Tabú 76


Lejos de casa, lejos de Rusia, lejos de mis queridos amigos y de mis costumbres me dejé absorber por Nueva York y su intenso ritmo de vida. Me entregué a sus noches de luces a sus días cálidos de verano y al paso apurado de su gente para no sucumbir frente a los recuerdos y la nostalgia.

Extrañaba las tardes de verano frente al mar, el invierno junto a la chimenea del departamento de Víctor, la suave brisa de primavera que me daba la bienvenida cada mañana de camino a la escuela, las hojas secas del otoño mientras Lilia y yo salíamos a dar un paseo al parque buscando inspiración y terminábamos con un vaso de chocolate caliente y algún pastel.

Incluso extrañaba a Yakov que siempre estaba presente supervisando mi vida y m tranquilidad. En “la gran manzana” nadie me conocía y no le importaba casi a nadie. Mucho menos a mis compañeros de aula con quienes conversaba solo de temas académicos. Con ellos solo me dedicaba a compartir mi tiempo para hacer trabajos grupales y nunca acepté sus invitaciones para cenar, pasear o bailar. A penas si recordaba los nombres.

El primer semestre fue el más duro de llevar, porque tuve que acostumbrarme a hablar todo el tiempo en inglés y a comer cualquier chatarra que se me aparecía en el camino. Salía a correr todos los días por la madrugada y solo necesitaba caminar unas cuantas cuadras para llegar a la escuela de diseño.

Mi único objetivo era estudiar y con ese pensamiento no me preocupé en buscar la amistad de nadie en la escuela y en la gran manzana. Solo Lana era la única chica con la que más hablaba. Ella por lo general se sentaba junto a mí y a veces almorzábamos juntos en la cafetería de la escuela. Otras veces cuando el tiempo estaba a su favor me invitaba algo que trajo preparado desde casa, yo trataba de retribuirle con vasos de chocolate caliente o una tarta de fresa que le gustaba.

Con quien sí compartía casi a diario mis cenas era con Mila. Ella seguía los últimos meses de una maestría en diseño de modas en la Jay and Patty Baker School de la Universidad Estatal de Nueva York y trabajaba sus modelos en su departamento de la 31th Street que compartía con otras dos chicas. Solía visitarla las noches que no me quedaba en la escuela o que no tenía clases para mejorar mi inglés.

Con ellas aprendí a cocinar algunas cosas sencillas, en especial pasta y si bien comíamos como reyes —yo podría haberme dado el lujo de tener mi propio chef—, siempre extrañaba los blinis y los piroskis de mi abuelo.

Una noche el director me citó a su oficina y luego de hablar cosas raras sobre música, comida y hasta la última presentación que vio en Broadway, me dijo que mis diseños apestaban y que si no ponía más empeño en ellos pasaría a ser uno más del montón. Enfatizó que la escuela Parsons no quería egresados que fueran mediocres.

Con ánimo de perro llegué al departamento de Mila, una de sus amigas me dejó pasar, ella iba de salida para una presentación de teatro experimental y mi amiga estaba en su dormitorio dando cien besos más al celular antes de cortar la llamada con Otabek. El equipo del oso estaba de temporada lejos de Canadá.

—Oye ¿quieres que pida una pizza? —le dije porque me moría de hambre y Mila todavía se iba a bañar.

—Todo está ya listo —gritó desde el baño—. Ya sabes que debe ser capa por capa y con cuidado. No exageres en el queso.

Había dejado todo preparado para armar una lasagna. Como buen amigo hice todo lo que me pidió, pero sí le agregué queso extra y metí el molde de vidrio al horno. En media hora tendríamos mucha comida, un buen vino y una charla de amigos.

—¡¿Quieres que abra vino seco o semi seco?! —pregunté a los gritos.

—¡Yuri no te escucho bien! —Ella respondió gritando también—. ¡Ven!

Entré en su habitación, observé el desorden de ropa sobre su cama, la gran ventana esquinada y noté que cierto aroma agradable salía del baño. Me paré en la puerta para no incomodarla.

—Te decía sobre el vino… —Sin querer empujé un poco más de lo debido la puerta y vi a Mila como jamás lo hubiera imaginado.

Estaba de espaldas sentada sobre el muro bajo de la bañera, una toalla blanca cubría en parte sus bonitos glúteos, el ángulo de su brazo cubría su seno y tenía la espalda desnuda, llena de gotas que caían mostrando un movimiento suave y revelador. Parecía una diosa.

—¡Yuri! —dijo abochornada y trató de cubrirse la espalda.

—¡No te muevas por favor! —Yo solo quería seguir contemplando su figura en medio del vapor—. ¡Déjame verte un poco más! —le dije en forma ingenua.

—¡Por dios! ¡¿Sabes lo que me estás diciendo?! —Me miró fingiendo enojo.

—¡Oye bruja sabes que me gustan lo hombres! —Reclamé su desconfianza—. ¡Solo que no puedo hacerme el tonto ante la belleza de la mujer!

Ella dejó ese gesto amargo y bajando la mirada sonrió.

—Espera —le supliqué al saber qué tenía que hacer ese momento—. ¡Deja que te dibuje!

Salí de la habitación de Mila gritando todo el tiempo “no te muevas”, busqué mi cuaderno de dibujo y aparecí en menos de lo que pensé en el baño. Ella esperó en esa postura de reina.

—¿Me vas a inmortalizar? —Su mirada pícara se fijó en la mía y con delicado gesto acomodó dos mechones mojados de su pelo.

—Te voy a vestir Mila. —Comencé a dibujarla y me esforcé por dejar ese momento plasmado casi a la perfección en el papel. Ese dibujo me sirvió de guía durante los siguientes semestres para hacer bocetos de figurines pensando en vestir a Mila, porque para mí ella era y es el ideal de la mujer. Independiente, fuerte, segura de sí misma y a la vez amorosa y tierna.

De eso puede dar mucha fe Otabek que la ama tanto y siempre le ha sido fiel.

Cuando terminé sentí el olor de la lasagna y llegué justo a tiempo para rescatarla. Abrí el vino, puse la mesa mientras la bella dama se ponía los pijamas y secaba su cabello. Ella comió una buena porción, yo comí el doble y luego de hablar de nuestros respectivos días, tímidamente me contó.

—Víctor me escribió un mensaje hoy. —Tomó su celular y lo puso a mi alcance—. Quiere comunicarse contigo y está muy preocupado por tu actitud. Pero no le respondí porque quería saber qué piensas.

—Si quieres que sigamos siendo amigos. —Mi voz cambió junto con mi humor—. No vuelvas a mencionar a ese tipo.

—Él lleva tu sangre y tu apellido —dijo desafiando mi actitud.

—Ya no más —sentencié sin pensar.

Mila suspiró y no volvió a mencionar a Víctor. De más está decir que él la llamó varias veces para saber de mí, incluso llamó al oso Altin para saber cómo estaba; pero ninguno de los dos le dio información más allá de decir que estaba bien de salud y avanzando con mi carrera. Tampoco pudieron darme sus saludos y consejos porque temían que yo me alejara si sabía que estaban en contacto con él.

Dos días después pedí una cita con el director de la escuela y le dije que quería hacer una pequeña corrección en mis datos personales.

—No quiero firmar o ser nombrado como Nikiforov —le di mucho énfasis a mi voz cuando pronuncié mi apellido.

—Tendrás que hacer un trámite regular en el consulado para que eso suceda muchachito —Kelly me miró con una sonrisa burlona. Yo lo miré con odio—. Si quieres te puedo llevar y hablar con una amiga que tengo allí para que te oriente.

Dejé mi agresividad a un lado. El hombre solo trataba de acomodarse al desadaptado extranjero que se portaba como un patán.

—¿Puedo saber por qué no quieres ser más un Nikiforov? —preguntó mientras acomodaba esas gafas de marco transparente con las que se veía más maduro y sensual.

—Siempre voy a ser un Nikiforov —Mordí mis labios y miré por la ventana dejando escapar un suspiro lleno de recuerdos—. Solo… no quiero que el apellido haga sombra a mi luz.

—Si no quieres que la fama de Miroslav y de Víctor pesen más que la tuya, entonces comienza a brillar de una vez. —Implacable como siempre con sus comentarios, Bradley Kelly señaló el último figurín que había dibujado.

Tenía razón. Era un asco.

Durante el resto del año lectivo me dediqué a vestir a las mujeres. Las dibujaba desnudas, pero sin rostro para que nadie viera que en verdad solo dibujaba a Mila.

—Mañoso —me decía Lara—. Sigue, sigue —me alentaba y no dejaba de mirar, con esos enormes ojos marrones, la forma cómo dibujaba el modelo sobre ese cuerpo desnudo—. Un poquitín pervertido, pero audaz.

—Me gustan los hombres. —Me atreví a confesarle a media voz, pero como jamás supe regular el tono por lo menos media clase me escuchó.

Y surgieron voces de entre los veinte alumnos que éramos en cada aula diciendo que también les gustaban los hombres hasta que se armó una gran alaraca donde todos confesaron sus gustos sin miedo a ser golpeados o insultados por los demás compañeros. Desde entonces nunca más volví a guardar mi verdad frente a los demás. Si les gusta mi forma de ser bien y si no… dedo medio.

Vestí a Mila de mil maneras el resto del año y me coloqué entre los alumnos con mejores ideas casuales y también elegantes. Mis diseños destacaron y hasta fui felicitado. Esa atención siempre me ha gustado, para mí es un grato reconocimiento a mis esfuerzos y por su puesto era una caricia para mi ego.

Pero el director Kelly solo levantó la ceja y dijo:

—Está bien.

Quise darle un buen golpe en su recta y delgada nariz. No entendía por qué me seguía jodiendo de esa manera, así que una noche cuando la escuela ya estaba vacía vi la luz de su oficina aún encendida y entré sin anuncios y sin golpear la puerta.

—¡¿Qué quiere de mí, Kelly?  —vociferé con furia y desesperación.

—Que seas auténtico, Yuri Plisetsky —me dijo y yo me quedé asombrado por la forma cómo me llamó.

—¡¿Qué dijo?! —Me acerqué a su escritorio buscando más información y posando mis manos a los costados como un tigre en acecho.

—Que mi amiga me dijo que dieron pase a tu trámite y en dos meses podrás firmar con tu nuevo nombre. —Kelly sonrió. Yo no supe cómo responder—. Yuri, espero que ese sea un gran paso para que, por fin mates a mamá, a papá, a Víctor, a la señora Varanovskaya y todo tu pasado. Solo matando eso en ti podrás avanzar y ser tú mismo. Deja el lastre y volarás.

—¿Olvidarlos a todos? —No podía entender lo que me pedía Kelly.

—¡No, no, no! —Se puso en pie y tomó su grueso abrigo negro, luego señaló la salida—. Solo quiero que dejes de ver con los ojos de ellos, que no dependas de sus pensamientos y que veas el mundo a través de tu propio lente.

No tenía idea de cómo iba a lograr dejar de lado las enseñanzas de todos ellos, si estaban tan presentes en mí; pero no iba a darme por vencido. Tenía que lograr ver el mundo con mis ojos y no a través de los demás. Esa es una tarea dura y peligrosa porque representa convertirse en dueño de todo lo malo y lo feo que puedas hacer y pensar. No tienes cómo culpar a nadie más.


Después de pasar el breve periodo de receso, volví a la Parsons con el ánimo más dispuesto y sin tanta carga emocional. Había logrado el equilibrio perfecto —según yo—, entre vivir en una ciudad cosmopolita y con absoluta libertad como Nueva York. Bueno lo de absoluto es solo un decir, porque Mila siempre estaba a mi lado. Otabek también compartía conmigo todas las veces que venía a visitarnos o cuando nosotros viajábamos a Toronto para reunirnos con él.

También mantenía comunicación casi a diario con Lilia, en especial los domingos en las mañanas cuando tenía que escuchar todos sus consejos para estar bien y no meterme en líos. De vez en cuando hablaba con Yakov, quien estaba muy molesto porque comencé a firmar como Yuri Plisetsky. No lo convencí de que solo era una estrategia y que eso no significaba que dejara de admirar y querer a mi padre Miroslav.

Incluso hablaba con Sara y hasta con su hermano Michele, por lo general en chat y compartía algunas primicias sobre las tendencias para las siguientes temporadas que siempre eran temas de discusión en clase y entre mis profesores.

Con quien no volví a hablar fue con Víctor. Debía mantener mi firme propósito de olvidarlo; pero cuanto más me empeñaba en dejarlo de lado, una noticia en las redes, un desfile de modas, una campaña de publicidad, una información económica o un simple programa de chimes me lo hacían recordar. Por las noches cuando me sentía entre el sueño y la vigilia, adormecido por el cansancio y acompañado por los ronroneos de Potya, soñaba con él. Podía escuchar su voz y su risa, podía recordar sus palabras, sus consejos y sus cuidados, podía ver de nuevo su rostro y esa sonrisa de idiota con la que me saludaba todas las mañanas. Recordaba las cosas sucias que me decía mientras hacíamos el amor y la forma cómo me besaba.

Lo odiaba y me odiaba por recordarlo con tanto cariño y anhelo. Venían a mi mente sus titubeos, su poca claridad para explicarme por qué mierda me dejó de amar y la forma cómo me mintió. Entonces lo odiaba más y sentía una enorme llama creciendo en mi estómago, maldecía a la nada y preguntaba una vez más cuándo llegaría el día que lo dejaría de amar.

La segunda semana de clases de ese segundo año llegó con una gran sorpresa. Como siempre Lana y yo ocupábamos las carpetas del fondo del salón y éramos felices sentados en nuestro rincón, casi sin vernos y a la vez, compartiendo lápices, plumas, borradores, tinta y noticias de crímenes. Apenas y nos saludamos chocando los puños, cuando ingresó un rostro hermoso que jamás pensé ver en la Parsons.

—Chicos —dijo Jhonny Dave, el maestro más joven de la carrera y creo que de toda la escuela—. Les presento a una profesional de la pasarela que nos dará una charla muy importante este viernes en el auditorio. —Dave estiró el brazo y la dama entró en el salón con una gran sonrisa y mirada de cielo—. La reconocida modelo Olenka Kaminsky.

Los comentarios de asombro no se hicieron esperar y ella solo devolvió los elogios con palabras amables.

—El viernes tendré una presentación y luego sostendremos un conversatorio —dijo en un inglés mejor que el mío y con acento británico—. Trataremos un tema muy importante para todos los que quieren llegar a ser grandes diseñadores y buenas personas al mismo tiempo: la ética en la industria de la moda.

—Es un tema que estamos pensando implementar como curso especializado en los siguientes semestres en la escuela —comentó Dave y todos aplaudimos.

—¿Quiénes se animan a ir a la charla? —preguntó Olenka y los veinte levantamos la mano.

Dave nos pasó una lista para que pusiéramos nuestra firma y Olenka se despidió moviendo, con gracia de princesa, la mano.  Me quedé con el corazón sonando como la batería de Korn. Sería el primero en llegar a la charla para hablar con ella de nuevo.

Ver a Olenka me hacía sentir extraño, como si tuviéramos familiaridad entre los dos. Ella fue la mejor amiga de mi mamá y tal vez eso me hacía sentirla muy cercana a mí.

Ese viernes por la noche asistí a la charla que Olenka dio. Con la presentación del director supe que ella era una gran amiga suya y luego de la interesante charla sobre los derechos de los modelos y de los trabajadores que colaboraban con un atelier o trabajaban en una fábrica de confecciones pudimos acercarnos para saludarla.

Me puse al final de la fila y cuando ella me vio se quedó asombrada, se puso en pie con su sonrisa perfecta y una mirada de gran cariño, me abrazó y besó mi frente.

—¡Yuri! —dijo emocionada—. Estaba esperando verte porque cuando vi el apellido Plisetsky junto a la inicial de tu nombre dudé un poco que fueras tú. —Volvió a llenar con labial mis mejillas y me tomó de la mano—. ¡¿Qué increíble que estés aquí?!

Ese “amazing” que dijo Olenka con ese acento ruso me hizo recordar a todos los “amazing” que Víctor soltaba en cualquier momento. 

—Yo… —intenté explicar lo de Plisetsky—. Yo tomé el apellido de mi abuelo por autenticidad.

—Y te va muy bien —dijo con tanta seguridad que me transmitió su arrolladora confianza—. Tienes ese terco y recio carácter de Nikolai, para qué más explicaciones.

—¿Cuántos días te quedarás? —pregunté con la esperanza de salir con ella a conversar.

—Vuelo a Berlín el domingo, cariño. —Una mujer como ella debe tener la agenda llena, pensé—. Pero si quieres podemos salir a tomar un café o una soda mañana en la tarde.

—¿Dónde te recojo? —Debía ser todo un caballero con tan especial dama.

—Brad me acogió en su departamento —dijo señalando al director. Yo lo miré con molestia y él levantó los hombros—. Cada vez que llegó a la ciudad me quedo con él. Somos muy unidos.

Entonces imaginé que eran ese tipo de amigos que se quieren mucho y cuando se reencuentran conversan, pasean, cenan, bailan y hacen el amor.

—Estuve a punto de casarme con su hermano —dijo el director y mi corazón saltó; sin embargo, dejé de lado la curiosidad que me despertó esa noticia y volví mi mirada a Olenka.

—¿Está bien si paso por ti a las tres? —Olenka soltó mi mano y abrió la agenda de su celular.

—Que sea a las cinco, cariño —Repasó dos veces la pantalla y yo solo quería que dijera un horario que me permitiera estar con ella mucho tiempo—. A las tres recién estaré llegando de un almuerzo con Zana Bayne.

Me volvió a estrechar con sus brazos, su perfume acarició con ternura mi rostro y me dejó otro beso en la frente.


Llegué puntual al departamento de Kelly y sin problemas pues quedaba muy cerca del mío y sin saberlo estuve pasando por su frentera todas las mañanas que salía a correr. 

El departamento del director Kelly se ubicaba en la novena avenida, se podría decir que éramos vecinos. En la tercera planta de un edificio reconstruido en los noventa que puede verse muy tradicional por fuera, pero no por dentro. Me impresionaron los detalles que rescataron de la construcción original, con balaustradas de fina madera, pisos de porcelanato decorativo en tono crudo que permitía apreciar el fino trazo de las volutas dibujadas en tono dorado.

Ingresé al departamento del director y mientras esperaba que Olenka terminara de cambiarse el traje de la mañana, Kelly me sirvió una soda y me mostró todas las excentricidades con las que decoró su hogar. Lámparas y mesas estilo art deco, cuadros de los sesenta y setenta, muebles gigantescos de cuero blanco, un piano de cola negro ubicado al centro del salón y jarrones, grandes, pequeños, delgados, anchos. Su departamento parecía un museo lleno de jarrones de todos los colores y de todas las culturas del mundo. Exagerado, tal vez, pero le iba muy bien a la peculiar personalidad del diseñador.

Olenka tardó diez minutos desde que yo llegué y se presentó en la sala con un enterizo amplio de corte recto en color uva y un saquito pequeño de tono gris plata. Perfecta de pies a cabeza, oliendo a fresas y con el rubio cabello sujeto en un moño desordenado.

Caminamos a lo largo de la quinta avenida y llegamos a un café bar exclusivo para artistas y novelistas, de música suave y ambiente tranquilo. El balcón donde se ubicaba nuestra mesa nos permitía ver el loco ir y venir de la gente y los autos.

Esperábamos nuestros capuchinos hablando sobre la buena amistad que tenía con Kelly hacía muchos años atrás. Los dos fueron compañeros de aventuras sobre la pasarela antes que Kelly decidiera ser el tipo endemoniado en el que se había convertido, ella exhibió muchas de sus creaciones y él le ayudó a ver que debía andar con mucho cuidado en el hostil mundo de los reflectores, las cámaras y las revistas de moda. Prácticamente la cuidó.

—¿No intentó seducirte? —le pregunté pensando que esa amistad había llegado a algo más.

—Si yo hubiera sido un chico ucraniano, inexperto y de mente abierta, tal vez se hubiera atrevido a tomarme como su fuente de inspiración y probablemente hubiera terminado en su cama —Olenka sonrió con malicia—. Pero fui su favorita y eso me hizo su amiga entrañable durante unos cuatro o cinco años que duró mi aventura más alocada en el mundo de la moda. El tiempo que subí a los niveles más altos de la fama.

—La carrera de modelo es muy corta, Víctor tenía claro que la suya ya estaba acabando —comenté sin querer y me sonrojé mucho por haberlo mencionado.

—Para las mujeres resulta muy corta, puede empezar a los trece o catorce años y terminar a los veinticinco o máximo treinta —Olenka miró mi sonrojo, pero siguió hablando—. En cambio, para los varones ese periodo es más indulgente pues los hombres maduros tienen todavía contratos para pasarelas y campañas pasados los treinta, los cuarenta y hasta los cincuenta. Víctor tiene mucho futuro.

—Claro —dije y no sabía cómo cambiar el tema de conversación porque no quería seguir hablando de mi hermano. Si lo hacía otra vez sentiría ese dolor tonto que me abría el pecho y se colaba hasta en mis huesos.

Sirvieron nuestro pedido y cuando el capuchino estuvo frente a Olenka, ella aspiró con alegría el aroma del café, cerró sus maquillados párpados y sonrió. Jamás había visto a una persona sentirse tan feliz con un simple vaso de capuchino. Sonreí.

—Me sorprendió mucho ver que te cambiaste de apellido. La vez que te conocí te vi tan feliz y orgullosos de ser un Nikiforov —comentó al mismo tiempo que observaba la figura de un gato dibujada en la superficie del capuchino—. ¿Qué pasó entre Víctor y tú? ¿Por qué se alejaron? ¿Te dijo o te hizo algo que no te gustó?

Me asusté con el último comentario. No sabía si Olenka conocía bien a mi hermano o si se dejaba llevar por los rumores de los tabloides. Quería decirle tantas cosas que escondía en mi corazón; pero como a todos los que quería y me parecían personas extraordinarias, no le dije nada más que la parte más superficial de mi problema.

—Víctor fue un buen hermano al acogerme en su casa y en su vida por un tiempo. También hizo un gran esfuerzo con la empresa hasta sacarla de sus problemas, pero volvió a su mundo y sus actividades y eso nos alejó.

—Pensé que fue Angélica la que influyó en vuestro alejamiento.

—¿Conoces a la madre de Víctor?

—No tanto como quisiera, pero sé muy bien que ella jamás perdonó a Mirko y que hizo todo lo posible por alejarlo de Víctor. —Sorbió un poco del capuchino y afirmó sin dudas—. Ella odiaba a tu mamá.

—Lo sé y también me odia. —Recordé la llamada de Angélica el día de la boda de Víctor—. Creo que ella tuvo algo de influencia en él, pero hay cosas más molestas que sucedieron entre los dos.

El silencio dominó los siguientes minutos de nuestro encuentro, ambos tomábamos nuestros cafés y yo comía el mousse de fresa que pedí. Olenka miraba por la ventana la tarde que cubría con luz y calor las fachadas de los edificios de en frente. Todo quedó como suspendido en la nada y me sentí raro.

—Espero que algún día puedan hablar con la cabeza fría para resolver vuestro desencuentro, Yuri.

—Él se fue de Piter sin decirme una justificada razón, dejó la empresa, me dejó en su departamento, hizo todo lo posible para convencerme de no estudiar en París y se portó como un extraño conmigo.

—¿Y tú qué hiciste?

—Decidí cortar todos los lazos con él.

—¿Cómo te sientes con eso?

—No quiero hablar más de él, ahora tengo una nueva vida y es lo único que me debe importar.

Olenka sonrió con cariño. Robó un pequeño pedazo de mi mousse y comenzó a contarme sus proyectos nuevos. No solo se dedicaría a enseñar la importancia de una actitud ética con los modelos, sino también extendería su trabajo hacia una actitud ética con las personas que trabajan en las grandes fábricas de Asia, Sudamérica, África y el este de Europa, para que tengan empleos dignos y no sean explotadas.

Recordé que en Nefrit también hubo ese tipo de práctica y que mi padre no hizo algo distinto que muchos de los grandes diseñadores. Entonces en silencio me juré que jamás recurriría a la explotación de las personas que trabajaran conmigo algún día.

Dos meses después de nuestra cita, Olenka volvía a Nueva York y se convertía en una asidua asistente del director Kelly. Todos los días los veía en afanes que mantenían en secreto hasta que al llegar el final de mi tercer semestre de estudios ambos anunciaron que se crearía un curso libre sobre ética en la industria de la moda y que durante el siguiente semestre sería Olenka Kaminski la encargada de dictar el curso.

Al iniciar el semestre cuatro, fui el primero que se inscribió en el curso de Olenka junto con los alumnos más avanzados de la carrera. Olenka resultó ser una gran maestra, pero también se convirtió en una gran amiga y en un referente de decencia dentro del turbulento mundo de la moda que me esperaba cuando egresara de la Parsons.

Cada enseñanza que ella nos dio durante las dieciocho semanas que duró el semestre, quedaron grabadas en mi corazón y ellas son las que iluminan los pasos que daré para enfrentar mi futuro como diseñador.

Cuando terminó el semestre Olenka se despidió del curso y entró como reemplazo el propio director Kelly. Ese momento me di cuenta de que las ideas de gestión ética de la moda fueron los lazos más fuertes que unieron a la mejor amiga de mi mamá con el atractivo e histérico director de la Parsons.  

Un día antes que volviera a su mansión en Londres, Olenka y yo preparamos platillos tradicionales de Rusia y cenamos como reyes. Me dio un regalo muy significativo, un álbum que contenía muchas fotos de mi madre y de ella en situaciones distintas a su vida de modelos. Yo le regalé una hermosa esclava de oro con una inscripción que decía “gracias”.

Antes de despedirse tomamos una copa de vino para desearnos mucha suerte entre brindis y luego de un fuerte abrazo y los besos que me dejó en el rostro, Olenka me preguntó.

—La siguiente semana estaré en un evento de moda en París y sé que Víctor también asistirá —Soltó el abrazo y me miró con seriedad—. ¿Quieres que le diga algo?

—No le digas nada, por favor. —La incómoda pregunta me hizo arrugar el rostro.

Olenka tomó mi rostro entre sus manos, me miró con un cariño muy especia y me dio un último beso en la mejilla.

—Conéctate conmigo de vez en cuando, ¿sí?

—Si.

La acompañé hasta el edificio donde vivía el director Kelly y la vi caminar delante de la recepción con ese paso pausado que llevan las modelos profesionales en su andar. Cuando la vi entrar en el ascensor le dije hasta pronto y me sentí algo vacío, como si estuviera despidiendo a alguien muy querido.

Caminé hacia una tienda por departamentos, compré una manta nueva para Potya, una botella de vino, un queso azul y en el camino de regreso a mi departamento recordé aquella conversación que tuvimos con Olenka en ese café bar.

Angélica no me quería en la vida de Víctor, ella nos vio en una actitud muy íntima la vez que la conocí y tal vez dedujo que algo estaba pasando entre los dos. Las madres de tanto sospechar muchas veces aciertan.

Tal vez Víctor quiso complacer a su madre enferma y decidió terminar nuestra relación. Esa situación sí tenía lógica; pero, sintiéndome más solo que nunca en esas calles llenas de gente de la Gran Manzana, pensé que debió decirme los motivos por los que decidió dejarme de amar.

Eso no hubiera evitado el dolor de la separación, pero le hubiera dado una explicación a mi corazón que se empeñaba en resistir y seguir latiendo por ese amor que lo hirió de muerte.   

Notas de autor:

Zana Bayne, joven diseñadora de Nueva York que le gusta inspirarse en artilugios de sadomasoquismo para sus crear sus diseños.

Notarán queridas lectoras que en algunos capítulos de esta parte final voy a acelerar un poco el tiempo con escenas cortas y es que no es necesario que me detenga mucho en la vida cotidiana de Yuri ni la de Víctor porque todo lo que sucede a partir de ahora tiene una razón especial de ser.

Gracias por seguir leyendo Tabú y por vuestros hermosos comentarios.

Hasta la próxima semana.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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