergencias con un fuerte golpe en la cabeza. Se acercó a la cama del paciente en el mismo momento en que él abría los ojos, topándose inmediatamente con los de ella. El hermoso tono azulado de los iris de la mujer le recordó el color de las lavandas.

—¿Eres un ángel? —preguntó. 

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