Tabú 69


Las primeras semanas que mi madre y yo comenzamos a vivir en París, coincidieron con su cumpleaños. Desde ese 20 de setiembre, que por primera vez estuvimos solos hasta que ella se casó de nuevo, tomamos la costumbre de festejar todo el día juntos. Era una fecha especial en la que yo faltaba a la escuela y recorríamos las calles como si buscásemos el regalo perfecto, el restaurante ideal para almorzar, el lugar perfecto para tomarnos fotografías y la noche por lo general íbamos al cine o al teatro.

Era un ritual con el que tratábamos de llenar nuestro vacío y hacer que ese día fuera muy distinto a todos los demás. Podíamos caminar durante horas en las tiendas y centros comerciales hasta hallar aquello que en verdad nos dejaba satisfechos y cuando regresábamos a casa nos esperaba preparada una cena deliciosa cena y un delicioso postre en la nevera.

Bailábamos y yo intentaba llevarla bien, aunque por lo general era ella la que me llevaba y me enseñaba cómo debía hacerlo. Terminábamos cantando y mamá me dejaba tomar una generosa copa de vino.

Al final del día abríamos los regalos, el de ella y el mío, porque mamá insistía en comprarme un regalo a mí también. Me abrazaba con fuerza y me llenaba de besos, yo me dejaba abrazar y también la apretaba con entre mis brazos. Quería verla siempre feliz y cuando me iba a la cama, mamá dejaba la puerta entreabierta para que yo supiera que ella no estaba llorando.  

Fueron años maravillosos en los que sólo fuimos mamá y yo, ella intentando suplir la ausencia de papá y yo procurando hacerla reír para no verla llorar. Los años más bonitos porque a pesar de nuestro duelo —haber dicho adiós a papá dolió demasiado— sirvió la experiencia para unirnos mucho y conocernos más. O al menos eso es lo que ambos creíamos.

Ese 20 de setiembre cuando la cena nos esperaba lista en casa de mamá, ella todavía recuperándose de las secuelas que le dejó la quimioterapia y yo intentando encarrilar mi vida en las mismas vías por donde transcurría la de Anya.

Y Anya, se sentía más feliz que nunca procurando que todo lo que preparó en casa de mamá estuviera perfecto.

Fuimos tres desconocidos sentados en la misma mesa, tres seres humanos intentado recuperar los restos de la felicidad del pasado para dejar atrás los problemas o por lo menos no enfrentarlos de una vez. Y la única manera cómo tratábamos de recuperar ese pasado fue repasando algunas anécdotas navideñas.

Mamá contó algunas anécdotas sobre mi niñez y procuró en todo momento enfatizar los momentos en los que solo ella y yo vivimos situaciones especiales, como cuando me perdí en la gran tienda por departamentos a los cuatro años y mi madre me encontró después de media hora jugando con unos patines de ruedas.

—El muy bandido dijo que estaba preocupado porque pensó que fui yo la que me perdí en el centro comercial. —Mi madre llevó sus manos hacia el rostro pues siempre reía sin parar cuando recordaba ese día.

Anya recordó una anécdota del tiempo cuando recién nos conocimos y no salíamos aún. Yo topé su coche con el mío luego de llegar algo ebrio esa noche y al día siguiente ella tocó el timbre del departamento con tanta insistencia que tuve que salir con el champú en la cabeza y la toalla en la cintura. Abrí la puerta y ella no supo cómo reclamar la abolladura, solo me dijo que pensaba que no había calculado bien mi ingreso al garaje.

—Claro que después fue él quien me buscó para llevar ambos autos al taller y pagó la reparación, pero todavía recuerdo que me quedé con todos los insultos en la garganta cuando lo vi. —Anya también estaba azorada, confesando por primera vez que yo le gusté desde que me conoció y reconociendo que jugó a hacerse la difícil.

Yo tenía muchas cosas que contar, pero lo único que recordaba era el mes de setiembre pasado cuando Yuri estaba en colegio y que jamás hubiéramos pensado que mi madre me llamaría días después para decirme que estaba muy mal y que Yuri sufriría un brutal ataque en el colegio.

Había pasado solo dos semanas desde que él se alejó de mi apartamento con la mirada herida y la amarga verdad sobre mi relación con Anya en el corazón. Fue un tiempo en el que Yuri cortó toda comunicación conmigo. Yo tampoco quise insistir para tener un espacio que nos ayudara a enfriar las cabezas.

Al final de la cena hice lo que me había propuesto durante esas semanas en las que pensaba mi situación mientras trataba de conciliar el sueño. Tenía que encontrar la forma cómo no debía caer en la tentación de volver a Rusia a decirle a Yuri que aún lo seguía amando. Fue un acto desesperado y premeditado; pero por más vueltas que le di a otras opciones, esa fue la única que se me ocurrió para dejar de pensar en un Yuri amante y comenzar el largo camino de convertirme en un verdadero hermano para él.  

Abrí una botella de espumante, uno muy fino con pequeños diamantes en la base y llené las tres copas que esperaban escarchadas en el bar. Sonreí a las dos mujeres bellas del mundo que me acompañaban y brindé por la felicidad de los tres.

—Mamá quiero que recuperes tu salud y vuelvas a las andadas —le dije medio en serio y medio en broma—. Y además de todos esos bolsos y pañuelos de seda que te compré hoy tengo una sorpresa que te va a gustar. — Ella me miró sorprendida y sonrió.  

Luego de ese primer brindis, serví otra copa más y miré con el cariño que siempre le tuve a Anya, un cariño especial de amigo, de hermano, de fanático de su cuerpo y admirador de su carácter.

—Brindo por ti Anya Petrova. —Alcé mi copa y topé la suya con cuidado. Antes de que ella bebiera la detuve con mi mano y añadí—. Y porque en los próximos minutos me digas que sí.

Anya me miró intrigada, no sabía si sonreír o no y cuando yo dejé la copa en la mesa de la sala llevando mi mano al bolsillo, mi madre dio un pequeño grito de júbilo y cubrió su rostro con las manos. Fue el mismo gesto que Anya hizo cuando saqué la cajita nacarada y la abrí frente a ella para luego repetir la misma fórmula que los hombres aprendemos el instante que provocamos esa felicidad extrema en la mayoría de las mujeres.

—Anya hemos vivido tantas cosas juntos y casi nos perdimos el uno al otro, pero ahora que te encontré, no hay nada que me impida pedirte que seas mi esposa. —Había ensayado un discurso más largo donde le decía que a pesar de todos los obstáculos y problemas vividos entre los dos, quería unirme a ella porque nos amábamos.

Amor no era palabra adecuada para ser usada en ese momento. Yo seguía amando a Yuri, él todavía reinaba en mi corazón; pero no hallé otra manera de olvidarlo y que me olvidase. Alejarlo de mí era una gran prioridad para su seguridad y mi tranquilidad, y tratando de agrandar mis sentimientos por la bella Anya fue que me atreví a hacer lo que hice.

Siempre pensé que el matrimonio es una institución creada por los hombres para perpetuar la especie y para dar un ambiente seguro a los nuevos seres humanos que llegan a este mundo. El matrimonio no es un barco que te rescata en medio del mar, tampoco es el bombero que apaga tus llamas y mucho menos es la solución para evitar que, un hermano al que hiciste tu amante y tienes que volver a poner en el lugar que le corresponde, deje de llamarte a media noche y se quede callado sin decir nada.

Alguna vez usé una fórmula similar para alejar a Chris de mi vida y así no contrariar ni a mi madre ni a la sociedad. Pero la noche que propuse matrimonio a Anya lo hice para terminar de decir adiós a mi amado Yuri y arrancarlo de mi vida para que la suya no corriese ningún peligro. Pedirle a Anya que sea mi esposa me dolió tanto que esa noche me limité a escuchar la conversación de mi novia oficial y de mi madre que muy animadas comenzaron a hablar de los planes para la boda.

Lista de invitados, templo dónde celebrarlo, ¿sería en París o en San Petersburgo?, una gran boda o algo íntimo, de día o de noche, quienes podrían encargarse de los preparativos y quién sería el diseñador para el traje.

Ella manifestó su deseo de pedirle a Lilia un diseño especial, admiraba el trabajo de la gran dama porque sabía que siempre daba lo mejor de sí en los trajes de novias que confeccionaba exclusivamente a personas muy conocidas.

—Amor tú podrías pedirle como un favor especial y no creo que ella se niegue a confeccionarlo —dijo mi novia con los ojos suplicantes y yo no sabía cómo explicar que mejor sería no tocar el tema con ella porque antes de aceptar o no el encargo Lilia llegaría a hablar conmigo y tal vez me arrancaría la verdad, esa verdad que necesitaba ocultar a Yuri y a los demás.

—Lilia es una mujer muy complicada. Si no la encuentras en un momento adecuado puede ser difícil de tratar —dijo mi madre con gran seguridad como si conociera mucho a Lilia y eso no era verdad—. Déjame que hable con Xavi Nadal, ese hombre hace maravillas para la realeza europea y no creo que me niegue el favor.

Nadal era una eminencia en novias, para acceder a algunas de sus creaciones uno debía ser príncipe, princesa, primer ministro o el dueño de una compañía multinacional. Solo así, el hombre accedía a preparar el diseño y mandarlo a sus talleres. Él no confeccionaba el traje lo hacían sus operarios, por lo general mujeres migrantes que necesitaban con urgencia el trabajo.

Antes que mi madre y Anya comenzaran a planificar todo y, sabiendo que los novios no somos en verdad los verdaderos protagonistas de una boda, sino lo son las novias, les hice un pedido necesario y especial.

—Quiero ser muy sincero con las dos, estoy demasiado saturado con el trabajo, en especial con los hoteles por eso les pido que no me incluyan en las decisiones de los colores de manteles, de las formas de las tarjetas y todas esas cosas que en verdad son asuntos que interesan más a las chicas que a los chicos. —Sonreí buscando su aprobación y tuve suerte que las dos me entendieron—. Solo quiero participar en las cosas más importantes para un novio, no sé el traje…

—Tus invitados y los votos, mi amor. —Anya me tomó del brazo y tras darme un beso en la mejilla prometió no molestarse por mi poca intervención—. Solo haz tu lista de invitados y piensa qué cosas son importantes para prometer en el día de la ceremonia.

—Nosotras nos encargaremos de todo lo demás, cariño. —Vi lágrimas de emoción dando vueltas por los párpados de mi madre.

Verlas felices me hacía feliz y fue tanta la alegría que se pasaron conversando hasta unos minutos después de la medianoche hasta que mamá tosió un poco y Anya le acompañó para que se acostase.

En ese instante ingresó una llamada de Yuri y mi corazón dio un brinco que me hizo perder toda la compostura y hasta el pequeño entusiasmo que me había generado ver la alegría con la que mis dos mujeres preciosas planeaban para la boda.

Salí al corredor para responder a Yuri y no sabía qué hablar con él.

—¿Por qué carajo estás haciendo esto Víctor? —Yuri tenía la voz ronca y no mostraba esa vital agresividad que siempre lo acompañaba—. Ni Yakov, ni Lilia pueden explicarme tu estúpida forma de ser. Yo quiero entenderte. Tengo derecho después de todo lo que pasó entre los dos.

Ahora sé que debí decirle la verdad, que debí contarle todo el problema de las fotos y las amenazas, la denuncia que pendía sobre mi cuello si lo volvía a ver y tocar; pero no lo hice porque temía su reacción. En su lugar volví a mentir como cuando le mentí a Chris y pensé que, así como Anya me había salvado aquella vez de esa herida de amor, esta vez también me salvaría.

—Yuri yo te amo mucho, pero no tenemos futuro juntos. —Tal vez esa fue la parte más racional de toda mi mentira—. Tendríamos que ocultarnos siempre y así no podemos seguir, no sería justo ni para ti ni para mí.

—Pero yo podría…

—Ahora dices eso porque sientes toda la ilusión de la pasión; pero con los años todo cambia y sería tal vez más doloroso para los dos. —Me costaba mucho mantenerme firme en mi posición y en ese momento sentí que uno de mis malditos demonios, el más frío y calculador me ayudaba a encontrar las palabras para de una vez dar el tiro de gracia a ese amor—. Dejemos que este fuego se consuma por completo y un día volvamos a amarnos como hermanos por favor, por favor…

Podía sentir que Yuri tragaba su llanto, podía sentir sus suspiros prolongados, el sonido de sus pequeños hipos y hasta el castañetear de sus dientes en el auricular. Nunca supe qué decir o qué hacer cuando las personas lloran, puedo ser torpe a la hora de consolar, así que me quedé callado escuchando cómo mi hermano se deshacía en lágrimas mientras intentaba decirme algo más.

—Dime… ¿amas a Anya? —Después de aspirar el aire profundamente pudo hablar unas cuantas frases más.

—Sí, aún la amo. —Mentí. Yo quería mucho a Anya, pero no la amaba con la fuerza y la devoción que se tienen los amantes. Ella era bella, inteligente y decidida. Anya era mi refugio y mi salvación.  

—¿Sabes que, Vitya? —dijo suspirando y luego de unos segundos completó su fatal idea—. Creo que jamás amaste a Anya y que tampoco me amaste a mí. Solo te amas a ti mismo y cuando las cosas no están a tu favor, huyes como un cobarde hijo de perra.

No respondí porque él tenía razón y porque no quise aumentar más leños a esa hoguera que estaba intentando extinguir.

—Que seas feliz con Anya. —La voz de Yuri estaba tan quebrada que paré mi respiración para poder escuchar su última sentencia—. Te juro por mi madre y por mi abuelo, que un día te voy a olvidar.

—Yuri, espera… —No pude retenerlo. Sus suspiros cesaron y en su lugar el silencio quedó sonando en mi oído diciéndome que la llamada había acabado.

Tardé unos minutos en guardar mis emociones que florecían dolorosamente en mi pecho y mi piel. Mis decisiones futuras nos llevaron a una completa separación y hoy veo espantado que pude haber hecho todo lo contrario a lo que hice.

Pude haber confiado en Yakov y pedirle un consejo, pude haber tomado los servicios de un buen abogado, pude haber llevado a un terapeuta el caso, pude haberle dicho a Yuri la verdad y haber afrontado juntos el odio de los demás. Pude evitar mi matrimonio con Anya, pude haberme refugiado con Yuri en algún país donde no se penalice el incesto. Pude haber mantenido una relación clandestina o pudimos haber desaparecido en alguna isla misteriosa sin molestar a los demás. Pero mis obligaciones de hijo y mis expectativas como modelo profesional y hombre de negocios pesaron mucho al momento de tomar mi última decisión.

Hasta ahora recuerdo ese llanto reprimido de Yuri por el teléfono y me siento un miserable. Fue como escuchar a un pequeño gato maullando en la puerta intentando protegerse de una tormenta y actuar con indiferencia.

Jugó mucho el factor miedo, porque no soy un héroe sin capa que enfrenta a todos sus enemigos. Tuve mucho miedo de ir a prisión y de llevar a la ruina nuestras empresas y nuestras vidas bajo la sombra de un escándalo. Yuri comenzaba su vida y no podía dejar que esa carga tan pesada lo arrastrara al fracaso o que se le cerraran todas las puertas antes de haberlas tocado.  


Un mes después de esa llamada, que fue una de mis últimas conversaciones con Yuri, decidí que tenía que hacer algo más para ahondar la separación. Si lo hubiera vuelto a ver en esos días tal vez habría retrocedido en mis decisiones y no me hubiera casado con Anya.

Confirmé mi decisión una tarde en la que comenzaba el otoño, momentos antes de salir de la oficina y volver a mi departamento recibí la inesperada llamada de la extraña voz. Quedé paralizado al escucharla porque reconocí que era la misma voz del coronel que me amenazó en San Petersburgo.

—Escúchame Víctor, hasta ahora lo estás haciendo bien. Te vas a casar con una hermosa mujer y esa es una buena señal que muestra cómo deben actuar los verdaderos hombres —dijo con tono pausado—. Si sigues en este buen camino nos olvidaremos por completo de ti y no tendrás que preocuparte por ninguna consecuencia para tu hermano.

—¿Van a dejar en paz a Yuri? —Mis palabras eran apenas un susurro.

—Por completo —afirmó la metálica voz.

—¿Y si con el tiempo él se enamora de otro muchacho? —Tenía miedo de que esos mal nacidos amigos del régimen le hicieran daño

—Si no hace escándalo y mantiene todo en privado, no tendremos porque molestarlo. —¿Debía confiar en esos asesinos? No tenía elección.

No supe qué más decir y la voz culminó la llamada indicando que me seguirían vigilando. Yo temblaba de temor y al mismo tiempo sentía que se contraía mi cuerpo entero por la impotencia, era una situación que jamás pensé vivir.

Ahora comprendo por qué Lev Grigoryev huyó desesperado de Rusia y dejó toda su vida atrás, con tal de salvar la suya y la de su actual esposo Edmon. Él era un modelo reconocido y su pareja era un guionista de cine, sé que ahora viven en New Hampshire.

La situación entre Yuri y yo era mucho más complicada, nosotros no podíamos huir a cualquier lugar. Nuestro amor estaba condenado a no prosperar cualquiera fuera el lugar. No quería una vida clandestina para Yuri. Él se merecía un amor del que pudiera hablar y mostrarlo a los demás. Él debía sentirse orgulloso, libre de culpa y de peligros a la hora de amar.


Los primeros días de diciembre tomé una decisión y no sé si fue la mejor o la peor, pero en su momento me dolió demasiado porque con ese acto me alejaría por completo de la vida de Yuri.

Llamé a Yakov un día doce o trece y como siempre me devolvió la llamada después de una hora tras desocuparse de alguna cita o cancelar las pendientes. Cada vez que escuchaba su potente voz pensaba que él debió ser entrenador o militar en lugar de abogado, pero como hombre de leyes siempre me ha parecido el mejor.

Luego de reprochar mi ausencia en la reunión de directorio y en la extraordinaria —a la que no asistí alegando que la salud de mi madre había empeorado—, cuestionó la decisión que tomé de nombrarlo mi representante plenipotenciario en Nefrit y sobre todo me cuestionó el abandono que hice de Yuri.

—No debiste dejar a tu hermano de esa manera, está allí en el taller como si fuera un fantasma, mirando a Lilia y ni siquiera ha querido mirar los prospectos de algunas escuelas de diseño. —Yakov tampoco debía entender qué diablos pasaba por mi cabeza. No pude contarle que llevaba una amenaza sobre los hombros porque ésta incluía el silencio absoluto.

—Yakov, mi prioridad es mi mamá, ella se está recuperando y yo no puedo tampoco traer a Yuri conmigo, hace poco me reconcilié con mi novia y vamos a casarnos. —Las excusas son la mejor forma de mentir.

—Comprendo. Él estaba seguro de que tú volverías para llevarlo a París, pero después que volvió de allá no ha querido hablar sobre el tema. —El hombre insistía en que yo siguiera en completo contacto con Yuri, pero si hubiera conocido la verdadera razón de mi ausencia tal vez sería el primero en condenarme—. ¿Qué ha sucedido entre ustedes?

Me tomó diez segundos responder esa pregunta. Necesitaba un argumento válido para que ese hombre tan astuto me creyera.

—Creo que Yuri supuso que viviría conmigo aquí en París, pero como encontró a Anya de nuevo, supongo que eso lo enfadó —dije esperando creyera mi argumento.

—Entiendo que necesitas tu espacio junto a tu novia, Vitya; pero no debes olvidarte por completo de tu hermano —dijo con la voz bastante pesada; pero esta se le cortó cuando escuchó lo que le dije a continuación.

—Yakov por favor, quiero que prepares todos los papeles necesarios para transferir mis acciones en Nefrit a nombre de Yuri. —Hablé casi sin respirar.

—¿Todas tus acciones? ¿Eso quiere decir que no te ocuparás más de la empresa? —Después de unos segundos de silencio absoluto Yakov comenzó a interrogarme—. ¿Quién manejará Nefrit? Yuri es todavía un durazno verde en materia de negocios y aún le falta mucho para ser un buen diseñador.

—Tengo algunos nombres en la cabeza, pero mientras encuentro un gerente adecuado tú podrías ocuparte de todo —señalé con mucha seguridad—. No tengo otra persona en quien confiar.

—¿Puedo preguntarte por qué estás tomando esta decisión? —Su voz sonó bastante severa.

—Sabes que nunca quise manejar Nefrit y si lo hice fue porque quería hacer funcionar un sueño para Yuri. —Llené de mentiras el momento porque en verdad sí me gustó manejar la empresa de papá—. Creo que cumplí con mi tarea y en un tiempo muy cortó logré hacer muchas cosas por la empresa, pero tengo muchas obligaciones ahora aquí y eventualmente mamá necesitará más ayuda con sus demás inversiones. No podré con la casa de modas.

—Espero que esa decisión no te aleje más de Yuri. —Yakov era un hombre de mundo y yo sabía que su intuición le decía que había algo más—. Y voy a ser sincero contigo muchacho, aunque no te guste lo que te voy a decir. Espero que Angélica no tenga que ver con esta decisión.

—¡¿Por qué me dices eso Yakov?! —Me sentí asombrado y algo molesto con su afirmación.

—Porque ella te alejó de tu padre para castigarlo y como sé que le tiene cierta ojeriza a Yuri pienso que tal vez podría estar alejándote de él. —Así era Yakov, sincero hasta el tuétano.

—No, no, no. Estás equivocado mi mamá está pendiente de su salud, jamás haría algo así. —Yakov conocía bien el rechazo que mi madre sentía por todo lo que tuviera que ver con Ivana Plisetskaya y sabía que su rencor era tan inmenso como el universo mismo; tanto que, cuando papá murió ella solo envió una gran corona de flores y no estuvo presente en el entierro.

—Tienes razón Vitya tal vez estoy equivocado —replicó y llevó la conversación hacia el lado profesional.

—Un favor más Yakov —necesitaba hacer la transferencia con mucha discreción—. No le digas nada a Yuri todavía. Quiero esta será una sorpresa para su cumpleaños.

—Gran sorpresa que le vas a dar —Sé que lo dijo con ironía.

Agradecí sus consejos, su trabajo y su lealtad y prometí que en cuanto Anya y yo estuviéramos casados y pasara un tiempo prudencial volvería a retomar mi rol de hermano. No le mentí al decirle que retomar ese papel me llevaría un tiempo, el tiempo que tardaría en olvidar a Yuri como amado y en comenzar una relación fraternal con él.

Yakov me creyó.

Un plan como ese era fácil de pensar y decir, pero al corazón no se lo puede engañar, ni con palabras, ni con chocolate, ni con alcohol. Olvidar a Yuri era casi un imposible, tanto que hasta hoy me pregunto de qué manera podría olvidarlo, qué debería hacer si él me dice que ya no siente por mí nada. Si ya no soy para él, el hombre que tanto amó y por el que lloró muchas noches… demasiadas.

Yuri.

Mi corazón se abre como las últimas rosas de la primavera esperando ser consumidas por el calor del verano cada vez que cierro los ojos y recuerdo las veces que me llamaba desde un distinto celular y se quedaba callado respirando pesadamente sobre el auricular. Lo llevaba tan clavado en mi pecho, en mi cabeza, en mi vientre, en mis manos, en todo mi cuerpo que, desprenderme de él, fue como arrancarme la piel.

Todo este tiempo sin él escondí mi llanto detrás de mi sonrisa y mi trabajo, pero cuando llegaban ciertas fechas que me hacían recordarlo tenía que refugiarme en los baños de las oficinas, en los estacionamientos de los aeropuertos, en las carreras matutinas por el parque, en los caminos solitarios, en los bares clandestinos y en las habitaciones de los hoteles donde podía estar solo para llorar. 

Yuri.

Fue mi ángel y yo no supe, no pude, no quise luchar por mantener sus alas intactas. Le fallé en todos los sentidos, no fui el hermano, el guía, el tutor ni el amante que él se merecía tener y durante todo este tiempo he pagado mi error.

Yuri.

Ahora que lo nombro recuerdo sus labios desgajándome el cuerpo, sus ojos arremetiendo contra mi alma, sus suspiros intensos calentando el aire cuando mis brazos eran sus barrotes y mi boca bebía la pasión de su jugosa boca.

Hasta ahora puedo sentir cómo me diluía sobre su piel de manzana y cómo podía alcanzar la gloria de las estrellas cuando aprisionado dentro de su cuerpo me dejaba vencer por el calor y por el ronco quejido que seguía a sus espasmos.

Yo era su todo y él era mi universo entero. En las noches dormía con el murmullo de su respiración y las mañanas despertaba con la húmeda fragancia de su sexo. Era el dueño absoluto de su mirada y de su sonrisa. Era su hermano, su amado y su musa.

Y él era la única persona capaz de reflejar mi alma en su mirada. Junto a él podía ser yo mismo, sin disfraces, sin poses y sin etiquetas. Nunca más encontré esa calidez y esa honesta manera de amar como la que él me dio sin condiciones.

Fuimos todo y ahora no hay nada entre los dos más que mis recuerdos y su indiferencia. No queda nada más que su silencio y mis remordimientos. No queda nada de él en mí y ese dolor me obliga hoy a salir de mi letargo y hacer algo para no sentirme tan miserable como me siento.

Anhelo tanto volver a ver la rubia mata de su larga cabellera enredarse entre mis dedos y otra vez escuchar toda la acidez de sus reproches. Cómo desearía volver a verlo para adueñarme de nuevo de sus ojos mientras le hago el amor en alguna playa lejana, de su lengua atrapada entre mis dientes, de su aliento de frambuesa que aspiraré todas las noches, de su perfume a goma de mascar que a veces vuelve a mi memoria y de su vida para no volver a separarnos jamás.

Yuri.

Tengo que pedirle perdón y contarle toda la verdad.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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