Capítulo 25: Aceleración


El andén subterráneo estaba bien iluminado y lleno de androides y carretillas de levitación preparadas para descargar la mercancía del tren.

Yuri siguió a Otabek hacia las sombras de otro convoy, entre las que esperaron hasta que un androide se volvió y pudieron subir al andén. Otabek asió a Yuri por la muñeca y tiró de ella hasta una carretilla cargada con cajas tras la cual se agacharon. 

Un segundo después, Yuri vio que un androide entraba en el vagón del que Otabek y ella acababan de salir. La luz azulada se colaba por los resquicios de la puerta.

—Prepárate para  correr en cuanto el tren se ponga en marcha -dijo Otabek, recolocándose la mochila a la espalda-. 

No habían pasado ni dos segundos cuando el convoy volvió a elevarse sobre los raíles y empezó a deslizarse en dirección al túnel. Yuri se lanzó hacia las vías cuando, de pronto, sintió que le tiraban de la capucha y, al retroceder de golpe, se estampó de espaldas contra Otabek con un grito ahogado.

—¿Pero qué…? 

Otabek se llevó un dedo a los labios.

Yuri le arrancó la capucha de la mano, fulminándolo con la mirada, cuando ella también lo oyó.

 El zumbido de un tren que se acercaba. Pasó tres vías más allá a toda velocidad, sin intención de parar, y volvió a desaparecer en la oscuridad tan rápido como había aparecido.

Otabek sonrió de oreja a oreja.

—Ahora sí.

Alcanzaron el otro andén sin mayores contratiempos, llamando únicamente la atención de un hombre de mediana edad que los miró con curiosidad por encima de su visor. 

Yuri consultó el suyo cuando salieron a la calle. La ciudad estaba tranquila en la calma de la madrugada. Se encontraban en la Gare de Lyon, rodeados de avenidas llenas de tiendas y oficinas. Aunque Otabek trató de disimularlo, Yuri vio que olisqueaba el aire en busca de algo.

Lo único que olía ella era la ciudad. Metal, asfalto y pan de horno de la pastelería de la esquina, que estaba cerrada. Otabek se dirigió hacia el noroeste. La calle estaba flanqueada por imponentes edificios de estilo beaux arts de la Segunda Era y macetas de flores que colgaban de los antepechos de piedra de las ventanas. 

A lo lejos se alzaba una torre de reloj ornamental con la esfera iluminada en la que se veían dos robustas y puntiagudas agujas marcando en números romanos y una pantalla digital donde se leía 04:26, junto a un anuncio del último modelo de androide para el hogar.

—¿Estamos muy lejos? -preguntó Yuri-.

—No demasiado. Podemos ir andando. 

Torcieron a la izquierda en una rotonda. Otabek iba un paso por delante de ella, encorvado como para protegerte. Yuri paseó la vista por su brazo, por la herida vendada, que ya no parecía molestarlo.

Se sentía nerviosa, le habría gustado tenderle la mano, pero le resultó imposible.  Acabó metiéndose las dos en los bolsillos de la sudadera.

 Entre ellos se abría un abismo que atravesaba lo que hubieran compartido en el tren. Casi habían llegado, estaban a dos pasos de su Dedushka, a dos pasos de La Superior Orden de la Manada. Tal vez estuviera conduciéndola a su propia muerte. Tal vez Otabek se encaminara hacia la suya. Yuri alzó la barbilla, negándose a dejarse acobardar por sus sombríos pensamientos. Lo único que importaba en ese momento era rescatar a su Dedushka, y estaba muy cerca de conseguirlo. Muy cerca. 

A medida que se alejaban de la concurrida intersección, los edificios antiguos ocupaban más trozo de calzada. De vez en cuando se topaban con pequeñas señales de vida: un gato que se acicalaba en el escaparate de una tienda de sombreros, un hombre trajeado que salía a toda prisa de un hotel y entraba en e llevitador que estaba esperándolo… 

Pasaron junto a una telerred que emitía el anuncio de un champú que aseguraba que cambiaba el color del pelo según el estado de ánimo de su dueño.

Yuri ya había empezado a añorar la soledad de la granja, la única realidad que conocía. La granja, su Dedushka y los repartos semanales. Y, ahora, Otabek. Esa era la realidad que quería. 

Otabek apuró el paso, aunque cada vez hundía más los hombros. Apretando los dientes, Yuri finalmente alargó un brazo y lo asió por la muñeca.

—No puedo permitir que hagas esto -dijo, más enfadada de lo que había pretendido- Dime dónde es e iré yo sola, dime qué tengo que hacer. Solo necesito saber a qué me enfrento y a partir de ahí ya se me ocurrirá algo, pero no voy a dejar que vengas conmigo. 

Otabek se la quedó mirando en silencio. Yuri trató de entrever algo de ternura en sus profundos ojos verdes, pero una fría resolución había sustituido  el afecto  y la desesperación que habían resultado tan evidentes en el tren. Otabekrechazó su mano.

—¿Ves a ese hombre sentado delante de la cafetería cerrada, al otro lado dela calle? 

Yuri apartó la vista de él un instante y vio al hombre en una de las mesas de la terraza. Tenía un tobillo apoyado en la rodilla y uno de los brazos colgando por detrás del respaldo de la silla. Los observaba fijamente, sin molestarse en disimular. Cuando sus miradas se encontraron, el hombre le guiñó un ojo. Yuri sintió un escalofrío.

—Miembro de la manada -dijo Otabek-. Nos hemos cruzado con otro en la estación del tren magnético, dos manzanas atrás. Y… -alargó el cuello-, a juzgar por el tufo, vamos a toparnos con otro en cuanto doblemos esa esquina. 

Yuri sintió que se le aceleraba el corazón.

—¿Cómo han sabido que estamos aquí?-Sospecho que estaban esperándonos. Seguramente han rastreado tu chip de identidad.

«Eso era lo que hacía la gente cuando huía y no quería que se la encontrara, se extraían los chips de identidad.»

—O el tuyo -murmuró ella- Si tienen acceso a un localizador, entoncespuede que hayan estado siguiéndonos a ambos.

—Tal vez, -el tono de Otabek le hizo sospechar que aquello no le sorprendía. ¿Había contado con esa posibilidad? ¿Era así como había dado Alikhan con ellos?- Será mejor que vayamos a ver qué quieren.

Este dio media vuelta, y Yuri tuvo que echar a correr para no quedarse atrás.

—Pero si solo son tres. Puedes enfrentarte a ellos, ¿no? Dijiste que podías…-titubeó. Otabek le había dicho que ganaría en una pelea con seis lobos. ¿En qué momento los animales salvajes se habían convertido en sinónimo de aquellos hombres, de aquella  Manada?- Aún puedes irte, todavía estás a tiempo -dijo, al fin-.

—Dije que te protegería y es lo que pienso hacer. No tiene sentido seguir discutiendo.

—No necesito que me protejas.

—Sí -insistió él, haciéndose oír por encima del sonido sintetizado de un vídeo musical que proyectaba una valla publicitaria- Sí que lo necesitas. 

Yuri apretó el paso para ponerse delante de él y plantó los pies en  el suelo. Otabek se detuvo a escasos milímetros de llevársela por delante.

—No -repitió Yuri-, lo que necesito es saber que no soy responsable de lo que puedan hacerte o hacerle a tus padres, no puedo llevar ese daño en mi consciencia. Así que hazme el favor de dejar de hacer estupideces y vete de aquí. ¡Te mereces una oportunidad de ser libre y vivir!

 Otabek echó un vistazo por encima de la cabeza de Yuri , y esta se  puso tensa, preguntándose si había detectado la presencia de un cuarto miembro o talvez más. Tragando saliva, miró de reojo al hombre de la cafetería, que se estaba acariciando la oreja mientras los observaba con evidente diversión.

—Lo estúpido no es que intente protegerte -contestó Otabek, volviendo a centrar su atención en ella- Lo estúpido es que casi crea que eso podría cambiar algo.

La esquivó, apartando la mano que Yuri había levantando para detenerlo. La chica vaciló, consciente de que tenía una alternativa. Podía huir con él, dejar la ciudad y no volver nunca más. Podía decidir no ir en busca de su Dedushka y, tal vez, salvarle la vida a Otabek.

Sin embargo, no era una alternativa real. Apenas lo conocía. A pesar de que se le partía el corazón, a pesar de todo. No podría volver a mirarse a la cara sabiendo que había abandonado a su Dedushka estando tan cerca. 

Se volvió una sola vez al doblar la esquina y comprobó que el hombre de la cafetería ya no estaba. Una manzana después, el recuerdo de la Cuarta Guerra Mundial se les vino encima. Las fachadas quemadas y medio derruidas de una ciudad golpeada por la guerra. Eran tan pocos los antiguos y bellos edificios que quedaban en pie que  no habían conseguido despertar el interés de los conservacionistas, y el alcance de la destrucción debió de haber sido demasiado abrumador para reconstruirlos. Incapaz de demoler la historia de la ciudad, el gobierno solo había conservado aquel barrio tal y como había quedado después de la guerra. 

Los distritos, a pesar de que apenas los separaban unas calles, parecían pertenecer a mundos distintos. Yuri ahogó un grito al reconocer el imponente edificio que se extendía al otro lado de la calle hasta casi perderse de vista, con sus ventanas abovedadas hechas añicos, sus estatuas de hombres de vestimentas antiguas y miembros amputados, y sus hornacinas, muchas de ellas vacías. El Museo del Louvre, uno delos pocos lugares de interés al que su padre la había llevado de niña después de la muerte de su madre, y habían visitado a su abuelo. 

La amenaza de derrumbe impedía la entrada al edificio, cuya ala oeste estaba medio derruida, pero su padre y ella lo habían admirado desde la acera mientras él le hablaba de las obras de arte de incalculable valor que los bombardeos habían destruido, o de las pocas afortunadas que se habían convertido en botín de guerra. Más de un siglo después, muchas seguían en paradero desconocido. Era uno de los pocos recuerdos agradables que tenía de su padre sobrío, y lo había olvidado hasta ese momento.

—Yuri. –a joven se volvió con brusquedad- Por aquí. 

Otabek le indicó una calle con la cabeza. 

Yuri asintió y lo siguió sin mirar atrás. 

A pesar del aspecto abandonado del barrio, era evidente que aquellas calles antiguas no estaban completamente deshabitadas. En la ventana de un pequeño hostal se anunciaba: «Venga a pasar la noche con los espíritus de civiles caídos». 

Una tienda de artículos de segunda mano exhibía maniquíes decapitados, ataviados con un sinfín de atuendos de vivos colores. 

Llegaron a una nueva intersección, y Otabek se detuvo en una pequeña isleta de cemento en la que había una entrada de metro tapiada con tablones y un cartel donde se informaba de que el andén estaba cerrado y que la siguiente parada más cercana se encontraba en el Boulevard desItaliens. 

—¿Estás lista?

Yuri siguió la mirada de Otabek hacia el alto y espléndido edificio que se alzaba ante ellos.

 Ángeles y querubines montaban guardia sobre unas arcadas gigantescas.

—¿Qué es eso?

Otabek se volvió hacia ella.

—En su día fue una ópera y una maravilla de la arquitectura. Con la guerra, lo convirtieron en un arsenal, y posteriormente, en un centro de prisioneros. Luego lo ocupamos nosotros, cuando nadie más lo quiso. 

Yuri frunció el entrecejo ante el plural que había empleado.

—Parece un poco llamativo para una banda callejera que pretende pasar desapercibida, ¿no crees?

—¿Acaso sospecharías que algo espeluznante pudiera habitarlo? 

Como Yuri  no respondía, Otabek se dio la vuelta y empezó a avanzar hacia el inmenso teatro de espaldas, estudiándola con atención.

—¿Estás lista? -preguntó, una vez más-. 

Yuri contuvo la respiración y contempló las esculturas: rostros sombríos y hermosos, bustos terrosos de hombres que la miraban con severidad, una larga galería a la que le faltaba la mitad de la balaustrada. Apretando los dientes, cruzó la calle y ascendió con decisión los escalones, que abarcaban toda la fachada del edificio, dejó atrás los silenciosos y deteriorados ángeles, y entró en el pórtico, sumido en la oscuridad.

—Estoy lista -aseguró, al tiempo que se fijaba en los grafiti que cubrían las puertas-.

—Yuri -se volvió hacia él, sorprendida por su voz ronca- Lo siento mucho.

Procuró no tocarla al pasar por su lado. Yuri sintió una fría sensación que le atizaba la columna. Las alarmas se encendieron en su cabeza cuando Otabek abrió la puerta que tenían más cerca y se adentró en las sombras.

Bueno gente Linda, aquí llegamos al último capítulo  del maratón. Cada vez todo se vuelve más loco!!! Espero que les haya gustado.

No se les olvide dejar su voto en la estrellita o comentario de que les pareció 🙂

Nos vemos pronto!

Publicado por dmoonbrillentq

Dmoonbrillentq me encanta leer y ver anime, es una forma de poder desprenderme de toda la realidad y adentrarme a miles de aventuras que disfruto montones, por lo que cada historia y experiencias me encantaría poder compartirlo con ustedes. A nivel más personal amo la música y el baile <3 y ayudar a las demás personas, por lo que si necesitas en algún momento poder conversar con alguien aquí estaré

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