Tabú 68


Demasiada ausencia, el departamento estaba más vacío que nunca.

Yakov había viajado urgentemente a Ekaterinburgo para la lectura de una sentencia y yo contaba los minutos para que llegara el taxi que me llevaría al aeropuerto. Me sentía suspendido en el aire porque tenía cierto temor de lo que llegaría a encontrar en Paris.

Mientras aprendía francés y me preparaba para mi entrevista en la escuela de diseño del Sindicato de Diseñadores de Francia, esperaba el retorno de mi hermano. Víctor había prometido llegar a San Petersburgo la segunda semana de agosto para ver asuntos de la empresa y yo imaginaba que también me llevaría con él a París, pero como vi que él solía olvidar sus promesas no iba a esperar tanto tiempo para volver a verlo y saber qué demonios estaba pasando por su mente y su corazón. Era su maldito corazón el que más me preocupaba.

La última vez que hablamos lo había sentido demasiado cauteloso, como si no quisiera que alguien nos escuchara. Además, escuché aquella voz de mujer que parecía jugar con el caniche de mi hermano. Me enfadé mucho con él y colgué la llamada. Luego me arrepentí, pues podría ser cualquier amiga, conocida o la televisión como él dijo. En realidad, quería que así fuera.

También pensé que Víctor es un animal de sangre caliente y mi rabia volvió a jugar ping pong entre mi corazón y mi cabeza. No quería aceptar que él pudiera estar saliendo con alguien o que hubiera llevado a una amiga fácil a su depa.

Dos días después él me llamó y me contó todos los problemas que encontró en los hoteles de su madre y cómo otra vez se vio intentado solucionar problemas en la administración y con el sindicato que tenía pedidos que para una empresa como la de Angélica, no le sería fácil de resolver.

También le dije que tenía todos mis papeles listos para ir a Paris a estudiar y él con cierta frialdad en la voz me dijo que si ese era el caso debía comprar un departamento para mí, muy cercano al instituto para que yo viviera en él y que tal vez no podríamos vernos como antes porque él debía seguir cuidando de su madre, debía viajar mucho por las empresas y no sería una buena compañía. Yo le creí.

Me quedé con sus últimas palabras: “Yuri por favor no adelantes nada, tengo que hablar seriamente contigo, pero debe ser en persona. Por eso quiero que presentes tus papeles también a la escuela de Londres y después que hablemos decide dónde vas a estudiar”.

No podía esperar más, así que decidí adelantar esa conversación y sin que Lilia se enterase compré un boleto de avión a París con fecha de llegada, pero no de salida. Si la madre de Víctor era el impedimento para quedarme junto a él, reservé una habitación en un hotel sencillo a tres kilómetros de La Bastilla.

Con una simple mochila a cuestas y mi corazón dando brincos en la cuerda floja, abordé la nave y durante las siguientes siete horas solo quise imaginar la mirada y la sonrisa de Víctor cuando le diera la sorpresa, cuando después de casi cinco meses nos volviéramos a ver y a tocar.

Lo besaría con todas las ganas que había guardado para él tantas noches de insomnio, le mostraría cuánto había crecido esos meses, lo apretaría contra mi pecho para que nunca más se apartara de mí y me entregaría con más ardor que nunca a todos sus caprichos y locuras.

Imaginaba incluso las cosas sucias que me obligaría a decirle en el oído e intenté ensayar algunas, pero luego me cansé y decidí dejarlas para el momento que estuviéramos otra vez solos, sin las miradas y la atención de la gente sobre los dos. Algo que era muy difícil de conseguir debido al estatus que Víctor había adquirido entre los hombres de negocios de Francia y la notoriedad que mis diseños habían alcanzado en las pasarelas de Rusia.

Llegué a Paris como a las siete de la noche. El chofer del coche que alquilé me ubicó en el sector de arribo del Charles De Gaulle y me condujo hasta el edificio donde mi hermano había consignado su última dirección. Un departamento clásico, ubicado en un barrio céntrico rodeado de museos, bares y centros de exposición cultural.

No tendría que anunciarme con ningún portero, solo era cuestión de pulsar los números clave que él siempre usaba para todo e ingresar al edificio. Estaba muy seguro de que mi hermano no usaría otra clave más, era tan despistado que solía olvidar otras combinaciones.

No puedo describir cómo me sentía, mi estómago era un jardín lleno de mariposas. Sí, eso de las mariposas era cierto. Mi pulso se aceleraba por la emoción, podía sentir la vena de mi sien latir contenta y mi rostro debía estar enrojecido porque lo sentía quemar.

No sería imprudente de ingresar de inmediato a su departamento, tal vez su madre estaría ocupando alguna habitación y ella no querría verme como yo tampoco deseaba verla. Solo me quedaría en el pasillo, le daría un gran abrazo y le diría que lo esperaba en el hotel. Así de rápida y sorpresiva sería mi visita y es que, cuando tienes dieciocho no significa que de un día para el otro te llegó la madurez, todavía debes recorrer un gran camino para hacer las cosas pensándolo mejor.

Acerté con la clave y entré en el edificio sin problemas, observé el mapa que indicaba el número y la ubicación exacta de los departamentos, subí en un viejo ascensor con barras en las puertas y llegué de inmediato al tercer nivel. El pasillo se dividía en tres sectores, uno hacia la derecha, otro hacia la izquierda y otro hacia la zona trasera del ascensor.

De acuerdo con el plano del edificio el departamento de mi hermano estaba ubicado hacia la derecha. Recorrí el largo pasillo adornado con plantas de hojas muy grandes y muy verdes, con ventanas de piso a techo que lo hacían ver más largo de lo que era y con las luces que prendían y apagaban en el piso según apoyaras tus pasos.

Frente a la puerta caoba de fina madera, dudé un poco sobre la forma cómo me presentaría ante él y la manera cómo debía saludarlo. Había visto muchas cámaras en el lugar y no quería que alguien usara las imágenes de dos hermanos abrazándose de una forma muy íntima. Le daría una palmada en el hombro, un ligero abrazo y hasta un suave beso en la mejilla. Eso sí podían hacer los hermanos.

Arreglé mi campera y la capucha de mi polera, peiné con las manos mi cabello y sin más qué hacer toqué el timbre para anunciarme. Esperaba que él estuviera en casa, porque su ocupada agenda no me aseguraba que él se encontrase a una hora relativamente temprana.

Entonces se encendió un pequeño foco spot sobre mi cabeza y la puerta se abrió con cierta lentitud. Mordí mis labios, levanté la cabeza y miré con curiosidad por la rendija que de apertura.

La puerta quedó abierta por completo y la sonrisa de una bella mujer que hacía casi dos años no veía me recibió en el umbral.

—¡Yuriiii! ¡Qué linda sorpresa! —Anya se lanzó sobre mí, me apretó entre sus brazos y sin dejarme respirar o responder me dejó las mejillas cubiertas con su lápiz labial.

Estaba vestida con ropa de casa, un simple buzo y unas zapatillas muy sencillas. Esa no era ropa como para hacer una visita de cortesía.

—¡Mírate cuánto creciste desde la última vez que nos vimos! —Ella hablaba con tanta algarabía que no podía procesar en mi mente lo que estaba sucediendo. Me había preparado para recibir la bienvenida algo calculada de Víctor, pero no me había preparado para ese torbellino de besos y abrazos en el que se había convertido la hermosa—. ¿Pero por qué no nos dijiste que venías, hubiéramos preparado la otra habitación?

—Yo solo quería sorprender… —le respondí sin pensar. Quería huir en ese momento, era obvio lo que estaba sucediendo allí y mi vida que estaba haciendo maniobras en la cuerda floja se precipitó de inmediato dejándome con esa desesperante sensación de vacío en el vientre.

—¡Víctor mira quién vino de improviso a visitarnos! —Anya me tomó del brazo y apuró mi ingreso a su departamento. Otro que se unió a la fiesta de la bella fue el caniche de mi hermano que comenzó a saltar haciendo piruetas torpes en el aire—. ¡Amor ven rápido!

No era necesario preguntar por nada más, la persona que estuvo con él cuando llamé esa noche era Anya. La persona que había vuelto para reclamar lo que era suyo era la hermosa y todopoderosa Anya y yo me sentí empequeñecido ante su imagen de mujer. Era quien hacía y deshacía en ese hogar porque hasta el decorado del departamento se sentía como hecho por sus manos y sus decisiones.

Víctor salió ante el alboroto acomodándose la camisa dentro del pantalón. Cuando entró al salón me miró y su expresión cambió de inmediato. No me esperaba, tal vez nunca esperó que yo llegara a su vida y a la de Anya de nuevo. Y yo… yo solo quería desaparecer con el viento de la noche.

Me sentía tan estúpido, tan defraudado, tan poca cosa. Quería que ese momento terminase de inmediato, porque si eso no sucedía estallaría en llanto y no me iba a permitir llorar delante de un mentiroso y embustero.

—Yuri siéntate, por lo visto sorprendiste mucho a tu hermano. —Anya jaló de mí hasta llegar al gran sofá que dominaba la sala y con un beso sobre mi mejilla y otro en los labios de mi hermano caminó rumbo a su habitación—. Voy a darme un ligero baño y salgo de inmediato para preparar algo delicioso.

Yo solo moví mi cabeza sin decir nada y en vano traté de devolverle la sonrisa. Cuando la hermosa desapareció, Víctor corrió hacia mí y me tomó de los brazos con una actitud temerosa.

—Te dije que esperaras mi llegada a San Petersburgo. —Sus ojos mostraban mucho enfado y sus manos me apretaron los antebrazos con excesiva fuerza—. ¿Por qué no puedes hacerme caso una sola vez?

No entendía nada, hacía poco tiempo me hablaba con cariño y en ese momento lo miraba rechazándome con furia. No pensé que mi presencia fuese tan molesta para él, pensé que yo todavía seguía siendo su amado y no imaginé que otra vez Anya ocupara un lugar principal en su vida.

Estaba tan aterrado que me congelé y no atinaba ni a reclamar, ni a insultarlo, ni a golpearlo. Parecía que la vida me había abandonado, mis manos temblaban junto con mis labios y mis brazos pesaban toneladas. No podía moverme de la impresión.

—Era esto —le dije casi sin voz al mismo tiempo que recuperaba mis brazos—. ¿Cómo mierda dijiste que se llamaba tu juego?

—Yuri no digas nada por favor, vamos a cenar y cuando salgamos de aquí conversaremos. —Víctor era tan infantil y torpe que pensaba que yo me iba a quedar a cenar—. ¿Has reservado un hotel?

—No tengo nada que hacer aquí. —Me puse en pie y caminé unos pasos buscando la salida. —Me voy —le dije y mi corazón comenzó a desgarrarse como el telar de un barco de piratas que es sacudido por una tormenta en altamar.

—Yuri espera, no te vayas así debemos hablar. —En una lucha intensa por retenerme a su lado y poder hilar sus ideas trató de explicar—. No podíamos estar juntos más tiempo Yuri, era una relación prohibida y no quería que siga siendo clandestina y expuesta a peligros. Es mejor que ahora nos concentremos en rescatar nuestro amor de hermanos.

—¿De hermanos? —Sonreí sin ganas—. ¡Hermanos, la puta que te parió! —Di media vuelta y busqué la puerta para salir de inmediato de ese maldito lugar—. ¡Si querías volver con tu mujer debiste haberlo dicho con antelación para que no pierda mi tiempo de forma miserable pensando en venir a estudiar a París y pensando que me seguías amando!

—¡Yuri cálmate! —Mi hermano me retuvo en la puerta sujetando con firmeza mi muñeca. Intenté deshacerme de su agarre y cuando no logré mi objetivo solo se me ocurrió lanzar mi veneno.

—¡Eres basura! ¡Tus palabras, tus promesas y tu hermandad son basura! —Luchaba por soltarme mientras él decía que me detenga—. ¡Solo querías sacar provecho y comerte al Nikiforov bastardo y cuando te diste ese gusto decidiste volver con una mujer que no parece tener amor propio!

Víctor sujetó mi rostro con su otra mano y me sacudió un par de veces mientras intentaba hacerme entrar en razón y en su departamento.

—¡No vuelvas a decir eso de ella y cállate para que te explique! —Ajustó mis mejillas con su mano.

—¡Víctor Nikiforov ha muerto para mí! —Con un fuerte golpe sobre sus brazos lo obligué a soltarme y corrí al elevador—. ¡Todo se va a la mierda y eres tú un maldito mentiroso, abusador y cretino!

—¡Tú también me buscaste! — Víctor caminaba a prisa tras de mí intentando darme en alcance y, mientras trataba de colocarse entre el ascensor y yo, bajó un poco la voz y dijo—: Vuelve al departamento, no dejes a Anya con esta mala actitud que ella no tiene nada que ver con el problema y permite que te explique después.

Me quedé callado porque él tenía mucha razón en algo. Fui yo quien lo empujó todo el tiempo para que me convirtiera en su amante y esa verdad dolió tanto como su desamor.

—¡Eso no borra tu mentira y tu engaño! —Esquivé de nuevo a Víctor, apreté el botón del elevador con desesperación y empujé mi espalda contra la puerta y Víctor acercó su rostro al mío.

—Yuri… sé que no debió ser de esta forma, pero no tenía otra opción. —Mi hermano puso sus manos a mis costados y pude sentir el calor de su agitada respiración.

—¡¿Opción para dejarme?! —No le encontré sentido a sus últimas palabras.

El ascensor se abrió e ingresé en él con el ánimo completamente opuesto a como había llegado. Víctor quiso entrar conmigo, pero lo impedí y con todas las fuerzas que aún me quedaban lo empujé al pasillo. Retrocedió dos largos pasos y lo vi estrellarse contra una de las ventanas. Cuando intentó volver por mí su caniche se interpuso en su camino y la puerta del ascensor le ganó la partida.

Mi mundo dio un vuelco completo y lo primero que vino a mi mente fue que él solo quiso probarme, solo quiso un poco de diversión con el chico prohibido y cuando lo logró se arrepintió de todo y volvió con su mujer.

No tenía que cuidar una reputación, una castidad o una virginidad como suelen hacer las mujeres, pero supe en carne propia la forma cómo ellas podían sentirse luego que algún maldito hombre las deja después de haberles prometido todo para que se entreguen.

Al abrirse el ascensor corrí hacia la calle como si fuera un ladrón. No tenía idea de donde me encontraba, solo quería tomar un taxi, volver al aeropuerto y a casa de inmediato. A casa, esa era una frase que no me correspondía porque el departamento era de Víctor y nada de lo que existía en él era mío salvo mi gato y mi patineta.

Estiré la mano y al tercer intento un taxista tomó mi servicio, solo le dije airport y de inmediato partió hacia el sur de la ciudad. Al voltear la mirada observé que Víctor salía de su edificio y miraba a todos lados buscándome. ¿Qué me quería explicar? Ya no importaba.

Miré las luces de la ciudad que venían sobre mí como fantasmas, sentí crecer el vacío y la vergüenza de sentirme usado y dejado. Me sentía en verdad sucio porque entendí que solo fui un juego para él y supe que había caído en las garras de un experto en seducción.

Me puse a recordar las veces que había ajustado la cuerda para que Víctor por fin se decidiera a tocarme, los nervios y la emoción que me provocaba saber que era prohibido nuestro amor, la forma como disfruté cada beso y cada follada, porque ser hermanos le daba un gusto especial a nuestra relación y entonces no hizo falta buscar ningún culpable de toda esa maldita situación, el culpable era yo, solo yo.

Víctor, él siempre sería quien es. Un hombre apuesto, seductor, lleno de vanidad y con algunos desvaríos infantiles. No podía darse crédito a las palabras de un niño grande y yo, inexperto, caí en una trampa que había construido con mis propias manos.

Me había sentido tan seguro de mí y dueño de la situación que, cuando me vi envuelto en ese juego de placer intenso, creyéndome amado y hasta adorado, decidí entregar todo y fui un verdadero estúpido al creer que ese amor maldito duraría toda la vida.

Para darme algo de ánimo recordé una premisa que alguna vez leí en una revista en la casa de Lilia. Un médico investigador decía que el amor culmina a los tres o cuatro años cuando las hormonas se estabilizan y la persona que nos provocaba tantas revoluciones en nuestro motor pasa a ser alguien más en nuestras vidas. El amor tiene fecha de caducidad y aquellas parejas que duran por siempre lo hacen por simple comodidad o porque han cultivado una gran amistad.

Me dije que la fecha de caducidad de ese amor proscrito había llegado antes de lo esperado.

Aún no salía de mi asombro, de mi rabia y de mi frustración. Estaba herido y quería darme explicaciones y excusas valederas. Nada de “el amor es así y a veces te toca perder”. No quería esas frases estúpidas y ridículas que todos se repiten, el amar sin ser amado o el ser traicionado. Eso no me iba bien.

Tenía que decirme las cosas tal como eran, feas y dolorosas. Me habían usado como objeto de placer y solo fui yo quien quiso ver que todo eso era amor. Estaba tan equivocado, una relación incestuosa no puede extenderse más allá del simple hecho de haber podido probar esa carne prohibida, luego de consumado el crimen el criminal abandona a la víctima y deja la escena para continuar su vida.

Víctor me tuvo para su placer personal y luego de hacer realidad su fantasía, me dijo adiós o tal vez intentaba hacerlo de la manera más sutil y diplomática para que no me doliera tanto o para que no reaccionara tan mal. Pensé que solo podía ser eso y algo de cobardía porque él siempre fue un tipo muy abierto con los demás, había veces que pecaba de sinceridad y decía las cosas sin pensar que podía herir a otros. Hubiera preferido que fuera así de sincero conmigo. No sé qué me dolía más, si la mentira o la traición.

Mi celular comenzó a sonar y vi que era él quien llamaba con insistencia. Esperando que el chofer no entendiera ni una sola puta palabra de ruso, le respondí. No sé por qué todavía guardaba esperanzas de hablar con él, como si solo de conversar se iría a solucionar todo y volveríamos al ayer.

—Yuri vuelve por favor, tenemos que conversar y luego de hablar puedes hacer lo que quieras —me dijo con la voz algo quebrada.

—Guarda tus putas palabras — le dije aguantando un grito. El dolor de la herida recién comenzaba a pronunciarse y sentí que me hacía falta el aire—. Ya lo entendí todo.

—Yuri las cosas no son tan simples, si me dejas decirte qué sucede entonces podrás juzgarme. —Pensé que Víctor era un cobarde. Me había traicionado, me había mentido y todavía pensaba que podía explicarme algo.

Recordé que esa misma actitud la tuvo con Anya cuando ella lo encontró con otra mujer en su habitación y pensé que lo que me estaba sucediendo era el karma.

—Si solo querías follar conmigo pudiste haber sido más sincero y no debiste hablar de amor. —De pronto sentí que estaba llorando, tomaba el teléfono con dificultad y no podía hablar con nitidez, la palabra amor se convertía en la hoja de un cuchillo enrojecida por el fuego y enterrada en el corazón—. No tenías que mentirme de esa manera. Yo hubiera entendido y hubiéramos follado y solo eso sin más compromiso que un simple revolcón.

—¡Yuri basta!

—¡Basta tú Víctor! ¡¿Por qué prometiste cosas que no ibas a cumplir a un estúpido adolescente como yo?! —El llanto cobró más fuerza y mis palabras salían ahogadas—. ¡Es la mierda más cruel que pudiste hacer!

Colgué el teléfono y en vano intenté calmar mi llanto. El chofer del auto se mantuvo en absoluto silencio, pensando tal vez que dos malditos maricones tenían una pelea, porque pudo escuchar que quien hablaba del otro lado era un hombre y quien lloraba en el asiento del pasajero era un adolescente tonto a quien por primera vez quebraron el corazón.

Al llegar al aeropuerto busqué el counter de cualquier línea aérea que viajara a alguna ciudad de Rusia en los siguientes minutos u horas, estaba dispuesto a pagar lo que fuese para salir de París. La ciudad luz se convertía en un lugar de sombras para mí desde aquel día y no quise regresar a ella nunca más, ni por trabajo ni por placer.

Hasta hace un año los recuerdos de París me eran tan amargos, eran impensables y el mismo nombre era innombrable para mí.

Encontré un vuelo de la línea Air France que arribaría en media hora y estaría partiendo por conexión en una hora y diez minutos. Compré el cupo pagando tres veces su valor y después de comprobar los datos del vuelo me refugié en una cafetería llena de pasajeros para que Víctor no me ubicara por sí le daba la gana de llegar a buscarme en el Charles de Gaulle.

Pedí un capuchino con crema y mientras esperaba el paso de los minutos me hacia la misma pregunta una y otra vez: ¿En verdad Víctor me amo o solo me usó para no extrañar a Anya que lo dejó por infiel?

Esa era una pregunta que nunca salió de mi cabeza y que durante mucho tiempo la tuve presente esperando olvidarla o tener la respuesta algún día cuando tuviera ánimo para volver a ver a mi hermano a la cara.

El vuelo para Moscú salió puntual y de Moscú tomaría otro vuelo para Peterburg y una vez en el departamento de Víctor… no sabía que debía hacer.

Antes de llegar a París todo mi futuro estaba decidido, todo lo tenía resuelto. Al regresar no tenía idea de lo que quería hacer, no tenía ganas de inscribirme en ninguna escuela de diseño, no tenía ganas de volver a Nefrit y tampoco tenía ganas de respirar. Solo quería abrazar a Potya y dormir muchas horas, tal vez dormir varios días o tal vez dormir y ya no volver a despertar.


Entré en el departamento y solté mi mochila en el suelo, caminé sin ganas hasta la sala mirando cada rincón que me traía recuerdos. Potya se animó a recibirme y tuve que ingresar a la cocina a ver si todas sus cosas estaban en orden.

El instante de dirigirme hacia el dormitorio de Víctor, donde yo dormí hasta hacía dos noches atrás, volví a sentirme huérfano. Pero el sentimiento era más doloroso porque ni mi madre, ni mi abuelo y mucho menos mi padre, me habían mentido, defraudado o usado, ellos solo me dieron lo mejor que pudieron y me dejaron.

Me sentía adolorido porque no solo perdía a mi primer amor, sino también perdía a mi hermano. Cruzar la línea entre la relación familiar y la sentimental convertía el adiós de mi ser querido en una doble pérdida y eso me provocaba un inmenso dolor.

Es un dolor que no tienes forma de localizar, tan pronto te duele la cabeza como la pierna, el pulmón, el hígado, el dedo pulgar, el cabello y el corazón. Por supuesto que el dolor nace del pecho y se extiende en todas direcciones como el cáncer cuando hace metástasis en el cuerpo del enfermo.

Llorando me acosté en mi cama y me cubrí con las mantas, no podía dormir a pesar de sentir mucho cansancio y dejé el celular en modo avión para que las llamadas de Víctor no molestaran mi momento de sentirme víctima de él y del mundo.

Quería hundirme y sentirme miserable y la única forma como podía hacerlo era quedándome más solo que nunca. Sin embargo, el peso de mi gato sobre mis piernas y su maullido me dijeron que no estaba tan solo esa tarde llegué y que tenía un pequeño compañero que escucharía mis penas.

La pesadez y calor que sentía en los ojos me obligó a cerrarlos y me quedé dormido hasta el día siguiente. Cuando desperté no sabía dónde estaba y tardé en recordar y procesar todo lo que había sucedido el día anterior.

Me desperté y cambié el modo de mi celular. Vi las muchas llamadas de Víctor y unas dos de Lilia y decidí llamarla.

—Lilia perdón que no te haya llamado. —Tenía la voz ronca y la cabeza al borde de la explosión.

—¿Cariño todo está bien?, Víctor llamó y dijo que fuiste a verlo de improviso a París. —Lilia hablaba desde algún lugar con mucho tránsito—. Me dijo que regresaste bastante molesto porque te dijo que mejor estudies en Londres y no en París.

—¿Eso te dijo? —No tuvo el valor para confesar lo que en verdad pasó, pese a que Lilia sabía bien de nuestra incorrecta relación—. Volví porque él no quiere más cargas en su vida, suficiente con su madre enferma, con sus empresas y con Anya de nuevo en su vida.

Lilia no respondió solo escuché un gran suspiro y el sonido de música oriental en la radio del taxi que la trasladaba.

—¿Estás bien Yuri? —dijo con tono grave.

—Estoy bien Lilia, solo algo resfriado. Con un par de días en la cama estaré mejor. —Aproveché que mi voz sonaba nasal porque tenía inflamada la nariz por el llanto—. No te preocupes. Si necesito algo te llamaré.

Esperé que Lilia colgara la llamada y salí de la cama con mucha pesadez. Fui a la cocina a tomar algo de agua y me dediqué a ver desde la ventana la calle a la gente que pasaba feliz. El calor del verano se extendía y los rusos exponían sus delicadas pieles eslavas frente al sol; pero yo sentía frío.

Tenía la leve esperanza de recibir una llamada más de Víctor para que me explicase qué estaba pasando y por qué volvió con Anya, por qué me olvidó y por qué me dejó de amar como tantas veces me había jurado en esa cama donde nadie más dormiría desde aquel día.

Pero Víctor no llamó, ni esa mañana, ni por la tarde, ni en la noche, ni los siguientes días.

El verano teñía aún las calles con sus colores cálidos, pero sin su mirada de cielo, sin su sonrisa boba, sin su voz de plata y sin su calor de hombre mi mundo de luces y colores se tiñó de gris y con el paso del tiempo comencé a ver todo en blanco y negro, como una vieja película muda que obligaba al corazón a callar todo su dolor y su coraje.

Así comenzó la agonía de mi amor anhelando un hálito de esperanza que le devolviera la vida o un golpe mortal que acabara de una vez con él.

Víctor fue mi primer amor y con él se fue mi candidez infantil.

El hombre que te cuenta esta historia ahora ve lejanos aquellos días y solo se limita a decirte lo que vivió junto a su hermano y amante, porque la emoción y el ardor de ese amor se perdieron y sus besos apasionados dejaron de tener valor. En su lugar solo quedaron algunas cicatrices de las heridas que provocaron las mentiras que su infiel boca pronunció.

Notas de autor

Charles de Gaulle: aeropuerto internacional de París, Francia.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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