Tabú 83


San Petersburgo vestía de blanco como una novia frente al altar. Al verla recordé mi infancia y lo feliz que fui cuando papá nos llevaba a pasear o cuando salía de compras a los grandes almacenes con mamá.

Recordé que era la ciudad donde por primera vez experimenté las sensaciones que provoca el adiós, cuando en el aeropuerto observé por última vez la sombra de papá. Recordé que llegué solitario un día a retomar mi vida porque quería tener mi espacio lejos de mamá. Ella me había pedido que renunciara a mi amor por Chris y mi ciudad natal fue en mi paraíso nevado en el que busqué consuelo entre bares, vodka, noches blancas y alegría efímera.

Luego el consuelo llegó en los brazos de Anya y con ella encontré la felicidad. Una mujer bella, dueña de sí misma y que no era fácil de convencer; pero cuando era mía se convertía en todo lo que yo quería de una mujer. Jamás imaginé que le rompería el corazón y mucho menos que ella me perdonaría algún día.

San Petersburgo y en especial el aeropuerto de Púlkovo me traían a la memoria la imagen de mi hermano aquel verano que lo conocí. Desde ese día mi vida fue una gran tromba que se movía en todas las direcciones y sólo tenía como brújula la verde mirada de un chiquillo a quien llegué a amar en cuerpo y alma.

Las hojas de los calendarios cayeron con tanta prisa y fueron tantos años lejos de mi ciudad que para mí solo significaban recuerdos dulces y amargos. Imaginé el día que Yuri se despidió de todo en ese mismo aeropuerto dejando un beso en las mejillas de Lilia y un fuerte apretón de manos a Yakov. Tanta habría sido su pena que no pudo soportar vivir solo de recuerdos como yo.

Yuri ya no estaba en la ciudad. Él y su gato dejaron hacía cuatro años mi departamento y vivían en un mundo tan distinto a la constreñida Rusia de mi alma. Un lugar donde él podía hablar de su vida y sus deseos con toda libertad. Para ese noviembre Yuri había salido del closet y yo seguía metido en él. Era la única realidad que tenía frente a mí.

Un hombre alto de cabello gris y con escasa barba me entregó el coche que alquilé para moverme dentro de la ciudad, le agradecí y le di una buena propina. Había decidido estar solo sin mis acostumbrados asistentes para moverme con más libertad y sabía bien que nadie me detendría en las calles.

Mi objetivo se encontraba en el distrito de Petrogradisky donde Yakov tenía su nuevo estudio jurídico y me esperaba para conversar. Un día atrás había insistido tanto en hablar a solas con él que no pudo negarse a recibirme.

A una hora de mi arribo estuve aparcando el coche en el estacionamiento del gran edificio donde el mejor amigo de mi padre me esperaba, el lento tránsito en la ciudad retrasó mi llegada; pero cuando dejé el coche en ese frío sótano corrí y recé porque el ascensor subiera más a prisa. Con ansias infinitas quería confirmar aquello que ya sabía que comencé a prepararme para la larga charla que tendría con el hombre del entrecejo junto.

Miluska la eterna secretaria de Yakov —creo que se quedó con él porque lo quería mucho—, me recibió con aquella amable sonrisa que siempre ocultaba la dentadura y me anunció por el comunicador. Me acompañó hasta la puerta y la abrió. Entró después de mí y se paró cerca al gran sofá. Yakov estaba de pie junto al pequeño bar que implementó en una esquina de la pieza junto a una enorme biblioteca llena de libros y enciclopedias de jurisprudencia.

—Miluska es tarde. Ve a casa —le dijo mientras abría una botella oscura de añejo whisky. Eran las tres y treinta de la tarde, pero Yakov había decidido no atender a nadie más—. Cierra todo y mañana nos vemos en la Corte Civil a las nueve.

—Está bien, doctor Feltsman. —La mujer se despidió con su eterna voz melodiosa y cerró tras de sí la gran puerta de roble del estudio.

—¿Whisky, vodka o Martini? —Yakov servía ya los cubos de hielo en su vaso.

—Vodka con hielo por favor —le dije y esperé a que se acercara porque me señaló el sofá para que me sentase—. Perdona mi insistencia, pero tenía que hablar de un asunto vital.

Yakov sirvió mi trago y se mantuvo en silencio unos segundos. Al dar la vuelta y acercarse para entregarme el vaso, con voz cansada pronunció un nombre.

—Yuri. —Se sentó lentamente en el sillón junto al sofá y con los lentes en la mano reprochó—. Dejar de lado ese amor extraño que sentías por él no significaba olvidarte de tu hermano.

—No me olvidé de Yuri. Ahora más que antes él está presente en mi corazón porque jamás dejé de sentir ese amor extraño por él. —Mis palabras provocaron que Yakov formara entre sus gruesas cejas un pliegue de piel muy apretado y una vena cargada surcó su frente—. Nunca dejé de amar a Yuri y nunca dejaré de hacerlo.

—¿A qué has venido, Vitya? —El hombre me miró con gesto agrio—. Tienes una vida exitosa, llena de lujo, una esposa bella. No será perfecta, pero es una vida que cualquier mortal envidiaría. ¿Por qué no puedes poner a Yuri en el lugar de un hermano?

—Porque ya sé que Yuri no es mi hermano. —Vi el rostro de Yakov cubrirse de un extraño rubor entre rojo y lila, como si fuera a explotar cual volcán.

—Qué tontería estás diciendo… —lo escuché titubear.

—Yure Krazniuk. —El nombre pareció retumbar en la silente oficina. Yakov levantó la cabeza de inmediato y me miró entre molesto y extrañado—. No sé si recuerdas el nombre, pero si no te viene aún a la memoria tal vez una foto de él te pueda ayudar.

Tendí mi celular sobre la mesa y en la pantalla se podía ver el rostro de Yure veintidós años atrás, una época en la que él e Ivana Plisetskaya ya hablaban de amor. El enrojecido rostro de Yakov fue perdiendo color y durante unos minutos no dijo nada y solo escuché su profusa respiración. Sostuvo su copa con la mano donde todavía conservaba su anillo de bodas y la bebió de un solo trago.

—Supongo que mereces saber toda la verdad, Víctor. —Yakov se quitó los lentes y con la mirada enterrada en la pared de enfrente se quedó callado unos segundos como si estuviera decidiendo por dónde iba a empezar.

Y de pronto la historia fluyó como si fuera una vieja cinta de VHS familiar.


Mi mejor amigo Miroslav Nikiforov ingresó por la puerta de mi despacho con cierto entusiasmo en el rostro que no veía desde hacía buen tiempo. Recuerdo bien que esa tarde llovía en forma copiosa sobre la ciudad y esa fue la razón para que la señora Voroskova había llamado para cancelar la cita. Una cancelación que la vi como una ventaja porque nos dejaba a Mirko y a mí un par de horas para conversar a profundidad tal como como él me había pedido por el teléfono.

Ingresó como siempre lo hacía en cualquier lugar al que llegaba, con ese aire altivo y distinguido dejando con la boca abierta a mis secretarias, observando con sus enormes ojos azules hasta los más pequeños detalles de mi oficina y brindando de inmediato su sonrisa de corazón que casi nunca lo abandonaba.

Tras un efusivo abrazo y unas palmadas en el hombro serví un par de copas de bourbon con hielo y lo invité a sentarse en mi antiguo y cómodo sofá de la oficina. Sería una conversación entre dos viejos camaradas y no una consulta entre mi mejor cliente y yo.

—¿Conseguiste por fin el préstamo en el Sberbank? —Habíamos hecho malabares entre los dos para que los analistas de crédito y el mismísimo directorio del banco dieran su aval para que Miroslav pudiera comprar las dos fábricas en la India e Indonesia y fabricara sus prendas para un mercado más competitivo, el de las prendas de diseño Pret-a-Porter.

—Sí. El próximo mes viajamos a Tamil Nadu para firmar el contrato y comenzar con la producción a gran escala, compraré las dos fábricas de Simar Kapoor. —Miroslav sabía que era un negocio riesgoso, pero la cantidad de millones que tenía planificado ganar compensaría todo riesgo.

—¿Cuánto tiempo de gracia te dieron? —Eran detalles que no pude negociar porque eso solo era atribución del banco. Incluso era atribución de una sola persona, el jefe de la oficina de créditos de producción industrial.

—Dos años con cargo de devolver gran parte del capital. —Miroslav sonreía y su rostro me demostraba el convencimiento absoluto que tenía sobre la operación—. Pero no he venido a hablar de eso contigo amigo mío.

—Bien galán, ¿qué te trae por esta humilde oficina ahora? —Sonreí mientras acercaba mi copa a la suya para brindar—. ¿Acaso es una nueva y bonita mujer?

—Nueva no, bonita sí. —La mirada de Mirko no era la de un hombre conquistador y triunfador que se había atrevido a sus cincuenta y cinco a enamorar a una joven modelo contratada para su última colección. La mirada de mi amigo revestía nostalgia—. ¿Recuerdas a Ivana Plisetskaya?

Cómo no iba a recordar a la hermosa chica que enamoró a Miroslav hasta hacerle perder la cabeza, la mujer y el hijo que tenía en ese entonces. Fue un romance tórrido y murió tan rápido como había nacido, pero dejó una huella tan profunda en el corazón de Mirko que su cicatriz permanecía eterna y diría yo que a veces, solo a veces, volvía a sangrar.

Una bella y atrevida Ivana Plisetskaya visitó por primera vez el atelier de Miroslav cuando tenía apenas diecisiete años. Aunque ya poseía experiencia como modelo y cautivaba a chiquillos y adultos con su intensa mirada de jade y su sonrisa esquiva, ella todavía seguía siendo una novedad. Era casi imposible hacer sonreír a tan preciosa damita, por eso el día que se conocieron Miroslav la trató como correspondía, ella era una bonita modelo joven y él era un hombre casado con una cautivadora ex top model, con un bello hijo púber y con el éxito sonriéndole por todos lados.

Miroslav inspiró su siguiente colección en la atrevida y traviesa jovencita. Ella gozaba del frescor de su edad y tenía el atributo de enloquecer a los hombres con su postura de niña inocente cuando en verdad estaba jugando a la seducción con ellos. Eso lo pude comprobar una noche que visité a mi amigo en su taller. Durante todo el día había intentado comunicarme con él para hablar sobre la firma de un convenio con una reputada cadena internacional de almacenes y a lo largo de esas horas me ignoró por completo.

Al atardecer, Annie la secretaria de Mirko me confirmó que él estaba desde hacía horas en su taller ensayando con las telas y los patrones e inventando moda basada en la belleza de Ivana. Sin escuchar el consejo de la mujer para que lo buscara más tarde, me propuse hablar con Mirko en persona y aparecí de improviso en la sede de la que sería años más tarde su gran casa de modas. El guardia me dejó pasar porque me conocía muy bien y yo caminé hasta el taller del segundo nivel sin hacer mucho ruido. Cuando lo encontré él estaba con un cuaderno abierto sobre la gran mesa de trabajo dibujando unos patrones mientras que Ivana se encontraba de pie cubierta solo con un corte de tela blanca casi transparente con estampados negros sobre la mesa mirando cómo Mirko la dibujaba.

Mi amigo parecía estar a los pies de una diosa y ella lo miraba mordiéndose el dedo meñique, divertida y poderosa. Cuando me vio entrar en el taller ella solo me sonrió y me dijo un “hola” como si estuviera hablando a un amiguito suyo, Mirko se sonrojó y trató de disimular la situación mostrándome sus creaciones.

Miroslav estaba destinado a caer en las suaves redes que tendía esa pequeña araña y sin darse cuenta un día se sintió prisionero de ellas. Un año después llamó para invitarme a tomar un par de copas y contarme con algo de miedo y algo de emoción en la mirada que él y la pequeña diva habían tenido una fiesta privada en un hotel de Grecia donde se llevó a cabo un festival importante de nuevos diseñadores.

Le sugerí que solo la viera como una ocasional amante porque era tan joven que me hacía dudar sobre sus sentimientos hacia mi amigo. Pero el corazón terco de Miroslav no me escuchó y decidió arriesgar todo por Ivana.

La separación con Angélica, su primera esposa, no fue tan difícil porque ambos acordaron dejar todo en el pasado y dividirse los bienes que tenían; pero ella, como muchas mujeres en el mundo, usó un arma infalible para hacer sentir a Mirko algo de su dolor: decidió dejar San Petersburgo y se llevó consigo al pequeño Víctor. Jamás le dijo algo malo al chico a cerca de su padre; sin embargo, la distancia fue la que hizo un mejor trabajo y con el tiempo los dos se convirtieron en unos perfectos desconocidos que hablaban por teléfono solo por compromiso y muy de vez en cuando se reunían en alguna ciudad del mundo.

Todo ese sacrificio y dolor hubiera estado justificado si Ivana hubiese amado de verdad a Miroslav. Cuando menos lo pensó él, la hermosa modelo cayó cautivada por la extraordinaria belleza de un joven. Modelo como ella, era deseado, cotizado y arrogante. Siempre que pienso en él creo que esa fue la mejor estrategia que usó para hacer suya a Ivana, un hombre que no contemplaba sus caprichos y que la trataba con indiferencia.

El día que Miroslav por fin obtuvo el divorcio y viajó a Moscú para contarle a Ivana su logro y pedirle vivir juntos y hasta tal vez proponerle matrimonio, ella partía con el modelo hacia Alemania dejando sus sueños de lado y el corazón de mi querido amigo completamente roto.

No volvimos a saber nunca más de ella. Años más tarde conocí por algunos amigos que el modelo la había dejado y se fue con otras chicas a disfrutar su vida de excesos hasta que su familia tuvo que hacer una intervención y dejarlo dentro de una casa de rehabilitación. Después de eso tampoco supe más de él y no me interesó averiguar.

Mirko se derrumbó y durante casi un año deambuló en medio de la nada sin poder definir su situación, si seguir trabajando para otras firmas o construir la propia. Hasta que una mañana se puso en pie, me llamó del aeropuerto de Moscú y me dijo que volvía a San Petersburgo con un pequeño proyecto.

Un proyecto en el que puso todo su amor, sus noches de insomnio, su corazón roto, sus lágrimas y sus sonrisas, su esperanza y sus recuerdos. Así nació Nefrit, la gran empresa de ropa exclusiva que alcanzó el brillo internacional en la siguiente década. Miroslav jamás se repuso del golpe que le dio la hermosa Ivana, nunca intentó averiguar nada más de ella y pensó dejarla en el pasado. Sin embargo, cada vez que observaba el logotipo de su empresa y el nombre yo sabía que la recordaba.

Miroslav se convirtió en el hombre soltero más cotizado de Rusia y nunca más abrió su corazón a ninguna otra mujer porque según me confesó un día, tenía la esperanza de volverla a ver y tal vez volver a vivir algo nuevo con ella. Mirko estaba dispuesto a perdonar. Yo lo escuchaba y chocaba mi vaso lleno de whisky o vodka contra el suyo esperando que un día sea otra la mujer que conquistara la mirada azul de Miroslav.

—¿Volviste a verla? —Saber de Ivana había sido siempre el sueño oculto de mi amigo, aunque con la pena que le causó no se empeñó en buscarla.

—No, pero me encontré la otra mañana con su padre. —Miroslav había conocido al señor Plisetsky el día que el anciano le pidió con determinación que no se burlara de su hija, que si ya la había hecho su amante se responsabilizara por ella—. Y adivina qué.

Mis ojos curiosos exploraron los de mi amigo encontrando la huella de la pena en ellos. Yo conocía tanto a Miroslav que podía decir con exactitud cuándo hablaba con la verdad, cuando mentía y cuándo escondía algo.

—Ivana falleció a las horas de dar a luz a un pequeño diablillo. El viejo Nikolai se encargó de él hasta ahora. —Pude observar que mi amigo intentaba pasar esa sensación amarga y ésta se trancaba en la garganta—. Ahora es un chiquillo de unos trece o catorce, hábil, de mal carácter y muy bonito, casi tan bonito como mi Ivana.

“Mi Ivana”.

Cada vez que Mirko la recordaba con amor y nostalgia la llamaba de esa forma, pero esa tarde mi mejor amigo pronunció su nombre con tanta amargura que pude sentir el dolor en sus palabras.

—¿Sabes quién es el padre? —Una chica como ella, tenía tantos galanes como contratos de trabajo y no me hubiera sido raro que no supiera quién era el papá de su niño.

—El tipo por el que me dejó. —Qué amargo recuerdo debía ser ese para mi amigo. Yo supuse que esa fue la razón por la que la rubia jamás regresó a las portadas de las revistas ni a las pasarelas ni mucho menos a los brazos de Miroslav—. No reconoció al niño, ella murió debido a la presión alta y su padre le puso su apellido al pequeño.

—Toda una tragedia, Mirko. —Brindamos en silencio por la historia triste de Ivana, de su padre y de ese niño.

—El viejo Nikolai está enfermo, muy enfermo. Lo encontré en la sala de una clínica de Moscú donde me atendí por la emergencia de mi torcedura de pie y lo reconocí de inmediato. —Mirko cerró sus ojos y con voz la voz muy baja casi como si me estuviera confesando algo muy privado me contó la situación—. Las quimioterapias ya no le están haciendo efecto y es cuestión de tiempo para que se ponga aún más enfermo. Yakov, el hombre se está muriendo.

—Qué pena. —Era triste la situación de un señor al que no pude conocer más que de vista cuando acompañé a mi amigo hasta su casa para asegurarle que el proceso de divorcio estaba en marcha y tras éste, Mirko se casaría con Ivana.

—Tengo que pedirte un favor Yakov. —No fueron las palabras de Miroslav las que me hicieron estremecer ese momento. Fue su mirada decidida y llena de algo que tal vez nunca pude sentir por los desconocidos, compasión y amor incondicional.

—Mientras no me pidas mi mano en matrimonio tienes mi aprobación. —Intenté bromear para relajar la tensión del momento y luego me quedé callado escuchando su propuesta.

Lo que Mirko me pidió esa tarde lluviosa no lo haría cualquier hombre, solo alguien que jamás dejó de amar a una muchachita hermosa y traicionera. Sabiendo que Nikolai Plisetsky estaba muy enfermo y que su nieto Yuri quedaría en la absoluta orfandad, Miroslav decidió ser padre de ese muchachito.

Pero no quiso hacer un trámite de adopción, lo que él decidió fue reconocer a Yuri como su propio hijo y me pidió que me encargara del trámite y de presentar los exámenes de ADN alterados para su reconocimiento. Mirko sabía muy bien que yo podía hacerlo, con los contactos adecuados yo podría conseguir algún milagroso test que dijera que Yuri era su hijo legítimo y que después de mucho tiempo lo estaba reconociendo.

Una vez más apoyé la nueva idea loca de mi amigo, pero puse como condición manejar con discreción el asunto, pues Víctor debía enterarse de la historia tarde o temprano, pero debía hacerlo de una forma que le permitiera sentir agrado por la novedad.

Cuando los exámenes de paternidad estuvieron hechos y los resultados hablaban de una filiación real, Miroslav me hizo jurar que este evento quedaría como un secreto entre Nikolai Plisetsky, él y yo. Nadie, ni siquiera Víctor —y mucho menos Yuri— debían saber que esos exámenes de ADN eran trucados.

Miroslav tenía una muy buena razón para hacer lo que estaba haciendo. Aun amaba a Ivana y no quería que Yuri supiera quién en verdad era su padre. Un tipo tan caótico y fuera de sí no se merecía el recuerdo ni el sentimiento bueno o malo de un jovencito como Yuri. El chiquillo no se merecía tener un padre que solo era un simple despojo.

Tres meses después del pedido, Mirko convenció al chaval de tomarse la prueba de sangre y cuando un muy cercano amigo de un laboratorio expidió su falso y oneroso veredicto, para todo el mundo quedó registrado legalmente que Yuri Plisetsky estaba siendo reconocido, firmado y confirmado como Yuri Nikiforov.

Dos años más tarde yo me encontraba asistiendo a una convención internacional de derecho penal en Londres cuando mi querido amigo Mirko me llamó desde el aeropuerto Púlkovo porque su hijo Yuri le había llamado desesperado desde el Hospital Clínico Central de Moscú donde su abuelo estaba siendo atendido por el cáncer que padecía, para decirle que Nikolai había fallecido de un momento a otro y que no sabía qué hacer estando tan solo.

—Yakov voy a alquilar un auto para estar junto a Yuri, él me necesita en este momento más que nunca. —La voz emocionada de Miroslav me confirmaba que el momento de decir “su verdad” al mundo ya estaba próximo—. Por favor prepara todo para que pueda hacer el traslado de colegio de Yuri. Después del entierro lo traeré a Peterburg para que viva bajo mi custodia.

—La custodia legal será un simple trámite ante la Secretaría de Familia, pero desde ahora ya puedes tomar tus primeras decisiones como padre de Yuri. —Sabía que esa idea animaba mucho a mi amigo pues él quería darle lo mejor al muchachito.

—Yakov después del mes de duelo tendré que reunirme con Víctor para que conozca a su “hermano”. Aunque no hemos estado muy unidos, siempre fue un joven tranquilo y comprensivo conmigo, sé que entenderá y bueno… será una gran sorpresa para él y supongo que lo tomará con calma y hasta creo que le entusiasmará la idea—. Mirko se sentía tan feliz, aunque las circunstancias no eran las mejores. Se había propuesto ser un buen padre para Yuri. Tal vez ese que no pudo ser con Víctor.

—¿No puedes esperar que pase la tormenta para ir a Moscú? —El temporal era tan duro que los aeropuertos del norte de Rusia tuvieron que cerrar varias horas.

—Yuri está solo y en este momento soy yo lo único que tiene. —Con ese argumento no me atreví a oponerme a mi amigo.

—Cuídate y cuando llegues a Moscú llámame de inmediato.

—Gracias Yakov, sé que todo lo estoy dejando en buenas manos.

Esa frase jamás saldrá de mis recuerdos, porque de alguna manera mi mejor amigo estaba dejando bajo mi responsabilidad las acciones que debían tomarse en el futuro.

Mirko no llamó y en su lugar un agente de una delegación policial de Moscú me llamó al día siguiente casi al atardecer para darme la más difícil noticia que un amigo puede escuchar.

Casi sin aliento corrí al aeropuerto y rogué a la señorita de una línea aérea para que me vendiese un asiento, no importaba cual, en el próximo vuelo a Moscú; pero me negaron la posibilidad porque ese día una gran tormenta invernal azotaba las principales ciudades de Rusia y no podría viajar hasta después de dos o tres días.

Sabiendo que debía quedarme en Londres llamé a Víctor el heredero mayor y le dije que viajara a Moscú de urgencia porque su papá sufrió un accidente y le dejé el número de referencia del policía que me comunicó la fatal noticia. Después llamé a mi exesposa Lilia, la mejor amiga de Miroslav y su mano derecha en la empresa, le comuniqué nuestra tragedia y ella se quedó en silencio durante un largo minuto en el que solo podía escuchar su respiración. Los dos lloramos por el teléfono, ambos amábamos a Miroslav y lo reconocíamos como el mejor amigo que tuvimos antes y después de nuestro divorcio.

Dos días después, sabiendo que me esperaban horas tensas y dolorosas, recién pude volar a Moscú. Debía hacerme cargo de ayudar a Yuri “su segundo hijo” a enterrar a su abuelo y tramitar ante la Oficina de Bienestar del Menor cuál sería el futuro del adolescente.


—Tuve que tragarme mis lágrimas cuando llegué a la ciudad y supe que tú ya habías trasladado a Miroslav a San Petersburgo y los oficios mortuorios se estaban llevando a cabo. —Yakov mostraba en la mirada el dolor intenso que todavía le provocaba el recuerdo de la trágica muerte de mi padre—. No pude asistir al entierro de mi amigo porque tuve que acompañar a Yuri a decirle adiós a su abuelo y dejarlo en casa bajo la custodia de una trabajadora social hasta que el Estado me nombrase su tutor provisional. Fue difícil volver a San Petersburgo para solo poder asistir a la misa de octavo día de fallecimiento de Mirko y dejar solo a tu hermano para que termine el colegio, solo así podría estudiar sus años de preparatoria secundaria.

Yakov había repitió la palabra hermano de forma natural y yo todavía no podía deshacerme de la sensación de sentir a Yuri parte de mi sangre. No podía verlo como el hijo de Krazniuk. El viejo abogado siguió contando los últimos detalles de una historia que jamás pensé escuchar.

—Fue un mes difícil para mí y para Lilia. A pesar de su dolor por haber perdido a su mejor amigo, ella fue mi gran apoyo. Como siempre me ayudó a encontrar soluciones porque aún si dejó de ser mi esposa, nunca dejó de ser mi amiga.

Ese era otro asunto que siempre tendría a Yakov con el corazón abierto. Lilia fue y será su amor eterno.

—Después de un agitado mes, después de tantos viajes entre San Petersburgo y Moscú, después de visitar tantas oficinas, después de muchos papeles, firmas y sellos regresé una mañana de abril a mi despacho con un amigo menos, con un chiquillo huérfano en camino, con un testamento por leer y con un secreto que juré jamás revelar.

Yakov calló y pareció buscar en el fondo de la habitación un consejo de alguien que no estaba presente, ese amigo al que acababa de traicionar en nombre de la verdad.

—Víctor piensa bien lo que vas a hacer. Entre tu padre y Yure Krazniuk hay tanta diferencia —me dijo casi suplicante—. Te puedo asegurar que Yuri llegó a amar a tu padre de alguna forma tanto que el trabajo de Mirko inspiró su vida.

—Yuri está perdido y ese toque especial que tenían sus diseños en Nefrit parece haber desaparecido —defendí mi posición y ese amor que otra vez galopaba en mi pecho—. Tal vez mi padre no lo inspiró tanto y solo fue una ilusión o tal vez él ha perdido la línea del horizonte porque yo era su verdadera fuente de inspiración y sin mí…

—Lo que más necesita Yuri es un hermano que lo apoye, no un amante que le desmorone la vida por el simple deseo que vivir felices para siempre. ¿Has pensado si con el tiempo, cuando el fuego del amor decae como es natural, tal vez Yuri y tú se cansan de vivir juntos y esta relación se enfría?

—Esa es tu historia Yakov y creo que yo haría todo lo posible para no repetirla.

—Sí, es mi historia y ustedes escribirán las vuestra y si pasa lo que la experiencia me dice que puede pasar, Yuri se quedará sin sueño, sin padre, sin hermano y allí sí que la va a pasar muy mal.

—Amo a Yuri y ahora nada ni nadie nos van a apartar. Ni los temores de mi madre, ni las mentiras, ni la hipócrita moral de gobierno ruso, ni el mundo entero.

—¿Y tu esposa?

—Le compensaré por el dolor que le voy a causar.

—Espero que te pida la mitad de todo y ni así podrás compensar su dolor.

Mi anhelo de recuperar a Yuri y todo lo que viví con él era tan grande, que me había olvidado de Anya. Ella estaba en París trabajando en la revista y esperando por mí. Una vez más me sentí un canalla, pero sería la última vez, me juré.

—Víctor piénsalo bien, Yuri no merece a un padre como Krazniuk.

—Yuri también merece conocer la verdad.

—No sé si sepas, pero Yuri ha estado saliendo con otras personas ¿Te has puesto a pensar que tal vez ya no te ama?

Olenka me había dicho que Yuri estaba perdido sin mí, pero tenía que admitir que existía la posibilidad del desamor.

—Solo cuando esté seguro de que entre él y yo todavía existe una vida por vivir juntos y un amor que rescatar, le diré la verdad.  

—Mirko hubiera querido tanto que ustedes dos se amaran como hermanos, que tú contaras con un familiar cercano cuando la vida te dejara sin él y sin Angélica. —Yakov se acercó a la pared del lado derecho de su escritorio, corrió un cuadro que era la puerta de su caja fuerte, pulsó la clave y sacó dos objetos de un doble fondo: un sobre blanco muy grande y un puro.

Retornó con ambos objetos en la mano, puso el sobre en la mesa y después de quebrar la punta del habano me pidió que lo encendiera, lo hice y cogí el sobre, de él extraje dos documentos, uno era el certificado de filiación de Yuri y el otro su prueba de paternidad, pero en el sobre quedó otro documento más. Cuando lo tuve entre manos vi que era la prueba de paternidad original, donde constaba el resultado negativo de relación parental entre Yuri Plisetsky y Miroslav Nikiforov.

Al ver los documentos no pude evitar un largo suspiro de alivio y satisfacción porque al fin tenía frente a mí esa luz que me conducía una vez más a Yuri. Volvería a conquistarlo como lo hice alguna vez y mandaría al tacho los comentarios de la gente. Solo me interesaba saber lo que mi hermano tendría que decirme.  

Pero cuando las alegrías, las desgracias y las revelaciones se presentan en tu vida, muchas veces no vienen solas. Ese día la vida me reservaba una sorpresa que jamás hubiera querido conocer.

—Vitya falté a mi promesa y para ser sincero contigo ahora quiero que me digas algo con la misma sinceridad con la que te he hablado. Quiero saber si fue Angélica quien te dijo algo sobre Krazniuk. —Me sorprendió que hablara con tanta seguridad sobre mi madre.

—¿Por qué metes a mi madre en esto? —Me sentí bastante indignado con la actitud del amigo de papá.

—Tu mamá nunca quiso a Yuri, jamás aprobó su presencia en tu vida porque cada parte de él le recordaba a Ivana y al tiempo menos feliz de su vida.

—Lo sé, pero qué tiene que ver eso con Yure Krazniuk.

—Hace casi cinco años tu madre llegó a esta oficina. Estaba al borde de la histeria y tuve que llevarla a pasear en mi auto. Recuerdo que decía cosas extrañas como que tú habías perdido la cabeza y que debías volver por el buen camino. Pensé que me estaba hablando sobre tus salidas con mujeres y tus noches de alcohol; pero cuando se calmó pude comprender que se trataba de algo para lo cual no estaba preparado.

—Sigo sin entender qué tiene que ver mamá con lo que he venido a hablar contigo, mi madre no tiene ni idea…

—Tu madre me dijo que tenía la sospecha que Yuri trataba de seducirte. Me contó que los descubrió en tu departamento en una actitud poco natural para dos hermanos y que hasta tu ruptura con tu novia no le parecía una simple coincidencia. —Mi armadura cayó y hasta pude sentir el momento en el que mi corazón cambió de ritmo—. No quise creerle y como ella tenía algunas dudas sobre su propia teoría me pidió que le recomendara a algún amigo mío para que los investigara.

—¿La ayudaste? —pregunté con tanto temor.

—Le dije que era peligroso que cualquier persona estuviera tras de ustedes y que se olvidara del asunto, pero insistió llorando con tanta desesperación que terminé cediendo. —Yakov caminó al bar y se sirvió otra copa más—. Le di el nombre de un antiguo compañero de facultad que trabajó algunos años conmigo en un estudio de abogados y luego se asimiló al ejército. Es un hombre ya retirado que puso una agencia de investigación privada.

—¿Alexandr algo más? —pregunté y aterrado vi que él afirmaba con un movimiento de cabeza. 

—Alexandr Novikov —dijo con mucha seguridad—. Aseguré de recomendarle a un hombre muy profesional y discreto para que, si las sospechas de Angélica resultaban ser verdaderas, no existiera peligro de fuga de información. —Yakov se llenó el vaso hasta la mitad y sujetándolo se aproximó lentamente al sillón—. Un mes después tú dejabas la ciudad y viajabas a París y yo pensé que tu madre te convenció de dejar Rusia y a Yuri, pero como quedé con esa duda, busqué a este compañero y aunque traté de sacarle información, no me dijo nada porque su ética profesional le impedía revelar datos que solo eran importantes para su cliente.

—Ese hombre me llamó un día y me recogió en un coche muy cerca de la casona de Nefrit. —Sintiendo un gran hueco dentro del pecho recordé la voz y el rostro del hombre que me amenazó—. Me dijo que era un coronel de la policía secreta, me mostró unas fotografías que nos tomó a los dos y me dijo que tenía solo dos semanas para abandonar Rusia y dejar a Yuri para siempre. Si no lo hacía y si llevaba a Yuri a vivir a París sería denunciado ante las autoridades de todo el mundo.

Yakov sacó su celular, pulsó varias teclas y movió la pantalla con rapidez. Cuando obtuvo lo que quería me mostró una fotografía en la pantalla y yo reconocí al hombre que mi madre financió para separarme de Yuri.

—¡¿Cómo pudiste?! —Estaba asustado porque para ese momento no sabía en quién podía confiar y quién no.

—Yo solo le recomendé una persona que la ayudaría y francamente pensé que ella estaba loca.  Angélica estaba tan desesperada y ahora veo que confirmó sus sospechas. —Yakov sorbió una buena porción de su trago y guardó su celular en el bolsillo del saco—.  Yo también me quedé con una pesada sensación y, a pesar de no saber el resultado de esa investigación, con el tiempo y tus supe que algo había de verdad en lo que me dijo tu madre.

—Pero tú me dijiste que Lilia fue quien te dijo todo.

—Lilia no dijo una sola palabra. —Yakov juntó las cejas otra vez cuando hablé de la gran dama—. Cuando Yuri tomó esas pastillas yo sospechaba cuál podría ser el motivo y cuando le exigí a Lilia la verdad ella calló y agachó la cabeza. Su silencio me hizo deducir que tu madre tuvo la razón todo el tiempo y pensé que por temor a ella dejaste a Yuri.

Esa fue una dolorosa revelación, pues todos esos años pensé que la gran dama de la moda había sido la infidente. Que por miedo o desesperación le había dicho a Yakov que Yuri y yo manteníamos un romance clandestino. La había juzgado tan mal y me moría de vergüenza por haber dudado de ella.

—Si tu madre logró apartarte de Yuri con esta treta, entonces no tenía motivos para que supieras de la existencia de Yure Krazniuk. —Yakov se acomodó hasta el fondo del sillón— ¿Quién lo hizo?

—Un familiar cercano de Krazniuk y que, de alguna forma, ha estado cuidando de Yuri todo este tiempo. —No quise revelar el nombre de Olenka y no tenía por qué darle más explicaciones a Yakov. Sentí que él no se merecía mi respeto por haberme mentido y por haber socapado a mi madre, aunque fuera indirectamente.

—Lo siento, Víctor —Yakov me miró con pena y resignación, sabiendo que la suerte de Yuri ya estaba echada—. Nunca quise que las cosas pasaran de esta forma.

—Yo también lo siento, Yakov. —Me puse en pie y camino a la puerta de la oficina me despedí del viejo amigo de papá con una ligera venia. Salí de su oficina sintiendo un revoltijo en la cabeza, el corazón y el estómago por la ansiedad, la pena y el enojo.

Había ido a la oficina de Yakov para conocer de sus labios la historia de cómo Yuri llegó a ser mi hermano y me encontré con la historia de quién en verdad nos había apartado. Uno nunca puede sospechar de un ser querido y mucho menos de una madre, pero a veces la vida nos sorprende de maneras misteriosas y crueles.

Estaba muy feliz al saber que Olenka tenía razón y tener en mis manos el sobre que me acercaba a Yuri y al mismo tiempo estaba triste y enfurecido con mi madre. Ella me había mentido y había sido capaz de urdir un plan que afectó mi vida, la de Yuri y la de Anya.

Mi retorno a París desataría un gran sismo en mi vida familiar y conyugal, uno que prometía dejarnos heridos a mi madre, a Anya y a mí; pero todas esas heridas valdrían la pena si llegando a Nueva York y mostrando a Yuri ambas verdades, podríamos por fin estar juntos y amarnos en libertad.

Me esperaban días bastante dolorosos, sería triste confrontar a mi madre. Lo haría con la paciencia y el amor que seguía sintiendo por ella a pesar del dolor que me causó. Quería verla a los ojos y que me dijera sus motivos, quería entenderla para que pudiera encontrar la ruta rápida del perdón entre lo que ella me hizo y lo que yo le iba a hacer con mis decisiones futuras.

Tal vez el dolor que le causaría saber que volvería a Yuri sería una forma de compensar aquel que nos provocó cuando, con sus tretas, logró separarnos.

En el avión preparaba mis palabras y me decía a mí mismo que no buscaría justificaciones, solo diría la verdad de mi corazón y es que me sentía muy preparado para afrontar todas las consecuencias y para enfrentar al mundo por amor a “mi niño”.

Nota de autor:

Solo quiero dejar esta pregunta: ¿Será conveniente que Víctor cuente la verdad a Yuri?

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

2 comentarios sobre “Tabú 83

  1. Hola, nunca me imaginé q la mamá d Víctor estuviera tras su ruptura con Yuri, ojalá y logren recuperar su relación d hermanos y q encuentren su verdadero amor, me gusta para Yuri el director d su escuela y para Víctor me preguntó – donde estas cerdito cuando más t necesitan? Saludos

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