Cinco-Insondable Anhelo


Otro día más que Yuuri Katsuki no ha tenido un buen despertar, pues las imágenes del autobús y del carro de Víctor partidos en dos se repitieron en sueños. También vio la trayectoria que las llantas dejaron sobre el pavimento y los números en el contador del semáforo.

Esa mañana el reloj marca las ocho y veintiocho y, al verlo, Yuuri sabe que tiene una ventaja a su favor; pero no tiene un plan. Ha comprendido que, por más que acelere en las avenidas, aunque esquive muchos carros, aunque se aleje del tipo que lo golpeó con el parachoques por detrás, no podrá ganar más que un minuto al tiempo regular y ese minuto no será suficiente para llegar a la puerta de la escuela a detener a Víctor.

Ahora no solo es Víctor y el chofer del auto negro los que interesan. Son treinta y tres vidas más. Yuuri se pregunta cómo puede dividirse y qué opción deberá elegir.

Repite en forma automática sus movimientos hasta que sale de su departamento, cruza la calle una vez más para ganar a la fila de vehículos que pronto se formarán y toma prestada la bicicleta con la que vuelve a seguir el mismo mapa mental.

Debe guiarse por las calles y avenidas que conoce, pues si toma otras rutas alternas, se perderá. El corazón de Yuuri parece dividirse y aún suenan en sus oídos las voces parlanchinas de aquellos niños del autobús, el sonido agudo de flauta de aquel tema que el chofer de Víctor puso en el equipo del auto y el estallido potente de los fierros retorciéndose de dolor.

Las calles se le hacen más cortas y no ha querido mirar los contadores de los semáforos porque ya sabe muy bien los segundos que faltan para que los semáforos de cada cruce cambien.

En su camino ve los mismos carros, los mismos rostros, las mismas calcomanías pegadas en las lunas traseras de los vehículos y en su cuerpo siente el mismo calor y dolor que el día anterior y el anterior y el anterior.

Víctor. Todavía no lo conoce bien y quiere derribar ese muro invisible que los separa. Desearía escuchar de nuevo otra invitación a cenar, al cine o a un club nocturno para tomar tal vez un par de tragos. Desearía escuchar de nuevo sus consejos: «Yuuri no tenses tanto el cuello», «Yuuri la mirada al frente, orgullosa como la de un guerrero», «Yuuri espera un par de segundos más en ese cambio».

Perfección en cada salto repetido, amor por el ballet en cada vuelta, Víctor es todo eso y mucho más y Yuuri siente que tanta belleza debe ser salvada para que el mundo la siga observando.

También están los niños. Esas familias rotas que llegarán al hospital, las lágrimas interminables de las madres, el dolor de pecho de los padres. Declararán al chofer de la Hummer culpable y ni cien años en la cárcel ayudarán a mitigar el dolor en el corazón de tantas personas.

Los choferes. Ambos son padres y esposos honestos que se parten el lomo a diario para poder sostener la vida en sus hogares. Dos hombres que serán llorados en casa por cinco corazones rotos.

¿Qué elección debe tomar?  

¿Sacrificas al hombre que estás comenzando a amar como nunca lo hiciste en la vida o sacrificas a treinta y dos niños que todavía no han dejado huella en este mundo?

Yuuri piensa que sería inútil volver a entrar en el espejo, vivir el dolor de perder a Víctor otra vez. Cualquier señal que intente dejar no existirá al día siguiente y está exhausto de repetir ese día que quisiera borrar y de perder en cada repetición un día de su niñez y adolescencia.

Mientras cruza el puente Lomonosov sabe que en los siguientes minutos deberá tomar una decisión grande y varias pequeñas. El universo entero parece estar sobre sus hombros y Yuuri quisiera que alguien le ayudara a cargarlo.

Gira a la derecha y sabe que a partir de ese momento comienza la verdadera cuenta regresiva y mientras se dirige a la rotonda, Yuuri repasa cada movimiento. Debe entrar a más velocidad pues ningún auto le ganará en el cruce, evitará al autobús amarillo y a otros carros que lo retuvieron por unos segundos.

Entrará en la avenida Lomonosova y deberá conservar su derecha. Será mejor avanzar subiendo y bajando la vereda de esa acera y no buscar espacios entre los vehículos para evitar que ese hombre de gesto grotesco lo tope por detrás. Tal vez encontrará otros obstáculos y será un gran reto sortear a las personas que caminan distraídas por las veredas, pero no volverá repetir los errores del pasado.

Ingresa a la rotonda y ve con el rabillo del ojo al autobús del kínder. El estómago se le aprieta y ese ligero dolor le impulsa a acelerar su vehículo y ganar a todos los autos cuando cruza como un rayo y da esa media vuelta de siempre en la pequeña plaza.

A gran velocidad toma la amplia vía y desde el inicio se orilla a la derecha, avanzando por entre los autos aparcados y los vehículos que siguen su lenta marcha. Calcula que deben quedar tan solo unos diez minutos para las nueve de la mañana. El tiempo ya no interesa, lo importante es llegar a la meta y cumplir con su objetivo.

«¿Cuál de los objetivos?», se pregunta y la duda le hace perder la oportunidad de cruzar junto con una camioneta la siguiente esquina.

Son treinta segundos que le resta el semáforo, pero es un buen momento para evaluar la situación que se le viene y tomar la decisión correcta, aquella de la cual jamás se arrepentirá.

Semáforo en verde y aún no tiene algo en mente, todavía no sabe a quién salvar. A su mente llegan las imágenes del auto en el que viaja Víctor, el instante preciso que es partido en dos por la monstruosa camioneta del aquel estúpido chico ebrio. Las chispas que produce la fricción del acero y que se elevan como pequeñas estrellas mortales estallan otra vez delante de sus ojos. El guante negro que parece estar también herido debajo de la puerta aplastada y el rostro de Víctor mirándolo los últimos segundos con mansa resignación, entregado a la muerte como si supiera que ya no hay nada más que hacer y sonríe con esa eterna actitud entusiasta cuando es él quien lo consuela aún en sus últimos segundos.

Los carros pasan junto a él a más velocidad, la vía ya se ha despejado y eso le dice que está próximo a dar la vuelta para entrar en la avenida Zagorotnyy. En esa esquina hay una anciana con una pesada cartera que lo hará caer, así que Yuuri decide que ese es el punto exacto por el que cruzará todos los carriles y seguirá manejando por la izquierda. No vale la pena detenerse a preguntar a Yuri por Víctor, el resultado será el mismo.

Sonríe al pensar que tal vez podrá alcanzarlo en el semáforo de la primera parada y sigue su agitada marcha. Llega al frontis del edificio donde está la escuela Skazochnyy y ve a Yuri entrar por la amplia puerta de vidrio. Víctor ya ha partido hace un minuto como le dijo. Sigue manejando a prisa la bicicleta y Yuuri piensa que esos treinta segundos perdidos en el semáforo le dieron un arma con el que no contaba los días anteriores: tranquilidad.

Como nunca, deja de lado su natural ansiedad, esa que le corta la respiración, lo hace temblar, dudar, sudar y hace que maneje con más lentitud. Con satisfacción comprueba que es más ligero sobre la bicicleta y que a ese ritmo alcanzará de sobra el auto de Víctor.

Observa de reojo que junto a él pasa el autobús amarillo y el nudo que lleva en el pecho se vuelve a apretar. Otra vez ve la imagen del momento en el que el vehículo cruza la vía rápida y se encuentra con la desbocada super camioneta. El estruendo del choque le parece más potente que el que produjo contra el auto de Víctor y luego el silencio, ese silencio que ralentiza todos los movimientos anunciando la tragedia.  

Su mente no va a detener su propósito. Todavía no se ha producido el choque, aún nadie ha cruzado la vía rápida, todavía hay tiempo. Yuuri sigue pedaleando y espera alcanzar el auto de Víctor en el semáforo que todavía sigue en rojo, ve el Cooper rojo, lo esquiva con un arriesgado movimiento de costado y se deja llevar por la bicicleta. Permite que sus ojos no estén sobre el semáforo pues el avance de los segundos es una constante que no va a cambiar, así que se concentra en los movimientos que hacen los vehículos en el carril contrario para evitar que algún despistado chofer frene el impulso que ha ganado.

Se acerca al cruce, está a treinta metros del auto negro con la antena batiente y Yuuri todavía duda un poco sobre qué decisión tomar; mas no se detiene a pensar en ella. En el momento exacto ésta surgirá.

El semáforo cambia en ese instante y predice los minutos finales, ese corto tiempo con el que cuenta Yuuri para detener a Víctor, para detener el autobús escolar, para hacer lo correcto.

Por la vía corren a mediana velocidad pocos vehículos y por detrás de él está el autobús amarillo. Yuuri está tan concentrado pensando en su decisión, pero puede escuchar las voces agudas de los niños, escucha los labios del chofer silbando la melodía en el equipo del auto negro, puede ver que faltan treinta segundos en el contador del semáforo para que cambie a rojo.

Yuuri ahora corre detrás del auto de Víctor y vuelve a pedalear con más ahínco hasta que alcanza el auto, pasa junto a la puerta trasera y ve que Víctor sostiene el teléfono, pasa por la puerta del chofer y lo ve silbando la misma melodía del día anterior, pedalea un poco más y rebasa por un metro el auto negro, voltea pocos grados el cuerpo y con el rabillo del ojo cree ver que en el tercer carril de aquella avenida acelera una camioneta blanca y dentro de ella…

Yuuri piensa, repasa las imágenes que guardó en su memoria de los diversos tiempos en los que vio el accidente y comprueba que el primer día sus ojos guardaron en solo un segundo el cuadro de esa camioneta: una mujer joven al timón, un adolescente con auriculares en el asiento del copiloto y atrás un bebé en su asiento especial.

No son dos vehículos los que debe detener interponiendo su bicicleta entre el carril de la izquierda y el del medio, ahora son tres.

Veinte segundos en el semáforo y todos los autos toman sus posiciones. El auto negro de Víctor está en el carril izquierdo de alta velocidad, unos metros por detrás viene el autobús con los niños de kínder, en el carril central avanza de lejos un auto Landa del año y por el carril derecho acelera la camioneta blanca. Todos quieren ganarle al semáforo que ya está en diecisiete segundos. Si Yuuri salva a dos, el tercero no se libará y en el cruce con la vía Moskovsky la muerte volverá a reinar.

A quién detiene, a quién deja avanzar. Es lógico pensar que en los segundos que le quedan solo podrá interponerse frente al carro de Víctor y el autobús, pero la mujer, el chico de los auriculares y el bebé. Ellos serán ahora las nuevas víctimas.

Qué debe hacer, qué es lo correcto.

Yuuri mira el semáforo y faltan solo trece segundos, él lleva dos metros de ventaja y piensa en acelerar. No, eso no detendrá a los demás.

Once segundos para el que el semáforo cambie a rojo y cuatro para que el auto de Víctor cruce los primeros carriles de la vía rápida. La vida, la muerte, el rostro de Víctor, el estruendo del autobús, las nuevas víctimas. Lo nuevo, lo distinto, lo correcto.

Yuuri voltea la bicicleta en los últimos dos segundos y hace que el chofer del auto negro apriete el freno a tiempo para evitar que lo atropelle. Cruza el segundo carril y el chofer del autobús también se detiene. Cuando llega al carril de la derecha se para y mira el contador del semáforo: ocho segundos.

Entonces el claxon de la Hummer vuelve a sonar con potencia y el pesado vehículo cruza la vía rápida rompiendo la armonía. Yuuri sonríe, lo ha logrado detuvo a los vehículos, volea la cabeza hacia la derecha y ve el capó de la camioneta blanca que aún no frena, siente el impacto sobre su pierna, siente que se eleva en el aire y siente el vacío de la caída. Sus ojos se detienen en el contador del semáforo, cinco segundos para que cambie a rojo.

El japonés siente el impacto de su cuerpo sobre el pavimento y aun sonríe, ha hecho lo correcto, evitó la tragedia y detuvo a Víctor, detuvo el autobús, detuvo la camioneta. 

Yuuri ha desafiado el destino y hasta jugado bien sus cartas contra el tiempo, pero no puede detener el insondable anhelo de la muerte.

FIN

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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