Tabú 82


Aprendí que el día de acción de gracias los estadounidenses se permiten compartir más que una cena en familia o con amigos. Muchos de ellos festejan este día con tanto o más recogimiento que la navidad.

Caminaba por la 9th Street rumbo a mi departamento, después de haber sometido a mis músculos a ciento veinte minutos intensos de entrenamiento en el gimnasio, cuando me encontré con Bradley Kelly que bajaba de su lujosa Navigator del año, empaquetado en un largo abrigo de fina lana. Para ese momento el atractivo director de la Parsons y yo solo compartíamos un cordial saludo y alguno que otro diálogo académico en las aulas y los pasillos de la escuela o donde la vida nos juntaba. Era una tensa relación de un alumno con su profesor y digo tensa porque sentía como si el hombre apretara mi cuello cada vez que miraba los catálogos que trabajaba sin descanso y solo elevaba la ceja derecha sin ningún gesto en el rostro.

Esa tarde Kelly tenía las manos cargadas de bolsas de compras que acomodaba sobre las gradas de su edificio y también intentaba detener a un hombre alto de unos treinta años que se balanceaba en forma extraña en la puerta del copiloto de su auto. Me acerqué a Kelly y al reconocerme bajo la chaqueta de mi ropa deportiva me sonrió.

—¿Te ayudo? —le dije con esa confianza que nos había unido las noches de nuestros furtivos encuentros.

—Por favor, Yuri —exclamó algo exhausto y me entregó una gran bolsa de papel llena de víveres que acomodé entre mis brazos, así como dos bolsas ligeras que colgó de mis manos.

Kelly dio en alcance al hombre que seguía sujetando la puerta del auto y se movía de un lado a otro sin control. Pensé que era ese compañero del que me habló en un par de ocasiones cuando entre brindis y brindis abrimos un poco el corazón y también pensé que el hombre estaba borracho, pero cuando lo vi de cerca no me cupo duda alguna que aquel sujeto tenía problemas neurológicos. Balanceaba su cuerpo de adelante hacia atrás y a veces a ambos lados, balbuceaba en lugar de hablar, parecía sonreír todo el tiempo y giraba la cabeza sin parar de izquierda a derecha. Kelly lo llevó del brazo y le ayudó a subir los seis escalones que separaban la puerta de la acera. Ingresaron con cierta lentitud y yo entré detrás de ellos llevando las bolsas de compras.

En el ascensor el hombre acercó su rostro al de Kelly y juro que no logré entender lo que decía, pero el director sí lo hizo.

—No te preocupes, este chico nos está ayudando —respondió mi director y el hombre me miró y abrió su sonrisa de par en par. Yo desvié la mirada al tablero de botones porque no sabía qué hacer.

Dentro de su lujoso departamento, Kelly acomodó al hombre en un sillón que había dispuesto cerca de la ventana de la cocina y puso una lista con los éxitos de Pearl Jam. Yo ingresé con los paquetes a la cocina y los acomodé todos sobre el mesón que se hallaba junto a la refrigeradora.

—¿Qué harás esta noche? —preguntó Kelly.

—Dormir, supongo —respondí sin emoción.

—Ven a cenar con nosotros —propuso mi director con una suave sonrisa que acentuó esas pequeñas arrugas en sus ojos.

—Te puedo preguntar ¿quién es él? —No pude ocultar por más tiempo mi curiosidad.

—Mi hermano menor —dijo Kelly con orgullo y volteó la mirada hacia el sillón donde el hombre parecía pelear con una manta.

Acepté la invitación porque esa noche del día de acción de gracias, Mila viajó a Toronto para pasar la festividad junto a Otabek y sus amigos, pero yo no pude unirme a su fiesta porque al día siguiente tenía una presentación de un trabajo importante. Uno de los últimos de mi carrera que ya estaba a punto de terminar.

Llegué puntual y llevé una botella de vodka y una de licor de mango que una amable señora me ofreció en el almacén más cercano a mi departamento que encontré con menos gente. Entré en el departamento de Kelly y lo vi distinto, no era el frío y bonito lugar donde un soltero recibe a los amigos. Tenía mantas en los sillones, algunos juegos de mesa abiertos, aroma a comida y la televisión estaba encendida. Parecía un verdadero hogar.

—¿Te ayudo con algo? —Me ofrecí para no quedarme en la sala con su hermano. Solo con verlo me ponía nervioso.

—Todo ya está listo —dijo entrando a la cocina—. Además, tú eres nuestro invitado.

Tuve que sentarme en la sala y permanecer casi inmóvil. Lo hice en el sillón más lejano al hombre que miraba las caricaturas viejas de Bugs Bunny y reía como si fuera un niño de dos años. Pese a que no deseaba mirarlo mis ojos no podían obviar los continuos movimientos de su cuerpo y la nerviosa forma cómo le temblaba el brazo izquierdo. Él me miró y sonrió señalando el televisor, yo asentí con una ligera sonrisa y clavé la mirada en la pantalla. Estaba incómodo con él porque no sabía cómo tratarlo, qué hacer, qué decirle, cómo mirarlo. Nunca había estado en una situación similar y me sentía tonto porque ignoraba la forma cómo se interactúa con una persona que tiene otras habilidades.

Kelly salió de la cocina y comenzó a acomodar la mesa. Yo me puse en pie para ayudarlo y de esa forma salir de la situación con su hermano, pero con la amabilidad de siempre el hombre se acercó a la sala hasta llegar junto a su hermano y me pidió que siguiera sentado.

—Él es Martin —me dijo y cuando el hombre escuchó su nombre paró de reírse y acercó la frente al rostro de Kelly—. Martin él es Yuri y viene de Rusia. Es nuestro invitado esta noche, haz que se sienta bien.

El hombre me miró, me señaló con los dedos y pareció pronunciar algo similar a mi nombre, luego estiró la mano y me pidió que me sentara junto a él. Accedí para no ser descortés, pero en el fondo deseaba que me hubiera ignorado.

—No te pongas nervioso, Yuri —me dijo Kelly que creo adivinó por mi mirada mi sentir—. Marty es un buen muchacho y le gusta ver muchas caricaturas.

—Perdón. —Me disculpé porque mi reacción fue obvia, casi como un rechazo natural—. Es que no sé qué hablar con él.

—Solo acompáñalo a ver la televisión y comenta todo como si hablaras con cualquier amigo o conocido tuyo. —El director Kelly fue muy amable al tratar de hacerme sentir bien.

Me senté junto a su hermano y tal como dijo, él solo miraba las caricaturas, señalaba a los personajes y se reía sin control de las partes graciosas, en especial cuando el Pirata Sam disparaba sus pistolas. De reojo miré el perfil de Martin y lo encontré idéntico al de Bradley, pero era difícil pensar que era su hermano menor, pues parecía tener unos quince años más y su aspecto general era algo descuidado.

Tras de nosotros Kelly organizaba la mesa y tarareaba algunas canciones y sin darme cuenta yo empecé a sentirme más tranquilo a pesar de los movimientos involuntarios y las risas estrepitosas de su hermano.

La cena servida en la mesa y la voz de Kelly llamándonos nos movieron de ese sillón. Martin se levantó con cierta dificultad, yo quise ayudarlo, pero me rechazó. Según su hermano, lo hizo porque quiere sentirse independiente. Sin embargo, tuvo que ayudarlo a sentarse en una silla especial con brazos y ajustar su cuerpo con una especie de arneses de cuero que le permitieron acomodarse bien. 

Cuando la cena comenzó, ellos rezaron y yo agaché la cabeza. El hermano de Kelly juntó las manos y entonces me di cuenta de que él estaba muy consciente de todo lo que sucedía a su alrededor. Tal vez si no tuviera tantos temblores en el cuerpo, sería un hombre muy serio y callado, pensé.

Entonces vi algo que jamás pensé que el excéntrico y duro director Kelly haría. Le dio de comer a su hermano cucharada a cucharada; le dio de beber, sorbo a sorbo; limpió sus labios continuamente porque no podía retener totalmente los alimentos en la boca. Acomodó su cabello varias veces hacia atrás, le dijo que estaba muy largo y que al día siguiente lo llevaría a un lugar muy especial para que se lo cortaran. Kelly cenó a medias y le comenzó a contar a su hermano que yo era uno de los mejores alumnos de la escuela de diseño y que podía ser mejor. Le dijo que mi nombre se traducía al inglés como George y que había nacido en Moscú.

Luego me animó a que le cuente cómo era mi ciudad natal y yo le hablé del río Moscuá y del Gorky Park cuando se congelaban en invierno y nos permitía a los moscovitas patinar. También le dije que cuando era adolescente me dedicaba al parkour y saltaba entre veredas, escaleras, pasamanos, parques, edificios abandonados; pero que no lo hacía más en Nueva York porque no tenía amigos que lo practicaran y no era divertido hacerlo solo.

Martin me miraba y parecía sonreírme de verdad, lo digo porque siempre parecía estar sonriendo de la nada, pero en el momento que yo conté mis pequeñas aventuras su mirada exploraba con intensidad la mía. Procuré hablar como hablo con cualquier persona que recién conozco y comí con lentitud para esperar a Kelly que casi no probó bocado.

De pronto Martin hizo un gesto que me pareció que Brad comprendió bien y tras tomar un trago más de agua y un poquito de vino, el director limpió los labios y el mentón de su hermano por centésima vez.

—¿Satisfecho? —le preguntó y Martin asintió con la cabeza varias veces—. ¿Quieres ver más televisión o quieres ir a tu dormitorio? —Martin escogió la televisión señalando con la mano.

Kelly lo llevó a la sala, le quitó las pantuflas, le ayudó a estirarse por completo en el sofá, le cubrió los pies con una manta y le preguntó si el canal que sintonizó estaba bien. Martin afirmó con esa voz que parecía un lamento. Entonces los dos hermanos se miraron en silencio, Bradley Kelly estaba de cuclillas con el rostro elevado y Martin lo miraba desde arriba. Kelly sonrió con cariño y Martin le acarició la cabeza suavemente a pesar del temblor de su mano. Fueron unos segundos maravillosos en los que la vida me permitió contemplar el amor entre dos hermanos y de inmediato, al verlos de perfil iluminados por la luz del televisor, un antiguo dolor con sensación de nostalgia se hizo presente en el centro de mi corazón.

Kelly regresó a la mesa y calentó su plato, sirvió en el mío otro medallón de pavo y bastante relleno y también lo metió al horno por un minuto, luego disfrutamos de la cena solos en esa gigantesca mesa llena de salsas, ensaladas dulces y saladas y copas llenas de vino.

—Martin no siempre fue como lo ves —dijo con pesar mientras partía un pastel de chocolate relleno con frambuesa—. Era un joven exitoso que trabajaba en Wall Street. Fue uno de los mejores en la universidad y tenía una bella novia. Hace nueve años cometió un error. Se le ocurrió conducir de Chicago a Manhattan con unos tragos de más y en el camino se durmió. Fue un milagro que el camión contra el que se estrelló no lo hubiera decapitado. Mi hermano regresó de la muerte, pero quedó con esta secuela de por vida.

—¿Por qué no vive contigo? —Me atreví a preguntar.

—Tendría que estar pendiente de él las veinticuatro horas y contratar enfermeros. —Kelly aclaró la voz—. Puedo hacerlo, pero Marty no tendría un hermoso jardín donde pasea en libertad, ni horas de terapia física y de lenguaje, ni todas las ventajas que tiene en la casa de reposo y rehabilitación donde vive. —Sonó el timbre del horno y Kelly sacó los platos calientes—. Lo saco los días importantes para compartir con él las fiestas y lo devuelvo el domingo por la noche. Soy el único que puede ocuparse de él, pero tengo que trabajar mucho para tenerlo bien.

—¿No tienes más hermanos? —Llevé mi plato y volvimos a acomodarnos en la mesa.

—No. Soy lo único que tiene en este mundo. —En la mirada de Kelly me pareció ver algo de pena y mucha ternura—. Los amigos que tanto celebraban sus victorias se olvidaron de él y la novia lo dejó dos años después del accidente. Ahora ella tiene familia y trabaja en un banco.

—¿Tu hermano se da cuenta de todo? —lo dije porque me pareció que no tenía más limitaciones que el habla y los movimientos involuntarios del cuerpo—. Quiero decir que si sabe que los demás lo han dejado.

—Por supuesto que lo sabe. —Kelly trinchó un pedazo de carne y me apuntó con él mientras me explicaba—. No es necesario que te suceda una desgracia para saber que en esta vida los amigos pueden acompañarte por un tiempo, pero no son eternos. Los amantes son los compañeros que más pierdes porque cuando el amor se acaba y no existe un compromiso verdadero, entonces corren tras otros intereses. —Calló y antes de tragar el pedazo de pavo sentenció con una ligera mueca en los labios—. Solo los hermanos, lo buenos hermanos son los únicos que están contigo hasta que la muerte los separe.

La irónica sonrisa de Kelly estaba acompañada de una mirada triste. Por lo que acababa de decirme entendí que extrañaba aún a ese chico al que tanto amó y sabía que se esforzaba mucho para seguir adelante y no colapsar ni vivir una vida disipada como la que yo estaba viviendo. Miré a su hermano que seguía moviéndose algo callado en el sillón y comprendí la razón.

—¿Es por él que te cuidas tanto? —Metí un buen pedazo de carne a mi boca y mastiqué a prisa.

—Ese es mi peor temor, Yuri. —La mirada le cambió y por primera vez pude ver a un Kelly vulnerable—. Si yo no estoy para mi hermano, aunque sea en estos momentos tan cortos que vivimos los dos, ¿quién le va a atender como yo? —Luego me miró con cierta severidad—. ¿No harías esto por tu hermano?

Kelly rasgó la cicatriz que cubría superficialmente mi herida y me dejó descolocado. Creo que lo hizo a propósito y no sé si fue lo mejor o lo peor que ese loco hizo por mí en ese momento.

—No quiero hablar de eso —le dije muy serio, no quería que ese día se malograra con un recuerdo tan doloroso.

—Yuri, ninguna discusión es tan grave —Kelly insistió como lo hacía en la escuela de diseño cuando algo no me salía bien—. Salvo fueran intereses mezquinos los que están en juego, como para que dos hermanos dejen de quererse y no se vuelvan a hablar jamás.

—Kelly no insistas. —No quería seguir con esa charla porque me estaba doliendo demasiado.

—Días antes de su accidente Martin y yo discutimos. Él no quería que yo siguiera viendo a un hombre con el que salía aquella vez. Me decía que era un vividor. —Los ojos de Kelly parecieron perderse en la nada, tal vez en ese pasado que resumía en pocas frases—. Yo le dije cosas feas a mi hermano, cosas de las que me arrepiento hoy porque por lo menos si hubiéramos quedado en buenos términos la última vez que hablamos…

—No sentirías tanta culpa.

—No sentiría culpa y también el dolor de saber que mis palabras lo hirieron y que nunca más volveremos a hablar de forma clara para que pueda pedirle perdón y decirle que él tenía razón. Se lo dije varias veces, pero ya no pude escuchar su consejo y esa frase que me decía cada vez que teníamos una reconciliación. —Kelly limpió una lágrima que estaba a punto de caer—: Ven tonto y dame un abrazo.

Quedamos en silencio mirando nuestras copas y de inmediato mi mente se trasladó a París, al departamento donde Víctor vivía desde hacía ya cuatro años. Recordé la noche que llegué y volví a ver la sonrisa de Anya como si todo hubiera sucedido ayer. Volví a sentir esa tensión y el vacío que su presencia me provocó y volví a ver a mi hermano con su rostro pálido por la sorpresa intentando explicarme aquello que era obvio.

No lo había dejado hablar. Corté con él todo tipo de comunicación y en mis recuerdos solo escuché el eco de mis reproches, de mi queja, de mi angustia y de mi dolor. Reconocí en ellos la queja de un amante herido y extrañamente una voz interior me dijo algo que me estremeció: «Víctor es más que un amante».

Cuando terminamos de cenar agradecí a Kelly la invitación, juntos lavamos la vajilla, tomamos una copa de vino más y me tuve que despedir a media noche porque al día siguiente me esperaba una larga jornada en la Parsons. Entré al baño y al salir lo vi que arropaba con mucho cariño a su hermano que se había quedado dormido sobre el cómodo sofá. Kelly tendió la manta, peinó su cabello rebelde y le dejó un beso en la frente.

Juro que tuve envidia de ese hombre que alguna vez fue corredor de bolsa y exitoso profesional, porque el amor que el director Bradley Kelly le daba era verdadero y natural. No tenía que esconderlo de nadie, mostraba su orgullo y su preocupación, hacía lo imposible por su felicidad y lo protegía del mundo sin esperar nada más que su risa loca, su mirada casi perdida y esa caricia sobre la cabeza.

Camino a casa me puse a pensar en los momentos de hermandad que compartimos con Víctor y recordé algunos de ellos. Cuando estuve enfermo con un gran resfrío y él me cuidó, incluso se esforzó en preparar una sopa de pollo instantánea. Cuando me golpearon y él hizo todo lo posible por mi defenderme. Cuando preparábamos una simple cena y cuando trabajábamos en Nefrit.

Una sensación cálida rodeó mi corazón y mientras fijaba mi mirada en los números del ascensor, el sabor amargo de la lejanía se transformó en dulce nostalgia por esos recuerdos que, aun siendo escasos, eran tan valiosos. Recuerdos que atesoré y guardé en un lugar que no quise tocar jamás y que de pronto me iluminaron en esa oscura, fría y solitaria noche neoyorquina.

Cuando entré en mi departamento el maullido de mi gato fue la bienvenida. Potya corrió por el pasillo con la cola bien estirada, reclamando entre “miaus” largos y muy sonoros mi ausencia. Lo levanté en brazos, lo acomodé sobre mi hombro y aunque él se esforzó con sus caricias y ronroneos en hacerme sentir que era su querido humano y me protegía, no pude estrecharlo en un intenso abrazo como sí lo hubiera hecho con mi hermano.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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