Tabú 78


Era el 31 de diciembre de mi segundo año en Nueva York y me encontraba mirando los árboles, las bancas y las veredas bañadas por la nevada que cayó la noche anterior. Me hallaba más solo que nunca tomando una taza de cocoa, sentado en el alfeizar de la ventana con Potya calentando mis pies y un vacío enorme en mi estómago.

Otabek y Mila viajaron a Caribe para pasar un fin de año en las playas de Santo Domingo. Yo rechacé su invitación porque me iba a sentir como el amigo looser que no consigue pareja. Mi plan era mirar un par de películas de horror gore que me había recomendado Lana, ver los fuegos artificiales que anunciaban el año nuevo, comer una gran cena, tomar algo de espumante y dormir tranquilo hasta el dos de enero. Nada mal para un antisocial como yo.

Recordé que Lilia me dijo esa mañana que sería bueno hacer un recuento de todos mis logros y de todos mis fracasos que tuve durante ese año, así que decidí ver lo único que podía medir como logros o fracasos de un estudiante que podía ser brillante; pero que no destacaba porque no daba lo mejor de sí.

Necesitaba ver mi catálogo de diseños.

Recordé que el maldito catálogo se encontraba en la Parsons y que la escuela ese día debía estar cerrada como muchos lugares que a las cuatro de la tarde de un fin de año cerraban sus puertas. «Tal vez el vigilante podría permitir que ingrese a mi casillero», me dije y me di ánimos para hacer mi pequeña expedición.

Tomé una gruesa chaqueta con piel en el cuello, guantes y bufanda de lana y un ushanka que Lilia me envió desde Moscú y caminé las pocas cuadras que separaban mi departamento del edificio de la universidad.

Me sorprendí encontrar que la puerta estaba abierta y el edificio vacío. Me dirigí al corredor donde se encontraban los casilleros del alumnado esperando encontrarme con el obeso y enorme vigilante del turno de día que siempre caminaba portando su vara en una mano y en la otra sostenía una dona, un hotdog, una galleta, una soda o cualquier porquería que sacaba de la máquina expendedora.

Apreté la cartera en el bolsillo de mi chaqueta por si el gordo no me reconocía y yo necesitara mostrar mi identificación de estudiante, caminé a mis anchas por el pasillo y cuando estaba cerca de los casilleros vi luz en la oficina del director.

Nadie entraba a la oficina de Kelly durante el día, solo la encargada de la limpieza lo hacía por la noche; por eso llamó mi atención que la luz estuviera encendida y la puerta entreabierta. Decidí explorar como cuando era niño y ver si el vigilante estaba haciendo algo indebido. Pensé que si ese gordo estaba haciendo una estupidez lo usaría a mi favor.

Subí por las escaleras a prisa y me deslicé por el pasillo como un gato para no ser visto. Cuando llegué a la oficina acerqué mi oído a la puerta y escuché que sonaba una vieja canción, no recordaba su nombre, pero la letra decía “take a walk outside your mind. Tell me how it’s feel to be the one who turns the knife inside of me…” (1). Curioso empujé ligeramente la puerta y reconocí la voz de Bradley Kelly que intentaba en vano seguir el tono de la canción.

Sonreí, retrocedí con la intención de volver a los casilleros y tropecé con la enorme panza del vigilante.

—Quién rayos… —dijo el hombre intentando reconocerme.

—Oye grandote —respondí a media voz—. Soy yo.

El ruido había sido suficiente para que Kelly dejara la comodidad de su oficina y saliera a ver qué sucedía entre el vigilante que pedía explicaciones y el tonto que le hacía gestos para que bajara la voz.

—¿Qué haces aquí Yuri? —Kelly levantó una ceja y, desconcertado, me miró de pies a cabeza.

—Vine a buscar mi catálogo y vi luz en su oficina. —Mi explicación solo se ajustaba a la verdad—.  Me pareció extraño así que decidí explorar qué sucedía y me tropecé con este grandullón.

—Señor yo pensé que el rubio era un ladrón —dijo el vigilante y no me sorprendió porque cualquier hombre que se ganase el pan del día cuidando algún lugar, pensaría que un 31 de diciembre a las cuatro y treinta de la tarde un chico dentro de una escuela de moda era un ladrón.

Kelly sonrió de costado y despidió al vigilante —no sé por qué no puedo recordar su nombre—, me pidió que lo acompañara en la oficina un instante y aseguró que para las cinco tendríamos que salir para que las puertas de la escuela se cerraran hasta el día seis de enero cuando se retomaba a las actividades.

Acepté y Kelly se dedicó a guardar documentos en los cajones de su escritorio. Me invitó una copa de jerez que tomé poco a poco porque no me gusta su sabor, comentó sobre las metas y los logros que había alcanzado ese año y me dijo que tenía pensado sugerir algunos cambios a la universidad en la curricula de mi carrera.

Junto fuimos a recoger mi catálogo a los casilleros y nos despedimos del vigilante en la puerta. Caminamos en silencio mirando las vitrinas de algunas tiendas, teníamos la misma ruta para volver a nuestros departamentos y la misma soledad.

—¿A qué fiesta irás esta noche? —preguntó Kelly mientras miraba un abrigo color canela en una vitrina.

—A una fiesta que mi gato y yo haremos en mi departamento —confesé sin mucha emoción—. ¿Y usted?

—Tal vez iré a ver el conteo en Times Square y luego pasaré por algún bar o discoteca para perderme.

—¿Un hombre tan exitoso sin planes en año nuevo? —Me eché a reír.

—¿Un chico con una millonaria cuenta bancaria y un departamento de lujo en Nueva York sin planes para año nuevo? —Kelly también rio—. Mira, pusieron en exhibición la mercadería que les quedó en los almacenes. —Señaló las prendas que Kafret exhibía en las vitrinas y me arrastró a su interior. 

—Me enamoré de alguien que no me correspondió —le dije mientras miraba caer las primeras chispas de nieve del día.

—El chico que amaba me dejó por un hombre más joven. —Kelly suspiró.

Caminé junto a Kelly observando los diseños de la colección de un perfecto desconocido llamado Lois Prat. Los trajes eran de corte clásico y ofrecían la caída perfecta a cualquiera que se atreviera a pagar esos precios. Los comparé con el costo de cada traje que se vendía en Nefrit y que solo llegaban a los closets más exclusivos de Europa, solo que los que estaba viendo eran trajes para hombre y yo tenía fascinación por ver las tendencias en la línea masculina, a ver si de esa forma se prendía aquella chispa que tanto reclamaban mis docentes y en especial el director.

Metido en mis comparaciones me detuve en uno de los percheros donde podía apreciar una colección de trajes en suaves tonos de invierno y estuve observando los detalles de uno en particular, en tonos terracota e imaginaba con qué tipo de trajes combinaría si lo compraba, cuando de pronto sentí como si estuviera siendo observado y para salir de dudas alcé la mirada.

Los ojos verdes de Kelly me sacaron de mi concentración y su agradable sonrisa me desubicó por completo. Allí estaba el hacedor de esos sacones, de los pantalones más clásicos y atrevidos, el hombre que vestía a los hombres más poderosos de Manhattan, observándome como las águilas miran al conejo que piensan devorar.

—¿Te gustan? —dijo y me mostró la etiqueta que colgaba de la manga. Reconocí la gran K que iniciaba su nombre—. Si quieres puedo hacer uno que lleve tu nombre en el diseño, pero tendría que llevarte a mi atelier para tomar tus medidas. 

Ese hombre estaba coqueteando conmigo de manera descarada, descubrí un brillo especial en su mirada y por fin comprendí la intención de su sonrisa ladina. Pero en lugar de molestarme, de mandarlo al diablo por atreverse a seducir a su estudiante, me sonrojé como si aún fuera un chiquillo.  

El director de la escuela era un hombre muy joven para tener ese cargo, muy exigente y jodido. Todos le tenían miedo, yo lo respetaba mucho como diseñador; pero alguna vez me atreví a decirle que no me jodiera cuando me exigió que volviera a hacer de nuevo toda una presentación. Él solo se limitó a mirarme de manera fija y decirme que me retirase de su clase.

Pero esa fría tarde de invierno, él me miraba con ojos de hombre y casi sin pensarlo yo estaba devolviendo la coquetería con una sonrisa. Kelly se acercó más y con su pastosa voz de locutor de radio me explicó que ese traje no era conveniente para mí que aún era un crío. Lo miré desafiante y él sonrió como nunca lo había visto sonreír en la escuela.

Para coronar su audacia me invitó a pasar al taller que tenía en la 13th Street para mostrarme algunos de sus diseños que tal vez podrían quedarme o tal vez podrían servirme de inspiración.

—Arrogante —le dije, pero lo seguí las siguientes seis cuadras hasta que llegamos a una casa algo antigua, subimos al segundo nivel, él con las llaves en la mano y yo con mi portafolio bajo el brazo.

Cuando entramos en el taller y las luces se encendieron encontré un tesoro escondido. Vi colgados trajes muy exclusivos que fueron hechos para vestir a actores de Hollywood y de Broadway; hermosos trajes de época y también trajes modernos que colgaban dentro de estantes y percheros muy bien distribuidos.

Kelly se puso a buscar entre todos ellos y sacó uno que hizo para una presentación del Príncipe y el mendigo que estrenaron en Broadway diez años atrás, me señaló el vestidor que se encontraba en un rincón a la derecha y mi curiosidad me llevó a probar qué tal me quedaban. Salí de inmediato con el primer traje tan pegado a mi cuerpo y con bobos de encaje en las mangas, modelé para Kelly y para el gran espejo que estaba pegado a una de las paredes de ese gran salón de confección, me sentí como un verdadero príncipe.

Kelly se mostró bastante entusiasmado y me dio otro traje de color maíz con grandes solapas, me lo puse y cuando salí del vestidor parecía un bailarín disco de los setenta, ensayé unos pasos y volví al vestidor. Luego me alcanzó otro que me hizo sentir como corredor de bolsa de Wall Street y luego otro y otro y otro, hasta que me cansé de modelar.  

Durante dos horas Kelly me mostró trajes explicándome para qué películas los diseñó y quienes los usaron. McGuire, Pattinson, Holland, Monaghan y hasta un joven Di Caprio fueron vestidos por el director y maestro del diseño.

Dejamos todos los trajes en un taburete para que las encargadas de la tienda los colgaran en sus lugares y me invitó a cenar algo ligero. Visitamos un restaurante español donde acompañamos la carne asada con un vino tinto muy seco y salimos a caminar sin ningún objetivo en especial.

—Me gustaba el concepto que imponía tu padre, minimalista; pero con detalles perfectos que convertía a las mujeres en verdaderas princesas. —Bradley Kelly sabía apreciar la obra de otros, al contrario de lo que muchos pensaban—. ¿Es por tu papá que has optado por diseñar trajes para mujeres?

—No —respondí dudando—. ¿Por qué me preguntas eso?

—Recuerdo a un muchachito que llegó a mi oficina para su primera entrevista antes de ser admitido como alumno de la Escuela Parsons, que me dijo que le gustaba vestir hombres porque le gustaban los hombres y se me hace raro que hayas cambiado de opinión.

—No lo hice, solo que… no encuentro al hombre atractivo que provoque mi inspiración. —Me parecía casi irreal conversar sobre hombres atractivos con mi director. Nueva York me había permitido ser quien era, un moscovita malhumorado, rebelde, antisocial y gay.

—¿Y estás viendo a algún hombre atractivo aquí? —La forma cómo Kelly alzó su copa y la llevó a su boca con absoluta delicadeza me hizo imaginar que estaba cenando junto a un miembro de la realeza.

—Hay muchos, pero ahora veo que hay uno en especial —me atreví a decirle para devolverle el galanteo que había usado conmigo y porque con tantas miradas y sonrisas me empecé a sentir cachondo—. Me está mirando en este momento, tomando algo de vino cosecha noventa y nueve y casi no ha probado bocado de su plato.

—¿Qué quieres hacer después de cenar? —preguntó y yo solo sonreí.

—Quiero dibujarte Bradley Kelly y ver si contigo me vuelve algo de esa inspiración que alguna vez tuve en San Petersburgo. —Pensé en Víctor y la forma cómo me encantaba vestirlo en mis dibujos.

Ese 31 de diciembre algo estaba cambiando, no era Víctor con quien cenaba ni con quien brindaba por un año mejor, pero por primera vez en mucho tiempo vi que había un hombre muy atractivo frente a mí.

Kelly acepto que lo dibujara como una compensación a la hora y media que me tuvo modelando sus trajes. Tomamos un taxi y nos dirigimos a un aparthotel lejano de Manhattan. Entramos a la habitación sin pasar por una sala de recepción, él insistió que debíamos ser muy discretos porque no era ético que un alumno tuviera una cita con su profesor y mucho menos su director.

Le pedí a Kelly que se quitara la ropa mientras bebía el champan que nos esperaba en una hielera. Descubrí el cuerpo de un hombre maduro que va a gimnasio todos los días, que no consume drogas y toma poco alcohol, que come a sus horas y vigila su dieta, que tiene un par de cicatrices en la espalda y que está cuidado por cremas hidratantes. Por primera vez otro cuerpo, que no era el de Víctor, me gustó.

Una pequeña chispa se encendió en mi interior y dibujé a Kelly, como siempre no puse rostro al modelo, pero el cuerpo era suyo y decidí cómo vestirlo. Como un cazador, con trajes audaces, pero elegantes que resaltaran sus grandes pectorales, su estrecha cintura, su duro trasero y su hermosa sonrisa seductora de cuarentón.

—¿Por qué no dibujas así tus modelos masculinos? —me preguntó observando los cuatro diseños con los que lo vestí en el papel mientras caminaba de un lado a otro de la habitación. Yo miraba su amplia espalda y larga polla relajada sintiendo que el deseo me hacía cosquillas en el pubis.

—Mi hermano fue mi inspiración —reconocí esa parte de mi vida que me causaba tanto dolor—. Pero como todo se jodió entre los dos, no tenía mucha motivación.

Kelly me miró sin decirme nada y luego volvió la vista a mis figurines, tomó otra copa de champán y se sentó junto a mí en la cama.

—Entonces solo te hace falta buscar una nueva fuente que te inspire ese cariño profundo que le tienes a tu hermano.

—Que le tuve —le corregí y acomodé el cuaderno de dibujo en el velador—. Tal vez ya la encontré.

—¿Piensas convertirme en tu modelo?  

—Pienso dibujar de la misma manera que te he dibujado a todos los hombres que me parezcan atractivos —respondí y me acaricié la oreja, acomodando mis mechones tras el pabellón.

Kelly se acercó sin dejar de mirar mis ojos, sostuvo mi cara con sus anchas manos, aspiró mi perfume y el aroma del espumante, acarició mi nariz con la punta de su nariz y con mucha suavidad me besó. Sujeté su nuca y su cabeza con fuerza, abrí sus labios con mi lengua, cerré mis ojos y lo besé con más deseo.  

Esa noche hicimos un pacto, uno que nos mantuvo unidos en la cama y en la escuela, uno que nos permitía dolernos por nuestros amores perdidos y revolcarnos como dos bestias en celo cuando ya no podíamos soportar más el dolor. Uno en el que yo podía pensar que estaba con Víctor cuando cerraba los ojos y en el que él podía decir el nombre del hombre que lo engañó y se casó con otro en Suecia.

Un pacto como el que hacían el erástes y el erómenos en la antigua Grecia cuando uno pasaba la sabiduría al otro. Él ante todo era mi maestro, yo me convertí en su mejor alumno y juntos avanzamos durante mi último año en la Parsons sin que nadie supiera de nuestro pacto y de nuestros encuentros en un pequeño apartamento que rentamos en una zona sencilla al sur de la ciudad.

Ninguno fue el exclusivo amante del otro, pues acordamos ir a la cama con otros tipos; incluso hablábamos de nuestras experiencias y él me daba muchos consejos para hacer que mis salidas con otros hombres fueran seguras y placenteras.

Jamás me preguntó sobre el hombre a quien yo no dejaba de amar y por quien todavía lloraba en sueños. Yo jamás le pregunté por ese chico que había roto su corazón. No lo amaba y él no me amaba, y sin embargo fuimos capaces de entregarnos por completo y sin miedos porque ambos supimos respetar cada punto de nuestro acuerdo y porque sabíamos de antemano que ese tiempo entre los dos tenía que acabar.

Brandon Kelly fue el hombre con el que me atreví a desmitificar la figura y el pene de Víctor a los que tanta veneración había guardado, como esas damas que rinden culto a su marido difunto. Y después de probar esa enorme polla, pude pasar mis fines de semana con otros hombres a los que encontraba en una aplicación de citas exclusivas por la que pagaba una buena cantidad de dinero en membresía, como una especie de Tinder con gente especial.

Por lo general eran hombres de negocios, deportistas reconocidos, actores famosos, becarios, hombres jóvenes que trabajaban en la bolsa, escritores, artistas y hasta funcionarios de bancos. La gran mayoría eran gays de closet y yo tendía a escoger hombres adultos porque los muy jóvenes eran unos verdaderos brutos y no sabían tocarme como me gustaba.

Sentí tantas manos recorrer mi cuerpo, tuve tantas pollas dentro de mi boca y de mi culo, fui besado, tocado, arañado y mordido por tantos hombres que olían bien y tenían muy buenos modales, me vine tantas veces sobre cuerpos comunes y delgados, sobre músculos de acero, sobre pieles blancas, amarillas y negras que no recuerdo caras, solo modales refinados al momento de conocernos y palabras vulgares o sonidos extraños cuando estábamos follando sin control.

A cambio yo dibujaba sus cuerpos y creaba sobre ellos algún nuevo diseño. Un trato justo, me dijo Kelly sin reprocharme nada. Tuve decenas de encuentros, volví a follar con gusto, volví a besar y ser besado, pero ninguna de esas bocas pudo borrar los besos de Víctor sobre mi piel y ninguna de esas miradas se comparaban a los ojos de cielo de mi hermano. Ninguno de esos hombres elegantes, apuestos, de sonrisas encantadoras y brazos fuertes me apretaron o me estremecieron como lo hizo mi hermano.

Cada fin de semana era como una ruleta rusa. Si no pasaba la noche del sábado follando con Kelly lo hacía con algún hombre con el que contactaba por la aplicación. Follaba hasta quedar exhausto porque quería aturdirme para poder dormir casi todo el domingo y despertar solo para comer algo que pedía por celular, dar de comer a Puma Tiger Scorpio y jugar con él una hora y volver a la cama a ver alguna película, buscar información en la web, ver desfiles de moda o jugar en línea con algunos desadaptados como yo.

Si no hacía eso mis domingos hubieran continuado siendo un tiempo de tortura para mi mente que volvía a repasar los detalles de los días previos a que Víctor me dejara en su departamento de Peterburg. Los volvería a recordar sin hallar explicación, sin encontrar una salida y por lo general terminaba frustrado, molesto o llorando.

No quise sentirme tan destrozado por eso me dediqué a joder con todo el mundo el fin de semana para así calmar el gigantesco vacío que sentía en el pecho a la vez que intentaba buscar una nueva fuente de inspiración.

Pero todo era una puta mascarada, nada de lo que yo hiciera, dijera o pensara me alejaba de la omnipresencia de mi hermano dentro de mi mente y de corazón. De verdad quería dejarlo de amar y no sabía cómo y me preguntaba todo el tiempo cómo hizo él para olvidarme y para que nada de lo que vivimos juntos le importase.

Cómo hizo para separarse de mí de un momento a otro y sin ningún remordimiento casarse con su exnovia. No podía entender sus raras explicaciones cuando me dijo que todo era por mi bien y que sería mejor no volver a vernos con ojos de amantes.

Y cuando llegaban los últimos minutos del domingo, solo en mi cama, junto a Potya que se bañaba a mis pies antes de dormir hecho bolita, siempre recordaba a Víctor y el día que me dijo adiós.

Me juró que no era falta de amor, pero a la vez me dijo que prefería volver con Anya porque con ella quería construir una vida. Tal vez subestimé a mi hermano y creí que sería mi eterno enamorado con quien pudiera hacer lo que quisiera, lo creí mi fiel esclavo que atendería a mis caprichos de adolescente y aguantaría siempre los arrebatos de mi mal genio.

Tal vez Víctor se cansó de mí y me amó un tiempo, pero extrañó la calidez y la forma de ser de su novia y yo solo fui un deseo pasajero o un pequeño momento de paz para ese caos en el que se había convertido su vida. Fui solo un amante y no un amado. Fui el postre y no el plato de fondo.

Fui un huevón que creyó que eso era amor.

Tal vez Víctor tenía razón y solo debíamos amarnos como hermanos y no le comprendí porque yo nunca supe lo que era querer a un hermano.


En Rusia se celebra la navidad entre el seis y siete de enero, son días de vacaciones para que las familias pasen momentos juntos sin la presión del trabajo o de los estudios. Como cada año Lilia fue la primera en llamarme muy temprano para desearme bendiciones y felicidad. Conversamos sobre sus proyectos y le pregunté cuándo me visitaría. Ella me aseguró que no sabía pues estaba bastante ocupada con la escuela y la creación de dos especialidades más, pero me aseguró que no faltaría a mi graduación. Siempre pendiente de mí, Lilia era de las pocas personas a la que podía llamar a cualquier hora del día o de la noche para conversar de algún tema importante, pedirle algún consejo o ayuda para mis estudios o solo desearnos un feliz día o buenas noches.

Otra mujer que formaba parte de ese pequeño círculo de amigos íntimos eran Mila que me acomañaba aunque fuera solo por el teléfono. Otabek era como siempre mi mejor amigo, aunque el oso estaba tan ocupado con sus entrenamientos y los partidos de su equipo, nunca faltaba una conversación semanal en la que nos contábamos nuestras aventuras, él metiendo goles y partiendo sticks en el hielo y yo intentando hacer algo que me complaciera de verdad con mis diseños.

Pero eran los días que compartía con Otabek y Mila los que más me gustaban. Eran pocos, por eso tenía que aprovecharlos bien. Con ellos me sentía como en casa, como si volviera a ser un niño y ellos mis hermanos mayores. Si bien con la bruja compartía casi todos mis días, era distinto cuando estábamos los tres porque nos poníamos a jugar como niños. Con Otabek practicaba nuevamente mis tiros y aunque estaba muy duro y el oso había mejorado muchísimo y era todo un profesional, yo todavía tenía algo que ofrecerle en el hielo además de mi amistad.

Salir a comprar juguetes de colección, compartir nuestro gusto por el rock y la electrónica, comer como animales hambrientos, jugar con agua en el verano y hacer muñecos de nieve en invierno. Otabek y Mila eran lo mejor que tenía en mi vida.

Lo que no me gustaba de visitar a Otabek en Toronto era el estúpido roomie con el que compartía el piso. Un tipo detestable, egocéntrico y tan seguro de sí mismo que me sacaba de mis casillas. Cómo me hubiera gustado que Otabek lo hubiera expulsado de su vida, pero ese idiota era el dueño del departamento y se decía ser el mejor amigo de mi amigo. Era tan vanidoso y hablaba sin parar de sus logros en el equipo. Otabek y él eran los atacantes de los Maple Leafs y yo me sentía celoso porque ese tarado había ocupado mi lugar.

Lo detestaba, casi lo odiaba tal vez porque me recordaba un poco a mí y mi propia ambición, mi forma tan orgullosa de ser.

Ese seis de enero era sábado y Otabek aprovechó un alto en sus actividades para invitarnos a Mila y a mí a pasar esa navidad rusa en su departamento. Acepté a pesar de que sabía que vería a ese idiota que se hacía decir Jay Jay, como si fuera uno de esos molestos cantantes de la música comercial de mierda que se escucha en todas partes.

Mila y yo llegamos tempranísimo, casi con la mañana, al departamento de Otabek y preparamos un buen desayuno. Extrañamente el tal JJ no estaba presente y yo suspiré aliviado pensando que se había ido a otro lugar.

Pero a medio día luego de volver de un paseo y hacer algunas compras para la cena, el tipo estaba en el departamento —su departamento—. Me saludó y me trató como si fuera un niño, quise fulminarlo con la mirada y lo hubiera logrado si su novia no me hubiera hablado con una bonita sonrisa y su hermano mayor no me hubiera apretado tanto la mano. Entonces empecé a odiar más al hermano.

Durante la tarde mientras preparábamos la típica cena rusa de navidad y compartíamos un trago entre todos tuve que escuchar las anécdotas que los dos estúpidos hermanos Leroy contaron. No paraban de hablar de su casa en Alberta, no dejaban de mencionar a gente de la que no teníamos idea y de abrazarse como dos micos que conquistan un árbol en la selva.

Isabela, la novia del tal JJ, celebraba sus payasadas entre aplausos y cada vez que su tonto novio hacia algo común y corriente como colocar las servilletas y la vajilla en la mesa, ella comentaba lo bien que lo había hecho.

“Miren qué lindo aprendió JJ a doblar las servilletas”, “el trago te salió mejor que el de ese bar”, “te luciste con el nuevo uniforme, mi amor”, “ya somos más de diez mil fans en la página oficial que hice para JJ”.

El hermano era peor.

“JJ fue espectacular desde chiquito”, “nadie podía competir con él”, “JJ es el orgullo de la familia”, “mi hermano es una de las personalidades más admiradas en el país”, “mis padres le han regalado este departamento por sus logros”, “los Mapple no serían nada sin JJ”.

—Los Mapple Leafs tienen a Otabek y él también es imparable —aclaré molesto.

—Sí, Otabek es el mejor de mis compañeros. —Abrazó a mi amigo y yo quise lanzarle la sartén en la cabeza.

El oso se sonrojó y decidió ayudarnos en la preparación de la cena. No sé qué veía de bueno en ese JJ, pero siempre hablaba bien de él y de su nobleza. A mí me parecía un payaso vanidoso que espera que los demás lo aprobaran todo el tiempo como lo hacía su novia y su hermano y seguramente toda su familia.

Mila, Otabek y yo decorábamos las bandejas para llevarlas a la mesa, mientras los dos tontos Leroy preparaban cocteles y cuando el tal JJ se acercó y quiso pellizcar mi ganso asado no dudé en clavarle el trinche que tenía en la mano, pero por un error de cálculo éste se incrustó en la mesa de la cocina. Leroy me miró sorprendido y creo que entendió que yo no era un gatito como me decía y que estaba dispuesto a cualquier cosa para que dejara de joder. Desde ese momento no se me acercó.

En la cena los dos hermanos hicieron alarde de sus trofeos, de sus viajes, de su educación estricta como hijos de una familia cristiana, de su país, de sus triunfos en el colegio, de sus amistades y contactos; pero sobre todo hicieron alarde de su relación de hermanos.

—Inseparables —dijo uno. 

—Los mejores del mundo —dijo el otro.

Y se abrazaron emocionados.

No estaban borrachos porque no tomaron mucho, pero sí estaban tan felices de hablar de su hermandad, de su felicidad, de sus recuerdos y del orgullo que sentían el uno por el otro. Se veían tan unidos que al verlos sentí una extraña quemazón en el estómago, un sentimiento que no comprendí hasta que los dos se desearon las buenas noches con un beso en la mejilla y un pequeño golpe de puño en los hombros.

Estaba celoso de ese tal JJ y no era porque abrazara de más a Otabek y se autonombrara su mejor amigo. Era porque junto al otro estúpido Leroy me mostró la forma cómo los hermanos se deben amar.   

No pude dormir hasta que la madrugada llegó a la mitad, tenía el estómago muy lleno de comida y el corazón lleno de una terca nostalgia que no me quería abandonar. Pensé en Víctor, recordé su mirada y su sonrisa, comprendí que jamás podría alejar su imagen de mi memoria y me enfadé conmigo por estar pensando en él una vez más. Pensar en Víctor me hacía daño, dolía como una ampolla hecha por el sol.

Extrañaba al idiota de mi hermano.

Maldita sea.

Si pudiera volver en el tiempo y cambiar algo, creo que entraría en la habitación que Víctor me dio en su departamento y con un buen par de golpes me obligaría a mí mismo a no ceder ante mis deseos y el juego absurdo que me empujó a separar a Víctor y Anya.

Si no me hubiera puesto ese disfraz de seducción tal vez ese seis de enero estaríamos pasando una navidad en la casa de Víctor, ya fuera en París o en San Petersburgo, tal vez Nefrit seguiría siendo nuestra casa de modas y yo quizá hubiera encontrado alguien a quien querer o estaría solo, pero estaría con Víctor.

Maldita sea.

Notas de autor:

  1. Traducción: “deja de estar perdido en tus pensamientos, dime cómo se siente ser la persona que clava el puñal en mí…” Tema: Hole in my Soul – Aerosmith.  

A partir de este capítulo comienza la cuenta regresiva, solo faltan diez y la historia llega a su fin. Todavía estoy afinando los últimos tres capítulos para que los personajes tengan que decir todo lo que deben antes de despedir su historia.

Gracias por leer Tabú.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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