Uno-Insondable Anhelo


El agudo sonido del timbre de una bicicleta despierta a Yuuri esa mañana, sus ojos miran la pequeña mancha que hay en el techo sobre su cama y el corazón le dice que hay algo urgente que debe hacer.

¿Les dije que Yuuri Kastsuki es un prometedor bailarín de ballet que está trabajando, gracias a un convenio de pasantía, en la escuela Skazochnyy* de la prima ballerina Lilia Varanovskaya? No les dije, pero en verdad no importa cómo es que Yuuri ha llegado a ser profesor de danza en la prestigiosa escuela y tampoco importa si hoy tomará o no desayuno para reponer las fuerzas perdidas en el ensayo de la noche anterior.

Lo que importa en este momento es que, después que Yuuri abra la cortina y mire la calle desde la ventana, un vendaval de imágenes llegará a su memoria. Las vivencias de un día maldito que tal vez no hubiera querido vivir. Imágenes de un tiempo que aún no ha sucedido, de los segundos que se agotan para salvar la vida de uno de los más destacados bailarines de ballet de Rusia, profesor principal de la escuela Belly y amor secreto del joven Katsuki; el famoso Víctor Nikiforov.

Yuuri mira el reloj y la hora lo vence y en un minuto repasa en la mente la agenda del día: las clases del día, el informe de las alumnas que faltaron a la última sesión, recoger el traje en la tintorería, comprar nuevas zapatillas, ocuparse por la tarde de los alumnos de Víctor…

¡Víctor!

En la cabeza de Yuuri se agolpan lugares, rostros y voces del día anterior y lo obligan a saltar de la cama, ponerse el pantalón y la chaqueta de buzo que están en el armario, calzar las zapatillas de carrera, tomar la mochila que dejó en el sofá y salir corriendo de su departamento para buscar un taxi que lo lleve a la escuela.

Mientras camina calle abajo observa que el muchacho de la bicicleta sale de la panadería y retorna a algún lugar que no le interesa conocer, él estira la mano con la intención de detener a algún taxi, pero todos van ocupados. Es normal que a esa hora del día y en el lugar donde vive aparezcan pocos taxis vacíos.

Decide correr hasta la avenida principal, tal vez si monta en un bus pueda ganar unos tres minutos al reloj y detener a Víctor. Dobla la esquina, un grupo de jóvenes universitarios caminan hacia el metro y puede ver a lo lejos que el último bus azul ya lleva dos cuadras de distancia. No puede esperar al siguiente.

Estira la mano de nuevo y se regaña porque no aprendió a chiflar con los dedos en la boca, ve pasar uno y otro taxi con gente en su interior y el estómago se le anuda al pensar que los minutos pasan sin apiadarse de su corazón.

Yuuri sigue avanzando con la mano estirada hasta que llega a la otra esquina donde un hombre sale de un taxi. Casi de un salto sujeta la puerta del vehículo y se tira al asiento trasero para ganarle a una mujer que avanza hacia el auto con un perrito en la cartera.

—¡Escuela de danza Skazochnyy! ¡Zagorodnyy Prospekt! —ordena mientras acomoda sus lentes al fondo de la nariz.

El chofer lo mira por el espejo retrovisor y le dice la tarifa, Yuuri asiente y le pide que se dé prisa. No puede detener su agitada respiración y mucho menos parar el acelerado ritmo que lleva su corazón. Mira el reloj de su celular y decide llamar a la escuela, preguntar por Víctor, tratar de detenerlo de alguna forma.

Pulsa en la pantalla y el teléfono suena varias veces hasta que una contestadora le da apertura para que pueda dejar un mensaje. Yuuri tiembla y las palabras se atropellan unas a otras cuando llegan a sus labios.

—¡Señorita Petrova! ¡Por favor, detenga a Víctor Nikiforov! ¡Dígale que espere unos minutos! ¡Que no vaya en ese carro al aeropuerto! ¡Soy Yuuri! ¡Yuuri Katsuki!

El tiempo de la contestadora también se acaba y Yuuri espera que la secretaria le dé importancia a su mensaje y que, de alguna manera, retrase la salida de Víctor. Piensa que ella podría creer que todo es una broma y le surge el gran deseo de volver a llamar. De hecho, tiene el dedo sobre el logo de la escuela que aparece entre los contactos de su celular, pero ¿cómo explicar mejor los motivos por los que quiere detener el viaje del profesor Nikiforov?

Tan solo lo hará llamar y ya inventará algo, eso lo retrasará, se dice con confianza y pulsa la pantalla.

El tono de la llamada suena varias veces y nadie contesta. Yuuri chasquea los dientes y aprieta el celular, repasa los números y encuentra el de Yuri Plisetsky en sus contactos. Viene a su mente el día que se lo pidió. El difícil muchachito estaba en los vestidores, había ensayado toda la tarde un paso que aún no dominaba y terminó mostrando una rutina perfecta que la maestra Lilia aplaudió. Animoso por aquella conquista Yuri pintaba una sonrisa plena y cuando ambos quedaron solos frente a sus casilleros, él se acercó a felicitarlo, Yuri aceptó el halago y le dijo que si deseaba le podía enseñar el truco. Yuuri rio cuando pensó en un maestro aprendiendo de un alumno. Como no quiso interrumpir el buen momento aceptó la pequeña ironía y le dijo que le diera clases particulares y una cosa llevó a la otra hasta que el chiquillo compartió su número de celular.

El tono de la llamada es el reconocido Thunder, un clásico del metal rock al que Yuri admiraba y seguía, que suena durante los treinta segundos que dura. Yuri no responde. Tal vez en el metro no ingresa bien la llamada, tal vez ya estará caminando a la escuela y no la escuchó, se repite desilusionado el japonés.

Yuuri insiste en aquella llamada y aunque suene a loco de manicomio u hombre con delirium tremes está dispuesto a contarle todo al adolescente en un minuto, tal vez decirle que tiene sueños premonitorios y que por favor retrase a Víctor solo unos minutos en la puerta.

El tigre Plisetsky no responde y ese no es el único problema de esta mañana nublada de otoño para Yuuri Katsuki. Cuando eleva la mirada ve que el taxista ha tomado otra ruta para llegar a la escuela y no la tradicional que sigue por Ulitza Zochego para entrar en la plazoleta Lomonosova y continuar el viaje por la avenida de la escuela.

—Señor, pero… pero este… es el camino más largo a la Zagorodnyy. —Yuuri siente que el corazón se le sube a la garganta.

—Pero es el menos transitado —dice el taxista con gesto agrio—. No voy a pasarme veinte minutos tratando de salir de esa loca avenida y tampoco pienso dar la vuelta por la vía rápida.

La vía rápida. Cuando Yuuri escucha esa palabra la espalda se le hace trizas y vuelve a ver los guantes de Víctor bajo aquella puerta de auto rota y aplastada. No hay otra forma de llegar a la escuela, tiene que seguir llamando a la secretaria o insistir con Yuri Plisetsky.

Es imposible que a esa hora Mila, la única amiga de más confainza que tiene en la escuela de danza, responda al celular. Ella ya está dando clases desde las ocho y tiene el celular apagado, pero… no está de más intentar. Pulsa el nombre de Mila cuando lo ubica entre sus contactos y comprueba que tiene razón. Ella no está disponible.

La respiración se le corta, el sudor gana el corto espacio de su frente y los temblores en las manos comienzan a retar su estabilidad. ¡Maldición! piensa, él debe mantenerse tranquilo para poder detener a Víctor en la puerta con una conversación tonta, con alguna excusa o algún pedido especial. Tal vez algo que le pudiera traer de Moscú como unas obleas especiales que venden en la pastelería Annushka del boulevard Nagatinskiy.

Faltan trece minutos en el reloj para que den las nueve y Yuuri se siente algo aliviado porque el taxista tenía razón. Cuando el coche da la vuelta por una calle delgada puede reconocer que entran a una de las avenidas paralelas a la Zagorodnyy y pronto darán la vuelta completa a la manzana para llegar a la esquina de la cuadra donde se ubica la escuela.  

El menudo japonés cierra los ojos y piensa en Víctor, en su sonrisa atractiva, en sus ojos azules y aquel blanco cabello que lo convierte en una joya, en un ángel, en una leyenda viviente. Había seguido su carrera desde que tenía uso de razón y en su natal Hasetsu en la región norte de Japón, tenía las paredes de su dormitorio repletas de la imagen del bailarín. Lo había admirado siempre y cuando la vida le dio la oportunidad de conocerlo, de estrechar su mano y hacer una reverencia frente a él, de compartir el mismo espacio y casi el mismo horario, Yuuri sintió que lo tenía todo.

Por ese motivo no fue necesario pedirle su número telefónico, ni aceptar sus invitaciones que, con tanta cortesía, se repetían una y otra vez. Solo deseaba mirarlo a hurtadillas cuando estaba en algún ensayo conjunto, cuando se quedaban unos minutos al final del día en la sala de profesores, cuando alguna vez se cruzaron en el vestidor y Víctor le saludó mientras deslizaba la toalla que llevaba en la cintura y le dejaba ver su atlético cuerpo desnudo.

Él no es un hombre espectacular, se dice Yuuri siempre y se considera uno común y corriente, que lleva gafas para poder ver, que tiene problemas con las dietas, que despierta desesperado por hacer bien las cosas en el día y que por la noche se acuesta inseguro de haber hecho las cosas bien. Es patético y no tiene tema de conversación.

Es muy poco frente al gran Víctor. Solo la danza los une y es mejor conservar aquella distancia profesional. Es mejor mirarlo de lejos, saber que sigue siendo una leyenda viva y no romper el encanto platónico de ese sentimiento. Yuuri nunca supo definir bien cuál era ese sentimiento, pues no conoce a Víctor a profundidad, aunque tampoco puede decir que desconoce su forma de ser.

Lo hace reír con sus olvidos, lo hace soñar con sus movimientos y explicaciones en clases, lo hace vibrar cuando inventa alguna nueva coreografía, lo hace enmudecer cuando de pronto lo mira y dice su nombre con esa acentuación especial en la voz. Lo hace sonrojarse cuando con un guiño repentino le dice hasta mañana. Hace que su corazón acelere su tamborileo cuando lo invita a algún lugar —cuántas excusas le dio para no salir—, lo hace soñar con sus palabras, con su risa, con el sutil perfume a océano que lleva en el cuerpo y el movimiento de su cabello.

El taxi da la vuelta por la estrecha calle y el taxista maldice su suerte.

Yuuri abre los ojos y, temeroso de lo que está viendo, se mantiene en el asiento los primeros veinte segundos.

—Señor —dice con voz mustia—. ¿Cuánto cree que tardarán?

—Mejor se baja, amigo. —El taxista chasquea la lengua cuando ve que tres vehículos se detienen detrás de él—. Está a seis cuadras arriba y dos a la izquierda.

Yuuri no conoce tan bien las calles de San Petersburgo, solo ha seguido la rutina de ir a la escuela por las avenidas y plazas más concurridas y pasear por las vías que eran más próximas a su departamento. Se baja del carro y le entrega un billete grande al taxista, no espera el vuelto y decide dejarse llevar por su consejo.

Corre.

Su loca carrera lo lleva a cruzar calles sin mirar a nadie. No se detiene en ningún cruce, no puede hacerlo porque eso devoraría los dos minutos de ventaja que había ganado en el reloj.

Llega a la calle Malyy Kazachiy y allí comienza a desesperar. El semáforo está en rojo para los transeúntes y dos docenas de personas esperan cruzar la esquina. Yuuri se abre paso entre ellos pensando en correr más cuando el semáforo cambie. Ve los segundos retroceder… ya faltan veinte.

Con el celular en la mano observa los segundos restantes y pulsa de nuevo el número de Yuri. Esta vez el chiquillo contesta.

—¡Qué!

—¡Yuri, soy… el profesor… Katsuki! —Faltan catorce segundos—. ¡¿Dónde estás?!

—Cerca de la escuela, katsudón. —Yuri le da un dato muy importante. Recién verá a Víctor en los siguientes segundos.

—¡Por favor… escúchame…! —Yuuri le va a decir que le pase el teléfono para hablar con Víctor, pero…

—Hola, Yuri. —Es la voz de Víctor la que oye de lejos por el auricular. A Yuuri le parece que el chiquillo baja el teléfono e inicia una conversación con la leyenda viviente. Yuuri lo llama un par de veces para que le comunique con Víctor, pero el adolescente no lo escucha o ha decidido ignorarlo. Al semáforo le faltan diez segundos para cambiar a verde.

El tigre Plisetsky hablará algo más de dos minutos con Víctor. Yuuri mira los cruces, solo tiene dos calles más que cruzar, voltear a la izquierda y correr dos cuadras más. Seis segundos en el semáforo y la cuenta regresiva comienza.

Yuuri arranca la carrera evadiendo y hasta golpeando a las personas que cruzan la avenida. No se detiene para pedir disculpas como lo haría en una situación normal. Sus largos pasos parecen aquellos saltos que da en el escenario y su resistencia lo ayuda a seguir corriendo con el poco aire que entra en sus pulmones.

Las calles, la gente, la música, los escenarios, los aplausos, la voz de Víctor, el auto partido en dos, la avenida de varios carriles, el bus escolar, el timbre de la bicicleta, los ojos de Víctor perdiendo brillo, las cuadras que se hacen más largas, los minutos, la gente que voltea a verlo asombrada, los segundos, la vuelta a la izquierda, el ronco sonido de los motores, los edificios, los semáforos, la escuela, la escuela, la escuela…

¡Yuri Plisetsky ya no está en la puerta! ¡El auto de Víctor ya ha partido!

«¡¿Cuánto tardé?! ¡Maldición!», Yuuri quiere gritar y mira en su celular. Faltan seis minutos para las nueve de la mañana.

Un minuto, por solo un minuto y Víctor avanza a aquel destino que Yuuri no puede parar.

Todavía no ha recobrado el aliento cuando vuelve a correr por la avenida. Sabe que el auto de Víctor se detendrá en el primer semáforo y que el chofer conducirá a mediana velocidad las siguientes cuadras y pisará a fondo el acelerador cuando quiera ganar los segundos en el siguiente semáforo.  

Yuuri no se da por vencido, corre, corre, corre sin parar, sin pensar que su corazón está llegando a su límite, sin resentir el dolor de sus cansados músculos, sin obedecer a la pequeña punzada que se le presenta dentro de la espalda.

Intenta ubicar el auto de Víctor entre tantos coches negros que pasan por la avenida, ve al bus escolar pasar a dos de ellos y acelera su loca carrera tratando de ganarle al siguiente semáforo. Ve que todavía sigue en rojo, no puede ver el tablero del tiempo, solo debe correr y cruzar la calle y parar frente al auto de Víctor y detenerlo unos minutos, solo un par de minutos, hasta solo un minuto sería suficiente para que no cruce la vía rápida.

La garganta le duele, está seca, los pensamientos también corren por su mente y no se detiene porque ve al bus amarillo parar en el carril izquierdo. Eso le indica que el auto de Víctor está delante. Yuuri corre con todas las fuerzas que le permite su agotado cuerpo. Sus ojos miran el objetivo, sus ojos se posan en el bus, sus ojos pueden ver la parte trasera del vehículo negro donde está Víctor, sus ojos calculan por dónde va a cruzar la avenida. Sus ojos no ven que el semáforo ya cambió a verde.

Ve partir la ruma de coches que van a diferentes lugares. Unos voltean rumbo al centro monumental de San Petersburgo, otros toman las calles que se dirigen al sur del distrito Admiralteysky y solo unos pocos siguen en ruta hacia la ancha vía rápida. Allí va el coche de Víctor.

Yuuri no deja de correr, sigue y sigue corriendo aún sin saber por qué. Los autos ganan velocidad, no puede ver aún el segundo semáforo en verde y sigue exigiendo a su agotado cuerpo un paso más, un salto más, una gota más de sudor.

¡De pronto el estallido de un crash!

Yuuri sabe que significa ese sonido, pero sigue corriendo. Aun cuando siente ese sabor metálico en la garganta, aun cuando sus oídos están cubiertos por una barrera que no le deja escuchar bien las voces, aun cuando sus pies arden en las veredas, Yuuri Katsuki sigue corriendo.

Sabe que encontrará un auto partido en dos y que dentro de él estará Víctor. Reprime el grito, ahoga la pena y sigue corriendo. ¿Cuántos minutos para llegar a la escena? Tal vez cinco, tal vez siete, el tiempo ya no importa pues se ha detenido.

Lo vía rápida y los autos parados en los carriles con choferes que tratan de ver el accidente, pero no se detienen a prestar ayuda es el escenario de un nuevo accidente. Es un gran espectáculo para la gente que mira de lejos. De pronto un joven cruza la amplia avenida, por entre los carros casi detenidos. Lleva puesto un buzo deportivo y solo se detiene frente al auto que está partido en dos.

El mundo no avanza ante los ojos de Yuuri Katsuki. Con gran temor se acerca a los retorcidos fierros sabiendo lo que va a encontrar entre sus apretadas formas. Detiene su mirada en los guantes negros y sigue la trayectoria hasta ver aquel cabello blanco.

Segundos, solo quedan segundos para decir unas pocas palabras. Yuuri se aproxima al herido, le toma la mano y lo llama con cariño.

—¡Víc-Víctor!

—Yuuri… —La mirada azul todavía tiene vida—. ¿Qué haces… aquí?

—Qui… se dete… ner… te —La falta de aire impide que Yuuri diga todo aquello que quiere decir en este momento.

—Nunca… aceptaste… mis… invi…tacio…nes. —Víctor aprieta la mano de Yuuri. No le duele el cuerpo, solo tiene mucho miedo porque está consciente de su condición.

—Fui un… tonto. —Una larga lágrima se abre paso entre el sudor—. Perdóname, Víctor.

—¿Irías… conmigo… al cine? —Víctor intenta sonreír.

—Sí, Víctor. —Yuuri intenta detener el llanto.

—¿Y a… la… ópera? —Víctor cierra los ojos.

—A cualquier lugar. —Yuuri comprende que en el reloj de Víctor se acaba el tiempo.

—Ahora… estás… aquí… conmigo…

La mano de Víctor se queda quieta dentro de la palma de Yuuri y el tímido bailarín de Japón observa resignado cómo los ojos que ama van perdiendo el brillo. Tres segundos, dos segundos, un segundo… Víctor ya no está.


El llanto de Lilia Varanovskaya calla a los profesores y Yuuri no sabe qué más decir al otro lado de la línea telefónica. Mila Bavicheva no puede explicarse cómo es que Yuuri estuvo el momento del accidente. Georgi Popovich por fin comprende por qué Yuuri dejó a sus alumnas sin lección. Yuri Plisetsky se queda sin habla y piensa que, si en lugar de ignorar la llamada de Katsuki la hubiera atendido, tal vez sus amigos, sus compañeros y maestros no estarían llorando en los pasillos de la escuela.

Christophe Giacometti ingresa a la sala de profesores, derrotado y con el pecho herido por dentro toma la foto de Víctor que guarda en un cajón de su escritorio, sonríe entre lágrimas y piensa: «Víctor, no sé cómo, ni por qué, pero tu lindo japonés te sostuvo hoy la mano».


Por la tarde la profesora Mila Bavicheva acompaña a Yuuri a la estación de policía para que dé su testimonio y explique de alguna forma su presencia en el lugar del accidente. Yuuri solo se ampara diciendo que tuvo un sueño premonitorio.

Nadie le creería si confiesa que, cada vez que se concentra frente a un espejo su mente abre otra realidad alterna y puede retroceder al día anterior. Desde niño lo hizo y le funcionó para cambiar algo que no le gustaba, para esconder cosas a su hermana o para vivir de distinta manera un momento especial. Nunca se preguntó por las consecuencias de esas experiencias, solo las vivió y nada más. El tiempo para Yuuri era constante y él había descubierto la forma de entrar y salir de él, pero tenía una gran limitación: solo podía regresar al día anterior, no debía alterar demasiado la agenda de nadie y conforme hacía un nuevo viaje perdía recuerdos específicos del pasado.

Con los años comprendió que, cada vez que él entraba en la malla del tiempo a través de algún espejo y modificaba algo, sus recuerdos se borraban de forma proporcional al tiempo que le tomó hacer la modificación. Y lo supo porque sus familiares y amigos hablaban de momentos que él sentía no haber vivido.

Tras una frugal cena en la cafetería que estaba doce niveles por debajo de la escuela, Mila llevó a Yuuri a su departamento. En su auto el silencio fue la constante, ni siquiera puso la radio para oír música o noticias porque Yuuri se mostraba ausente y desolado. Mila creyó adivinar por qué.

—Yuuri ¿te gustaba Víctor?

—¡¿Qué?! ¡¿P-por qué lo preguntas?!

—Por la forma cómo lo mirabas, cómo hablabas con él, la manera cómo tus mejillas se sonrojaban cuando él te hacía un guiño o tartamudeabas cuando él se acercaba mucho a ti. Y por la forma cómo dejaste todo por él hoy día y cómo tratas de esconder ahora tus lágrimas.

—¿Soy tan obvio?

—Sí, todos nos dimos cuenta. Algunos desde un inicio y otros con el tiempo.

—¡¿Y Víctor?!

—También se dio cuenta porque cada vez que te invitaba y lo rechazabas, tu rostro parecía estallar en mil colores y agachabas la cabeza como arrepentido.

—Qué pena.

—¿Quieres que te diga un secreto?

—¿Secreto?… Sí, por favor.

—A Víctor también le gustabas.

Con el peso de ese secreto, Yuuri vuelve a su habitación. Está de más poner la alarma del reloj a una hora más temprana, es inútil dormir vestido, es tonto dejar las cortinas abiertas para despertar con la luz del amanecer. Nada funcionará pues él volverá a despertar el día anterior. Solo guardará en la mente los hechos, las palabras y los detalles de aquella experiencia.  

Mientras espera que lleguen las diez de la noche, repasa su plan una y otra vez y cuando vuelve a contemplar su cuerpo en el espejo sabe con exactitud qué deberá hacer. 

Yuuri concentra la mirada en un punto fijo del espejo, todo se desintegra a su alrededor, solo su reflejo está frente a él. Estira la mano hasta que la ve entrar en el campo ingrávido que existe al otro lado, cierra los ojos para ver en retrospectiva todos los acontecimientos y cruza el umbral del tiempo.


Notas de autor:

Skazochnyy significa hada en ruso.

Esta semana es espectacular pues todos celebramos y conmemoramos la llegada de una fiesta misteriosa como es el Halloween o para nuestros pueblos latinoamericanos, el Día de los Muertos. Y esta fecha encierra todos los elementos que todavía no podemos explicar con la ciencia, con la lógica o con la filosofía.

Los viajes en el tiempo es uno de esos caros anhelos que tiene la humanidad, pero que en el fic solo pertenece como una especie de don a pocas personas, entre ellas a Yuuri Katsuki.

Los siguientes capítulos los seguiré compartiendo durante esta tenebrosa semana.

Gracias por leer.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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