Tabú 77


Cansina. Así se convirtió la vida junto a quien fuera mi amada.

Su luz no se había apagado porque ella seguía siendo la mujer activa que siempre fue, solo que yo no podía ver ese brillo y tampoco podía sentir el efecto benéfico de su amor, aunque ella se esforzara día a día en mostrarme sus sentimientos y su alegría.

Me dejaba arrastrar por la vida y a donde fuera no faltaba mi sonrisa y mi encanto; sin embargo, por dentro me sentía tan vacío que hasta mis voces internas habían quedado mudas de tanto convencerme que vivir mi vida de esa manera era mejor.

Despertar con un beso, bañarme usando docenas de cremas o sustancias fragantes que para mí olían a lo mismo, afeitarme casi sin mirar bien mi rostro en el espejo con miedo a ver mis ojos y observar de nuevo los reproches de mi corazón. Bajar lánguido a tomar el desayuno y leer algún periódico. Asistir a la oficina hasta medio día, almorzar con Anya si es que nuestras agendas nos permitían hacerlo, atender alguna campaña propia o prepararme para alguna pasarela.

El único momento del día en el que me sentía libre de la presión y la rutina era en el gimnasio donde durante noventa minutos me dedicaba a sentir mi cuerpo a profundidad y le exigía el máximo esfuerzo en un intento por sentir mi alma.

Las bellas mujeres que muchas veces se me acercaban eran como ninfas lejanas, como si todas ellas estuvieran plasmadas en un cuadro y yo las viera de lejos, no me interesaban. Y si algún hombre apuesto se cruzaba en mi camino no me provocaba ni cosquillas.

Ni el porno extremo me estremecía como antes, como tampoco lo hacían los números crecientes en los ingresos de mi empresa y de la revista. Ni las cenas de lujo, ni los autos de colección o las joyas hechas a pedido. Hasta el sexo se convirtió en un acto rutinario y aburrido.

Tampoco me permitía pensar en Yuri y fantasear con sus recuerdos porque eso me alejaría de mi propósito de verlo algún día como el hermano que debía ser para él y de obtener su perdón.

A veces me preguntaba si tal vez ya estaba muerto y no me había dado cuenta. Tal vez los muertos tienen una vida tan sosa como la que yo estaba viviendo.

Anya lo había notado y muchas veces me insistió para que le dijera qué era lo que me pasaba.

“Dejaste de amarme”, decía y yo respondía que la amaba mucho. No le mentía. La amaba, pero como se ama a una compañera o a la mejor amiga. “Quieres dedicarte solo al modelaje y dejar la representación de la agencia”, insistía y yo le decía que si me quedaba sin esas horas de trabajo me consumiría de pena.

“Deseas ir al terapeuta” sugirió un par de veces y yo insistí que necesitaba tiempo para encontrar esa chispa que me había abandonado, que con un terapeuta tomaría el mismo tiempo y costaría demasiado.

“Tengamos un hijo” planteó una mañana y yo lo pensé durante todo el día. Por la noche le dije que era mejor esperar hasta acomodar bien nuestros horarios para poder dedicarnos a un niño. Luego ella desistió porque un pequeño la alejaría demasiado de las metas que se había propuesto con la revista.

“Démonos un tiempo”, propuso y yo le dije que no, que sin ella sería peor mi vida. Necesitaba sentirme atado a Anya para no cometer la locura de buscar a Yuri y exponerlo al peligro.

Las palabras de ese hombre resonaban todo el tiempo en mi cabeza y pensar que tal vez seguíamos en la mira de alguien o de una organización rusa que odiaba a los gays se convirtió en una obsesión que a diario tenía que controlar.

Estaba agotado, mi vida era un laberinto sin salida y yo me había cansado de seguir dando vueltas en él. Así que me dejé llevar por la corriente de ese río de pesimismo y frustración en el que apenas me mantenía a flote para poder respirar.

Y tal vez todo hubiera continuado su lento y pesado andar por el resto de mi vida, si no hubiera llegado un ángel revelador en la forma de hermosa modelo ucraniana y no me hubiera insistido tantas veces tener una cita especial.

Olenka Kaminski.

La había conocido en una fiesta de Nefrit a la que Yuri y yo asistimos. Cuando la vi en la presentación de la semana de la moda de París la reconocí de inmediato. Se veía más hermosa que nunca con un vestido largo color bronce metálico. Al parecer buscaba a alguien en el salón y jamás hubiera adivinado que me buscaba a mí, si no me acercaba a saludarla e intercambiábamos algunas palabras.

—Víctor Nikiforov. —Me observó de pies a cabeza y alegró mi noche con su sonrisa.

—Qué coincidencia, Olenka. —Sus rubios mechones brillaban con los reflectores y yo sentía que al verla retrocedía a esa noche en la que junto con mi niño escuchamos su voz y vimos su sonrisa por primera vez.

—Para mí no es una coincidencia —dijo sin dejar de mirarme a los ojos—. Sabía que estarías en esta reunión y por eso decidí venir.

—¿Eso tiene que halagarme o alarmarme? —pregunté algo desconcertado.

—Necesito hablar de Yuri contigo. —Su sonrisa desapareció y sus ojos hablaban de preocupación.

Yuri había pasado a ser un tema prohibido para mí. Solo escuchar su nombre me provocaba una desagradable sensación de vacío que precedía al dolor en el abdomen y en el pecho. No deseaba saber más cosas de Yuri de las que me contaba Lilia durante nuestras conversaciones de fin de mes; pero a la vez moría por saber todo lo que él estaba haciendo y sintiendo.

En el momento cuando escuché que Olenka quería hablar sobre Yuri mi mente mandó una señal de alerta a mi espalda y comencé a pensar en las posibles respuestas que le daría a la dama dorada si me reclamaba esa lejanía y abandono. A la vez, por debajo del temor y el dolor mudo de mi pecho, comenzaban a aflorar ese amor devoto que había tratado de extinguir. Y mis monstruos crueles asomaban sus narices y oídos para que dejara de fingir tranquilidad.

—¿Lo viste? —Fue lo primero que se me ocurrió preguntar.

—Durante los últimos seis meses lo vi a diario —afirmó suspirando—. Y durante ese tiempo me he venido preguntando qué los alejó tanto a los dos.

Estaba a punto de seguir con la charla cuando uno de los organizadores del evento nos interrumpió y me pidió que lo siguiera para presentarme como representante de la empresa pionera en la representación de modelos que rompían estereotipos.

Me disculpé con Olenka y seguí al hombre hasta uno de los salones de la convención. Tenía el estómago sumido entre la intriga y las ansias por saber algo más sobre mi niño. No me importaba que Olenka me criticara o reclamara por mi ausencia en la vida de Yuri. Trataría de ser convincente con los argumentos que siempre dije para justificarme. Lo único que me importaba en ese momento era saber que su visión, sus palabras y su experiencia junto a Yuri durante ese medio año me daría una idea de lo que él estaba viviendo.

Hacía dos años que no sabía nada sobre mi hermano. Lilia siempre me contó solo que le parecía necesario decirme sobre él, Yakov no quería hablar conmigo, Mila y su amigo de la escuela tampoco eran una gran fuente de información y hasta Sara Crispino, con la que podía conversar horas, no me decía más cosas de las que ya sabía.

Y yo sabía casi nada de él.

Acabada mi presentación y luego de unas cuantas entrevistas y conversaciones sin sentido, salí de ese salón y me dediqué a buscar durante el resto de la noche a Olenka. No sabía dónde se había metido. Necesitaba saber de Yuri, necesitaba tenerla de aliada para estar al tanto de la vida de mi hermano. Lo único que sabía hasta ese momento era que Yuri estaba bien de salud, que estudiaba mucho, que vivía en un departamento con vistas al Washington Square de Nueva York y que estudiaba en la Parsons.

Recorrí todos los salones de la Rouge Galery y pregunté a mis conocidos si vieron a la dama, pero nadie me supo dar razón. Cansado me detuve en el salón de recepción y miré a todos los lugares que ya había recorrido. Maldije mi falta de previsión, antes de dejarla debí pedirle el número de su teléfono para llamarla; pero despistado como andaba en ese momento no lo hice y trataba en vano de tragarme el arrepentimiento.

Desistí de buscarla y me prometí averiguar su paradero, su número de celular, su dirección y todo lo que pudiera de ella. Caminé para buscar a mi esposa que se quedó conversando con un grupo de editores de revistas de moda y en medio de mi lento andar fue Olenka Kaminski la que me encontró.

—¡Víctor! —su voz sonó detrás de mí y automáticamente di la vuelta para ubicarla.

—Te estuve buscando durante casi cuarenta minutos —dije y me llevé la mano hacia la nuca como un niño que da cuentas a su maestra—. Me estabas diciendo que viste a Yuri este medio año.

—Este no es lugar para conversar. —Me tomó del brazo y me obligó a seguirla al ascensor—. Vamos al bar que está en el último nivel.

Accedí entusiasmado por haberla encontrado. Esa era suerte y no iba a desperdiciar nuevamente mi oportunidad. Solo esperaba que no fuera severa juzgándome.

En el ascensor no pudimos conversar porque un amigo de ella se coló y comenzó a hablar de lo difícil que estaba la situación política en Indonesia y lo mucho que había afectado a la industria textil tanto cambio de gobierno. Cuando llegamos al último nivel, el hombre quiso seguirnos al bar, pero de forma clara Olenka le dijo que estorbaba, le sonrió coqueta y lo despidió con un par de besos en las mejillas. Vi al tipo partir algo decepcionado mientras Olenka me tomaba de la mano como si fuera un pequeño y me conducía al bar. En la puerta pidió un sitio apartado y seguimos a la muchacha que nos condujo en medio de la oscuridad y de las mesas repartidas alrededor de un escenario.

—Víctor quiero ser sincera contigo y quiero que tu seas sincero conmigo también. —Olenka habló sin más rodeos. Cuando vi su gesto serio pensé que Yuri le había confesado nuestro secreto.

—Lo seré en tanto tú me digas todo lo que le está pasando a mi hermano. —Tiré mis cartas sobre la mesa, yo también estaba dispuesto a jugar el juego de la verdad.

—Yuri está bien, estudia mucho, se esfuerza, trabaja en sus creaciones con ahínco, pero no con corazón. —Esa confesión me hizo estremecer—. He visto a Yuri en estos últimos seis meses porque fue invitada a la Parsons para dar una charla sobre moda y ética. Allí volví a ver a Yuri y me sorprendí muchísimo de los cambios que había hecho en su vida; pero lo que más me sorprendió fue saber que no tenía ningún contacto contigo. ¿Qué pasó?

No sabía si Yuri le había dicho los motivos de nuestra separación. Esa mujer estaba jugando conmigo y tal vez quería de esa manera arrancarme una confesión. Decidí entonces que iría despacio para no cometer un error.

—Mi madre está mal desde hace un tiempo atrás y tuve que asumir la conducción de sus empresas. Yuri tomó a mal que dejara la dirección de Nefrit en manos de un CEO y se molestó mucho conmigo. Él es intenso y no quiso entender que yo necesitaba tener todo mi tiempo para ayudar a mi mamá.

—Eso ya lo sé Víctor. Se puede decir que es la historia oficial que Yuri también me contó, pero el chico me dijo que hay algo más. No quiso decirme qué era ese algo más. ¿Tú puedes decirme eso que Yuri no quiso confiarme?

Olenka Kaminski no sabía qué pasó entre Yuri y yo. Por ese lado estaba tranquilo que Yuri no fuera infidente y que la mujer no supiera que compartí mi departamento y mi lecho con mi propio hermano.

—No estoy seguro, pero creo que puedo decirte que él está enojado porque regresé con mi novia y me casé.

—¿Cómo es eso?

—En el pasado le fui infiel a mi actual esposa y nos separamos por un tiempo. Yuri fue testigo de mi mala conducta y la reprobó todo el tiempo. Cuando se enteró que había regresado con Anya, pensó que ella cometió un error y que yo mentía sobre mis sentimientos.

—¿Eso es lo que tú crees que provocó la lejanía de Yuri? Es absurdo, Yuri no es un chico tan inmaduro para reaccionar de esa forma por un problema que solo te compete a ti y a tu novia… esposa.

—Bueno… ya te dije que eso es lo que creo.

—Te dije que sería sincera y no creo que esa sea la razón que tiene Yuri para no querer saber nada de ti, ni siquiera quiere oír tu nombre.

—¿Cuál crees que sea la razón?

—No la sé, por eso hice este viaje, por eso asistí a esta convención y te busqué en toda la galería y te seguí durante los minutos que me buscabas, por ese motivo reservé este lugar en el bar con anticipación. Quería saber si en verdad te interesaba saber sobre tu hermano.

—Yuri no quiere hablar conmigo y como tú misma has dicho él no quiere saber nada de mí.

Fue duro saber esa novedad. Yuri estaba más dolido de lo que había imaginado y saber que, a tres años de nuestra separación y a dos años de no tener ningún contacto, él me odiaba hasta el punto de no querer escuchar mi nombre, era abrir la herida y echar ácido en ella.

—Dime que no hay otro motivo por el que tú decidiste alejarte de Yuri, de Nefrit y de Rusia.

—¿Qué otro motivo puede haber?

—Angélica Vólkova.

Una vez más escuché el nombre de mi madre sindicado como la posible ejecutora de nuestra lejanía y no podía creer que una mujer tan ajena a mi vida dijera lo mismo que Yakov me dijo alguna vez, antes de enterarse de la verdad. Sabía que mi madre sospechaba de nuestra relación íntima y que eso no le gustaba, pero no podía soportar la idea que la culparan por algo que ella no hizo.

Me separé de Yuri porque estábamos amenazados por el gobierno de mi país. Porque sobre los dos pendía la pesada espada del escándalo, de la denuncia, de la cárcel, de la reprobación y de la condena social. Mi madre no tenía nada que ver con todo eso. Esa era toda la verdad. Una verdad que no podía revelar ni a mis seres más cercanos, mucho menos a una mujer ajena a mi relación con Yuri.

—Mi madre es una mujer íntegra. Jamás haría algo malo en contra de Yuri. Ella no ha hecho nada para dañar nuestra relación de hermanos y no te permito que insinúes lo contrario.

—Tu madre alejó a Miroslav e Ivana con ciertas artimañas en el pasado.

—Ese es un asunto de pareja que no te compete a ti ni a mí discutir. Era su esposa y si hizo algo estaba en su derecho de luchar por el hombre que amaba.

—Ellos ya estaban separados cuando Ivana comenzó su relación con tu padre, pero tu mamá le hizo algo muy feo a Ivana y por eso ella se alejó de tu padre.

—Si has venido para culpar e insultar a mi madre no quiero escucharte, Olenka.

—¡Victor! ¡Yuri está mal! Esta lejanía entre los dos le está causando una ruptura grave con su sentido de vida, con su creatividad y con su identidad. Renunció a usar el apellido Nikiforov y ahora usa el apellido de su abuelo.

Esa fue una revelación que me sorprendió y me dolió. Yuri debía estar demasiado herido para no querer usar el apellido de papá. El único culpable de toda esa situación era yo. No mi madre. Para hacerle entender esa verdad debía exponerme y también a Yuri. Debía decirle a esa mujer que Yuri y yo fuimos amantes y que lo dejé para protegerlo. No, no podía decirle nada.

—¿Dijiste que Yuri no está siendo creativo?  

—Bradley Kelly es el director de la Parsons y mi mejor amigo. Él me dijo que tenía muchas expectativas sobre la acción creativa de Yuri, pero por más que es un chico con ideas muy buenas no has logrado destacar como él pensaba.

—¿No está haciendo buenos diseños?

—Sí los hace, pero hay algo que le falta y que mi amigo llama alma. Sus diseños cumplen con todo lo que se puede esperar de un futuro diseñador, pero está a la altura de los diez primeros estudiantes de la Parsons. Los diseños del pasado son superiores y más audaces de los que ahora hace.

—Tal vez solo necesita abrirse a otras experiencias para mejorar su creatividad.

—Tal vez necesita de un hermano para conectar de nuevo con esa chispa que parece haberlo abandonado.

Me sentí más culpable que antes, pero qué otra cosa más podía hacer. Estaba cumpliendo con un trato que hice con ese tipo que me abordó en San Petersburgo y me conminó a dejar a mi hermano. Pensé durante unos segundos y concluí que tal vez Olenka tenía razón, Yuri necesitaba de un hermano. Ese hermano era yo y no sabía cómo serlo porque todavía extrañaba sus besos y su cuerpo.

—Si puedes rescatar algo de vuestra relación de hermanos, de ese cariño que alguna vez vi entre los dos, hazlo por favor. Yuri podrá salir algún día de ese pozo hondo en el que está, pero tal vez le tome un tiempo y ese tiempo nadie se lo devolverá. ¿Me entiendes?

—Veré que puedo hacer para que él me hable de nuevo.

—¡Ve a buscarlo!

—¿Si me rechaza?

—Lo buscas mil veces más hasta que aclaren todo y por lo menos queden sin tanto resentimiento.

—Voy a tratar…

—Esa no era la respuesta que yo quería oír. Espero que no solo trates y que aquello que te impide ver a tu hermano lo pongas en su lugar.  —La intensa rubia se levantó y apretó mi hombro con fuerza—. Esta conversación no ha terminado, Víctor. Cuando estés dispuesto a decirme el verdadero motivo que los ha separado, llámame.

Olenka dejó en el bolsillo delantero de mi saco su tarjeta personal, salió del bar con ese aire de diva celestial y yo me quedé pensando en Yuri y en su falta de creatividad. Luego pensé en mamá y la posibilidad de que ella hubiese influido en nuestra separación y no vi ninguna. Todo era fruto de nuestra desviada relación y de una amenaza externa.

Me pregunté como otras veces ¿cómo podría hacer para que Yuri me permitiera acércame a él y hablar? Solo había un camino: buscarlo y decirle toda la verdad. Él ya era más maduro para entender lo que estaba pasando, pero… pero con Yuri uno nunca debe dar por descontadas sus reacciones.

Tomé el último trago que aguardaba en la copa y mis voces internas gritaron a una sola voz que querían ver a Yuri una vez más. Me estremecí y comprendí que esos fogosos e instintivos deseos eran los que me impedían ver a Yuri otra vez.

Si lo veía, si volvía a sostener mi mirada en la suya no podría aguantar mis deseos de poseerlo y ser suyo una vez más. ¿Y si él me rechazaba como amante? Moriría de amor, pero sabría disimularlo bien ante los demás.

Lo peligroso no era saber si Yuri me odiaba o si ya había comenzado una vida sin mí. Finalmente, si no me quería en su vida sería muy doloroso; pero no tan arriesgado como comprobar que todavía me amaba y era capaz de desafiar al mundo entero por amor.

Estaba condenado a no verlo por un buen tiempo más y por ese mismo motivo decidí que no debía llamar a Olenka Kaminski ni verla otra vez. 


Habían pasado veinte minutos después de la media noche y la galería ya estaba cerrada. Sin darme cuenta había dejado a Anya de lado y no sabía donde encontrarla. Marqué su número varias veces, pero no respondió. Busqué mi auto en el estacionamiento y no lo encontré.

«Seguro que ella se lo llevó», me dije y dejé la galería por una puerta falsa.

Tomé un taxi y no pedí el vuelto cuando bajé en la puerta del edificio donde vivíamos. Subí con cuidado las escaleras. No estaba borracho, pero no quería hacer bulla para no despertar a mi esposa. Entré en la sala, dejé mis zapatos y mi abrigo en la puerta, caminé hacia la cocina para servirme algo de agua y pasar el ligero mareo que sentía por el vodka que consumí en el bar. Apagué las luces, me desnudé en el pasillo y tomé una ducha ligera en el baño del segundo dormitorio para quitarme el olor a cigarro y licor. Con el cabello húmedo y el enorme cansancio que sentía después de un día tan agitado entré en completo silencio a nuestra habitación.

Ella dormía en su lado de la cama. Las luces de las mesitas de noche estaban apagadas y la habitación solo estaba iluminada por el farol lejano de la calle. Caminé a tientas y felizmente no choqué con ningún objeto. Entré en la cama con mucho cuidado procurando no mover las mantas demasiado, acomodé mi cabeza en la almohada y cerré los ojos pensando en dormir de inmediato.

Suspiré y la voz de Anya cortó mi suspiro.

—¿Quién era esa mujer con la que entraste al bar Parlot?

Mi cuerpo entero se crispó. Olenka era una mujer muy bella que despertaría el deseo de cualquier hombre y los celos de cualquier mujer. Había tenido una conversación tan acalorada con ella que casi llegó a ser una discusión; pero jamás se me pasó por la cabeza que su modo de sonreír, de hablarme y de arrastrarme al bar de la galería pudiera tener una connotación de intimidad.

—Es una exmodelo que fue muy amiga de la madre de Yuri y fuimos a hablar de mi hermano. Me contó muchas cosas sobre él.

—¿Y por qué mejor no hablas tú mismo con Yuri? —Por el tono de su voz supe que Anya estaba molesta—. Así te evitas tratar con embajadoras de la paz entre los dos.

Anya me dio la espalda y me sentí ridículo. En casi tres años de matrimonio y a pesar de no amarla con la intensidad que la amé en el pasado, no le había sido infiel, respeté mis votos matrimoniales y ella fue la única mujer con la que hice el amor.

Y tal vez esos serían suficientes motivos para sentirme molesto por su desconfianza y darle la espalda también; pero en lugar de sentir esa quemazón que da la amargura de una discusión, uno de mis monstruos internos que había despertado después de mucho tiempo, comenzó a reírse de la situación y sin querer empecé a reír con él. Mordí mis labios y hasta mordí mi almohada para no estallar en carcajadas.

“Si ella supiera por quién suspiras y con quién le eres infiel en tus sueños” decía el bribón con esa risa juvenil que no podía impedir.

Cerré los ojos con una gran sonrisa en los labios y en mi interior volví a ver a Yuri el día que lo recogí del aeropuerto. Escuché su voz y hasta sentí su aroma a goma de mascar.

Mi eros, ese terrible demonio que seguía riendo con ironía, tenía toda la razón. «Si Anya supiera que extrañaba mis noches con Yuri qué cara pondría», me pregunté y pedí que en mis sueños pudiera estar junto a Yuri como en el pasado.


Mis sueños era lo único que esos tiranos del gobierno ruso no podrían atacar ni denunciar. 

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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