Tres-Insondable Anhelo


Las pupilas de Yuuri Katsuki empequeñecen cuando un rayo de sol traspasa la fina abertura entre las cortinas y rebota sobre la placa de acrílico del reloj despertador. Éste había sonado media hora antes, pero el cansancio que Yuuri traía en el cuerpo no le permitió escuchar su repetido pitido.

Durante un instante contempla los números del segundero avanzar uno a uno y de pronto otros números, esta vez en retroceso, llegan a su memoria y arrastran consigo las imágenes más dolorosas de un día que vivió, pero que todavía no ha sido.

De un salto Yuuri se pone en pie y sabe que esta vez luchará contra el tiempo con todas las armas que tiene a su favor.

La primera de ellas, la experiencia. Él ya ha vivido ese día y no puede perder ni un segundo para cumplir con el vital objetivo que da vueltas en su cabeza.

La segunda, un corazón fortalecido por el amor. No solo es admiración la que siente por Víctor Nikiforov, su colega, su maestro e inspirador; es amor genuino que fue creciendo entre las sombras del silencio y que guardó durante los meses que compartió con él los pequeños espacios de vida en la escuela y las presentaciones en el teatro Marinsky.

Y la tercera, la fe inquebrantable en sí mismo. Sin esa fuerza de voluntad, Yuuri no conseguirá nada este día y todo volverá a doler tanto como ayer.

No tiene que pensar en la ropa, encuentra de inmediato el buzo deportivo y se lo pone mientras entra al baño, lo ocupaba por un minuto y sale para ponerse las zapatillas. Tampoco comprueba que sus cosas estén en la mochila. Sabe que la billetera, el celular y sus implementos se encuentran acomodados a la perfección en sus compartimentos y bolsillos. Solo la toma y se la acomoda en la espalda.

Yuuri escucha el timbre de la bicicleta cuando abre la puerta de su departamento, ajusta los pasadores a los tobillos y corre hacia la panadería. No pierde el tiempo caminando por la vereda de su edificio, corre y cruza a la acera de enfrente para ganar a los vehículos que el día anterior lo detuvieron. No busca ningún taxi, solo tiene por objetivo aquel vehículo ligero que lo llevará a prisa y sin impedimentos hasta la escuela. Con él podrá ganar esos minutos que necesita para detener el auto de Víctor.

Con una pequeña sonrisa comprueba que la bicicleta del muchacho rubio no tiene ningún seguro y que puede tomarla sin dificultad. Luego la devolverá al mismo lugar, averiguará si alguien lo conoce o sabe su número, su domicilio o dejará una nota en la panadería por si acaso regresa.

Yuuri monta la bicicleta y maneja por la vereda para evitar que los carros que pasan a prisa por la calle le impidan avanzar. Durante dos cuadras mantiene un ritmo moderado de velocidad, pero cuando baja a la calzada comienza la larga, vital y desesperada carrera para llegar a tiempo.

Tiempo.

Al bailarín japonés le parece extraño hablar del tiempo. Desde niño comprendió que el tiempo solo era una ilusión para que los hombres pudieran medir sus días, sus actividades y sus metas. Siendo adolescente entendió que el tiempo no corre en línea recta y que se pueden hacer saltos hacia cualquier momento de la existencia de la vida porque el espíritu liberado de forma consciente puede volver a poseer su cuerpo.

Pedaleando con toda la energía que le queda luego del poderoso salto que dio y las consecuencias que este significó para su mente y su cuerpo, Yuuri rebaza los autos y calcula que pasará por el parque Yekaterin en dos minutos. Deja atrás autos y buses pues ya conoce bien las rutas y decisiones que los choferes tomaron el día anterior.

No volverá a estancarse cuando el hombre del Nissan doble a la derecha el timón con el fin de pasar al carril central de la avenida Lomonosova, lo evadirá yendo cerca de la vereda; pero no tan cerca para evitar al grupo de chicas universitarias que jugando entre ellas bajarán de improviso de la vereda. Eso le restará unos treinta segundos. Aún son las ocho y treinta y nueve en su reloj. Sí hay tiempo.

Víctor debe estar alistando sus implementos en la sala de profesores y la secretaria seguramente está preparando las carpetas para la junta de docentes de ese día por eso no está cerca del teléfono. No se detendrá a hacer una llamada para comprobar si alguien pudiera responderla. En su lugar pedalea con más ganas y aumenta la velocidad a la bicicleta.

Mientras calcula los movimientos para pasar entre los carros, Yuuri se reclama el no haber aceptado las amables invitaciones que el apuesto bailarín le hizo desde el tercer mes que trabajaron juntos. Era tan fanático de su trabajo que solo al verlo sentía que se quedaba sin aire y cuando lo conoció mejor, aún viendo sus defectos y su falta de tacto, él comenzó a cambiar la sagrada devoción que siempre le tuvo por un sentimiento más real, uno en el que debe reconocer que Víctor no es perfecto, pero que aun así, le hace sentir esas dulces punzadas en el pecho, tal vez en el centro mismo del corazón y le hace sonreír cada vez que piensa en él.

Un amor incipiente, inmaduro y curioso que Yuuri sabe que merece la pena conocer.

Cuando adolescente, Yuuri nunca se enamoró. Estuvo pendiente de su amiga de la escuela, Yuko: una niña mayor que él, que siempre lo trató con cariño, amabilidad y generosidad. Tal vez tuvo una pálida ilusión por ella, mas cuando viajó a Estados Unidos a estudiar su profesión ese cariño se desvaneció y de él quedó solo la amistad y el compañerismo.

Con Víctor todo fue distinto. Yuuri creía conocerlo o saber muchas cosas de él. A un ídolo los medios y las redes sociales parecen desnudarlo de cuerpo entero y, a través de entrevistas y chismes, uno logra enterarse del platillo favorito, de alguna anécdota especial de la infancia, de los gustos sobre la música, de su disgusto por la impuntualidad, de la disciplina que emplea al crear las coreografías y hasta de las chicas con las que salió.

Pero es la convivencia la que permite definir los rasgos de una persona y hace que se la conozca mejor. Yuuri aprendió que Víctor es muy disciplinado, pero que siempre se venía quejando de falta de motivación y parecía buscar algo más en su trabajo. Aprendió que le gustaba mirar de forma sensual a mujeres como a hombres y no se reservaba ningún halago para ellos.

También comprendió sus olvidos. Con tantas cosas en mente, lecciones para dar, nuevas coreografías por crear, entrevistas, filmaciones de publicidad y presentaciones; Víctor solía incumplir sus promesas; pero al final siempre se daba algún espacio para hacerlas realidad.

Aprendió también que todos los días él y el profesor Giacometti llegaban juntos porque compartían el piso y en voz baja todos comentaban que ellos compartían algo más que amistad, pero no lo hacían público porque en Rusia está prohibido hablar de las preferencias sexuales de forma abierta. Por este motivo Yuuri se limitaba a admirar y querer de lejos a Víctor y cada vez que él le hacía un cumplido se sonrojaba, agachaba la cabeza, hacía unas pocas reverencias y se alejaba. No quería incomodar al posible novio y tampoco quería hablar sobre su cariño sincero para que nadie lo tomara a mal.

Sin embargo, el día anterior…

 —Nunca… aceptaste… mis… invi…tacio…nes. —Víctor aprieta la mano de Yuuri. No le duele el cuerpo, solo tiene mucho miedo porque se hace consciente de su condición.

—Fui un tonto. —Una larga lágrima se abre paso entre el sudor—. Perdóname.

—¿Irías… conmigo… al cine? —Víctor intenta sonreír.

—Sí, Víctor. —Yuuri intenta no llorar.

—¿Y a… la… ópera? —Víctor cierra los ojos.

—A cualquier lugar. —Yuuri comprende que en el reloj de Víctor se acaba el tiempo.

—Ahora… estás… aquí… conmigo…

Tras dejar atrás la cuadra del teatro Alexandrinsky se dirige hacia la rotonda Lomonosovsky por donde los vehículos se reparten en diferentes direcciones. Sabe que será difícil cruzar en ese lugar, la falta de semáforo y la velocidad con la que llegan los vehículos por las vías, muchas veces crea atascos y hasta choques. Calcula los lugares más seguros para pasar las esquinas de las tres avenidas que desembocan en la pequeña plaza, entrar al puente y tomar la ruta de la avenida que lo llevará directamente hasta la Zagorodnyi. Una vez allí solo será cuestión de acelerar.

Arriesgando todo cruza hacia el centro de la rotonda para dirigirse de nuevo al puente y cuando decide ir detrás de un Grand Cherokee, con el rabillo del ojo observa el bus amarillo que vio desde el taxi el día anterior.

Yuuri no sabe por qué ese bus le llama tanto la atención, se fija en él solo por dos o tres segundos y pierde la oportunidad de cruzar los diez metros que lo separan de su objetivo. El bus toma también esa dirección y se detiene en el centro de la rotonda impidiendo el paso de Yuuri.

Él trata de contar los segundos valiosos que está perdiendo, se jura que los va a recuperar cuando llegue a la avenida principal, jura que va a alcanzar a Víctor mientras está subiendo al coche que alquila la escuela, jura que no dejará morir a Víctor, retará a la muerte y tomará en sus manos el destino.

Cuando el bus se mueve hacia el puente, Yuuri avanza junto a él por el carril izquierdo hasta que nota que algunos carros están alejados y cruza hacia la otra vereda. El claxon de varios vehículos retumba en sus oídos y los insultos de los choferes no le afectan. Yuuri piensa que si un ciclista le saliera de improviso por delante del vehículo también le diría palabras muy sucias además del tradicional «¡baka!» que dicen los japoneses.

Yuuri acelera y rebasa todos los vehículos que avanzan rumbo al puente Lomonosov. Corre entre los vehículos sin mirar atrás, sin detenerse por culpa de algún despistado, sin mirar el reloj, no puede parar ni un segundo porque si lo hace, el auto de Víctor partirá y será casi imposible detenerlo en la marcha.

Las primeras cuadras de la avenida Lomonosova mantienen el tránsito lento porque en la vía paralela un viejo Landa a colapsado y detuvo a todos los vehículos. Los choferes buscaron las alternativas e invadieron la estrecha calle.

Otra vez Yuuri debe enfrentar el poco espacio que dejan los autos para que pasen las personas y mucho menos las bicicletas. Necesita llegar a la berma derecha para avanzar a más velocidad y si le es posible subirá a la acera para recuperar el ritmo que había llevado hasta hace un par de minutos atrás.

Tras unos segundos los autos retoman la marcha y Yuuri avanza junto con ellos, ya nada lo detendrá. Mira con la esquina del ojo para calcular su posición, rebasa a dos vehículos y llega al carril derecho. Si se atreve podrá ganar más velocidad y en pocos minutos entrará a la avenida donde está el edificio de la escuela. Allí ningún carro o persona lo detendrá.

Lleva una buena marcha y observa que solo le falta una cuadra para doblar en la siguiente esquina, frena un poco para dar la curva cuando de pronto un auto topa la llanta de la bicicleta y Yuuri cae. Si ese choque se hubiera producido cuando él iba a toda velocidad por la avenida, tal vez él también estaría muerto.

Todavía en el suelo y algo sentido por la caída, Yuuri levanta la mirada y reconoce al chofer a quien hizo frenar minutos antes con su intempestivo cruce. El hombre de unos treinta años, cabeza rapada y nariz abultada ríe al ver el rostro magullado de Yuuri, le dice algo que no logra entender mientras pasa por su lado mostrándole el dedo del medio. Acelera y lo deja tirado entre la vereda y la pista.

Con la ayuda de dos adolescentes Yuuri logra levantarse, tiene herida la palma de la mano y le duele la rodilla, pero eso no le importa, lo que en verdad importa es el insondable anhelo por llegar a tiempo. Agradece la ayuda, vuelve a montar la bicicleta y sonríe porque nada le ha pasado a la llanta que topó ese idiota.

Yuuri tiene un amasijo de pensamientos sueltos: Víctor, el auto de alquiler, Yuri Plisetsky en la puerta del edificio, el autobús amarillo, los semáforos en verde, la gigantesca Hummer de color verde petróleo, el grito del acero al romperse, los guantes negros de Víctor debajo de la puerta aplastada y la agonizante mirada de Víctor. Todo eso debe parar, si no lo hace ahora, si no detiene a Víctor, volver a vivir ese día le será más difícil y doloroso.

Con la mano sangrante, el pómulo enrojecido y la pierna adolorida, Yuuri corre por la berma derecha de la avenida Zagorodnyi. Solo le faltan cuatro cuadras largas para llegar al frontis del edificio, para detener el auto negro de alquiler, para cambiar el destino de Víctor y su propio destino.

De pronto el bus amarillo aparece reflejado en las ventanas de los negocios que aún permanecen cerrados y Yuuri aun no conoce el significado de la presencia de ese auto. El bus pasa de largo y un pequeño vacío se forma en el estómago del japonés.

Yuuri olvida sus dolores y sigue su loca carrera, hasta que llega al edificio y observa el espacio vacío del estacionamiento. Mira al tigre Plisetsky que camina con lentitud a la entrada y sin querer lo llama.

—¡¡Yuri!! ¡¿Dónde está Víctor?! —Se siente estúpido con la pregunta, él sabe dónde está en ese momento.

—¡¿Katsudón?! —Yuri lo mira intrigado. Debe ser tan extraño ver a un profesor sudado, golpeado y desesperado—. ¡Se fue hace unos segundos!

—¡¿Cuál es su auto?! —Yuuri tiene la esperanza que, si el chiquillo lo señala, él podrá acercarse con más seguridad y no buscar entre tantos autos negros.

—Ummmm —Yuri mira hacia la avenida y duda un poco, levanta el brazo y apunta en la dirección correcta—. ¡Ese con la antena suelta!

Claro, no pensó en el detalle de la antena. Si lo hubiera tenido en mente no se habría detenido para preguntar al chico. No hubo tiempo de decir gracias y de conversar más. Yuuri partió con la mirada fija en la avenida y también en el semáforo del primer cruce. Lo ve cambiar a rojo y sabe que detendrá el auto de Víctor. Si tan solo pudiera pasar al carril izquierdo todo estaría mejor.

Los demás autos le impiden cruzar mientras él acelera y mira que el autobús amarillo toma el carril por donde va el auto de Víctor. Yuuri piensa seguir al autobús del kínder hasta pasarlo en las siguientes cuadras y llamar la atención de Víctor. Reza porque el ruso lo reconozca con el cabello hecho un desastre y ese buzo sucio que lo hace ver como un delincuente.

Con cierta dificultad cruza por entre los autos y llega al carril izquierdo, suspira. Las bicicletas no deben transitar por ese lugar, pero Yuuri no pretende seguir las reglas de tránsito en ese instante. Avanza con cierta lentitud porque los coches están muy pegados a la berma central de la avenida, pero tampoco puede avanzar por ella porque algunos vehículos la han invadido.

El bus amarillo está a cincuenta metros de su posición y Yuuri no se detiene. Calcula que el auto de Víctor debe estar delante de ese bus. Solo es cuestión de pasar por el estrecho camino que han dejado los coches y de salvar unos cinco o seis autos más. No puede ver el semáforo, no sabe cuántos segundos le quedan para cambiar. Yuuri no va a detenerse a pensar. Avanza a poca velocidad para evitar rozar los vehículos. Ya solo faltan cinco vehículos para alcanzar el autobús, solo cuatro, solo tres… los autos arrancan y desde ese momento Yuuri sabe que el chofer acelerará el auto donde está Víctor para ganar tiempo al otro semáforo. No se detendrá y el tampoco.

La bicicleta va aumentando la velocidad junto con los demás vehículos hasta que se posiciona detrás del autobús. Solo son tres metros los que lo separan de Víctor. Debe darse prisa.

¿Debería pasar al autobús por el lado derecho? No, porque no lograría llamar la atención del chofer.

¿Debería tocar el timbre para que el bus le ceda el paso? Tampoco. Con el ruido de la avenida y el claxon de la Hummer que ya se siente a la distancia, el chofer no escuchará el pequeño sonido de la campanilla.

Yuuri decide arriesgar todo. Aumenta la velocidad y se cuela por un espacio que deja el autobús, entra y sale de la berma central para no detener su ritmo y logra por fin que el chofer se abra un poco a la derecha y lo deje pasar.

No hay tiempo para señales, tampoco para distracciones. Llega a la altura del capó del bus con la emoción que delante de éste está el auto negro donde va Víctor, mira el semáforo en verde, aun falta una cuadra y treinta segundos. Yuuri sonríe, pese a todo ganó algo de tiempo, el suficiente para hacer parar al chofer.

Pasa de largo el autobús y delante de él aparece un Cooper rojo. Yuuri siente un gran vacío cuando observa que ese auto dobla en la siguiente esquina y él debe frenar la bicicleta para no chocar

Aterrado levanta la mirada y ubica el auto de Víctor. Era el siguiente, allí está la antena suelta moviéndose de un lado a otro con el viento. Allí va el hombre que entró en su corazón y al que desea amar. Allí se presenta de nuevo el destino… ¿será que no puede cambiarlo?

Faltan quince segundos en el segundo semáforo y Yuuri imprime velocidad en la bicicleta. Solo lo separan un cortísimo instante y algunos pocos metros del auto. Corre dejándose llevar por el viento, corre con la mente fija en sus memorias y los ojos en los números del contador, corre y escucha el último sonido del potente claxon de aquella desbocada camioneta de lujo y ve con espanto que ese sonido no detiene el auto negro. Pedalea con más fuerza, pero no logra alcanzarlo.

Diez segundos en el semáforo y el auto de Víctor cruza los dos primeros carriles de la vía rápida. Yuuri está tan espantado que no puede gritar el nombre del ruso. También cruza los dos carriles donde están detenidos una camioneta azul y un carro de reparto. El instinto de supervivencia detiene a Yuuri y cuando en el semáforo el numeral cambia a siete, el espantoso chirrido del acero estalla en los oídos de choferes y transeúntes que siguen con espantadas miradas la trayectoria de aquel vehículo gigante que arrastra un auto negro de lujo.

Las primeras chispas del choque vuelan delante de los ojos de Yuuri y la forma cómo Víctor voltea la mirada y levanta la mano se quedan impregnadas en su mente.

Debía haber ganado un minuto por lo menos para llegar junto a la ventana del chofer y obligarlo de alguna forma a detenerse, pero todo su esfuerzo, toda su voluntad y sus heridas solo le permitieron llegar en el momento exacto.

Yuuri camina hacia los autos accidentados llevando la bicicleta a su costado, sabe qué le espera en los siguientes metros y todavía le aterra pensar en la forma cómo encontrará a Víctor. Pero como ayer, le ofrecerá la mano y la sostendrá hasta el final.

El día anterior Mila le dijo que Víctor gustaba de él, pero que vivía con su expareja porque no encontró un lugar adecuado dónde trasladarse. Yuuri aún no comprende esa complicada relación, pero siente que el gran cariño que guarda por Víctor es tan fuerte que ningún antiguo amante podrá quebrarlo.

Yuuri vuelve a ver el guante de cuero aplastado por la irreconocible portezuela del auto y escucha el delgado quejido de Víctor. Sabe que el petrino tiene el cuerpo partido en dos y sabe que, a pesar del medio y el dolor, intentará hablarle de sus sentimientos. También sabe que su corazón acobardado callará y piensa que si tuviera más tiempo le diría cuánto lo está amando. Si tan solo pudiera manejar mejor el tiempo, necesita más tiempo porque solo el tiempo confirmará aquello que las palabras no llegaron a expresar.


El resto del día Yuuri vive las mismas escenas que vio el día anterior. Llama a la secretaria de Lilia desde el hospital. Espera a que Chris Giacometti llegue y juntos reciben la confirmación de la muerte. Se queda en ese lugar hasta que Chris y Georgi logran hacer los trámites y llega Yakov Feltsman, el representante artístico de Víctor, para pedir en nombre de sus familiares que le entreguen el cuerpo.

Se deja llevar por Mila a la cafetería que queda doce pisos debajo de la escuela. Hablan de Víctor.

—Yuuri, ¿te gustaba Víctor?

—¿Por qué lo preguntas? —Yuuri ya no reacciona como la noche anterior.

—Por la forma cómo lo mirabas, cómo hablabas con él, la manera cómo tus mejillas se sonrojaban cuando él te hacía un guiño o tartamudeabas cuando él se acercaba mucho a ti. Y por la forma cómo dejaste todo por él hoy día y cómo tratas de esconder tus lágrimas.

—Más que gustarme… yo quería a Víctor. Lo admiré siempre y lo idolatré y desde el día que lo conocí comencé a comprender que era un ser humano maravilloso.

—¿Quieres que te diga un secreto?

—Sí, por favor.

—A Víctor también le gustabas.

—Pero él y Christophe son pareja.

—No corazón, ellos solo son compañeros de piso. Chris tiene un novio y Víctor hace más de un año que no sale con nadie.

Yuuri sonríe y las lágrimas brillan en sus ojos. Piensa en el rostro de Víctor pidiendo que lo acompañe al teatro a ver la ópera y vuelve a verlo en ese auto deformado por el choque haciendo la misma invitación.

Terminan el café que ya está frío y Mila lo lleva hasta la puerta del edificio donde vive.

—Hoy no pude abrir mi corazón para él, perdí todo este tiempo pensando que él y Chris eran pareja y que él era algo liberal y por eso me invitaba y lo evité y no fui al cine o a la ópera o a pasear por el río Neva.

Las lágrimas de Yuuri caen por su mejilla adolorida y Mila le ofrece una mano para reconfortarlo. Se mantienen en silencio unos minutos mirando las luces de los coches que pasan por la avenida y cuando baja del auto se despide de Mila con un «nos vemos mañana».

Mila arranca su auto y piensa que escogerá un sencillo vestido negro para asistir al velorio y al entierro.

Yuuri entra en el edificio con los hombros caídos y el corazón roto otra vez y observa la hora en la pantalla del celular. Faltan cuarenta minutos para que sean las diez y, mientras prepara su mente para entrar en el espejo, se repite varias veces que un minuto no es suficiente para detener el destino.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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