Tabú 88


La nostalgia me llevó a tomar el teléfono y marcar el número de mi hermano. Necesitaba saber cómo estaba, qué diablos estaba haciendo, cómo vivía su duelo, cómo le iba en su matrimonio y si todavía sentía algo de cariño por mí.

Apreté la mandíbula para controlar mis nervios, intenté detener la agitación de mi pecho mientras esperaba que respondiera mi llamada. Víctor no respondió y eso me frustró. Sin embargo, este tigre estaba decidido a capturar su presa así que insistí, insistí e insistí una y otra y otra vez porque estaba decidido a recuperar la relación con Víctor o de una buena vez mandar todo a la mierda.

Era la única manera de enfrentar mi miedo, mi rencor y mi dolor tal como me había dicho Olenka. Si no aprovechaba aquel momento en el que estaba ciego de emoción y mi corazón mandaba sobre mi mente tal vez no lo haría nunca.

El tono de la llamada volvió a sonar, creo que por novena vez, y estuve al borde de desistir porque hasta ese momento no había encontrado las palabras adecuadas para decirle hola después de tanto tiempo y el coraje que necesitaría para escucha su voz. Víctor tal vez ya no pensaba en mí y no tenía por qué hacerlo, pero yo quería tanto sentir de nuevo aquel cariño antiguo en sus palabras.

Aferrado al celular escuché que la llamada entraba y contestaban al otro lado de la línea. Pensé por un segundo si mejor era cortar la línea; pero cuando escuché la voz de Víctor, me derrumbé.

—¿Hola? —Su voz clara, cantada y con esa gravedad que me encantaba sonó en mi oído y yo volví a sentirme aquel adolescente que necesitaba darle una explicación por mi tardanza. Tardé casi cinco años en llamarlo y en responder.

—Víctor soy Yuri, tu hermano. —No tenía ni una puta idea de lo que quería decirle y me quedé callado unos segundos escuchando el sonido que hacía el teléfono contra su mejilla.

—¡¿Yuri?! —Se quedó en silencio y pude notar su lenta y densa respiración.

—¿Puedes hablar o estás ocupado? —Pensé que tal vez estaría con Anya y que lo estaba incomodando.

—Estoy solo Yuri. —No bajó el tono de su voz al decirlo como lo hacía en el pasado—. Estoy completamente solo.

No supe cómo tomar esas palabras. Por un instante sentí lástima por él y luego me alegré de saber que nadie interrumpiría nuestra conversación. ¿Qué clase de hermano tiene esos sentimientos?

—Quiero verte Víctor. —Tuve que ser directo porque mis lágrimas estaban listas para salir en cualquier momento—. Quiero que arreglemos toda esta mierda que ha pasado entre los dos.

—Yo también necesito hablar contigo. —Noté que contenía sus palabras y recordé que estaba en duelo.

—Yakov me dijo lo de tu mamá. —Tuve que mencionarla, aunque no sabía qué decir para consolar a mi hermano—. Yo… lo siento. ¿Cómo estás?

—Resignado y muy triste. —Parecía que él tampoco encontraba las palabras para hablar conmigo.

—¿Cómo está Anya? —Para no seguir hablando de su madre, pregunté por un tema más feliz.

—Nos estamos divorciando. —Suspiró mientras me decía la increíble novedad. Mi corazón saltó emocionado como el día en que ella lo dejó en San Petersburgo y comprobé con miedo que seguía amando a Víctor—. ¿Sabes por qué?

—Porque eres un puto. —Tal vez la hermosa lo volvió a encontrar en la cama con otra mujer o con varias y con cierta molestia pensé que Víctor jamás iba a cambiar.

—No fue por eso. —Víctor se puso a reír y escuché un suspiro entrecortado—. Fueron muchas cosas que pasaron.

Había pasado tanto tiempo que parecíamos dos completos desconocidos. Yo hubiera querido que habláramos con más fluidez, con más cercanía. Esa no era una llamada entre hermanos, era como un interrogatorio; pero Víctor me sorprendió una vez más.

—Esta semana iba a viajar a Nueva York para buscarte. —Víctor intentaba calmar su emoción en vano y yo encarnaba mis uñas sobre mi rodilla para no llorar—. No podemos seguir así tan distantes. Tengo muchas cosas importantes que contarte.

—Ya no vivo en la Gran Manzana, ahora vivo en Toronto. —Habíamos estado tan alejados que ninguno de los dos sabía los detalles más simples en la vida del otro.

—Entonces… ¿puedo visitarte en Toronto? —Víctor retenía el aire y lo botaba con fuerza a cada instante y yo quería estar a su lado, abrazarlo y hacer cualquier tontería para que sonriera.

—Dime el día para preparar el dormitorio de invitados —le dije pensando que en el departamento donde vivía provisionalmente no tenía armado otro cuarto porque nunca pensé en recibir invitados en él—. Ahora seré yo quien vaya a recogerte al aeropuerto. —Reí un poco para relajar el momento.

Me sentí emocionado al imaginar que en ese momento sería yo el anfitrión de Víctor y pensé con orgullo que ya no era el niño huérfano que esperaba ser protegido. Sabiendo que Víctor estaba solo y se sentía tan mal pensé que debía ser yo quien ahora protegiera a mi hermano.

—Yuri… —Se quedó pensando un momento en el teléfono y tras un largo suspiro me dijo—. Gracias por llamar.

—Gracias por responder Víctor y ya relájate un poco. —Nunca supe cómo consolar a las personas y ese momento tampoco supe qué más decirle a mi hermano para que se sintiera mejor.

Nos despedimos y al día siguiente volvimos a hablar a la misma hora con más calma. Recuerdo que hablamos de nuestras mascotas. Me contó que el viejo caniche que tenía desde que era un chiquillo había muerto hacía dos años y que para él fue como perder a un hermano menor, yo le dije que Potya aún tenía vida para rato, pero que ya no era el gato activo de antes. Y el siguiente día me la pasé contándole sobre mis estudios. Y el siguiente, él me contó cómo le iba en la agencia de modelos.

Y la siguiente noche, Víctor me contó que se divorció de Anya porque tuvo que ser muy sincero con ella y decirle que no la amaba. Confesó que jamás fue feliz con la hermosa y que su matrimonio fue una ilusión, que estaba muy arrepentido por lo que pasó; pero que tuvo que tomar esa decisión para no ponerme en peligro. No quiso decirme a qué se refería en ese momento y me pidió que esperase a vernos para que me explicara qué había sucedido y por qué tuvo que alejarse de mí.

Fueron largas conversaciones en las que nos pusimos al corriente de nuestras vidas y en las que comprendí cuán importante era él para mí. No había olvidado a Víctor y él me juró que jamás dejó de pensar en mí todo ese tiempo.

Te confieso que me sentía casi eufórico de saber que él aún me amaba como hacía años y que aún quería retomar esa relación quebrada. Hasta soñé con la forma cómo volveríamos a vernos y cómo haríamos el amor de nuevo y me dejé envolver por mis fantasías. Fueron quince días en los que mi cabeza no estaba en su lugar y que las personas tuvieron que repetirme sus preguntas y comentarios para que yo les prestara atención.

Con quienes compartí muy feliz la noticia fueron Otabek y Mila. Ese mes Otabek viajó a Suecia porque los Maple Leafs tendrían encuentros amistosos con los equipos profesionales vikingos antes que empezara el campeonato mundial de hockey y ella viajó por su cuenta para apoyar al oso y para mirar todas las vitrinas de Estocolmo. La bruja quería ponerse al corriente de los gustos que tenían los jóvenes nórdicos pues tenía el encargo de vestir a una nueva banda de chicos de Toronto que hacían buen rock industrial, de los pocos que se atrevían a hacerlo.

Ellos comentaron felices que ya era hora de dejar atrás los resentimientos con Víctor. Mila me aconsejó que debía decirle a Víctor todo lo que sentí cuando me dejó en San Petersburgo y que no me quedara con nada malo en el corazón y Otabek me pidió que antes que hablar y reprochar, escuchara a mi hermano, dijo que solo así podríamos llegar a entendernos mejor porque según él yo soy demasiado efusivo en mis palabras. Les prometí que me portaría bien con mi hermano y pensé que era tiempo de decirles toda la verdad cuando llegasen, a pesar de no saber cómo lo haría y qué reacción tendrían mis amigos al enterarse de mi oscuro secreto.

Pasaron los días rápidamente y como lo prometí, el día que Víctor llegó a Toronto fui al aeropuerto Pearson para recibirlo. Miré tantas veces la pantalla de los vuelos que mis ojos se quedaron impregnados de su luz y en el momento que sonaba la campanita de comunicaciones volvía a observar los datos que cambiaban cada dos o tres minutos.

Comí varias barras energéticas, no quise tomar agua para no tener que entrar al baño y miraba el celular cada minuto porque Víctor me prometió llamar en cuanto bajase del vuelo. Diez minutos después que anunciaron el arribo de su vuelo me llamó y me dijo que estaba acercándose por la puerta de ingreso número veintitrés y de inmediato la busqué para ubicarme cerca y verlo llegar.

Estaba tan nervioso que caminaba de un lado a otro como un tigre en acecho, mordiendo el interior de mi mejilla, sintiendo los latidos de mi corazón en los oídos y observando a cada pasajero que salía por la puerta veintitrés. No sabía cómo recibir a mi hermano, si darle la mano o un abrazo o hasta un beso en la mejilla.

Entonces lo vi en el pasillo llevando en la mano una enorme bolsa de regalo y tras de él caminaban su asistente personal quien jalaba dos maletas. Me abrí paso entre mucha gente que esperaba en la zona de arribos y no lo perdí de vista.

Lo tenía frente a mí, estábamos separados por un vidrio y fue gracioso porque, por la forma cómo miraba a la gente, supuse que Víctor buscaba un chiquillo de un metro sesenta y cinco, cincuenta kilos y rostro de niña. Tal vez por ello no se fijó en mí en un primer momento. Apreté las manos en los bolsillos de mi remera para darme valor y decidí salir de mi aparente escondrijo.

—¿No me reconoces, hermano? —Se sorprendió al verme y supuse que era porque había crecido bastante y mi cuerpo era tan robusto como el suyo.

—¡Yuri! —Muy sorprendido abrió los ojos al verme y de inmediato sonrió.

Frente a mí tenía a mi hermano y al hombre que me enseñó a amar. Me sentí tan feliz cuando lo vi acercarse envuelto en su gran gabán azul metálico y la bufanda negra, estirando los brazos y con esa sonrisa boba de la que me había enamorado tanto.

Lo acogí con ese inmenso amor que durante tantos años parecía no haber cambiado. Nos quedamos abrazados durante un buen rato, sin decir nada solo sintiendo nuestros suspiros y nuestro dolor, nuestro calor y nuestra alegría, nuestros perfumes y nuestra emoción. Fue un momento mágico que jamás olvidaré porque todo el bullicio del aeropuerto desapareció y solo sentí la respiración y la energía de Víctor Nikiforov.


Le pedí que fuéramos al departamento que ocupaba en Harboufront e insistí para que él se quedara a dormir el par de noches de su estadía. No quería dejarlo solo ni un minuto de su vida porque sentía que habíamos perdido demasiado tiempo estando lejos el uno del otro.

Lo acomodé en la habitación que preparé los días previos con ayuda de Mila y que tenía bonita vista al lago. Casi sin despegarnos el uno del otro, jugando con nuestras miradas y nuestras sonrisas le propuse cenar y descansar temprano esa noche porque al día siguiente tenía una gran sorpresa que mostrarle.

Para la cena mandé preparar en el Moldova, un restaurante de comida tradicional de Europa del Este, una gran cena con una ensalada Olivie de aperitivo, un buen beef Stroganoff y dos piezas de Napoleón como postre, recordando de esa manera las costumbres que habíamos dejado en la gran patria. Bebimos algo de champagne para celebrar el encuentro y abrí el regalo que me trajo desde París.

Un sistema mixto de realidad virtual y realidad ampliada con CPU incorporado en el casco para que jugara mis video juegos favoritos. Yo le di otro que me pareció apropiado para un hombre tan sofisticado como él y que había buscado durante esas dos semanas y solo encontré el día anterior: un hermoso reloj de oro con zafiros incrustados en el contorno y una inscripción en la que le declaraba mi amor.

“Siempre en mi corazón”, decían las pequeñas letras.

La sobremesa la hicimos en la sala con una enorme botella de vino tinto español cosecha del noventa y siete. Nos miramos como dos bobos y sentí que la fascinación que me había abandonado años atrás, regresaba de improviso y acariciaba mi corazón. Estaba muy feliz y al mismo tiempo sentía vacíos pequeños en la boca del estómago.

Un triste blues sonaba en la sala y las luces de las lámparas nos cubrían con su suave luz. Sus largos dedos se enredaron con los míos y una vez más su suave toque me estremeció que sin querer apreté con fuerza su delgada mano que se perdía en la mía.

Salvo por alguna pequeña línea de expresión cercana a sus ojos o sus labios, él no había cambiado en nada. Fui yo quien se encontraba muy cambiado, con el cabello hasta mitad de la espalda, la gravedad de mi voz más definida y hasta podría decir que tenía el torso más amplio que el de mi hermano. Del chico bajito con la musculatura apretada a los huesos no quedaba nada.

Brindamos por el encuentro y con la mirada muy emocionada Víctor comenzó a contarme una historia que cualquiera creería sacada de una novela negra.

—Yuri antes que me cuentes sobre tus planes y me des un pequeño adelanto de esa sorpresa quiero que sepas por qué me separé de ti sin dar muchas explicaciones. —Agachó la cabeza y tomó aire para seguir con la historia—. Días antes de viajar a Francia para cuidar a mi madre y para disponer nuestra estadía en París recibí una horrenda llamada…

Me contó que un hombre extraño lo había amenazado con denunciarlo ante las autoridades rusas por abuso de menores e incesto y que le dieron unas cuantas semanas para que dispusiera todo en la empresa y saliera del país. Si no lo hacía lo enviarían a la cárcel y a mí me enviarían a una correccional de menores, además de provocar el quiebre de Nefrit.

El tipo que se identificó como un funcionario del gobierno le indicó que no podía volver a verme salvo en lugares públicos y no me podía llevarme a Paris a vivir con él y le aseguró que si lo hacía convertirían en un infierno de nuestras vidas. El maldito cabrón que amenazó a mi hermano le aseguró tener buenos contactos con los miembros de la pandilla de “Los lobos de la noche”, un grupo extraño de desadaptados motociclistas que se jactan de ser amigos íntimos del tirano que gobierna en mi país.

Víctor no tuvo más oportunidad que hacer lo que le ordenaron y no me dijo nada porque sabía bien que yo reaccionaría de manera contraria a lo que querían esos hijos de puta.

Por eso se marchó y se entregó a noches de alcohol, mujeres y amigos. Por ese motivo me dejó en San Petersburgo y decidió dejar Rusia y fue por ese motivo que me aconsejó estudiar en Londres y no en París. Una noche cuando estaba muy ebrio y ya no podía cargar más con la culpa de ponernos en riesgo a los dos, Anya volvió a encontrarlo en un bar y lo recogió como se recoge a un perro abandonado.

Fue por el apoyo de la hermosa y por la necesidad de alejarse de mí que apresuró su matrimonio. En el fondo mi hermano confiaba que Anya le ayudaría a olvidar sus sentimientos de amante como lo hizo en el pasado cuando alejó el recuerdo de su primer amor.

Ese fue el motivo que lo llevó a no llamarme y tampoco buscarme para aclarar las cosas. Tenía miedo de ser descubierto, tenía miedo de pensar en mi reacción y por protegerme tuvo que renunciar a mí y quedar como el chico malo de la película. Le di la razón en todo porque si hubiera sabido que ese era el motivo de nuestra separación, yo me hubiera enfrentado al mundo para no perderlo y la hubiera jodido.

Mi hermano estuvo atado de pies y manos durante todo este tiempo y tenía el gatillo de la pistola sobre la sien. Me dijo que sufrió mucho el tiempo que yo estuve inestable, indeciso sobre mi futuro y cuando se enteró que me habían ingresado en una institución de desintoxicación, sintió que él era el culpable.

Pero lo peor que vivió fue cuando vendí Nefrit y decidí cortar todo tipo de comunicación con él. Desde ese momento su vida junto a Anya se convirtió en una farsa absoluta y él solo se acomodó a las circunstancias para seguir adelante y se refugió en el trabajo que hacía en la agencia de modelos.

Al igual que yo, Víctor se convirtió en un hombre que solo amanecía para ir a trabajar en el día y volver a casa en la noche cansado. Hacer el amor casi por obligación o porque estaba algo ebrio, asistía a fiestas y presentaciones forzando su sonrisa, mientras por dentro la tristeza era su verdadera acompañante durante sus momentos de soledad. Esa fue su vida en los últimos cinco años.

Me dio tanto coraje saber que alguien había roto esa relación tan bonita que habíamos logrado tener. Pero mi hermano reservó hasta casi el final de esa charla, que se prolongó hasta la madrugada, la forma cómo resolvió el asunto de verme de nuevo y mandar al diablo la amenaza.

Cuando abrimos la segunda botella de vino me confesó que un día fue a hablar de un asunto importante a la oficina de Yakov Feltsman y que habían conversado sobre mí y la situación que vivíamos los dos. Entonces el viejo abogado, en medio de la charla, le comentó que Angélica lo fue a visitar para pedirle un consejo pues sospechaba de nuestra relación. La madre de Víctor estaba nerviosa y espantada y necesitaba comprobar sus sospechas, así que Yakov le contactó con un investigador privado. Ella lo contrató y cuando supo que nuestra relación era cierta, le pidió que armara toda esa farsa.

Ese hombre engañó a Víctor y se hizo pasar como un agente del gobierno. Mi hermano, temeroso por las consecuencias, no dijo nada a nadie e hizo justo lo que su madre había querido desde el primer momento que me conoció. Nos separó.

Al borde de las lágrimas, Víctor me pidió perdón por la actitud de su madre, intentó justificarla diciendo que ella solo quiso evitar que en fuéramos víctimas de una verdadera denuncia o que siguiéramos exponiéndonos como lo hicimos en ese lugar donde nos tomaron las fotos tan comprometedoras.

—Cuando aclaré esta historia con ella discutimos y le dije palabras que la hirieron demasiado. —Mi hermano arrugó el entrecejo y vi que sus ojos se le humedecieron más—. No debí ser tan duro con ella, estaba enferma y yo la traté muy mal porque estaba enojado. Ese día mi mamá se puso muy mal y no pude volver a hablar con ella porque ya no despertó.

—¿Te sientes culpable por lo que pasó? —le pregunté y él afirmó con un movimiento de cabeza y la mirada baja.

Lo abracé y le dije que todo ya había pasado y que podíamos construir una nueva historia a partir de ese momento. Él apretó nuestro abrazo y solo me soltó cuando Potya saltó sobre los dos reclamando mi atención y mi presencia en el dormitorio.

Esa noche dormimos en cuartos separados. No sé si fue la emoción de verlo o el miedo de no saber cómo tratarnos en ese momento lo que impidió que lo invitara a mi habitación. Estaba tan feliz y a la vez tan sorprendido con todo lo que me contó que no podía creer que esa mujer fuera tan inteligente y tan canalla.

Miré la puerta de mi dormitorio pensando que mi hermano entraría en cualquier momento y me hablaría de su amor. No sabía cómo iba a reaccionar y con mucho temor pensaba que si lo hacía me entregaría sin reprocharle nada. No había nada que reprochar. Todo mi enojo y mi pena y mis ganas de discutir, de sentirme ofendido y enfadado habían desaparecido con solo ver su sonrisa. Pero Víctor no entró, tal vez por miedo a mi reacción o porque necesitaba entender como yo que otra vez estábamos juntos.  

Al día siguiente tomamos un delicioso desayuno, de esos que yo solía preparar siempre y fue como volver al departamento de San Petersburgo, a mis días de escuela y las mañanas en las que él salía a batallar con la inmensa montaña de problemas que se presentaban en Nefrit.

Nos alistamos y lo llevé a ver mi nueva joya, el lugar donde comencé a construir mi sueño. Le mostré la casona que compré a dos kilómetros de King City al norte de Toronto y le conté todos los detalles del proyecto que haría en ella. Recorrimos la mansión de rincón a rincón, de paso que supervisaba las obras de refacción. Ese día estaban poniendo el nuevo piso de porcelanato de Turquía y tuvimos que caminar con mucho cuidado para no resbalar o mancharnos la ropa.

Fue una mañana bastante atareada y no paré de hablar y hablar y hablar de cada detalle que durante el último año de la escuela había imaginado. Mi propia casa de moda, mi propia marca y mi propio estilo. Era algo muy atrevido para alguien que había salido recién de una escuela de diseño porque, por lo general, muchos de los grandes diseñadores tuvieron que vivir experiencias en empresas ajenas para recién marcar su propia línea y hacer proyectos personales.

Como mi padre que durante años trabajó para diseñadores europeos y solo cuando conoció a mi madre se atrevió a tener su propia colección y su pequeña casa de modas que por amor la convirtió en una de las mejores de Europa del Este e ingresó en la industria de la alta moda.

Yo tendría mi propio tiempo para crecer, pero al igual que Miroslav Nikiforov quería comenzar de cero y hacerlo a una escala pequeña. Moda artesanal para varones, no tendría muchos operarios ni fábricas en la India, China o Malasia; pero sí haría colecciones de calidad y solo para hombres que se distinguieran o marcaran la diferencia.

—¡Es maravillosa! —dijo abriendo los brazos al contemplar el salón principal—. ¡La casa es tan grande y tiene tantas habitaciones! —Víctor parecía un niño que paseaba por un parque temático, sus ojos me decían que le gustaba mucho mi casa de las montañas—. ¿Vivirás aquí?

—Sí —respondí sonriendo y sujetando su mano lo llevé al jardín trasero. Caminamos por una vereda improvisada por los obreros y le mostré una construcción que antes había sido utilizada para las personas que trabajaban en el servicio de los antiguos dueños de la mansión y que el arquitecto había rediseñado—. Aquí tendré mi espacio propio. —Entramos al que sería mi departamento y donde se hallaba un gigantesco contenedor. Lo abrimos juntos porque la puerta era muy pesada y le mostré muchas cosas que Yakov me mandó y que dejé almacenadas en Moscú por mucho tiempo.

—Son algunas cosas de Nefrit —dijo sorprendido y luego miró el objeto más bello que había guardado—. Es la estatua del hada.

—Es mi mamá —le dije mirando esa figura de bronce que adornaría uno de los jardines de la mansión que compré y de inmediato le mostré un cuadro de Miroslav Nikiforov que mantenía conservado dentro de un empaque especial—. Y aquí está papá. Quiero que él me acompañe en esta aventura.

Víctor acarició el marco y sus ojos parecieron cambiar de color. Pensé que era la nostalgia la que lo obligó a mostrarse tan triste y serio, tanto que regresamos en silencio al salón que sería la recepción.

—Me hizo recordar un poco a la casona de Nefrit —Víctor dio una vuelta completa mirando los detalles que los obreros trabajaban y suspiró.

—Por eso la escogí —confesé con alegría.

—¿Ya tienes un nombre para tu proyecto? —Víctor volvió a sonreír y a mirarme con cariño.

—Sí, es un nombre que me pareció el más adecuado para definir mis futuras creaciones —le dije con cierto misterio y lo llevé de brazo al jardín delantero de la mansión para decirle la palabra mágica que había escogido. Solo él podría saberlo antes de la inauguración—. Tabú.

—Tabú —repitió con un movimiento de cabeza que me pareció una aprobación—. Es un gran nombre para definir el significado de nuestras vidas.

Me sentí extraño al escuchar sus palabras y por primera vez en tanto tiempo pensé que Víctor había vuelto por mí, para volver a amarnos como lo hicimos en el pasado. Extrañamente sentí que mi emoción se mezclaba con una ligera sensación de temor.

—Solo tú sabes este pequeño secreto —Quise disimular mis nervios y me acerqué a su rostro fingiendo una mirada amenazante—. No se lo digas a nadie.

Víctor afirmó con una sonrisa y un suave movimiento de cabeza y yo me quedé contemplando la belleza del hombre que volvió a ser mi inspiración y me permitió concebir mi proyecto. Víctor caminó conmigo por los pasillos, los salones, los jardines y los ambientes que se convertían día a día en ese sueño que maduró en el silencio de mis noches solitarias de Nueva York y en cada clase aprendida, en cada trabajo en equipo, en cada propuesta rechazada, corregida y aceptada por mis profesores y mis compañeros.

Fue una mañana tan especial porque me sentí dichoso de ver que mi hermano me miraba con orgullo y que me decía que lograría ser tan grande como nuestro padre o quizá más. Me sentí el centro del universo después de mucho tiempo y es bonito saber que la atención de los demás está en ti, en especial la atención de quien más amas.

Después de un súper almuerzo fuimos a pasear por Toronto como si fuéramos dos turistas, porque yo también recién la estaba conociendo la ciudad y me gustó compartir esa tarde de brisa tibia con mi amado hermano. Caminar juntos una vez más, visitar tiendas y comprar muchas cosas, tomar un café y volver a mi departamento para dar de comer a Potya mientras planificábamos qué haríamos esa noche juntos.

Salimos a un bar a escuchar algo de música en vivo y tomar unos tragos, siempre sonrientes y siempre con la compañía de la asistente de Víctor, una mujer muy simpática de cabello negro muy corto, algo delgada y de baja estatura, con ojos marrones y una sonrisa bonita. Me sorprendió que Víctor me dijera que no la había llevado a la cama y que era la única mujer en la que podía confiar en ese momento. Y el guardaespaldas era un tipo muy recio, de unos cuarenta años, cabello negro muy corto, rostro alargado y mirada de perro que parecía sospechar de todos.

Quise invitarlo a una discoteca, pero él estaba demasiado cansado así que volvimos a mi departamento. Era su última noche en Toronto y yo quería que se quedase más tiempo junto a mí para volver a sentirme protegido y a la vez sentirme su protector.

Teníamos algo de alcohol en la cabeza, pero no estábamos ebrios, solo alegres y dichosos de volver a estar juntos y volver a compartir una cena, unos tragos, hablar de nuestras vidas y de nuestros proyectos.

Entramos al departamento y caímos en el sofá de lo cansados que estábamos. Víctor se apoyó en mi hombro y yo acaricié su cabello como lo había hecho en el pasado con amor y deseo. Levantó la mirada y reconocí esa chispa de lujuria que me invitaba a quitarnos la carísima ropa que llevábamos puesta.

Buscó mis labios y comenzó a besarlos como si fuera un niño ensayando su primer beso. Lo apreté contra mi cuerpo y al sentir su calor abrí la boca para darle una nueva bienvenida a mi vida y mi piel que tanto lo había reclamado.

Me enredé en su cálido abrazo sintiendo el sabor de sus labios y el calor de su polla que crecía con cada segundo. No quería soltarlo porque temía que fuese un sueño y que despertaría llorando una vez más en mi cama vacía o junto al cuerpo de otro hombre que no era él.

Pero teníamos que volver a respirar. Por un instante nos sentamos y me quedé mirando sus ojos que me veían con pasión y ternura.

—Te amo tanto —dijo mientras acomodaba uno de mis mechones tras mi oreja.

—Te he extrañado, Víctor —confesé sin miedo.

Volvimos a besarnos y sentí sus manos deslizándose bajo mi campera buscando tocar mi cintura. Con ese suave toque se encendió la pasión que habíamos guardado tantas noches y tanto tiempo. Quería volver a sentir sus latidos, quería que repasara mi piel con sus labios y quería verlo llorar de placer como lo hice en el pasado, un pasado que las mentiras nos había robado.

Víctor me ayudó a quitarme la remera y el pantalón apretado que llevaba puesto. Con destreza tiró al suelo su saco y dejó abierta su camisa azul. Nos besamos una vez y pensé en las noches cuando solitario en mi habitación soñaba con Víctor, con su cuerpo y con sus manos, con su sonrisa y con sus palabras tan placenteras. Lo había imaginado tantas veces que tenerlo junto a mí me parecía todavía un sueño, como si no fuera él quien me apretaba contra su cuerpo, como si fuera otro Víctor, otro hombre, otra piel.

Estaba muy excitado, pero cada vez que abrí los ojos tuve un sentimiento extraño en el corazón: ese hombre que me besaba y me hablaba de amor no era el Víctor al que quería ver. No era el Víctor del pasado, el hombre que había dejado atrás hacía varios años. Algo temeroso volví a cerrar los ojos para concentrarme en ese Víctor Nikiforov de San Petersburgo, en ese hombre que robó mi corazón de niño.

Volví a abrir los ojos y con mucho temor comprobé que el hombre que acariciaba mi vientre en busca de mi sexo era un Víctor distinto. Un Víctor al que amaba mucho, pero que no quería sentir dentro de mi cuerpo.

Fue en ese momento que las imágenes del día anterior en el aeropuerto. El abrazo sincero y las palabras de aliento, su sonrisa de tonto, sus planes futuros y sueños cayeron ante mis ojos como enorme cascada. Las imágenes de esa mañana mientras tomábamos el desayuno, mientras miraba cada detalle de las obras en la mansión de la cordillera Oak Moraine y me daba su sincera opinión me alejaron del fogoso momento que estaba disfrutando.

Comprendí de improviso que ese era el Víctor que había anhelado tener junto a mí. El hombre que me orientaba en la vida, que me corregía con cariño y a veces con cruel sinceridad, que me mirase con orgullo. El hombre que en un cálido abrazo expresara lo mucho que me amaba, un Víctor tierno y de palabras claras, un Víctor amable y a la vez crítico. Un Víctor compañero, un Víctor amigo, un Víctor… hermano.

Reaccioné de inmediato y antes que bajara mi ropa interior detuve sus manos con fuerza.

—¡No Vitya! —le dije asustado y él me miró muy sorprendido—. No podemos hacernos esto de nuevo.

—No… no te entiendo Yuri —me dijo dubitativo.

—¡Somos hermanos carajo! —reclamé sin sentir ningún temor—. ¡Los hermanos no follan! —Me senté de inmediato y sin dejar de verlo a los ojos pude hablar sobre lo que sentía sin dudar—. Los hermanos se apoyan, se aman, se sienten felices cuando hay que reír y lloran juntos cuando algo los entristece.

—Yuri, también seguiremos siendo hermanos si eso es lo que tú quieres. —Se sentó al otro lado del sofá mirándome con temor y no entendí sus palabras—. Nadie sabrá lo nuestro si es eso lo que te preocupa.

—Lo que digan los demás me importa una mierda. —Intentaba explicar mi sentimiento y no hallaba las palabras exactas—. Esto no es como antes.

—¡Claro que no es como antes! —reclamó con los ojos muy abiertos y me fijé que en verdad estaba asustado—. ¡Ya no somos los mismos!

—Por eso debemos sacar la lección de todo lo que nos sucedió. —Y por fin tuve una clara idea de lo que quería explicar. Me senté sobre mis rodillas y reteniendo su cuerpo y sus ganas con mis manos le dije—. Víctor te amo, te amo con todo mi ser; pero ser tu amante me llevó a perderte tanto tiempo y ahora lo veo bien…

—No me asustes, Yuri. —Pareció suplicar mientras se acercaba otra vez a mí.

—Quiero que seamos solo hermanos. —No sé si fui muy grosero o malvado al dejar hambriento a ese hombre después de ofrecerme como un gran banquete.

—Tal vez te estás confundiendo Yuri, fue tanto tiempo que pasó que quizá tenemos que volver a enamorarnos como antes. —Mi hermano puso su mano sobre mi hombro y yo lo miré con mucha pena.

—Las cosas están claras para mí. —Me puse en pie rechazando el abrazo que intentó darme y con toda la fuerza de mi corazón le dije a viva voz—. ¡Víctor, dame a mi hermano!

Víctor abrió los ojos y por algunos segundos su mirada se concentró en algún objeto a mis espaldas. Tragó varias veces la saliva, mordió su labio inferior e infló en pecho con aire. Era como si se estuviera preparando para sumergirse en el mar.

—Yuri… es que tú no eres… —Vi cómo apretó la mandíbula y bajó la mirada—. ¿Cómo te digo esto? —Sujetó su cabello con ambas manos y en un suspiro volvió a decir—. Tú no eres mi…

Lo vi reprimir sus palabras y observé cómo movió la cabeza negando varias veces. Se puso en pie y caminó hasta la ventana de la sala.

—No soy que, Víctor. —Tuve la pequeña impresión que me quería decir algo importante y no sabía cómo hacerlo y mientras esperaba que diera la vuelta y me mirara a los ojos para que terminara su inconclusa frase me acerqué lo suficiente como para tomar su mano—. No soy qué, dilo. —Volteó hacia mí con una lágrima asomando por sus pestañas me dijo con el rostro derrotado.

—No eres mi niño. Ya no eres ese chico que vivió junto a mí en Peterburg. —Una pequeña lágrima se precipitó al suelo y me dijo con voz temblorosa—. ¡Ah, Yuri! ¿En qué momento te perdí?

En solo tres pasos estuve junto a él y lo abracé, me fue fácil constreñir todo su cuerpo con mis brazos para que entendiera lo que estaba a punto de decirle sobre él y sobre mí.

—No me has perdido Víctor y jamás me perderás porque los hermanos pueden alejarse, pueden no verse mucho tiempo y sin embargo pueden sentirse unidos aunque estén distantes. —Apreté su rostro contra el mío y le dije al oído—. Tal vez creas que es una estupidez lo que te voy a decir, pero jamás te mentiría. En este momento te estoy amando más que nunca, Vitya.

—¿Yuri haces esto por temor a que nos condenen los demás? —Sus ojos se llenaron con más lágrimas.

—No, hago esto porque de verdad quiero a mi hermano. —Nunca estuve más seguro del amor que sentía por Víctor como esa noche—. Solo nos tenemos el uno al otro, no hay más Nikiforov cercanos para ser familia y si insistimos en ser amantes, entonces hay la posibilidad de volver a joder esto. Amantes podemos tener muchos, amores algunos; pero hermanos solo tú y yo.

En silencio se aferró a mí como si fuera un niño muy pequeño que despierta a medianoche y llora por ver a su mamá. Me dio pena hacerle eso a mi hermano, me sentí mal viendo que, después de tantos años, ese encuentro terminara en nada de lo que él y yo habíamos imaginado. No era un capricho de mi parte, era sentimiento puro lo que me obligaba a rechazar la pasión de mi hermano, y créeme, no fue nada fácil, dolía demasiado.

—Vitya cálmate. Entiende que la experiencia del pasado nos pide que hagamos lo correcto y sabes que no soy un moralista de mierda, lo hago porque no quiero esconderme otra vez y porque aquí adentro —señalé mi corazón—, algo me dice que debemos tomar esta oportunidad para ser solo hermanos.

—No sé si podré verte como un hermano Yuri —dijo mientras tomaba mi rostro con sus temblorosas manos.

—Pudiste ver a ese suizo idiota como un buen amigo. —Le recordé que las heridas de amor se cierran y cicatrizan y un día dejan de doler.

Asintió y yo limpié sus lágrimas varias veces hasta que se calmó.

Con el cuerpo derrotado se sentó en el sofá y tomó el resto de vino que sobraba en la botella, mientras me ponía un pijama. Me dolía verlo tan caído y triste, quería abrazarlo y consolarlo, tal vez hacerle el amor esa noche para despedir nuestra prohibida relación, pero me mantuve firme contemplando sus movimientos y tratando de no claudicar en mi decisión.

En verdad algo se había roto y no era la confianza, tampoco el cariño y mucho menos el sentimiento. Era la visión.

De todas las cosas que dijo esa noche intentando convencerme para que aceptara su amor de hombre, Víctor tuvo mucha razón en algo. Habíamos cambiado y con el tiempo solo había quedado un recuerdo al que me aferraba con uñas y dientes para no sentirme más perdido de lo que ya estaba en Nueva York, en esa nueva vida que quise construir lejos de todo lo que me recordaba a él.

Tal vez fueron las noches de lujuria con otros hombres, tal vez solo fue el desamor, quizá mi corazón se cansó y yo solo daba vueltas a una fantasía que cuando estuvo a punto de ser realidad se derrumbó porque la cimenté en un pasado que ya no me pertenecía.

Con pena descubrí que ya no amaba a Víctor como antes y que el fuego de eros que un día hubo entre los dos se consumió. Nos miramos con tristeza y nos dimos un último beso en los labios para despedir ese amor que estaba muriendo.

Al día siguiente la pena reinó entre los dos, pero como un experto en sonrisas, Víctor no dejaba de reír e intentamos pasarla bien hasta que llegó el momento de despedirnos.

—¿Cómo construiremos nuestra hermandad? —preguntó antes de abrir la puerta de mi departamento y subir al auto donde lo esperaban la asistente y el guardaespaldas.

—Llámame o te llamo, búscame o te busco, cuéntame tu día a día y yo haré lo mismo y poco a poco hallaremos la forma de ser hermanos. —Era increíble que yo estuviera hablando así, pero era una voz que salía desde algún lugar muy profundo hablando de forma sincera.

—Te amo Yuri. —Al ver sus ojos pensé que iba a llorar de nuevo.

—Te amo Víctor. —Acaricié su frente y arreglé ese mechón caído.

Nos abrazamos por varios minutos hasta que la asistente de mi hermano le recordó que se hacía tarde para tomar el vuelo a París. Juramos llamarnos a diario y compartir hasta las cosas más tontas que nos sucedieran en el día. Y hasta hoy hemos cumplido esa promesa. Hay días en los que hablamos solo cinco minutos y luego nos deseamos buenas noches. Hay días en los que hablamos un par de horas seguidas, nos contamos triunfos, fracasos, dudas, certezas. Hay pocos días en los que nos encontramos unas cuantas horas porque su agenda y mis proyectos no nos dan más tiempo. Por ejemplo, en mi cumpleaños almorzamos junto con Otabek, Mila, Lilia y Olenka en un bonito restaurante de París al que Víctor nos invitó.

Esa mañana tibio sol cuando nos despedimos, Víctor se detuvo en la puerta del auto, volteó a verme y me regaló una enorme sonrisa que yo correspondí elevando el pulgar. Con mucha pena lo vi partir, el pecho me dolía cuando con la mano le dije adiós al Víctor que una vez fue mi amado. Me sentí vacío, pero tenía la seguridad de estar ganando su amor de hermano y que ese amor no tendría fin.

Con el tiempo comencé a recordarlo sin dolor, sin temor de mirar su imagen en algún cartel o alguna revista de moda o de empresas. Lo escuché por el teléfono sin esa presión de sentir que su voz me devolvía la vida. Nos encontramos con la alegría que los amigos se ven después de un tiempo y compartimos días divertidos. Hoy lo veo como mi mejor amigo, con la misma alegría que tengo cuando comparto algo con Otabek, Mila y Olenka Kaminski, tal vez con un poquito más de amor.

Creo que el amor de hermano que esa noche de primavera decidí sentir por Víctor, poco a poco se está convirtiendo en realidad.


—Un año después Víctor viajó a Japón para darse unas merecidas vacaciones. A los dos meses de su estadía en Tokio, mi amigo Minami me llamó para pedirme que por favor lo convenciera para que acepte una invitación de la agencia de modelaje de la ex súper modelo asiática Minako Okukawa donde él trabajaba.

Víctor accedió de mala gana y solo porque yo insistí. Asistió como invitado principal a una presentación del nuevo staff de modelos que la diva había reclutado. Allí conoció a un fotógrafo ñoño, cuatro ojos y tímido que también se llama Yuri. No sé qué vio mi hermano en él que se enamoró y ahora viven juntos. —«Aunque ese Yuri ya no está tan gordo como antes, sigue siendo un ñoño.»

—¿Y cómo te hace sentir eso? —«Parece que este chico todavía siente algo de celos por el hermano».

—Al principio me puse tan celoso que volé a Japón con la excusa de crear trajes inspirados en la vestimenta y en su cultura. Me quedé todo un mes en el hospedaje que los padres de ese ñoño tienen en el interior del país para inspirarme; pero en verdad quería conocer al tipo con el que mi hermano salía. Al principio me pareció un perdedor, pero conforme pasaron los días me di cuenta de que ese cerdo amaba mucho a mi hermano y me tenía aprecio. Así que los dejé para que fueran felices.  —«Fue doloroso cuando volví a Toronto, en el aeropuerto me dieron ganas de regresar y quedarme con Víctor y también con su novio; pero ese fue el verdadero punto final para mi historia de amor».

—¿Lo dices sinceramente o hay algo que te molesta todavía? —«Es mejor seguir explorando porque el primer amor es difícil de olvidar. Yuri parece convencido, pero creo que todavía queda algo de ese sentimiento romántico que lo unió a su hermano. Espero que me esté equivocando».

—Ya no molesta porque cuando escucho el nombre de su pareja, no siento ese ardor en el estómago como sentí en un inicio y cuando nos reunimos en la casa del ñoño para celebrar la navidad compartimos días muy bonitos. El día que me acompañaron al aeropuerto para despedirme, me sentí bien al verlos felices tomados de la mano.

Supongo que ahora sí dejé atrás el amor romántico que sentí por mi hermano y estamos construyendo ese amor incondicional que tienen los hermanos. Como el que Otabek siente por sus hermanitas, como Bradley Kelly tiene por su hermano menor, como Mila siente por su media hermana, como Sara y Michele Crispino sienten el uno por el otro, como ese idiota Jean Jacques siente por su tonto hermano. Como el novio de Víctor siente por su hermana. —«Estoy convencido que Víctor es un respaldo, una persona en la que puedo confiar mucho y sé que puedo contar con él en todo momento. Qué loco, es lo mismo que siento con Otabek». 

—Supongo que ahora no es necesario que te cuestiones una y otra vez sobre el rol de Víctor en tu vida. —«Parece que todo está siguiendo el curso correcto y que Yuri está aprendiendo a ver a Víctor como hermano».

—Hace varios días que no lo hago. —«¿Por qué insiste tanto en ese tema este psicólogo idiota? ¡Ya no me gusta Víctor, carajo!».

—¿Y qué hay de tu vida amorosa? ¿Has conocido a algún hombre especial? —«Ese va a ser el paso definitivo para que Yuri deje atrás el cariño romántico que sintió por Víctor».

—No; pero dejé de salir con un tipo nuevo cada sábado porque no tengo ganas y no tengo tiempo. Estoy concentrado en lanzar el proyecto de mi casa de modas, ya tengo muchos meses de retraso para lanzar mi primera colección, así que no quiero distraer mi mente con nadie.  —«La verdad es que estoy cansado de follar sin amor».

—Solo tiempo para ti. Eso es bueno.

—Para mí, para mi gato y para mis buenos amigos.

—Entonces me atrevería a decir que ya lograste poner las cosas en su lugar. —«Sé que es arriesgado decirle eso, pero necesito estimular su confianza».

—¿Significa que no tendré que volar a Nueva York cada jueves para nuestra sesión? —«Esto ya me estaba cansando».

—Así es, pero si un día quieres hablar de cualquier cosa, solo tienes que llamarme. —«En verdad me gustaría saber cómo te irá en la vida, jovencito».

—Gracias doctor Cialdini. Eres un tipo genial… y espero verte en la inauguración de mi casa de modas. —«Ha tenido mucha paciencia. Y yo que pensé en un inicio que este tipo estaba más loco que una cabra».

—Gracias por confiar en mí, Yuri. Que te vaya bien. No cierres la puerta al salir, por favor.  —«Algo me dice que en cualquier momento vas a regresar».

—Mmmmm, una pregunta más, doctor Cialdini. ¿Crees que algún día vuelva a amar como amé a Víctor? —«¡¿Por qué mierda pregunté eso?! Va a creer que soy un imbécil…y no lo soy, es que me siento solo».

—No, Yuri. Nunca volverás a amar como amaste a Víctor. La experiencia me dice que podemos amar con la misma intensidad a nuevas parejas, pero no de la misma forma. En cualquier momento conocerás a un hombre que llame tu atención más que los otros y será el momento adecuado para que le des al amor una nueva oportunidad. —«No me equivoqué, va a regresar».

—Tienes mucha razón. Algún día le daré al amor una nueva oportunidad. —«Una nueva oportunidad…».

—Hasta pronto, Yuri.

—Adiós, doctor Cialdini.

«Darle al amor una nueva oportunidad. Tengo miedo, pero… ¿por qué mierda no podría volver a amar? Así como la vida, el amor es una apuesta que podemos ganar o perder. Te llena el corazón con su maldita dulzura, pero te quita libertad. Te llena de momentos pequeños de felicidad y a cambio te da grandes periodos de nostalgia. Te hace sentir inmensamente feliz y puede herirte de muerte con un adiós. Sin embargo, aunque esa rosa a la que llamamos amor tenga muchas espinas peligrosas, quiero tenerla entre mis manos otra vez y llenarme con su perfume. Aunque me hiera, le daré al amor una nueva oportunidad. Solo necesito dejar de esconderme en el trabajo y tengo que salir a su encuentro porque el amor no caerá del cielo sobre mi casa, soy yo quien debe salir a su encuentro e invitarlo a entrar».

FIN

Notas de autor:

Gracias a vuestro apoyo Tabú llegó a este punto final.

Fue difícil encarar la historia, pero sabiamente escuché la voz de mis personajes para seguir por un camino que ni yo misma imaginé.

Espero que nos sigamos encontrando en las siguientes fics del fandom de Yuri on Ice.

Saludos.

Marymarce Galindo.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

2 comentarios sobre “Tabú 88

  1. Hola, me gustó el descenlace de la historia además d q al final si salió el cerdito, aunque también pensé q al final se quedarian como pareja. Hasta la próxima. Saludos

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