Tabú 84


Tenía solo tres semanas para presentar la colección final de mis creaciones y graduarme de la Parsons. Noviembre pasó de manera muy rápida y mi tiempo lo había empleado para buscar inspiración y presentar mi plan de trabajo.

Asistí a todas las presentaciones de moda que se realizaron en la ciudad. Dormí pocas horas porque devoré revistas y desfiles de todo el mundo en la web. Observé todas las vitrinas de las casas de moda, vi todos los catálogos que Brad Kelly me proporcionó, revisé el trabajo que Sara hizo el último año en su canal, observé como si fuera un maldito enfermo a todos los hombres del gimnasio al que asistía, me dediqué a mirar a los chicos de los clubes a los que iba y hasta pagué modelos para que me hicieran una pasarela privada. Dos de ellos terminaron en mi cama. Finalmente pedí ayuda a Mila y a Lilia. Las damas enviaron todas sus sugerencias de inmediato, como si no tuvieran algo más importante que hacer.

Pero no estaba satisfecho.

Miss Green había aprobado mis figurines y los volví a dibujar haciendo las correcciones necesarias para que mi proyecto pasara por una última revisión y fuera al taller de confecciones. Estaba algo retrasado en relación con mis compañeros y trataba de conservar la calma, pero el mismo diablo se me metía en la cabeza cada vez que veía a ese tipo que estaba dentro del espejo y me miraba con cara de tarado todas las mañanas.

Eran los primeros días de diciembre y ya se sentía el ambiente navideño en la Escuela. Llegué temprano para buscar a Kelly, necesitaba un último consejo de él porque para mí sus palabras tenían mucho valor. Si algo aprendí siendo su alumno y su ocasional amante, fue a respetar los conocimientos y la opinión que él tenía respecto a la moda. El hombre era un maldito genio y sabía cómo bajar mi ego con sus palabras hirientes. A veces pensaba que se parecía demasiado a mí o que yo llegaría a ser como él.

Me preparé para escuchar sus comentarios que, como siempre él los daba en forma de crítica cáustica, pero no me importaba su manera de atacar los proyectos y las creaciones de los demás porque sabía que después de sacar mucha mierda y hacerte sentir como un gusano, Kelly terminaba dando sugerencias muy interesantes y eso era lo que yo quería que hiciera.

Entré a su oficina sin anunciarme porque las secretarias todavía no habían llegado, pero como siempre Bradley Kelly estaba ya escuchando algo de música y mirando los últimos desfiles o alguna presentación de modas benéfica en el enorme televisor que tenía en la pared frente a su escritorio. Al verme en la puerta me sonrió y me llamó con la mano.

—Te levantaste temprano. ¿Tanta necesidad tenías de verme?

—Sí, pero no quiero que te ilusiones, solo quiero que mires mi catálogo y me digas todo lo que opinas de él.

Saqué la carpeta de mi maletín, se la entregué y como un niño de kínder comencé a hacer bailar mi pie esperando la respuesta. Kelly bajó el volumen del televisor, se acercó a la ventana y miró detenidamente cada uno de los modelos que me habían costado noches de insomnio y mucha investigación. Yo trataba de interpretar sus gestos cada vez que volteaba una foja y miraba el modelo. Por lo general Kelly es muy expresivo y antes de decir alguna palabra sus ojos, sus cejas, sus labios y su frente muestran un adelanto de lo que te va a decir.

Él miraba cada uno de mis trazos y su rostro no mostraba ninguna expresión, era como si estuviera mirando hojas en blanco y eso hacía crecer mi ansiedad. Sabía que destrozaría por lo menos la mitad de mis modelos, pero en el fondo quería que me dijera que era una colección espectacular y me felicitara.

Kelly dejó mi carpeta sobre su escritorio, me miró con cierta lástima y sus labios soltaron venenosas púas.

—Tus modelos son buenos, pero esperaba algo mejor de ti. —Su frase fue como un gancho en el estómago.

—¿Qué… qué está mal? —Ese horrible vacío que produce la desaprobación me dejó sin piso y sin aliento.

—Todo. —Kelly abrió la primera página de mi carpeta y señaló con su dedo acusador—. Clásico. —Otra página—. Sobrio. —Otra página—. Tradicional. —Otra página y otra y otra y otra más. Las quince páginas de mi proyecto fueron calificadas de manera prudente por Kelly y eso me asustaba tanto que sentía el corazón a punto de estallar—. Tu trabajo es soso, aburrido, repetitivo y no me sorprende.

—Yo me he esforzado en hacer esta colección. —Mi orgullo trató de defender ese trabajo.

—Lo sé y me consta que durante estos tres años te has esforzado mucho en hacer las cosas, pero el esfuerzo no es suficiente, Yuri. —Kelly cerró la carpeta, la devolvió a su escritorio y puso su larga mano sobre ella—. No te comprendo. Eres un volcán en la cama… ¿por qué no puedes serlo en el papel?

—¡Tampoco te entiendo! —No sabía bien qué me estaba pidiendo ese hombre.

—Hay algo aquí adentro que te impide hacer las cosas como las hizo el Yuri que tenía dieciséis o diecisiete. —Señaló a mi corazón y vi mucha sinceridad en sus ojos—. ¿En qué pensabas aquellas veces? ¿Qué te hacía dibujar con esa pasión intensa?

—¡No lo sé! ¡Quizá he madurado! —Me aventuré a decirle una chorrada.

—¡¿Madurar?! —Kelly comenzó a reír—. ¡Yuri, madurar significa crecer manteniendo la esencia, sacar lo mejor que tienes dentro de ti, aquello que te motiva de verdad, lo que te mueve, aquello por lo que babeas y mojas tu trusa por las mañanas al despertar!

Me quedé mirando mi carpeta color azul añil que permanecía aplastada por la mano de Kelly y por la agitación de mi pecho sentía como las emociones ganaban a la razón. Quería golpear al director, quería arrancar esa carpeta y quemarla, quería patear los muebles de su oficina… quería golpearme y desaparecer.

—¿Qué es aquello que no quieres que se sepa? —Brandon Kelly me habló como un adulto habla a un niño al que quiere ayudar.

—Mi… hermano. —No tuve que pensar mucho para saber qué me impedía ser el mejor—. Cuando conocí a Víctor él se convirtió en mi inspiración. Todo lo que dibujaba lo hacía pensando en él y para él. Incluso las piezas que creaba para mujeres tenían un toque de Víctor y cuando todo se fue a la mierda, pasó esto. —Señalé la carpeta sintiendo que el dolor del pecho subía a mi garganta.

—¿Conoces a Florence Kapri? —Kelly preguntó y apartó la mano de la carpeta. Yo le dije que no la conocía—. Es una gran escultora italiana contemporánea. Esa mujer esculpía y también dibujaba maravillosas estatuillas de ángeles. Parecen estar vivos cuando los miras y todo lo hacía inspirada en su única hija. El día que la niña murió por un descuido en el jardín de niños, Florence dejó de esculpir y pintar. Durante casi una década se paralizó y cuando volvió a su taller sacó material que no tenía sentido, cosas que no eran vanguardistas sino horrendas. Un día ella dijo que soñó con su hija y que ésta le pedía un dibujo, Florence la volvió a dibujar y durante más de un año esculpió una colección maravillosa de ángeles como un homenaje final a su niña muerta. Después de la exposición ella volvió a trabajar en cosas nuevas. A veces esculpe uno que otro ángel, pero ya no tienen el rostro de su niña. Es una mujer consagrada y sus obras tienen una gran carga emocional.

Kelly sacó del estante de trofeos una estatuilla de marfil de un ángel. Cuando la vi me estremecí por completo porque los rasgos del rostro, las alas y el traje eran tan perfectos que por un instante me pareció tener un verdadero ángel en las manos. Brad Kelly podía ser el tipo más insufrible que conocí en mi vida, pero tenía mucha genialidad y un gran corazón.

Le devolví el ángel, levanté mi carpeta de su escritorio y la partí en dos. Él se asustó al ver lo que hice y trató de detenerme. Miró cada mitad de mi catálogo, quiso decirme algo; pero yo me adelanté a sus palabras y le sujeté el brazo.

—Bradley dile a Miss Green que me extienda el plazo de la entrega hasta mañana a primera hora. —Noté que mi tono de voz más que un pedido parecía una orden y corregí—. Por favor.

Kelly levantó la ceja y sonriendo de lado, asintió.

Salí a toda prisa de su oficina, del área administrativa y del edificio de la Parsons y corrí hasta mi departamento. Tomé una ducha nuevamente, al notarme en el baño Potya entró y pude ver cómo asomaba su cabeza por una esquina de la puerta corrediza, estaba intrigado de porqué su humano había regresado tan rápido a casa que lo vi contemplarme con las orejas hacia atrás. Me hizo reír.

Preparé café y lo guardé en un termo, hice un gigantesco pedido de sándwiches a una cafetería que quedaba en la 9th Street, me puse ropa de casa, llevé hacia atrás los mechones sueltos de mi cabello y los sujeté con dos ligas, abrí de par en par las cortinas del cuarto de diseño, despejé la mesa de trabajo, puse a todo volumen los álbumes de Muse y luego de recibir mi pedido y guardarlo en la nevera, abrí varias carpetas en mi laptop y después de mucho tiempo me puse a contemplar a Víctor.

No vi las fotos antiguas de mi hermano, me propuse ver al Víctor de la actualidad. En entrevistas, en revistas de moda y de negocios, en anuncios de alguna marca conocida, en noticias de variedades, en noticieros de chismes. Sentí un mal sabor en la boca cuando lo vi junto a la hermosa, lo maldije varias veces y durante el tiempo que Maat Bellamy* interpretó “Hysteria” y “Resistance” lo odié; pero finalmente tuve que abrir el corazón como lo hacía cuando mi inspiraba en él. Volví a sentir el mismo amor de antes; mi amor adolescente que tanto quise matar.

Cerré los ojos durante unos minutos, observé un tono rojo al interior de mis párpados y en medio de esa lluvia carmín la imagen de Víctor volvió a presentarse, volvió a ser el dócil modelo que me permitía vestirlo y jugar sobre su cuerpo con colores, pliegues, telas, texturas, puntadas, accesorios e hilos. Víctor volvió a ser mi caballero audaz y elegante que caminaba sobre una pasarela, en las calles de alguna ciudad exótica, en una playa tropical, en el salón de alguna mansión, en los pasillos del teatro Alexandrinsky*, en su auto deportivo y en una elegante oficina.

Abrí los ojos teniendo la idea de lo que quería dibujar. Extendí las hojas sueltas, abrí una caja nueva de lápices negros y otra de colores y comencé a repasar los lápices sobre el papel sin detenerme, poniendo mi mente en el modelo y mi corazón en los detalles. Víctor cobró vida en cada hoja y esta vez dibujé su rostro completo, sus ojos azules, su sonrisa en corazón y ese mechón que cubría su enorme frente.

Fueron pocos los papeles que arrugué y deseché, fueron muchas las horas que pasé sentado en mi silla especial, las raspaduras de los lápices sobraban en la mesa, los colores se mezclaban armoniosamente en el papel, los modelos fueron tomando forma y no dejé que el ligero dolor de mi muñeca me detuviera.

Para el noveno modelo —tenía que dibujar seis más—, mi corazón golpeaba las paredes de mi pecho y mis lágrimas nublaron mi visión. Levanté los ojos y al ver por la ventana descubrí que había estado nevando en la ciudad. Hice un alto en mi loco arrebato creativo, fui a la cocina a llenar el plato vacío de Potya con galletas y atún y a llenar mi panza con los emparedados. Me puse un sweater abrigador y volví a la mesa de dibujo.

Los últimos modelos demandaron más de mi imaginación, quería hacer un Víctor completamente contrario al exitoso empresario y atractivo modelo, uno que solo yo conocía en la intimidad. Me detuve a pensar en los detalles que lo hacían especial, aquellos que las cámaras fotográficas y de filmación no podían captar.

Dibujé a Víctor en varias poses sugerentes recordando cómo se paraba, sentaba y echaba cuando hacíamos el amor; pero por algún motivo no pude vestirlo como lo había hecho en el pasado usando esa misma técnica. Arrugué más papeles de los que habría querido y estaba a punto de darme por vencido y volver a la idea de vestirlo como un príncipe cuando volvió a mi memoria una escena familiar.

Yo estaba en la cama con fiebre y resfriado, Víctor entraba en mi habitación con un tazón de sopa de pollo caliente, dejaba la bandeja en la mesa de noche, me tocaba la frente con su mano tibia, me ayudaba a acomodar las almohadas y se quedaba sentado en una esquina de la cama hablando las cosas que había hecho ese día en la oficina mientras yo comía la sopa de sobre que me había preparado y me quejaba del dolor que sentía en la garganta.

Ese recuerdo se mezcló con la imagen de Bradley Kelly mientras hacía comer a su hermano la noche de Acción de Gracias y pude reconocer en Víctor ese mismo cariño y cuidado que me había dado antes de ser amantes. También recordé a Sara que discutía con su hermano Michele y luego lo abrazaba para calmarlo y sentí que esa misma experiencia la había vivido con Víctor cuando discutíamos cada vez que llegaba tarde al departamento o cuando yo me peleaba con los compañeros de colegio.

Recordé a las hermanitas de Otabek las veces que llegaban a su departamento en Toronto y hacían pasteles, postres y deliciosas comidas para él. Ellas se sentaban a su lado para ver la televisión o lo alentaban en las graderías de los estadios cuando lo veían jugar. Él las amaba mucho y cuidaba de ellas como el fiero oso que es, pero a veces se dejaba engreír con su amor.

Incluso recordé al bobo amigo de Otabek, ese tipo que hacía un gesto idiota en cada anotación que hacía para los Maple Leafs y decía “este es el estilo de JJ”. Qué ridículo. Lo recordé con el bobo de su hermano y la forma cómo reían, se abrazaban y se miraban con tanto cariño a pesar de vivir tan lejos el uno del otro. Recordé los abrazos de Víctor y sus ojos reflejando orgullo cada vez que yo tenía algún logro y tenía la misma mirada que el hermano de Leroy le daba cuando hablaba de su éxito en el hockey.

Comprendí que esas otras cosas, esos detalles tan sencillos y domésticos eran la argamasa que unía a los hermanos. Ese cariño y cuidado que venía de un amor sin erotismo y sin deseo, es un amor que quería el bienestar del otro, que era como otro tipo de amistad, como el cariño que yo sentía por Otabek y por Mila, pero tal vez más fuerte.

Con esa imagen y los sentimientos llenando esos vacíos, decidí terminar ese homenaje a Víctor. Uno que hablaba de un corazón enamorado y de mi cariño de hermano que antes no había comprendido. En cada trazo que hice me puse a pensar si eso era lo que quiso decirme Víctor cuando intentó hablar de los motivos que lo llevaron a dejarme y retomar su relación con Anya.

Un pensamiento cruzó como un rayo en mi interior. Tal vez la forma cómo Víctor actuó no fue una traición, sino el deseo de poner las cosas en su lugar. Ese momento abrí mi corazón y mi mente y traté de comprender por qué los hermanos no pueden tocarse, por qué entre ellos es otro amor el que debe reinar y por qué el amor fraternal es más poderoso que el tiempo y las distancias.

Con el corazón medio lleno y medio vacío comprendí que todavía seguía amando a Víctor y deseando que él me besara, me tocara la piel y me hiciera suyo otra vez. Y quise que las palabras de Kelly fueran realidad, que sucediera en mí lo mismo que pasó con esa escultora italiana, que esa colección de trajes que estaba dibujando con tanto amor y dolor, me permitiera cerrar esa parte de mi vida y me dejara comenzar una nueva.


Trabajé toda la noche hasta que mis dedos adormecidos soltaron el lápiz electrónico de la Tablet donde di los últimos retoques a mis modelos. Sin detenerme, escribí todo el concepto, la justificación de mi creación, el proceso que había filmado, el listado de materiales que debía emplear, el tiempo de ejecución, el presupuesto, los cálculos de la ganancia, la estrategia de mercadeo, la cadena de distribución y todos esos datos con los que debía sustentar mi proyecto. Datos que aprendí en Nefrit y que eran más fáciles de ejecutar que de poner en conceptos.

Cerca de las cuatro de la madrugada acabé de imprimir y armar la carpeta y el catálogo de dibujos, envié el video a mi archivo personal de la escuela, pero saqué una copia por seguridad. Y aunque estaba molido, no podía darme el lujo de dormir. En Moscú sería mediodía y pensé en Lilia. Antes de entregar esa prueba final, la que sería mi presentación y la muestra de todo lo que aprendí de diseño de modas en la prestigiosa escuela Parsons.

Le envié las fotos de los modelos y un mensaje preguntándole si le podía llamar. No respondió de inmediato y mientras yo me preparaba otro café para reaccionar ella fue la que me llamó.

—¡Yuri! —dijo emocionada—. ¿Esto es lo que vas a presentar?

—Si —respondí con orgullo.

—Volviste a tu esencia —dijo con la voz algo quebrada—, pero siento que algo cambió.

—¿Para bien o para mal? —Traté de bromear porque en el fondo estaba temeroso que me dijera algo sobre Víctor y sobre mí.

—No son los modelos, es el color y el movimiento —aseguró con firmeza y alegría—. Es como si viera ese genio tuyo de antes, pero atreviéndose a vestir a Víctor de otra forma.

—¿Qué piensas Lilia? —Su opinión volvió a tener peso en mi vida—. ¿Está mal que vuelva a inspirarme en él? 

—¿Por qué lo hiciste?

—Porque quiero poner un punto final a esa historia.

—No sé qué estás sintiendo Yuri, pero me atrevo a decirte que ya has comenzado a trazar ese punto final. Tu manera de vestir a Víctor, especialmente en los últimos cuatro modelos me dicen que lo vas a lograr, es como si tu visión de Víctor fuera menos mundana. —Lilia se escuchaba muy entusiasmada.

Ella también había visto todos mis trabajos y presentaciones para la Parsons, yo siempre le consultaba para saber si tenía que cambiar algo. Como siempre, Lilia fue generosa con sus consejos y conocimientos. Esa alegría que sentí en su voz me dio esperanza, tal vez en algún momento podría olvidar a Víctor como amante y podría rescatar al hermano, aunque sabía que el proceso sería largo.

Después de desearme suerte y decirme que contratase asistentes para la confección nos despedimos y alisté la ropa que me pondría para ir a la Escuela. Limpié un poco el departamento y, calculando la hora de encontra a Kelly en solitario, salí de mi edificio. Un haz de luz muy brillante se coló entre las nubes y calentó mi cara mientras caminaba a prisa por la 5Th Avenue, pensando en todas las cosas que Kelly diría y en las correcciones que Miss Green y Ralph Paine harían a mi nueva propuesta.

Como todas las mañanas Kelly estaba en su oficina muy temprano, hacía eso porque ni siquiera tenía un gato a quien atender. Creo que por eso huía de su departamento. Cuando entré en el pasillo, él estaba en la puerta de la oficina hablando con el guardia de seguridad, me miró y me hizo una señal para que ingresara a su oficina mientras terminaba de ordenar al hombre que hiciera un recuento de las cámaras de seguridad de los exteriores dañadas por la nevada del fin de semana.

Entró algo molesto a su oficina, se sentó detrás de su escritorio y tomó la nueva carpeta azul que contenía mi proyecto. Lo revisó dos veces sin decir una sola palabra. Comencé a pasear de una ventana a otra de su oficina mirando la ciudad, volteando mis ojos hacia él cada dos pasos y sintiendo que mi ansiedad crecía porque él no decía nada. Se quitó los lentes de marco plateado, los puso sobre el mueble y fijó sus ojos en mí.

—Esta es la manera cómo debes diseñar —dijo golpeando con el dedo la capeta y con un gesto de aprobación—. Con los huevos, con el hígado y con el corazón sangrando. Por fin creo que las clases en esta escuela te han servido para algo.

Recién pude sentir el piso bajo mis pies y un calorcillo agradable que nacía en la boca del estómago y se esparcía lentamente por mi piel.

—¿Hay algo que debería corregir? —le pregunté dudoso.

—Tú dímelo —sonrió con malicia—. Para eso te hemos preparado aquí. ¿Hay algo que deberías cambiar en tus diseños?

—Tal vez el detalle de estos hombros y la alineación de los botones de este saco, pero lo demás está en su lugar. —Por primera vez en mucho tiempo critiqué mi obra con cariño y no con severidad.

—No sé si Green y su equipo te hagan alguna observación. Si es así, pregunta siempre el por qué y… —Kelly vio el calendario de su escritorio y movió la cabeza a ambos lados—. Casi ya no tienes tiempo para que queden listos para la presentación.

—Sé dónde comprar los todos los materiales —le dije entusiasmado.

—Le puedo pedir a una amiga que te alquile un sitio en su taller de confección. —Sabía que Kelly hubiera querido darme ese lugar en su propio atelier, pero por ética no podía hacerlo. Acepté esa ayuda valiosa.

—Contrataré un par de asistentes. —Podía hacerlo sin problemas.

—Habla con Stella para que te contacte con los exalumnos que esperan en la bolsa de trabajo de la Escuela. —Kelly se convirtió en mi mejor aliado—. No le vendría mal a alguno un ingreso temporal por navidad. —Volvió a tomar la carpeta en las manos y a voltear cada hoja—. ¿Cómo vas a llamar a la colección?

No había podido decidir el nombre y esa idea estaba dando vueltas, creciendo y arremolinándose en mi cabeza.

—No lo sé —le dije con sinceridad y esperando que me diera una idea porque antes de presentar la carpeta a Miss Green debía bautizar la colección—. Había pensado en “change”, “grow up”, “remake”,“returne”.

—No estás cambiando Yuri, solo estás retornando fortalecido y con una nueva visión. —Kelly no iba a ponerle nombre a mi trabajo.

—“Reborn”. —Cuando la palabra salió de mis labios nos miramos y supimos que era un nombre con mucho significado para mí. —Gracias, Bradley. —Quise abrazarlo y besarlo, pero me contuve porque no era el momento ni el lugar.

—¿Has dormido, Yuri? —Él cambió de tema porque no le gustaban esas situaciones emotivas—. Te ves horrible, tu cabello está desordenado y tus ojos… ¡Por dios, pareces un yonki *!

Reímos y con la promesa de vernos por la noche salí de su oficina a buscar a la señorita Green. La hallé en la sala de profesores y le agradecí que me recibiera el proyecto a destiempo. Ella miró el reloj y me dijo que faltaban ocho minutos para que realmente comenzara el verdadero descuento, luego abrió la carpeta y en cada hoja que observó hizo gestos de sorpresa y extrañeza. Apuntó que ese no era el proyecto inicial que había planteado en clases y yo repetí las palabras que usó Kelly para describir ese trabajo: “soso, desabrido y ñoño”. Ella sonrió y me dijo que le agradaba y que lo sustentara en clase.

Cuando llegó la hora de sustentar mi proyecto —cada uno de los egresantes teníamos solo siete minutos para hacerlo—, me dijo que lo había aprobado y que todos los modelos tenían que entrar de inmediato en confección. Recibí la carpeta y vi sus correcciones. Tal como me dijo Brad Kelly le pregunté el por qué, ella me dio su punto de vista y me dijo que solo eran algunas sugerencias para que los trajes se vieran mejor y que ya no le presentara otra carpeta.

—Has las correcciones que veas por conveniente en el proceso de patronaje y ajusta los detalles en la confección. —Miss Green me dio una suave palmada en el hombro y me despidió.

Durante el resto del día me dediqué a comprar el material, visitar a la amiga del director y conocer su amplio taller. Ella me dio un espacio personal para poder confeccionar con un par de operarios. Era eso o hacerlo yo solo en la Parsons y esperar la corrección de los directores del taller de confección. No tenía tanto tiempo.

Por la tarde ya tenía a las dos chicas que me ayudarían a hacer los patrones, pasarlos a la tela, cortarlos, hilvanarlos, coserlos y poner cada uno de los detalles durante los siguientes diez días. Sería una labor ardua, pero en Nefrit aprendí lo que era trabajar bajo esa misma presión.

Regresé a casa pensando en mi padre y las veces que me dijo que era terrible sentirse tan ocupado durante el proceso de creación y confección, pero que luego sentías una gran satisfacción cuando ves tus creaciones en las pasarelas. Por primera vez después de mucho tiempo volví a sentirme un Nikiforov.

Tal como la señorita Green había calculado, durante el proceso de patronaje corregí algunos modelos y ajusté al cuerpo del maniquí los detalles de las sisas, las mangas, el borde de los chalecos o el tiro de los pantalones. Lo demás quedó intacto y solo por jugar un poco entrecerraba mis ojos para imaginar que era mi hermano quien estaba dentro de cada traje.

Un jueves por la noche, tres días antes de la presentación tuve todo listo y me di tiempo para ayudar a mis compañeros a organizar el material en muestras y hacer mi informe final. Invité a Lilia, Yakov, Otabek y Mila a la ceremonia de graduación y a la gala de fin de semestre donde cada alumno presentaría sus modelos más representativos después de una selección que un grupo de jueces haría en una presentación individual.

Todos los estudiantes de mi salón aprobamos y fui yo quien tuvo la posibilidad de poner más trajes en el desfile de la gala anual de la Parsons. Seis trajes entre elegantes y casuales fueron elegidos por el jurado. Según Miss Green hubiera querido ponerlos todos, pero no podía quitar espacio a los demás compañeros.

Terminé agotado, pero con esa enorme satisfacción de la cual me habló mi padre y que ya había sentido cuando Lilia me permitió exhibir algunas creaciones que hice en Nefrit.

Ese lunes por la noche, Kelly me invitó a cenar en su casa y luego de un par de copas hicimos el amor por última vez pues ese sería su último acto académico. Él se iría al siguiente año a dirigir la sede de la Parsons en París y me pareció irónica la referencia.

Esa noche por primera vez, después de haber follado en tantas ocasiones con él, me atreví a abrir los ojos para ver que estaba en la cama con otro hombre que no era Víctor. Kelly estaba apoyado en el espaldar y fumaba lentamente un cigarro, yo descansaba con la cara sobre la almohada intentando interpretar todas las emociones del día. Cuando cambié de posición vi en él un hombre muy apuesto a pesar de sus cuarenta y tres.

Me regalé esa imagen con la que terminé de desmontar el mito que construí en torno a Víctor, aspiré su perfume a madera oriental para llenarme de él y llegar a entender que había perdido a Víctor amante y que solo me quedaba un camino, una nueva forma de verlo y amarlo para no perderlo por completo.

Kelly me invitó un par de pitadas de su cigarro feliz y mientras veía el humo esparcirse por la habitación pensé que todo tiene un punto de inicio y un final, porque todo es cíclico, todo cambia, todo se renueva y porque nada dura eternamente.  

Notas de autor:

Maat Bellamy: cantante, compositor, pianista, guitarrista y líder de la banda británica de rock Muse.

Teatro Alexandrinsky: es el más antiguo teatro nacional de Rusia y progenitor de todos los teatros rusos. El 30 de agosto de 1756 —fecha de su fundación—, se considera como el día del natalicio del teatro profesional ruso. La emperatriz Isabel (hija de Pedro el Grande) firmó el decreto de su fundación y durante la época zarista, el Alexandrinsky, fue el principal teatro imperial.

Yonki: es una adaptación gráfica de la voz inglesa junkie que hace referencia a una persona adicta a la heroína o se utiliza como sinónimo de marginal.

Una pregunta fundamental.

¿Cómo creen que reaccionará Yuri al enterarse que no es hijo del gran diseñador Miroslav Nikiforov ni hermano de Víctor?  

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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