Tabú 86


Nos graduamos presentando nuestras propuestas ante los jurados calificadores de la escuela y ellos decidieron quienes podían merecer el título de diseñador de modas. Nuestras tesis fueron colecciones completas y cuando todos pasamos la prueba de final de año tuvimos un tiempo para adecuar, ampliar y mejorar nuestras colecciones para presentarlas en la ceremonia de mayo.  

Mis compañeros y yo esperábamos mostrar nuestro talento ante nuestros familiares y amigos que estarían presentes en la ceremonia de reconocimiento y entrega de diplomas. Había invitado a Lilia, Yakov, Mila, Otabek y Olenka para que estuvieran conmigo ese día. Todos confirmaron.

El día de la ceremonia llegó con algo de lluvia y muchos quehaceres pendientes, algún botón flojo en la manga, una raya de más en el pantalón, una camisa que debía ser lavada y secada de inmediato, un reloj que necesitaba ser pulido y un pañuelo que debía ser planchado para acomodarlo en el bolsillo del saco.

Todos nerviosos acomodamos nuestros vestuarios en los camerinos, observamos el ensayo y preparamos unas breves palabras. Seríamos diecisiete las personas que egresábamos ese año, para muchos puede parecer que eran unos pocos gallos, pero para la escuela fue una de las promociones con más egresados.

Por la tarde retorné a mi departamento para salir a almorzar con Lilia quien había llegado casi de madrugada y se quedó descansando en el cuarto de invitados para recuperar sueño. Otabek y Mila se quedaron con unos amigos que viven en SoHo y Yakov se alojó en el Hampton In de Time Square. También tuve una gran sorpresa porque a mediodía recibí un bonito ramo de flores enviado por mi amigo de infancia, Minami. Él no pudo llegar para mi graduación porque estaba amarrado a la producción de una novela o dorama como dicen en Japón.

A diferencia de lo que sucedió en las aulas del colegio de San Petersburgo, fui elegido el representante de mi promoción y fue decisión de mis compañeros de aula que yo dijera las palabras de agradecimiento a los docentes y autoridades de la Escuela Parsons y para mí fue como si también me estuviera graduando nuevamente de la secundaria. Mis compañeros creyeron en mí en un gesto que solo puedo pensar era de respeto, a pesar de lo alejado que me mantuve con ellos.

Lara, la chica con la que siempre nos sentábamos juntos en clases me parecía la más indicada para dar el discurso, porque había sido una de las mejores alumnas de mi promoción; pero fue ella quien propuso que las palabras las diera yo. Como siempre me negué a hacerlo y hasta discutimos con ella durante quince minutos sobre mi participación. Para convencerla le juré que yo jamás encontraba las palabras adecuadas para decir algo, que muchas veces me enredaba y que era un hombre que no solía hablar en público.

—Pero eres el mejor representante de toda la clase y llevas el diseño en la sangre— dijo ella y como no pude escapar de su asedio, acepté; pero me arrepentí cuando eran las once y treinta de la noche del día anterior y yo no tenía escrito más que un párrafo.

La ceremonia comenzó de manera puntual y después del discurso que diera el director Bradley Kelly para todos los egresados, yo subí al estrado. El discurso que preparé para esa ceremonia fue fruto de todas las experiencias que había vivido como alumno de la escuela de diseño Parsons y como inmigrante que aprende a adaptarse a la vida en Nueva York, pero también tuvo muchos matices de mi vida en Rusia. Fueron las palabras que no pude dar en el colegio San Marcos y que estaba atoradas desde hacía años en mi cabeza. Di mil vueltas antes de sentarme a escribirlo. Lilia me dio algunas ideas. Busqué formatos en el internet, ensayé frente al espejo después de bañarme, pensé en decenas de frases para marcar el inicio y no podía encontrar la forma cómo expresar lo que pensaba y sentía; pero entonces cuando más molesto me sentía, alguien muy especial vino en mi ayuda abriendo mi mente y mi memoria.

—Director, profesores, colaboradores y alumnos de la mejor escuela de diseño de modas. No suelo hacer esto que estoy haciendo, pero mis compañeros confiaron en mí para agradecer vuestro apoyo y el esfuerzo con el que nos ayudaron a alcanzar esta meta. Fueron horas largas de estudio, trabajo en equipo, viajes, esfuerzo y constante disciplina y cuando veo a mis compañeros y a sus familiares y amigos en este auditorio, siento que ha valido la pena.

»Valió la pena cada noche que nos quedamos en los talleres para completar algún catálogo o algún proyecto. Valió la pena haber trabajado juntos y haber tomado litros de café para no rendirnos. Valió la pena esos fines de semana que no salimos a pasear o a la discoteca o cenar y nos quedamos en la casa de alguno de mis compañeros para completar los desafíos que nuestros profesores organizaban cada dos meses o cuando teníamos que entregar los proyectos al final de cada curso.

»Y valió la pena haber dejado a los novios y las novias, haber dejado de lado las borracheras y hasta los cumpleaños por comprender el proceso de creación de una prenda, de un mueble, de un espacio, de un estilo y de una colección. Seremos colegas y a la vez competencia, pero creo que siempre recordaremos este tiempo como nuestro primer reto, que ahora lo cumplimos.

»Gracias a nuestros familiares que nos apoyaron y creyeron en nuestros sueños. En especial quiero agradecer a Lilia Varanosvkaya que fue mi primera maestra y ha sido como mi madre todo este tiempo.  

»Gracias a los maestros que nos ayudaron a comprender este mundo tan subjetivo y complejo de la creatividad en moda y personalmente quiero agradecer a Olenka Kaminski por sus enseñanzas, su compañía y su amistad.

»Gracias a nuestros amigos quienes nos acompañaron en este proceso y nos ayudaron a superar cualquier obstáculo, gracias a nosotros mismos que nos apoyamos entre todos para salir adelante.

»Y gracias en especial al director Bradley Kelly que nos hizo sufrir y llorar para pulir nuestros talentos y lo logró. Quiero decirles finalmente a mis compañeros que recuerden siempre que la moda no es solo una prenda que ha salido del atelier, sino que es la segunda piel que exhibirá una persona.

En ese momento en medio de las palabras y mirando a todo el auditorio observé a mis seres más amados. Lilia sonreía y a la vez intentaba no llorar, Yakov que jamás cambiaba su expresión agria me miraba con una gran sonrisa de satisfacción, Otabek que levantaba el pulgar cada vez que yo terminaba un párrafo porque fue él quien a las doce y treinta de la noche me ayudó a organizar mis ideas para el discurso y a Mila que sonreía tan feliz como si ella misma se estuviera graduando.

También vi a Olenka y noté que esa bonita mujer limpiaba sus lágrimas, jamás la hubiera imaginado llorando ante un discurso de graduación. El año anterior cuando yo veía la misma ceremonia, ella estaba muy sonriente y coqueta como siempre. La miré y sentí que era como un ángel en el que podía confiar hasta mis secretos más penosos.   

Sentí amor por ellos y por todo lo que hicieron para que yo pudiera estar allí parado y dando la cara al futuro. Recordé las lecciones de Lilia y sus regaños cada vez que hacía de las mías en el taller de Nefrit. Recordé a Yakov y las veces que me defendió como si fuera un verdadero padre, también recordé las veces que botó el hígado por mi culpa. Recordé a Otabek y todas esas anécdotas que construimos juntos en la escuela secundaria, en especial el día que salvó mi vida y el día que defendió mi honor.

Vi a Mila y me puse a recordar la manera tierna y alegre cómo me hacía entender los secretos de la creatividad y me acompañaba en mis días más alocados rescatándome del modafinilo, las resacas de los domingos y los energizantes de mitad de semana.

Todos estaban allí de pie aplaudiendo, felices por mí, dándome todo su apoyo para que yo siguiera con mis sueños y esperando que fuera feliz.  

Ese momento recordé a los ausentes. Mi abuelo y todo el amor que, desde que yo recuerdo, sentí junto a él, la forma cómo me hacía participar en todas sus actividades y la manera cómo nos sentíamos tan felices cuando compartíamos cualquier tarea ya sea limpiando las ventanas, preparando la cena, leyendo un buen libro, patinando en el hielo que se formaba en los parques, haciendo compras, viendo una película animada o el día que recogimos de la calle a ese pequeño gato que era mi compañero.

Recordé a mi padre, el famoso Miroslav Nikiforov y su suave sonrisa, sus palabras de aliento. La paciencia que tuvo para conquistar mi cariño de hijo. Recordé que nunca le dije que lo quería y mucho menos que lo amaba y a cambio recibí muchos “te amo” con esa voz grave y fresca que me estremecía porque nunca un hombre, además de mi abuelo, me había dicho que me amaba. Mi padre lo hizo cuando nos encontrábamos para salir de paseo, cuando viajamos a Nueva York, cuando cenamos en algún restaurante, cuando me llamaba por teléfono, cuando me habló sobre la enfermedad de mi abuelo y cuando lo llamé la noche que él murió. Mi padre también murió en la carretera por ir a darme su apoyo y su amor, tal como lo dijo los últimos segundo de nuestra última conversación.

Ese hombre mi inspiró por completo a seguir la carrera de diseñador de modas, porque su vida estuvo dedicada a hacer arte con las telas y los hilos y las borlas y los encajes. Y porque vi tanta pasión por su trabajo que también me enamoré de sus dibujos, de los trajes que creaba y los conceptos que proponía en cada prenda y cada accesorio que imaginaba. Pensaba que mi padre sería siempre la figura más importante para mi desarrollo profesional.

Finalmente recordé a Víctor, mi hermano que en París ignoraba que yo me estaba graduando. Quise pensar que tal vez sentiría algo de nostalgia al no saber de mí porque corté toda comunicación con él y, a través de Lilia y Mila, le negué toda posibilidad de vernos. Lo había amado con mi alma y lo había amado con mi cuerpo y en ese momento tan feliz él no estaba presente. Él, que había inspirado la colección con la que me gradué y que me había servido de modelo exclusivo para hacer realidad una simple idea: vestir a los hombres más poderosos del planeta, no se encontraba junto a mí.

Mi hermano que me mandó un último mensaje antes de dejar de hablarnos por completo y me dijo a través de Sara Crispino que siempre me estaría esperando. Ese hombre por quien mi corazón palpitaba con nostalgia no estaba conmigo y yo, ingrato, no le comuniqué que había alcanzado el primer hito importante de mi vida.

Cuando terminé el discurso el cuadro estaba completo y mi imaginación me permitió ver tras mis invitados los rostros de los tres hombres que fueron fundamentales en mi vida: mi abuelo, mi padre y mi hermano.  Solo que, por querer retener la visión de ellos, no me di cuenta que mi participación había terminado y que debía invitar a mis compañeros a pasar adelante para recibir nuestro diploma. Fue el director Kelly quien me sacó de mis recuerdos y me dijo lo que seguía en el protocolo de la ceremonia.

Con la cara algo enrojecida invité a que mis compañeros se pusieran en pie y mientras Kelly llamaba por orden alfabético a los graduandos, yo guardaba el papel de mi discurso en el bolsillo interno de mi traje gris y mis lágrimas en el abismo que se había formado en mi corazón.

—Lara Adams, Chuck Copleton, Larry Cubins, Mary Dalton, Louis Ethenborought, Dennis Easwood, Marion Fontaine, Lou Jarris, Hellen Jhonson, Patrice Keyton, Mary Kuo, Annie Lambert, Patrick Mo, Barry Pérez, Jandira Quest, Tommy Vega y Yuri Nikiforov Plisetsky. —Brandon Kelly me nombró con mis dos apellidos y por primera vez después de mucho tiempo sentí que esa era la forma correcta de nombrarme.

Mis compañeros y yo formamos una columna y recibimos una medalla, un pin de distinción por nuestro logro, una felicitación, un abrazo y nuestro respectivo diploma.

Diecisiete estudiantes que dejaríamos ese año la Escuela Parsons y que nos lanzaríamos a trabajar en proyectos muy diferentes. Unos viajarían a Hollywood para diseñar trajes para películas, otros ingresarían a las casas de moda más reconocidas, algunos se dedicarían a trabajar en la industria del cuero, otros viajarían a medio oriente para diseñar alfombras, otros se quedarían probando suerte en Nueva York y otros como yo tenían definido empezar con algo pequeño y propio. Sé que algunos dijeron que era un sueño de locos, pero yo lo quise así. Un taller artesanal de moda masculina.

Éramos hijos, nietos, hermanos, amigos y padres de quienes nos acompañaban esa noche como mi compañera Mary Kuo cuyo hijo de cinco años aplaudía junto con todos nuestros invitados. Cuando las fotografías y los abrazos cesaron la decana de nuestra facultad invitó a todos a pasar al salón de exhibiciones donde estaba armada la pasarela y nos pidió que en quince minutos estuviéramos presentes tras el escenario.

Lilia me abrazó con mucho amor y su perfume me hizo recordar la emoción que sentíamos minutos antes de los desfiles de Nefrit como también ese calor de madre que sentía junto a ella. Yakov me dio un par de palmadas cariñosas en la espalda y me dijo que el profesor Popovich me enviaba saludos y una felicitación. Recordé al alto y dramático coach del equipo de hockey de la escuela y sonreí al imaginarlo detrás de la profesora Pauline que lo ignoraba todo el tiempo.

Otabek y Mila también me abrazaron y nos tomamos varias fotografías juntos y por separado compartiendo un momento de felicidad absoluta. Finalmente, Olenka se acercó al grupo y luego de dejarme el rastro de su labial en la mejilla me dijo algo que me abrió el corazón.

—Tu madre estaría muy feliz de verte, permite que te abrace como ella lo hubiera hecho. —Estiró sus brazos. Yo la apreté entre los míos y hasta la cargué como lo haría con Ivana Plisetskaya.

Como la ceremonia no había terminado, dejé a mis invitados en sus respectivos asientos, me despedí de ellos por un rato y entré con la velocidad de un rayo a los vestidores donde los modelos ya estaban vistiendo los trajes.

Preparé a mis cinco modelos. Un simpático chico de origen irlandés de New Jersey que destacó en la campaña de Pelton el año anterior, llevaba puesto un conjunto casual con sacón, un par de jeans y unos borceguíes impresos que yo mismo hice preparar en el taller de un artesano de la zona norte de la ciudad.

El otro era un modelo con treinta años y unos soñadores ojos asiáticos al que vestí con un elegante traje de noche en tono azul pastel muy ceñido a su delgado cuerpo, recuerdo que coqueteamos brevemente entre los dos y luego ajusté todos los accesorios; sonreí.

El tercero era un modelo de dieciocho años, recién ingresado en el mundo de la pasarela, de un metro ochenta y cinco, cintura delgada y espalda amplia, un hombre afroamericano que tenía unos ojos verdes con los que hacía desmayar a las chicas y tenía un canal de entrenamiento de tae bo en la web. Lo vestí con el traje de noche, un frac bastante llamativo por los bordados y ligera línea de pedrería fina que llevaba en una de las solapas.

El cuarto era un hombre trans con ojos de miel, piel canela y sonrisa abierta que había conocido en el gimnasio y su belleza me pareció apropiada para exhibir mis creaciones. Charles era su nombre y él también había invitado a su madre para que lo viera desfilar. Para él escogí un traje casual con pantalones de mezclilla bastante ajustados, un sweater azul entallado y un abrigo hasta los tobillos en paño.

Finalmente acomodé el traje de un chico latino de ojos negros, rostro delgado, mandíbula fuerte y largo cabello lacio. Me pareció que lo mejor para él era exhibir un outfit de tres piezas en color marfil.

Los seis aplaudimos y uno por uno salieron junto con los demás modelos hacia el escenario. Era un verdadero desfile de modas porque la escuela, como cada año, convocó a la prensa y a los críticos de moda. Por ese motivo estábamos tan presionados y teníamos que exhibir nuestras mejores creaciones.

El último modelo que presentaríamos todos sería el traje de novia y fueron ocho las propuestas que subieron a la pasarela. Cada traje fue trabajado y confeccionado por dos estudiantes del aula y como éramos diecisiete graduandos yo salí sobrando. Los trajes de novios fueron hechos con materiales muy costosos, la mayoría de ellos mostraban trazos finos y colas muy largas, en tonos que iban desde el blanco perla, pasaba por el rosa champagne hasta llegar al beige Latte.

Fueron muy destacados y remarcados por el diseñador y critico Christian Rouge, un hombre dedicado a vestir a las novias de la Costa Este.

Faltaba mi propuesta y no sé de dónde canijos saqué el tiempo para diseñar y confeccionar dos trajes masculinos, uno en tono blanco hielo y el otro en un tono azul marinero. Cuando los presenté a mis docentes ninguno pudo decidirse por escoger uno de ellos porque ambos trajes mostraban pulcritud, elegancia, sobriedad y delicadeza.

Así que les presenté una propuesta.

El momento que anunciaron mi nombre al finalizar la muestra para novias, dos de mis modelos entraron luciendo mis trajes. Mi modelo rubio de Nueva Jersey que llevaba el traje oscuro caminó hasta la mitad de la pasarela y esperó por el modelo trans que vestía el traje blanco y un ramo en la mano. Ambos se dieron la mano y desfilaron como dos novios camino al altar. Los presentes se pusieron en pie y no dejaron de aplaudir la muestra y yo solo pensé que tal vez nunca llegaría a caminar vestido de novio; pero fui el que más aplaudió.

Fue una noche de gala y de fiesta donde todos compartimos felices nuestros logros, nuestras anécdotas de estudiantes y nuestros sueños. Después de esa noche solo mantuve contacto con Lara Adams y con Tommy Vega a los demás solo los vi por fotografías o no supe más de ellos.


Al día siguiente cuando despedía a Lilia y a Yakov en el aeropuerto, le hice un pedido especial al anciano a quien confié un tema algo delicado para mí.

—No voy a volver a Rusia nunca más, no puedo hacerlo y sabes bien por qué —le dije mientras esperábamos su vuelo—. Necesito que te ocupes en vender la propiedad de mi abuelo.

—Debes firmar un poder y hacerlo legalizar ante la embajada o el consulado —respondió sorprendido.

—Ya lo hice y tiene validez para seis meses, supongo que será suficiente tiempo para cerrar un trato. —Me dio mucha pena tomar esa decisión, pero me parecía inútil mantener la casa del abuelo vacía y cerrada. Era mejor que alguien la ocupara de nuevo.

—¿Qué has decidido hacer ahora, Yuri? —preguntó Lilia apenada por mi decisión de no retornar a la patria.

—Me voy a vivir a Toronto en un lugar cercano al de Otabek y Mila, quiero una vida tranquila. —Sentía que eso era lo mejor y ellos me animaron a probar la vida en una ciudad grande pero más ordenada que la Gran Manzana—. Con el tiempo puedo conseguir la residencia y está cerca de Nueva York.

—¿Y dónde vas a trabajar? —Yakov era el más ansioso por saber qué iba a hacer con mi futuro.

—Tengo un proyecto propio en mente —le dije con aire de misterio—, pero siento que no voy a poder decirte aún nada hasta que esté seguro de dónde lo voy a realizar y como lo voy a hacer.

—Yuri, ¿Víctor no te llamó? —Pude notar que Yakov se puso bastante serio al nombrarlo.

—¿Tenía que llamarme? —le pregunté fingiendo indiferencia porque todavía estaba dolido por su ausencia—. Ya sabes que él y yo no hablamos desde hace tiempo.

—Él tenía que decirte algo importante, pero supongo que no pudo hacerlo todavía porque está de duelo. —Yakov y Lilia se miraron. Al notar escuchar la palabra duelo y ver la tristeza en sus ojos me estremecí.

—¿Qué pasó? —le pregunté al anciano.

—La madre de Víctor falleció hace casi un mes. La internaron de emergencia y no se pudo recuperar —dijo Yakov tomándome de los hombros.

—Deberías llamarlo Yuri o por lo menos dejarle un mensaje. —Lilia también me miraba con mucha seriedad—. En un momento tan difícil como este deberías mostrarle tu apoyo y dejar de lado cualquier discusión. Ahora Víctor solo te tiene a ti como familia.

Me quedé inmóvil y, aunque sabía que la madre de Víctor estaba enferma, no esperaba escuchar esa noticia. Pensé en mi hermano y me imaginé lo mucho que debía estar sufriendo porque él amaba mucho a su mamá, por más que ella fuera una malvada bruja. Mi primer impulso fue llamarlo de inmediato, pero tuve miedo de lo que sentiría al escuchar otra vez su voz.

—Voy a llamarlo en otro momento, ahora no me siento preparado —dije sin mentir y con esas palabras abrí la posibilidad de volver a contactarlo.

—Eso espero Yuri —dijo Lilia acariciando mi rostro con el suave toque de sus dedos—. Que no te tome mucho decidirte porque el tiempo no perdona.

—Recuerda que, sobre todas las cosas, Víctor será siempre tu hermano. —Yakov apretó mi mano y los tres nos abrazamos el momento que anunciaron la salida del avión.

Los vi despedirse de mí antes de ingresar a la manga transportadora y con las manos en los bolsillos salí hacia el estacionamiento del aeropuerto John F. Kennedy.

Al volver a casa y teniendo en brazos el suave y cálido cuerpo de mi querido Potya, pensé en mi hermano y con pena me dije que me hubiera gustado verlo en mi graduación, pero no pude llamarlo porque tenía mucho miedo de reconocer que a pesar de haber pasado tanto tiempo lo seguía amando.

Cené con Mila y Otabek ese día y luego de ver una película vieja de los ochenta ellos se despidieron y me dijeron que me esperaban en Toronto para ayudarme a escoger un departamento cercano al suyo. Dejaría el de Nueva York rentado y escogería un lugar apacible que me permitiera crear mis diseños.

En cama ya y con poco sueño recordé la película que vimos, una en la que el protagonista viaja al pasado y cambia su futuro, clásica y divertida. Entonces volví a recordar a Víctor y las noches en las que lo obligaba a ver mis películas sangrientas, sin querer sonreí ante su recuerdo y me pregunté ¿qué cambiaría yo de todo lo que me sucedió hasta entonces?

Pensé que lo mejor sería cambiar la llamada que le hice a mi padre, sin esa llamada él no hubiera tomado tan desesperado su auto, no hubiera muerto en una helada carretera, hubiera seguido conquistando el mundo de la moda con Nefrit y yo hubiera conocido a Víctor en otras circunstancias y ambos habrían estado junto conmigo en la ceremonia de graduación.

Esa noche después de mucho tiempo soñé con Víctor y lo vi muy lejos de mí haciéndome señas para que cruzara el puente azul sobre el río Moika y fue gracioso porque ninguno de los dos nos poníamos de acuerdo en quién sería el que atravesara primero el puente.

A la mañana siguiente fui de compras y por la tarde vi a Olenka, almorzamos juntos en un restaurante pequeño de Queens y conversamos del futuro.

—Yakov me dijo que la madre de Víctor ha muerto —le conté.

—¿Le llamaste para darle el pésame? —ella preguntó buscando mi mirada.

—Aún no —le dije y le confesé sin remordimiento lo que sentía—. Tengo miedo de hablar con él porque siento que aún lo amo y sé que al escucharlo me va a doler mucho.

—Yuri si en verdad quieres avanzar en la vida tienes que enfrentar ese lío que tienes en tu corazón. —Olenka sacó una caja de cigarrillos de su cartera, tomó uno y jugó con él mientras esperábamos la cuenta—. No tengas miedo a lo que sentirás cuando vuelvas a hablar con él, tal vez las cosas no son tan malas como piensas, tal vez te lleves una sorpresa de parte de él o de tu propio corazón.

Sonrió y, luego de dejar la propina al mozo, salimos a caminar bajo una suave llovizna de primavera, ella encendió su cigarrillo y yo abrí el paraguas donde nos refugiamos hasta que la dejé en el departamento de Bradley Kelly, su mejor amigo. Nos despedimos y prometí tenerla al tanto de todo lo que hiciera.

Diez días después mi graduación viajé a Toronto para ver el nuevo lugar donde viviría, me sentí acompañado y protegido otra vez junto a mis amigos, empezaría un nuevo partido en mi vida. Cuando regresé del viaje comencé a empacar mis cosas porque de tanto ver propiedades terminé rentando un departamento por un año y comprando el lugar ideal para hacer realidad mi proyecto.

También regresé a la Gran Manzana para cumplir con nuestras citas y que me ayudaras a decidir cuál sería la mejor forma de darle el pésame a mi hermano; pero por más que lo ensayé mil veces y en medio del trabajo que comencé a tener con mi nuevo proyecto no pude decidirme a llamarlo.

A fines de junio, Potya y yo viajamos a Toronto y comenzamos a vivir en el departamento de renta. Estaba completamente amoblado y tenía un aroma tan distinto al mío que no le gustaba a mi gato. Juntos hicimos varias salidas de inspección por las calles cercanas para conocer un poco el vecindario; pero por precaución tuve que encerrar al minino todo ese tiempo en una jaula para que no se escapara. Comencé a recorrer la ciudad a veces con Mila y otras veces solo. No conocía a nadie en Canadá más que a mis dos mejores amigos y al tonto canadiense amigo de Otabek.

Una mañana una repentina ola de calor me obligó a quedarme en casa y Potya se acurraba a mis pies bajo dos cobijas, sentí unas ganas inmensas de volver a saber de Víctor. Entonces mandé a la mierda mi miedo y mi orgullo y calculando que faltaban veinte minutos para las seis de la tarde en París busqué el número de mi hermano que Lilia había dejado entre los contactos de mi celular, pulsé sobre su nombre y con cierta duda apreté el ícono de llamada.

Mientras escuchaba el tono busqué las palabras adecuadas para decirle hola. Víctor no contestó la primera llamada, ni la segunda, ni la tercera, pero no me importó porque estaba tan decidido a hablar con él, que seguí insistiendo. Tarde o temprano tendría que responder.

Escuchando con impaciencia el tono de la última llamada me dije que esa sería la última vez que insistía y que esperaría un rato para volver a llamarlo, aunque me entraron las ganas de dejar un mensaje y no llamarlo más. Desistí porque él no tenía incluido mi número de celular y tal vez pensaría que era un desconocido molesto quien le llamaba. Luego pensé que él sí sabía que era yo quien lo llamaba y no quería responder. Sentí los fuertes latidos de mis sienes, los nervios convertidos en alas de palomas movían mi estómago, mis músculos se tensaban y, aunque yo no quisiera, me estaba mordiendo el dedo meñique.

Estaba decidido a cancelar la llamada número nueve cuando sentí que alguien descolgaba el teléfono y, con la emoción que siente un náufrago cuando ve de lejos la nave que llega para rescatarlo, escuché la voz de mi hermano diciendo en francés “¿Halo?” desde el otro lado del gran charco.

Notas de autor:

Gran charco: expresión que se usa para  indicar que se cruza el mar o en especial el océano Atlántico.

Estamos a dos capítulos del final y no lo puedo creer. Voy a extrañar esta historia.

Quiero agradecer el apoyo con vuestros votos y quiero decir que fue una de las más difíciles de escribir hasta el momento; pero creo que me ha dado muchas satisfacciones. Ha sido todo un proceso porque he pasado de tener un camino bien marcado a otro que no era el que esperaba. Eso se lo debo a la honestidad con la que los protagonistas hablaron de su experiencia y que he tratado de plasmar en los capítulos de Tabú.

Nos reunimos  en la siguiente entrega.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

5 comentarios sobre “Tabú 86

  1. Me estoy releyendo este hermoso fic de nuevo ,por favor querida autora no me rompas el corazón ,ojala victor y yuri se reúnan de nuevo y puedan amarse libremente ,pero mis sueños nunca se cumplen y.y ,de todas formas gracias por la actualización ,esperare ansiosa los capítulos finales.

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