El primer paso (Esposo de placer)


Isabella Yang era una mujer atractiva y bastante joven. Su consulta era un lugar no demasiado grande y acogedor. Tenía una repisa llena de libros, un diván y dos sillas enfrentadas sin nada en medio de ellas. A un costado un pequeño escritorio con lápices y cuadernos. Se sentaron en las sillas y luego de las presentaciones ella miró a Yuuri con amabilidad y preguntó:

—¿Por qué has venido?

—Yo… Es un poco difícil saber por dónde empezar, son muchas cosas.

—¿Qué de todas esas cosas fue la que te motivó a pedir la cita? 

—Estar a punto de perder a mi pareja —contestó con sinceridad—, tal vez debería decir que quiero ser más seguro de mí mismo, que deseo aceptarme y quererme como soy o qué debo aprender a controlar mi ansiedad. Pero la verdad es que puedo soportar vivir con todo eso, ¡lo he hecho durante toda mi vida! Lo que no puedo soportar es imaginar mi vida sin él. 

—¿Cómo te la imaginas? 

—Solitaria, fría, triste. Él se fue de casa hace cuatro días y ha sido así. Me siento muy solo sin su presencia, sin su hermosa sonrisa iluminando mi vida. Siento tanto frío sin el abrigo de sus brazos y tanta tristeza sin esa mirada llena de amor que solía regalarme. 

—¿Por qué se marchó si eran felices juntos? 

—Hace tiempo que no estábamos siendo felices. 

—¿Cómo vivían entonces? 

—Discutíamos mucho. Él no era capaz de comprender mis inseguridades.

—¿Su sonrisa ya no iluminaba tu vida?

—Hace mucho que no sonreía para mí, últimamente sólo tenía una expresión de fastidio. 

—¿Por qué?

—Porque yo comencé a controlar todas las cosas que él hacía. No quería que saliera solo a ninguna parte, cuando estaba en su oficina lo llamaba constantemente o le mandaba mensajes preguntándole por todo lo que hacía. Comencé a tener la necesidad de saber qué hacía en cada momento. 

—¿Por qué?

—Me siento tan poca cosa a su lado que buscaba comprobar que él me estaba traicionando. Víctor no se daba cuenta de que su actitud de molestia aumentaba mi inseguridad. 

Isabella bajó la mirada y anotó algunas cosas en su libreta. 

—¿Sentías el calor de sus brazos? 

—No. Es decir, hacíamos el amor y él siempre fue considerado en ese aspecto, me abrazaba y me decía cosas dulces en esos momentos, o en las ocasiones en las que el sexo era algo más rudo, al terminar era especialmente cariñoso conmigo. Pero fuera de la cama yo sentía que mis ganas de aferrarme a él lo molestaban. 

—¿Aferrarte? 

—Tenía la necesidad de no perderlo de vista. Sobre todo cuando salíamos a cenas o fiestas con gente del medio en el que trabaja. Él posee agencias de modelaje y algunas revistas de moda. Cuándo estábamos rodeados de esa gente yo no quería separarme de él. 

—¿Por qué?

—Por las miradas de desprecio que me dirigían. Sentía que todos pensaban que alguien como yo no debía estar en ese lugar, menos con alguien como Víctor. 

—¿Te lo dijeron?

—No, yo nunca me separaba de Víctor, no me gustaba hablar con esas personas. ¿De qué podría charlar alguien como yo con esas personas?

—¿Alguien como tú? 

—Sin nada especial, sin atractivo, ansioso, inseguro. Nunca encajé ahí. Y Víctor parecía no notarlo. 

Isabella anotó algunas cosas más antes de volver a preguntar.

—¿Él te miraba con amor?

—No como antes. A veces me miraba con tristeza y otras con rabia. La última vez que estuvimos juntos me miró con decepción. Se largó después de decir cosas tan horribles. 

—Entonces… ¿Me estás diciendo que vienes a este lugar porque tienes miedo de perder lo que ya habías perdido desde hacía tiempo? 

Los ojos de Yuuri se abrieron sorprendidos, quedándose mudo ante el último cuestionamiento. 

Cuando Yuuri se marchó Isabella revisó sus notas. Era evidente que Yuuri no habría ido a consulta si Víctor no estuviera condicionado el continuar con la relación a cambio de que Yuuri aceptase ayuda psicológica. Aún así eso no la desanimaba, la mayoría de las personas llegaban a consultarla movida por ese tipo de cosas. Muchas veces había escuchado cosas como “mi madre es la que me ha traído”, “mi esposa insiste en que venga”, “mi amiga pidió la cita” o “no sé por qué estoy aquí, pero parece que todos piensan que estoy enfermo”.  Incluso le había tocado escuchar algunos “estoy aquí porque es la salida alternativa que me ha dado el tribunal, si no vengo me meten preso”. Esos casos daban miedo. 

Pocas veces aparecían personas que traían un motivo de consulta personal, y aún así, muchas veces el motivo que posteriormente se creaba no era el que primero se decía. Pero a Isabella nada de eso la desanimaba. Sabía perfectamente bien que parte de su trabajo era provocar una rectificación subjetiva que fuera capaz de generar un motivo de consulta propio. 

Una vez construido ese motivo era posible comenzar a trabajar sobre los síntomas. 

Chris sonreía con su teléfono en la mano, contestando algunos mensajes que no dejaban de llegar. Estaba sentado en los sillones del lobby del hotel esperando por Víctor, irían a almorzar a un restaurante cercano, Chris había pasado la mañana en una sesión de fotos y ya era tarde para comer, pero Víctor había decidido esperarlo, quedando de verse en la entrada del hotel. 

—¿Y esa sonrisa? —preguntó Víctor a su amigo cuando estuvo frente a él. 

Chris levantó la mirada y lo miró con picardía.

—¿Es Masumi o conociste a alguien?

— onocí a un bonito chico. 

—¿También modelo?

—No, la verdad es que lo conocí cuando fui a ver a Yuuri.

—¿A Yuuri?

—Sí. Su mejor amigo estaba con él. Phichit me siguió y fuimos a tomar un café, ya sabes, está preocupado por ustedes. Nuestra conversación partió hablando de eso, pero luego comenzamos a charlar de otros temas. Es un chico muy divertido. 

—¿Ahora también vas por omegas?

—Sabes que eso no me importa, es cierto que soy omega, pero sigo siendo un hombre y sabes que eso que tengo entre las piernas funciona muy bien en todas las posiciones.

La carcajada de Víctor fue bastante sonora. 

—Por dios Chris, sin dudas eres el mejor. 

—Créeme que eso se lo haré decir a Phichit. Mañana cenaremos juntos y él será mi postre —concluyó con determinación.

Al día siguiente Víctor estaba sentado frente a Leo de la Iglesia. Un conocido de Isabella y Jean a quien la mujer recomendaba a ojos cerrados. Habían sido compañeros de universidad y siempre se derivaban los casos que por alguna razón no podían atender por sí mismos. 

—Bueno —comenzó a decir Víctor—, estoy aquí porque quiero desarrollar las herramientas necesarias para ayudar a mi novio. Él tiene muchos problemas de autoestima y ansiedad, los que sumados a mi poca capacidad para comprender sus acciones y el no poder controlar las palabras que he dicho en momentos de enojo han terminado destruyendo la relación que teníamos. 

—¿En estos momentos siguen juntos?

—Hace cuatro días yo me fui del departamento que compartimos. Tuvimos una discusión muy fuerte y decidí poner distancia entre los dos, él dijo cosas que me hirieron profundamente y yo también dije cosas por las que debo disculparme con él, sé que lo herí mucho también. Por momentos realmente pensé que nuestra relación había acabado, consideré separarme de él e incluso irme de Tokio, pero yo lo amo y lo que más quiero es que él esté bien. Por eso he decidido quedarme a su lado y hacerlo feliz. Pese a eso soy consciente de que en las actuales circunstancias no puedo hacerlo, necesitamos ayuda, yo necesito su ayuda y por eso estoy aquí. 

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