Cuatro-Insondable Anhelo


Nuevamente las ocho y treinta en el reloj. Con gran lentitud Yuuri Katsuki abre los ojos y mira el constante avance de los dígitos. No puede creer que se haya quedado dormido de nuevo, que no haya escuchado la alarma hace media hora y que tenga que cambiarse, hacer la cama y tomar algo para no morir de hambre en la escuela, en tan solo veinte minutos.

Durante algunos segundos Yuuri detiene sus oscuros ojos sobre la puerta del baño y siente que algo importante debe pasar ese día. No tiene idea de dónde puede llegar ese sentimiento, pero es una sensación que lo ha acompañado desde que era muy pequeño. Cada vez que él jugaba con un espejo sabía que algo le esperaba en su brillante interior. Es un juego que le dejó grandes satisfacciones y risas ocultas tras alguna travesura.

Yuuri se pregunta si necesitaba ir al baño para averiguar si tiene algo que dejó pendiente o si al mirar su reflejo podría volver a jugar como en el pasado.

Harto de darle una vuelta más a esa tuerca, tira las cobijas, pone los pies sobre las sandalias de casa y se acerca a la ventana para ver cómo ha amanecido el día. Los días nublados fueron la constante durante toda la semana, como augurio de que el otoño decidió visitar la ciudad con su fresco aliento.

Los dedos de Yuuri abren la oscura tela, aquella que puso para evitar que por las noches se filtraran las luces del vecindario que no lo dejaban dormir. A veces amanecía demasiado cansado y esos días era una verdadera tortura mantener el ritmo en las clases y en los ensayos.

Quiere mostrar su vitalidad y energía para que Víctor lo vea volar por los aires como un verdadero cisne, quiere mirar su rostro de satisfacción cada vez que él aplaude sus aciertos. Tal vez así se animará a emprender una conversación más larga que el habitual saludo y el comentario sobre el tránsito o el clima. Desea conocerlo un poco más porque cada vez que Víctor lo mira su corazón se siente vivo. Tal vez y se anime a aceptar una de las invitaciones que Víctor le hace.

Yuuri recorre con la mirada la calle que se muestra desnuda de gente, nubes altas en el cielo marcan la frescura del día, los abedules han perdido más hojas y a lo lejos escucha el clásico timbre de una bicicleta. Entonces sucede, su corazón salta de improviso, sus pies dejan de sentir el suelo y todo lo vivido el día previo pasa por su memoria con la rapidez de los pestañeos.

El bailarín japonés tiene la mirada fija en la bicicleta y el chico que la maneja haciendo piruetas. La escena se repite otra vez, el joven dejará la bicicleta apoyada al poste, entrará en la panadería del edificio de en frente, saldrá después de un par de minutos de ella y él habrá perdido ese valioso tiempo.

Yuuri da la vuelta, corre hasta la silla que está junto a la entrada del dormitorio, se pone el pantalón de buzo, una remera delgada y la casaca deportiva. No se detiene a amarrar sus zapatillas, sale con un objetivo fijo, sabe que solo le quedan cuatro minutos de diferencia y que cada segundo cuenta como una eternidad.

Fuera del edificio donde vive camina a prisa calle arriba, mira la bicicleta en la acera de enfrente, han pasado tres minutos desde que recordó todo. Piensa en Víctor, en la escuela, en el viaje y en el aeropuerto.

No puede detenerse, si lo hace todo volverá a suceder, como ayer cuando todo era un tiempo que recién estaba viviendo. Decide cruzar, pero un auto amarillo le impide el paso y allí se le van otros quince segundos.

Yuuri maldice en voz baja, alarga los pasos cuando cruza la calle, llega junto a la bicicleta y la toma prestada —prestada es un decir—, sale sin ver los carros que tiene por detrás y un coche del año frena en seco, el claxon estalla y despierta a las palomas que dormitan en los tejados, el chofer maldice al muchacho, decide seguirlo para darle una lección de tránsito y por el espejo retrovisor ve que un joven acaba de salir de la panadería, deja caer su bolsa de papel y levanta los brazos señalando la bicicleta.

El chofer no es un buen samaritano, no detendrá al ladrón que acelera en el delgado vehículo, pero tal vez podría toparlo, solo un toque suave para hacerlo caer. Acerca el parachoques a la bicicleta, tuerce el timón a la derecha y calcula donde pegará la llanta.

Yuuri siente esa cercanía y al ver el semáforo cambiar a luz ámbar pedalea con más energía y cruza la avenida como un rayo. El chofer frena el flamante vehículo y evita un choque que pudo costarle más que una raspadura en el parachoques. Maldice otra vez.

El bailarín está satisfecho, no se ha detenido como un día atrás cuando se dejó llevar por su buen civismo. Decide no ajustar los frenos al ver el semáforo, evita aquella caída aparatosa que le costó un par de minutos y la risa venenosa del hombre que lo topó. Ahora solo debe acelerar hasta llegar al puente Lomonosov y tomar la avenida para robar dos minutos al tiempo que le queda.

Calcula que Víctor está bajando por el ascensor, seguro se ha despedido del suizo coqueto que todavía provoca sus celos y en el auto negro le espera el chofer al que le gusta poner música muy vieja. Son dos vidas en juego las que debe salvar por eso acelera el ritmo del pedaleo y piensa que debe dar la vuelta por detrás de aquel bus escolar en la rotonda, debe atreverse a pasar por delante sin frenar.

Con el rabillo del ojo Yuuri observa el bus amarillo, parece que ya recogió a todos los pequeños que van a la escuela inicial, rememora que lo vio aparecer por la misma esquina el día anterior, iba a una velocidad media y no se detuvo cuando él lo rebasó, cuando llegó a tiempo, cuando el auto donde viajaba Víctor emprendió la marcha, cuando lo vio cruzar la amplia avenida Movskosky y cuando todo sucedió.

Hoy no será así, tiene todos los detalles en la mente, sabe qué velocidad llevar, sabe que un auto viejo detendrá el tránsito en la siguiente calle, sabe que solo ha ganado un minuto a su tiempo y eso no es suficiente. Sabe que llegará a la escuela faltando seis minutos para las nueve, pero sobre todas las cosas sabe que solo se detendrá frente al espejo esa noche para lavarse los dientes.

Tal como lo había predicho supera al autobús por solo unos segundos de ventaja, ha sido demasiado arriesgado, pero Víctor lo vale. Sale de la rotonda, avanza entre un entramado de autos que se ha formado por culpa de aquel viejo Landa al que se le apagó el motor y calcula orillarse hacia la derecha para cruzar sin problemas el puente.

La bicicleta pasa veloz entre dos carros repartidores, uno de comida y otro de flores, pero un intempestivo claxon le anuncia que debe frenar unos segundos. Es la moto de un policía que ha acudido al lugar para despejar el tránsito. Yuuri maldice la moto, no la tomó en cuenta. Claro que no podía haber pensado en ella, la moto no fue parte de su experiencia el día anterior. Doce segundos menos y fuerza sus pies sobre los pedales porque debe retomar la velocidad que llevaba y debe ver por qué espacios avanzará para llegar al puente.

Seis autos después Yuuri puede por fin cruzar aquel puente sobre el río Neva y exige a sus piernas que aceleren el vehículo para ganar el tiempo perdido. Corre en paralelo con la línea de buses que regresan del centro de San Petersburgo. Lleva más velocidad que los taxis, no importa que le quemen los músculos, no importa la falta de aire.

Vence a los autos y sonríe. Ha ganado un buen tiempo, falta un minuto con veinte segundos para que Víctor salga del edificio donde está ubicada la escuela, para que se despida de Yurio con el que se encontrará en la puerta y para que suba al Chrysler negro con la antena salida.

Si no logra alcanzarlo, si no logra detenerlo en aquella acera, acelerará la bicicleta y aunque corra mucho riesgo tratará de frenar el avance del chofer. Así será si no llega a tiempo, pero si lo hace, si puede llegar a las nueve menos siete minutos, se pondrá frente al auto de Víctor y lo detendrá un instante, solo unos dos o tres minutos, no harán falta más.

¿Cómo justificará su actitud? ¿Qué le dirá para explicar su loco comportamiento? ¿Podría decirle que ha soñado algo malo y que viene a advertirle? ¿Por qué no le pidió su teléfono la noche de la fiesta de gala por el aniversario de la escuela? ¿Por qué no lo pidió a la secretaria que trabaja en la recepción?

Ese ya no es el problema ahora, la bicicleta parece tener alas y rebasa a gran velocidad a los autos que avanzan por la avenida y a los estacionados a un lado de la vía. Yuuri no quiere recordar aquel fatal momento, porque teme que, de hacerlo, esté condenando otra vez esa nueva oportunidad que le ha dado el tiempo.

Con los años, pasar por el espejo se ha convertido en una agotadora experiencia, pues gasta demasiada fuerza y memoria al concentrarse. Con cada año cumplido en su calendario la habilidad que era un juego cuando niño, ahora es un proceso lento, cansado y doloroso. No puede repetir de manera seguida ese viaje en el tiempo porque podría quedar sin muchos buenos recuerdos.

Yuuri ve a los lejos la esquina por donde debe dar la vuelta. Mira el reloj y se felicita por haber ganado tanto tiempo. Minuto y medio. Es posible entonces que encuentre a Víctor en la puerta. Vuelve a orillar su vehículo hacia la derecha y cuando entra en la avenida Zagorodnyy tropieza con una anciana que quiso ganar al semáforo. El bolso de la vieja se enreda en su brazo y mientras ella grita y él trata de no caer al pavimento, pierde los valiosos segundos que ganó con tanto esfuerzo.

Si tan solo hubiera previsto la presencia de la anciana ya estaría a solo una cuadra del frontis de la escuela.

Yuuri logra desenredarse, dos transeúntes levantan a la abuela y ella golpea con el pesado bolso la espalda del desesperado ciclista que no ha tenido tiempo ni de pedir perdón o hacer una reverencia. Los deja a los tres en la concurrida esquina vociferando palabrotas y retoma su carrera, corre entre los vehículos que ganan espacio unos a otros, observa el estacionamiento frente a la puerta del edificio vacío y se detiene al ver a Yurio que camina hacia la entrada del edificio.

—¡Yuri! —Katsuki pega un grito que atrae la mirada felina de Plisetsky—. ¡¿Víctor ya salió?!

—¡Hace un minuto katsudón! —Aquel jovencito que contesta con tanta irreverencia la pregunta del profesor Katsuki es considerado el mejor estudiante de la escuela y el mejor pupilo de la mismísima Lilia Varanovskaya.

Yuuri intenta divisar el auto negro donde se traslada Víctor, hay como seis similares en la avenida. Deja pasar dos coches y una furgoneta y cuando divisa el autobús amarillo que va cargado de niños siente un escalofrío. Acelera.

La bicicleta se balancea por entre los autos que permanecen detenidos en la avenida y parece danzar con ellos un baile macabro que le resta segundos a la vida. Yuuri conduce sin mirar atrás, sus ojos intentan descubrir el rostro de Víctor en cada auto negro que avanza por la vía. Ni el reflejo del sol sobre sus lentes lo alejará del objetivo de detener a Víctor Nikiforov, para verlo bailar sobre los escenarios como un dios encarnado y para seguir enamorado de su coqueta sonrisa.

Las ruedas de la bicicleta parecen elevarse por encima del pavimento. El semáforo está en verde y los autos se reparten por distintos caminos. Algunos doblan a la derecha para ir a Petrogradisky, otros se dirigen a las congestionadas vías del centro y pocos siguen por aquella avenida.

Es el momento esperado, solo son diez autos que aceleran su marcha, un Pontiac del año, un Mercedes Benz, tres taxis azules, un Landa de última generación , una camioneta Nissan, un auto repartidor de correspondencia que se detiene frente a la puerta de un edificio, un Cooper rojo que dará la vuelta a la izquierda en el primer semáforo, el bus amarillo en el que se escucha decenas de voces agudas y pequeñas y por delante de él, llevando una velocidad moderada encuentra su objetivo.

¡El auto de Víctor!

Yuuri está a unos cien metros de distancia, debe sobrepasar al bus, debe evitar que el chofer del auto negro trate de ganarle al semáforo, debe arriesgar su propia seguridad para que no pase el cruce de la avenida Movskosky, debe… debe….

Yuuri logra alcanzar aquel elegante auto negro, no puede ver a Víctor porque el reflejo del sol se lo impide, toca el timbre de la bicicleta para llamar la atención del chofer, observa que el cruce se aproxima, mira que al semáforo en verde aún le faltan treinta segundos para que cambie de color y siente que si no hace algo en ese instante todo volverá a repetirse.

Se acerca al auto, a la ventana del chofer que parece no haberlo visto, lo observa con atención, no puede soltar el timón de la bicicleta pues no es un experto manejando, puede escuchar la voz de Víctor que habla con alguien por teléfono y también escucha The lonely shepherd * en la radio. El sonido agudo de esa flauta estremece su espina, parece predecir la fatalidad que se encuentra a solo unos metros de distancia y obliga a Yuuri a gritar.

—¡¡Víctor!!

El chofer voltea y lo mira con incredulidad y molestia, en el semáforo los números marcan diecinueve segundos, el chofer frunce el ceño al ver que ese alocado ciclista tiene la intensión de chocar el auto y Yuuri lo vuelve a hacer.

—¡¡Víctor Nikiforov!!

El chofer deja de apretar el acelerador, Yuuri gana más espacio y pedalea por delante del vehículo hasta que siente que éste desacelera la marcha y frena. Triunfante alza la mirada, el contador en el semáforo marca diez segundos, lo ha logrado. Ha detenido a Víctor, ha evitado la tragedia, ha valido la pena jugar en el espejo, ha perdido unos días de infancia en su memoria, pero todo está justificado. El juego de un niño se ha convertido en la salvación del hombre que lo enamora e inspira.

Sin embargo…

Sin embargo, sus ojos se abren aterrados cuando observa que el bus escolar que corría detrás de Víctor pasa al carril central y el chofer, con la mirada en el semáforo que marca siete, acelera para evitar quedarse detenido.

Y entonces sucede.

La Hummer H6 de tres toneladas conducida por un muchacho ebrio aparece a gran velocidad por el tercer carril de la gran vía y no da tiempo al chofer del bus para que haga alguna maniobra.

El sonido del acero chirria y enmudece a los demás vehículos. De forma extraña no hay gritos. El pesado vehículo arrastra de largo al bus escolar, el freno no sirve pues el muchacho lo ha ignorado desde hace varias calles atrás. Yuuri ve que es el bus el que detiene el impulso de aquel vehículo gigante y son las vidas de treinta y dos niños y un adulto las que se perderán en el transcurso del día.

Yuuri mira con espanto al largo vehículo que se quiebra, Víctor baja del vehículo preguntándose por qué el profesor de danza clásica de la escuela iba en esa bicicleta, el chofer del auto se pregunta por el destino y la fatalidad. Los tres quedan mudos frente a la presencia de la muerte y las voces de los niños se apagan en solo unos segundos.

El profesor Katsuki ha logrado salvar la vida del gran bailarín ruso Víctor Nikiforov; pero a cambio observa que otras vidas son tomadas por el destino. Es como si la muerte se empeñara en cumplir su trabajo en esa esquina o como si estuviera esperando su momento en el carril de velocidad de la avenida Movskosky.

Víctor decide no viajar ese día. Cancela el resto de las presentaciones del mes, siente que ha cambiado su vida por tres decenas de vidas y no quiere hablar con nadie; ni siquiera con su salvador. Nada puede sacar de su mente el instante que sus ojos dejaron de ver la actitud desconcertante del profesor Katsuki del Japón y saltaron de espanto al escuchar la estridente colisión que arrastró al bus amarillo. Al inicio se preguntó qué estaba pasando, luego pensó en los niños, había visto por la ventana el nombre del kínder pintado a un costado del bus y un súbito vacío le asaltó la boca del estómago cuando comprendió que fue la acción de Yuuri la que cambió su destino. Viendo el resultado de la inexplicable y heroica acción de Yuuri se sintió el hombre más miserable, como si fuera responsable de aquel accidente.

—Yuuri, creo que no te he agradecido lo que hiciste hoy. —Víctor detiene a Yuuri en el pasillo de la entrada al edificio—. Pero dime, ¿cómo supiste…?

—Es como un juego de niños. —Yuuri intenta explicar y las palabras se quedan atoradas en el pecho, pues cada una de ellas le provoca escalofríos—. A veces sueño, a veces acierto y otras me equivoco, pero hoy estuve seguro de que haría lo correcto.

—Detenerme para que el tráiler no chocara mi auto. —Con los dedos sobre el mentón Víctor analiza la explicación de Yuuri.

—Evitar que murieras, Víctor… —Se atreve a decir aquello que venía atestiguando hace ya algunos días.

—Yuuri, gracias, pero no debiste hacerlo. —El profesor Nikiforov muestra una triste sonrisa y sin decir más sale del edificio de la escuela.

Yuuri agacha la cabeza y lleno de pena se queda mirando cómo Víctor se aleja con pasos lentos por avenida Zagorotnyy, mientras el frío viento de otoño despeina sus blancos cabellos.

Cansado y sintiendo el peso de la culpa, el profesor Katsuki regresa a casa con los hombros caídos y con una idea que se enreda en sus pensamientos: ese no era el final que había deseado. Se sirve una taza de té verde, enciende la televisión y observa que en todos los canales se comenta la noticia del fatal choque.

«¿Qué vale más?», se pregunta Yuuri. «¿Una vida o treinta y tres?»

Sus ojos se llenan de lágrimas, Víctor está vivo, pero él sigue sintiendo el mismo vacío de los otros días y, cuando dan las diez en el reloj, vuelve al espejo.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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