Tabú 74


Durante casi una hora observé mi cara y mi cuerpo en el espejo y comprobé que era una perfecta basura, con el cabello sucio y desaliñado, los ojos hundidos y rojos, mi aliento olía a mierda y mi cuerpo pesaba una tonelada. No reconocí al tipo que me miraba desde el espejo porque no era un hombre, era solo una porción de estiércol que se sentía miserable e intentaba dar pena a los demás.

Lilia era la única que aguantaba mi triste figura y mi inútil discurso; pero hasta ella tenía un límite a su paciencia. El llanto, con el que acompañó muchas noches dentro del dormitorio que ocupaba en su casa, cesó y con cierta dureza me dijo la noche anterior que debía decidir de una vez qué quería hacer con mi vida porque no quería seguir viéndome como un pobre perro callejero que se arrastra entre los botes de basura y salió de la habitación tirando la puerta.

Ella tenía tanta razón que sus palabras comenzaron a quemar mi corazón y esa mañana me puse en pie después de muchísimos días. No era depresión lo que estaba padeciendo, pues yo sí tenía ganas de vivir. Lo que no sabía era qué camino tomar y cómo empezar a recorrerlo. Me harté de estar tirado sintiendo misericordia por mí, así que boté las cobijas a un costado y mi gato tuvo que dar un salto enorme para no caer.

Caminé hacia el espejo y me quedé contemplando aquella cosa en la que me había convertido en los últimos meses. Parecía un maldito perdedor y eso encendió mis alarmas, pues yo no era así. Sentí unas ganas inmensas de regresar a la cama y enterrarme en ella una vez más como si fuera un gusano de jardín y por lo mismo caminé con pesadez hacia baño. Abrí la regadera y entré a remojarme bajo el agua hasta que por fin sentí mi piel y mis ganas de dar el siguiente paso.

Sabía bien que la vida me iba a doler como un jodido dolor de muelas; pero debía seguir adelante si quería seguir respirando un día más. Cuando salí y vi lo pálido que estaba, lo lamentable que me veía y lo poco que había de mí en mi mirada decidí vestirme de orgullo, levanté la cabeza y combiné un traje color azul marino con una camisa celeste y zapatos negros muy brillantes.

Até mis mechones desordenados en una coleta y bajé a tomar un buen desayuno. El ama de casa de Lilia se sorprendió al verme y me saludó algo desconcertada. Agradecí la atención que me dio esos días en mi oscura habitación y la manera cómo ayudó a mi gato a adaptarse a la casa de la gran dama de la moda.

Lilia no había dejado de ir a Nefrit durante esos pesados días de otoño y junto con Yakov consiguieron el apoyo de dos diseñadores italianos que refrescaron las ideas para las próximas colecciones en las que todos estaban poniendo su empeño.

Esa mañana decidí que no iría a Nefrit y que me ocuparía de mí. Renté un auto para todo el día y lo primero que hice fue visitar a Luka Krupin, un estilista famoso a quien nadie podía molestar porque tenía como amante a un funcionario de alto rango en el gobierno. Ese era un secreto a voces, pero como ellos vivían una vida casi clandestina, nadie podía decir que contravenían la ley. Al verme y comprobar que mi cabello había perdido brillo, forma y no estaba sedoso, se espantó así que sugirió que se vería mejor si lo cortaba casi por completo. Me aseguró que después podría volver a crecer más fortalecido con los tratamientos.

Acepté.

Si Víctor pudo cambiar sus mechones largos que lo ataban a un pasado que quería retener, yo también podía hacerlo y dejar ir en cada mechón de cabello un tiempo que ya no me pertenecía. Alcé el pulgar y le di luz verde para que hiciera de mi cabeza lo que quisiera, era un gran profesional y no haría tonterías a una joven promesa como yo.

Cuando terminó no me arrepentí. Solo sabía que me quedaría por un buen tiempo con el tic de tomarme el pelo con los dedos para desenredarlo o sujetarlo; pero me dije que debía cambiar también ese estúpido hábito.

Dos horas después salí del salón de Luka y caminé por las mejores tiendas de San Petersburgo comprobando que me dolía pasear por ellas porque cada calle y cada tienda de la ciudad me recordaban a Víctor. Comprando trajes y pantalones de mezclilla, escogiendo corbatas y camisas, probándome remeras y camperas, modelando para mí cien posibles combinaciones fui tomando una firme decisión para mi futuro y me convencí a fuerza de recuerdos dolorosos qué era lo que iba a hacer los siguientes días, los siguientes meses y los siguientes tres años.

Con decenas de paquetes que llevaba en los brazos y otros más que esperaban en el coche que renté, regresé a la casa de Lilia. Mi habitación me esperaba ordenada y limpia, Potya no me reconoció en un inicio al igual que la señora de la limpieza y el mayordomo de Lilia a quien pedí me ayudara a desocupar el closet para llenarlo de un aire completamente nuevo.

Metimos todo mi pasado en cajas y le pedí al amable mayordomo que dispusiera como mejor le pareciera la ropa y los accesorios. Incluso me deshice de aquellas prendas que Víctor me había regalado en algunas circunstancias y también tiré el frasco de Chalee, el perfume que siempre me gustó usar con ese toque de menta que me anclaba en mi adolescente periodo de escolar.

Para las tres de la tarde, luego de almorzar solo y darme el permiso de sentir pena de mí por última vez, llamé a Yakov y le pedí que nos reuniéramos junto con Lilia en la oficina de mi padre dentro de la mansión de Nefrit. Él revisó su agenda y propuso que el viernes de esa semana tuviéramos la reunión a las diez de la mañana. Acepté.

Por la noche algo cansado esperé a Lilia para cenar. Al verme se sorprendió mucho, pero su sonrisa me hizo sentir que estaba haciendo lo correcto y sin más demora compartí con ella las ideas iniciales que trataría en la reunión dos días después.

Ella se quedó muy sorprendida y me pidió que lo pensara mejor; pero antes de irnos a dormir me aseguró que si seguía con la misma idea no le quedaba más remedio que aceptar. Y así lo hizo, cuando junto a Yakov nos reunimos en la gigantesca mesa y frente a una de las muchas fotografías de mi padre que permanecían colgadas en las paredes de la casa de modas.

—Estás algo delgado —apuntó Yakov al verme—. Pero te ves bien. —Aprobó mi nuevo yo.

—Estoy recuperando apetito —le respondí mientras tomábamos asiento.

Lilia ingresó a la sala y se sentó a mi diestra mientras Yakov, que estaba a mi lado izquierdo, sacaba su blog de notas y un lapicero. Él prefería las cosas a la antigua. Los tres nos miramos a los ojos y Yakov comenzó la reunión

—¿Para qué convocaste a esta junta extraordinaria, Yuri? —Abrió su libreta y apuntó la fecha y la hora—. Antes de empezar formalmente esta reunión y ponerla en acta, tenemos que hacer una convocatoria y luego fijar el tema de agenda, solo así podremos dar inicio.

—El tema de la reunión… —Callé por unos segundos mientras decidía cómo decirle mi motivo y preferí no hacer ninguna introducción larga. Nunca me gustó perder el tiempo—. Quiero vender Nefrit.

Yakov abrió los ojos de forma desmesurada y yo lo miré sin hacer ningún gesto y con la convicción de que esa era la mejor decisión. Luego del shock inicial vi al amigo de mi padre y mi abogado quitarse las gafas, limpiarlas con un pequeño paño, ponérselas de nuevo y tomar otra vez su lapicero mientras su rostro pasaba de la palidez absoluta a un intenso tono rojo.

Aclaró un par de veces la garganta y con la voz algo elevada me hizo un solo pedido.

—Dime ¿por qué quieres vender una empresa que ha comenzado a caminar tan bien? —Y aclaró una cosa más—. Solo quiero la verdad, Yura.

—Nefrit fue el sueño de mi padre y mientras él estuvo vivo lo hizo realidad en las colecciones, en los dibujos y en las puntadas sobre las telas de sus creaciones. —Pensé mejor la manera de explicar lo que quería y mi motivo principal—. Nefrit no es mi sueño, no es mi proyecto, no puedo ni quiero hacer un traje más para una mujer, no quiero abrir en esta casa una línea masculina, no quiero nada que me ate a un tiempo que se fue. —Retuve el aire y lo solté por completo con esa verdad que saltaba en mi lengua—.  Yo deseaba triunfar en Nefrit por Víctor, no por mí, porque quería que él se sintiera orgulloso de su hermano menor; pero gracias a la puñalada con la que me apartó de su vida ya no deseo más este sueño. Quiero construir el mío desde cero tal como lo hizo mi padre un día.

Mientras yo argumentaba mis motivos, la mirada de Yakov pasó de la sorpresa, a la amargura y finalmente a la resignación cuando la desvió hacia Lilia.

—¿Tú ya sabías esto? —Yakov tenía el rostro bien largo cuando le pidió una explicación.

—A mí también me sorprendió al inicio, pero creo que Yuri tiene mucha razón. —Lilia me respaldó.

—No voy a hacerte cambiar de opinión, ¿verdad? —Yakov todavía me miraba sorprendido.

—No. —Fue mi decisión final.

—¿Y qué harás después de vender la casa de modas? —Lilia todavía estaba preocupada porque dos noches antes de esa reunión yo aún no había definido donde iba a estudiar y, según ella, la escuela de París todavía seguía siendo una buena opción.

—Voy a estudiar en Nueva York. Ayer envié la solicitud a la Parson New School of Fashion y la primera semana de diciembre tengo que viajar a América para una entrevista con el director de la escuela. —Yakov y Lilia se miraron entre sí, ella suspiró y él aclaró de nuevo su enronquecida garganta—. Si me aceptan estaré viajando en febrero para comprar un departamento.  

—¿Qué quieres que haga, Yura? —Yakov aún no había apuntado ninguna letra en la libreta que seguía abierta. Solo había dejado la marca de algunos puntos sobre el papel—. ¿Hago una convocatoria abierta o me tomo el tiempo necesario para buscar una terna de inversionistas que podrían comprar Nefrit?

—Prefiero que hagas lo segundo, no quiero mucha publicidad sobre este asunto pues la prensa estaría sobre mí y detesto eso. —Fui puntual con mi pedido, solo quería que el asunto se resolviera lo más rápido posible.

—Estoy pensando en un nombre… —Yakov tomó su celular y nos mostró la foto del posible comprador. Curiosos Lilia y yo miramos el extraño nombre que no pudimos leer bien.

—Creo que sería el mejor —comentó Lilia con cierta satisfacción.

Lo único que comprendí en ese momento es que ambos conocían al hombre de la fotografía y que, probablemente, era un multimillonario con quien Yakov contactaría directamente para vender una empresa que subió su calificación en varios puntos durante el año y medio de gestión de Víctor y ese último año en el que Yakov y el CEO trabajaron su expansión.

Yakov llamó a la secretaria quien leyó el estatuto de la empresa preparó los documentos iniciales de mi primera sesión de directorio y después de una hora iniciamos de manera formal la reunión extraordinaria a pedido del socio mayoritario de Nefrit.

Seis días después se inició el trámite para la venta directa al único postor que se presentó y que tal vez por orgullo o exceso de dinero no regateó ni un poco la cotización que Yakov le alcanzó. Mientras yo preparaba mis papeles para visitar “la gran manzana” y dar el que sería mi primer paso hacia la construcción de mi propio sueño y de mi nueva vida.


El tercer día de diciembre viajé a Nueva York.

No era la primera vez que iba a esa ciudad. Siendo aún adolescente mi padre me llevó a conocerla para celebrar mi cumpleaños número quince. Al abuelo le gustó mucho la distribución de las calles y sus grandes edificios. Se enamoró del Central Park y rechazó ir a una obra en Broadway porque no le gustaban los musicales, en su lugar visitamos el Museo Metropolitano de Arte, conocimos Wall Street y la gran Biblioteca Central donde nos quedamos admirados por su arquitectura y la cantidad de libros que conservaba.

Eso fue antes que me dijeran que él tenía una enfermedad tan grave y que durante los siguientes meses necesitaría de mi compañía para superarla. El abuelo, mi padre y yo nos divertimos en Nueva York y de una manera profética Miroslav Nikiforov me dijo, una noche antes de regresar a Moscú, que un día volvería a caminar por esas calles; pero no como turista, sino como un ciudadano del mundo.

Ese diciembre di inicio a esa profecía y pensé que mi abuelo sí estaría orgulloso de mí en ese momento porque, pese a la inmensa pena que sentía, decidí enfrentarme a todos mis miedos y caminé solo hacia la entrevista con Bradley Kelly, un gran diseñador de estrellas y director de la prestigiosa escuela de modas a la que no cualquiera podría ingresar. No lo digo porque estudiar en ella resultaba muy costoso, también porque también eran muy exigentes con sus alumnos.

Kelly me recibió en su despacho en el edificio de la 5th Avenue. Una oficina muy moderna de blancos muebles matizados con cuadros pintados en rojo donde resaltaban rostros de modelos famosas de las últimas dos décadas.

Era un hombre excéntrico que vestía con trajes ajustados sobre los que ponía unos sacones largos de cuellos extraños y sombreros pequeños de colores que hicieran juego. Ese día estaba vestido con un traje de tres piezas de suave color avellana sobre el que resaltaba un saco de levita en tono grana con bordados brillantes del mismo color. Parecía el personaje principal de una historia de vampiros que llevaba el cabello suelto que caía hasta los hombros y unas gafas circulares pequeñas que se veían ridículas delante de sus ojos verdes.

Con cuarenta años de vida y veinte en la industria, Kelly era, según sus alumnos, el más maldito, despiadado y exigente maestro con el que habían estudiado. Sacaba a todos de sus casillas y era capaz de romper y hasta quemar una pieza si no le gustaba los resultados. Muchos de sus alumnos renunciaron a sus sueños o se cambiaron de escuela para no tener que soportar sus excesos. En un foro encontré a un tipo que decía que algunos salieron llorando de la escuela.

El momento que crucé la puerta de su despacho y lo vi sentado en un diván largo ubicado junto a la gran ventana desde donde podía verse los viejos edificios de la Quinta Avenida. Cuando me vio no se movió de su posición para saludarme y en su lugar me llamó por mi nombre y me invitó a sentarme junto a él. Era algo intimidante y olía muy bien. Cuando me senté puso su mano en mi hombro y señaló el horizonte que podía apreciarse ventanas que brillaban frente al sol y edificios que destacaban por su tamaño y forma.

—¿Qué ves allá, Yuri? —me dijo sin despegar sus ojos del paisaje.

—Trabajo, sacrificio y éxito. —En realidad eran muchos edificios grandes y grises.

—Eres de los poquísimos aspirantes a la escuela que me ha dado esa respuesta —señaló sin mirarme mientras yo contemplaba su perfil recto y sus gruesas cejas negras—. Creo que si ingresas a la escuela nos vamos a llevar muy bien.

Ese hombre me pareció fascinante desde el primer momento, pero como también lo sentí muy intimidante y excéntrico. Nunca podías adivinar qué estaba pensando o qué haría el siguiente segundo. Yo lo miraba con cierta reverencia porque estaba sentado junto a una eminencia de la moda neoyorquina y mundial y, venciendo ese temor que me provocaba cierto temblor en el vientre, me atreví a preguntar.

—¿Y qué tengo que hacer para entrar en su escuela? —Seguía contemplando su rostro y su oscura barba de tres días.

—Morir —me dijo y por fin se dignó a mirarme—. Morir y dejar atrás al chico que ha entrado por esa puerta para renacer como una criatura nueva, llena de vida y de ideas únicas que me estremezcan. Estar dispuesto a que te forme y moldee tu alma para que extraigas la esencia de lo que eres por dentro.

—Entonces no solo se trata del diseño. —Creí interpretar lo que me acababa de decir.

—Se trata de tu alma Yuri Nikiforov, sino no estás dispuesto a revelar tu alma y la escondes en tus miedos, en tus dudas, en tu pasado, en tu visión sesgada de la vida, en tus amores, en tus odios y en tus prejuicios, entonces sal por esa puerta y no vuelvas más —advirtió y cada palabra que escuché de él fueron como las de un dios maligno que me estaba retando.

—Si es así… entonces te entrego mi vida. —Yo tampoco dudé en decir esa frase, aunque no imaginé que hacer un trato con Bradley Kelly era como firmar un pacto con el diablo.

—¿Qué esperas lograr con el diseño de modas, Yuri? —Sus ojos eran tan verdes como los míos, pero a diferencia de este ruso, los de Kelly emanaban poder.

—Vestir hombres y hacerlo bien. —Ese era mi principal objetivo y se lo dije sin dudar porque con ese hombre tenía que ser muy claro.

—¿Por qué quieres vestir hombres? —me dijo mirándome sin pestañar.

—Porque me gustan los hombres —respondí sin bajar mi mirada.

—Ya nos vamos entendiendo mejor, Yuri Nikiforov —Sonrió y sentí que me atravesó el pecho con ese simple gesto—. He leído sobre ti y vi tu pequeña trayectoria. No me parece que seas algo maravilloso y espectacular y me imagino que fue porque hiciste modelos para mujeres, ¿pero sabes?… Estás en pañales niño y no eres nada especial, no hasta ahora. —Lo odié cuando dijo eso porque mi ego se sintió bajo fuego enemigo.

—¿Y tú me harás especial? —le dije mirándolo de pies a cabeza.

—No, Yuri, tú te harás especial mientras aprendes a diseñar verdaderas piezas de colección —dijo y extendió su mano—. Bienvenido a Parsons, las clases empiezan en marzo.

Estreché su mano y me sentí desnudo porque su mirada era tan intensa que si no hubiera sido mi terquedad habría desviado la mía.

Con esa extraña bienvenida el hombre ordenó que una de las asistentas de protocolo de la escuela me diera un paseo por las instalaciones y me quedé fascinado con el edificio y los talleres que recorrí. Vi a los alumnos en clases y también conocí un poco a quienes serían mis maestros, tomé un capuccino en la cafetería y me sentí como si estuviera invadiendo el lugar hasta que la cálida sonrisa de Miss Green me hizo sentir tranquilo. Al verme la maestra me reconoció y me dio la bienvenida cuando supo que pronto sería un alumno más de la Parsons.

Me quedé tres días más en Nueva York mientras firmaba mi solicitud formal para el ingreso a la escuela y contrataba un agente de bienes raíces para que me consiguiera un departamento pequeño, cómodo y algo cercano a mi centro de estudios.

Con todos los pendientes que dejé en la gran ciudad regresé a San Petersburgo pues Yakov me tenía una gran novedad.


Era el diez de diciembre y la nieve se extendía sobre el río Neva congelando su caudal superficial. Yo esperaba en el despacho de la casa Nefrit al comprador que muy feliz había aceptado hacerse dueño de la firma.

Como al mediodía el bullicio se apoderó de la casa y espantó a los pajarillos que habían quedado atrapados por el inverno bajo la cornisa del techo y los que alimentaba a diario.

Madhur Rajendra Rajgopalachari y su esposa Tamid ingresaban a la casa acompañados de un séquito de servidores y hombres de vigilancia. Yakov los guiaba por los pasillos de la mansión y ellos se detenían a contemplar admirados los detalles con los que mi padre adornó la casa.

La señora Slómova, secretaria de gerencia de Nefrit, ingresó a mi oficina para anunciar que los invitados estaban por de ingresar a la sala de reuniones y me dijo que sería mejor esperarlos allí; pero como no suelo hacer caso a lo que me dicen en materia de protocolo, decidí salir de la oficina y recibir al hombre.

Estaba vestido con un traje occidental gris y grueso abrigo de lana para preservarse del frío. Nos dimos la mano cuando Yakov nos presentó y juntos ingresamos al salón de reuniones donde Lilia nos esperaba.

Después de los saludos, sus abogados y los nuestros, al mando de Yakov, procedieron a leer la última versión de los documentos de compra venta que habíamos de firmar Lilia y yo como únicos socios de Nefrit. La lectura tardó por lo menos media hora y durante otra media hora más se dedicaron a hacer consultas. Cuando todo terminó los consejeros legales dieron su conformidad.

La venta estaba siendo grabada por un camarógrafo profesional para acompañar con un documento fílmico la solicitud que elevaba a la oficina registral de empresas el acto jurídico. Antes de firmar comprobamos que el dinero que había pedido por la casa de modas estuviera depositado en mi cuenta y en la cuenta de Lilia y, cuando Yakov nos informó que todo estaba conforme, el delgado hombre de sesenta años, carnes pegadas a los huesos, profundos ojos negros y sonrisa sincera tomó la pluma especial que el representante de la oficina de registros jurídicos nos alcanzó y comenzó a firmar cada hoja del primero de los cinco expedientes con el que culminaríamos la transferencia absoluta de Nefrit.

La casa de Admiralteysky, las tiendas de Rusia, Moscú, Oms y Sochi. Las tiendas de Roma, París, Londres, Berlín, Nueva York y Omán y las pequeñas cedes de otras ciudades. Todo quedaba en sus manos.

También los centros de producción de San Petersburgo y Moscú, los de Singapur y la India y los tres centros de producción de Europa del Este. Lo último que se añadió al contrato fue la casa del distrito de Petrogradisky donde mi padre montó su primer taller de producción.

El multimillonario nacido en el corazón de la ciudad de Nueva Delhi había conocido a mi padre y fue un admirador de su trayectoria como profesional de la moda. Quiso ser su socio en el pasado, pero mi padre le pidió que fuera solo su representante. Después de diez años de trabajar para otros y para mi padre formó su propio imperio de moda contratando diseñadores de otras partes del mundo y permitió que Ankar, su exclusiva marca, fuese tomada en cuenta en el mundo.

Para Madhur comenzaba un sueño con la adquisición de Nefrit, extendería sus propuestas a través de ella y permitiría que el nombre de la compañía se posicionara en el Asia.

Para mí terminaba una aventura que nos costó muchas noches de insomnio y muchas lágrimas y, cuando firmé el último de los papeles para concluir la venta, sentí como si un gran peso se me hubiera quitado de encima.

Amaba a mi padre y lo admiraba, estaba agradecido con Lilia y con cada uno de los trabajadores de la empresa por haberme enseñado los primeros pasos en el mundo del diseño de modas. Respetaba y hasta podría decir que quería a Yakov y, por supuesto, agradecía mucho el esfuerzo que Víctor hizo durante el tiempo que luchó por sacar adelante Nefrit, pero ese sueño terminaba ese diez de diciembre. Si bien la marca seguió siendo usada, el estilo y la proyección de la empresa cambió por completo los siguientes años. Solo un hombre como Madhur y tres de sus ocho hijos lograron hacer ese cambio.

Cuando todo estuvo firmado solo nos quedaba despedirnos de la que fue nuestra casa y nuestro segundo hogar. Antes de venderla había hecho desocupar las fotografías de mi padre y la estatuilla de esa hada que dominaba el jardín y le pedí a una compañía que las trasladara hasta mi nuevo departamento en Greenwish Village en el lado oeste de Manhattan, muy cerca de la escuela de diseño.

Antes de despedirnos de la casa y dejarla en manos de sus nuevos dueños recuerdo que Yakov se paró cerca de la reja de salida y con el rostro serio le dijo a Madhur.

—Amigo Rajgopalachari dejo en buenas manos algo que fue la joya más preciada para mi mejor amigo. Sé que junto a usted esta empresa ira por nuevos caminos. —Calló un instante y con visible emoción le pidió—. En India se encuentran dos de los centros de producción importantes para nosotros donde unas setecientas mujeres trabajan y se capacitan cada año para seguir estándares de calidad. Espero que las evalúe y cuente con su capacidad porque son personas muy comprometidas con la empresa.

Sé que Yakov hacía este pedido pensando en Víctor porque él puso el alma a esas dos casas de producción. Había dado su palabra a las mujeres para hacer que su trabajo fuera muy bien reconocido y remunerado.

—Mi esposa está a cargo del área de empleo y capacitaciones a los trabajadores y nosotros jamás dejamos de apoyar a nuestra mano de obra, señor Feltsman —dijo sonriendo el hombre y aseguró—: Tengo planificado hacer dos edificios modernos en esos terrenos y contratar más personal para que trabajen para mis dos empresas de moda y ahora para Nefrit. Voy a contar con las mujeres que hasta ahora han producido las buenas prendas de la empresa porque ellas saben cómo hacerlo, jamás despediría a personal capacitado.

Un apretón de manos cerró por fin el trato y con mucha nostalgia subimos al coche de papá, uno de colección que Víctor no vendió cuando tuvo que salvar la empresa y sin mirar atrás nos alejamos de Nefrit y de un pasado glorioso y doloroso.

En el camino vi a Yakov sumergido en tristeza. Sabía que estaba pensando en papá y decidí sacarlo de sus pensamientos.

—Yakov quiero poner en una cuenta el dinero que le corresponde a Víctor —le dije afirmando mi voz y tratando de no ver la casa antes que el auto diera la vuelta hacia Bolshoy Prospekt.

—Pero él dejó de ser socio y todo lo puso a tu nombre. Todo el dinero de la venta que entró en tu cuenta de Luxemburgo te corresponde a ti —afirmó Yakov mirándome con pasmo.

—Mi papá no hubiera querido que sea así, Yakov. —Estaba decidido a hacer lo que consideré correcto—. Es demasiado dinero y siento que a Víctor le corresponde la mitad.

—Pero… —Yakov no deseaba que yo compartiera ese dinero porque Víctor había sido enfático en decirle cuando me transfirió las acciones que jamás quiso Nefrit como su responsabilidad.

—Yakov Mihailovovich Feltsman —Cuando Lilia nos llamaba por nuestro nombre completo sabíamos que estábamos en problemas—. Deja tus resentimientos y tu dolor con Víctor y permite que Yuri haga lo que quiera con ese dinero.

Yakov no se animó a discutir con Lilia y cuando él volteó la mirada hacia el canal del río Neva, ella sonrió. Yo pensaba que no solo era correcto darle la mitad del dinero a mi hermano, también sabía que era la mejor manera de decirle adiós.

Llegamos a casa de Lilia y almorzamos juntos. Yakov se despidió a penas terminamos el almuerzo y yo subí a mi habitación. Amplia y llena de muebles clásicos, con cortinas en tonos rosa pastel con dorado y con una gran alfombra persa granate en la parte central donde se posaban unos muebles vintage de los años cincuenta hechos en madera clara y con tapices en tono lila.

Tomé mi celular y busqué una fotografía de Víctor, de las muchas que tenía guardadas en mi galería. Era una imagen del viaje que hicimos dos años atrás por su cumpleaños, recordé lo feliz que parecía cuando fuimos a tantos lugares bonitos y después recordé que su madre enfermó. Entonces tuve claro lo que había pasado. Por no llevar la contraria a su madre que sabía todo lo nuestro, Víctor se alejó de mí.

Miré la sonrisa de mi hermano y decidí que la única manera de olvidarlo sería devolverle la ausencia y el olvido que él me dio. Decidí odiarlo hasta que mi odio se convirtiera en indiferencia, hasta que Víctor pasara a ser un asunto del pasado. En Nueva York me esperaba una nueva vida y Víctor Nikiforov no formaría nunca más parte de ella.

Potya y yo salimos de esa habitación y de esa bonita mansión un mes después, él se convirtió en mi único compañero en Nueva York y se adueñó de la ventana de la sala que miraba al Washington Square Park.

Para el verano siguiente Lilia dejó su casa con una gran ilusión. Regresó después de trece años a Moscú. Con el dinero que le correspondía por la venta de Nefrit compró un lujoso departamento en Yakimanka cerca del río Moscova y fundó una nueva escuela de diseño de modas a la que llamó Zarya, Escuela de Alta Moda de Moscú.

Nota de autor:

Zarya: diosa eslava del amanecer o estrella de la mañana.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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