Tabú 67


Un recurso muy usado para olvidar a quien se ama suele ser la bebida. Ese es el perfecto argumento que utilizan todos los borrachos que no logran resolver sus problemas de amor, que intentan alejar el dolor y no se resignan a la pérdida.

Yo era uno de esos.

Mientras el mundo de los negocios y la moda me sonreía y yo reía con él como un simple payaso que debe demostrar ser un hombre exitoso, me sumergía en los efectos del alcohol. Al inicio solo eran un par de copas para relajar los contraídos músculos de mi cara y mis hombros, pero poco a poco las copas fueron aumentando en número y en frecuencia.

El olvido funcionaba por algunas horas, pero el recuerdo dolía tanto o más que la resaca al siguiente día. Durante esas horas de feliz amnesia era como todos los ebrios que habían llegado al bar, a la fiesta o a la discoteca; feliz de reunirme con gente reconocida, feliz de ser el centro de atención gracias a los cambios que introduje en la agencia de modelos, feliz de haber vuelto a las portadas de las mejores publicaciones de moda del momento y feliz porque mis planes se transformaban en proyectos concretos y éstos se hacían realidad con el paso de los días.

Ese era yo, Víctor el renacido.

El modelo que incursionó en el mundo de los negocios y que demostraba a todos ser más que un rostro armónico y un cuerpo bien trabajado. Víctor Nikiforov, un hombre de mundo que podía estar en la mañana entrevistando nuevos prospectos de modelos, al mediodía atendiendo las exigencias de algún cliente, en la tarde posando frente a las cámaras de algún programa especializado, en la noche asistiendo al Buddha Bar por un par de horas en las que tomaba todo lo que se me ocurriese tomar antes de retirarme a mi departamento a descansar. Los fines de semana repetía la misma rutina vespertina, tomar pastillas que me permitieran sentirme bien, salir a trabajar, ir a la mansión de mi madre para almorzar juntos, darle un beso al despedirme y volver a mi soledad, pero por las noches no solo paraba en bares, asistía también a interminables fiestas en las discotecas de la zona Este de París.

Era un perfecto fraude. Al regresar a mi departamento de diez millones de euros encontraba la soledad, una cena refrigerada que no siempre consumía y el hocico húmedo de un fiel amigo que cada día se hacía más viejo. Tenía decenas de mensajes en la contestadora, la gran mayoría de ellos pidiendo una oportunidad de empleo en la agencia, tenía docenas de botellas de whisky en el bar y hielo en la congeladora, tenía la voz de Chris Martin diciendo en los parlantes de la sala “cuando pierdes algo irremplazable, cuando amas a alguien, pero es un desperdicio ¿podría ser peor?” y tenía un agujero en el corazón que crecía cada día más.

¿Cómo llegaba a compensar todo ese tedio de exuberancia y poder? Con uno, dos o tres vasos de añejo y muchos cigarrillos. No recuerdo bien cuántos llegué a fumar en un solo día. Estaba entrando en una espiral de soledad que si me tragaba me convertiría en un simple monigote o en un alcohólico cuyos logros se irían por el caño.

Pero no quería darme cuenta, todo para mí era manejable y todo se resumía a mi capacidad de tolerancia ante el trabajo duro, la ingesta de alcohol, las pastillas para la resaca, el stress que intentaba matar en el gimnasio y la tristeza. Yuri ya no formaba parte de mi paisaje, sus ojos de jade habían quedado en San Petersburgo, terminando sus estudios y alistándose para asumir sus propios retos.

Podía escuchar su voz todos los días por el teléfono, cuando me contaba alguna anécdota de la empresa o cuando me decía lo mucho que me extrañaba; pero no podía volver a tenerlo conmigo y tenía una fecha límite para hacer aquello que no se debe hacer a la persona que amas: romperle el corazón.

Ya tenía una experiencia siendo vil con una de mis parejas. Aquel entonces lo hice para no encolerizar a mi madre y para entrar de lleno en el mundo del modelaje. “Un hombre gay puede ganar muchos adeptos en la comunidad, pero pierde muchos otros en el mundo de los heterosexuales”, me había dicho mi madre. Y yo podía ser caprichoso en muchos aspectos de mi carrera, pero seguía al pie de la letra las indicaciones de mi madre que para mí era la voz de mi consciencia.

Mi ambición me llevó a ocultarme en un inmenso closet del cual salí de manera tímida cuando declaré que era bisexual y que podría amar a un hombre, pero que, hasta entonces, solo me enamoré de chicas porque no había llegado a mi vida aquel hombre que impactara mi corazón.

Así que, durante esos días de mi nueva vida en París, mi tarea era hallar la manera de decirle a Yuri que lo nuestro ya no podía ir más y así preservar la integridad y la vida de mi hermano. También estaba salvando mi propio pellejo.

La oportunidad se presentó en la fiesta de Carl Favreau, un diseñador de joyas cuya compañía cumplía sus veinticinco años de vida y quiso celebrarlo a lo grande en el Castille París, con toda la gente de la farándula parisina y muchos amigos que hizo en Europa a lo largo de su carrera.

Mi madre insistió en que yo asistiera a la fiesta porque Favreau fue siempre uno de los mejores clientes de la agencia y trabajó sus campañas con las modelos que mamá descubría para él, como buena caza talentos que era. Ella no participaría de la fiesta porque aún estaba delicada y necesitaba reposo de acuerdo con la orden médica, así que yo fui solo al lugar y como no encontraba a mis conocidos y las personas de mi ambiente me hacían sentir como un pez extraño dentro de esa pecera, decidí hacer lo que solía hacer mejor en momentos como ese, decidí tomar unas cuantas copas.

Para media noche unas cuantas copas se habían convertido en demasiadas copas y estaba entretenido hablando sobre la vida de los príncipes de Mónaco con un grupo de empresarios suizos cuando un perfume conocido y una voz arrulladora me rescataron de mi triste estado.

Al volver la vista y el cuerpo entero hacia ella contemplé una vez más la figura imponente y aguerrida de mi bella Anya. Ella vestía un traje largo de color rojo con un gran escote en la espalda que destacaba su perfecta figura. Estaba cubriendo la fiesta para la revista Modellina donde trabajaba a medio tiempo y asistió en compañía de una amiga que estaba tan ebria como yo riendo entre dos galanes que parecían querer un trío.

Anya escapaba de la situación cuando me vio en mi patético estado de borracho que intentaba resolver un problema caminando en otra dirección y dejando para mañana las decisiones que debía tomar en su vida amorosa.

—Víctor, has tomado demasiado y estás haciendo el papel de payaso —me dijo con gran seriedad al mismo tiempo que me tomaba del brazo—. Vamos, te llevo a casa.

Quise presentarla ante todos, pero ella insistió en retirarnos y haló de mí como si fuera una simple marioneta. En el camino me despedí brindando y bebiendo un sorbo con cada persona que se me acercaba y cuando entramos en el ascensor perdí la noción del tiempo.

Anya me dijo que hablaba incoherencias, sobre unas fotografías y una denuncia, sobre la forma cómo fue atacado Yuri y porqué tenía mucho miedo por el futuro de mi hermano. Me dijo que hablaba de mi propio futuro y de cómo necesitaba ser un hombre más íntegro que no se atreviera a hacer cosas indebidas. Menos mal no hablé de lo mucho que extrañaba la piel de Yuri y el gigantesco deseo de volver a sentir su aroma en mi almohada.

No recuerdo cómo llegamos a mi departamento, lo que sí recuerdo son las fiestas que hizo Makkachin cuando reconoció a Anya y la manera cómo ella me ayudó a entrar en la cama.

—Descansa Víctor, todo estará mejor mañana y por favor arregla ese problema que te obliga a hacer cosas tan estúpidas como la de hoy. —Acarició mi cabello y con una corta sonrisa se despidió de mí.

—Anya, quédate por favor no me dejes solo —le supliqué como un niño—. Si te vas, si desapareces estaré perdido.

Yo apelaba a su amor de compañera y de amiga, pero ella entendió que yo quería volver a tenerla otra vez en mis brazos y quería hacerla de nuevo mi mujer.

Las semanas siguientes a ese triste episodio me la pasé trabajando todo el día sin parar, había rediseñado el catálogo y las ofertas con modelos más cercanas a la vida diaria de las personas, era como una especie de departamento especial dentro de Le Beauté. Mi rutina laboral comenzaba desde las nueve de la mañana hasta las ocho o nueve de la noche entrevistando a las chicas y chicos que podían ser el próximo Maurice Van Gorth o la siguiente Evangelina Abril, modelos audaces con ciertas características que los distinguían de los demás, él era un veterano de guerra que tenía amputada una pierna y ella era una jovencita con una especial coloración azul en la piel.

Cada noche al terminar la selección y luego de varias tazas de café, lo único que deseaba era estar en casa y dormir mis ocho horas como debía ser. Pero en lugar de ir a mi departamento, iba al bar a tomar una copa como solía hacer casi a diario; sin embargo algunas veces me encontré con Anya. Ella me rescataba nuevamente de mi pozo profundo y juntos íbamos a cenar o charlábamos en su carro hasta cerca de la media noche.

—No pude encontrar alguien que te pueda reemplazar. —Se atrevió a confesar una noche y eso me hizo sentir bastante incómodo.

—No soy una autoparte cariño, lo que debes hacer es darte otra oportunidad, abrir tus alas y volar lejos —repliqué sin entusiasmo—. ¡¿Qué haces en París reportando para una revista internacional de moda?!

—¿No crees que la vida nos puso en el mismo carril para algo más que haberte sacado de esa fiesta antes que comenzaras a bailar desnudo sobre la barra del bar? —Anya por fin sacó sus armas y me pareció que estaba decidida a volver.

—Anya, yo te fallé ¿qué te hace pensar que no haré lo mismo esta vez? —Todavía tenía atravesado en la memoria aquel momento en que la vi marcharse de casa con el rostro húmedo por las lágrimas, el rímel corrido sobre la mejilla y la mirada herida—. No soy el hombre que debes tener a tu lado.

—¿Por qué? —preguntó observándome como una niña enojada.

—Te fallé porque me enamoré de otra persona —confesé a medias mi delito.

—¿Y por qué esa persona no está aquí? —Anya parecía decidida a luchar por ese triste hombre que era yo.

—Porque terminamos —le dije y los ojos de Yuri regresaron a mi mente—. Porque no hay forma que podamos vivir en paz y con total libertad. Así que fue mejor dejar a esa persona para volver a empezar.

—Alguna vez te hice olvidar a una persona con la que no debías estar —Anya dijo una gran verdad mientras acomodaba un mechón de su cabello tras la oreja y me dejaba ver su perfil perfecto—. ¿Por qué no nos damos otra vez esa oportunidad? Yo te cuido y tú te dejas cuidar y poco a poco volvemos a ser los novios unidos que fuimos antes.

—¿Y si no vuelve a pasar? —No sabía cómo decirle un “no” rotundo.

—Por lo menos lo habremos intentado. —Anya sonrió y sus ojos brillaron esperando mi respuesta.

—No quiero herirte otra vez, Anya —le dije con pena, porque era tentadora su propuesta; pero tenía tantas dudas en mi mente y tan clavado a Yuri en mi corazón.

—Está bien. Si no quieres volver tal vez sea mejor así —dijo resignada y luego en un intento por disimular su bochorno por mi rechazo se abrió el saco y me mostró su perfecta figura de mujer, una que ningún hombre podría rechazar—. Tú te lo pierdes.

Reímos como dos niños bobos y salí de su vehículo, nos despedimos y camino a mi departamento ingresó un mensaje de Yuri.

“Falta poco para estar en París. Fortalece tus caderas porque les daré mucho trabajo”.

No podía volver a vivir con mi hermano, no podía volver a estar a solas con él en un viaje o en un hotel, no podía arriesgar tanto por el deseo de estar juntos y vibrar una vez más sobre su cuerpo. Miré el coche de Anya alejarse por la alameda y pensé que no sería tan malo darle una nueva oportunidad a ese amor que ella me ofrecía.

La conocía, me conocía. Sabía que le gustaba el café mocha, conocía los lugares donde le gustaba que pusiera mis manos y mi boca, ella conocía muy bien mis defectos y toleraba mis niñerías. Nos habíamos amado mucho y después de esos encuentros casuales comprendí que quedaba todavía un alto grado de cariño entre los dos, no sería necesario mirar a otras mujeres si la tenía a mi lado y no me sentiría tan solo. Habíamos logrado lo que otras parejas no logran, ser muy buenos amigos, compartir muchas cosas en común y eso era algo que me unía a ella muchísimo, algo que no logré construir con Yuri a pesar de existir tanta pasión entre los dos.

Anya me había hecho olvidar el ardor y dolor que me dejó Chris, mi primer gran amor. Era una mujer tan hermosa y resoluta que lo único en lo que podía pensar ese momento era en que ella tenía el poder y la magia para hacerme olvidar aquellos amores imposibles. Anya era el ancla que necesitaba mi vida, la única forma cómo podría alejarme de Yuri y romperle el corazón.  

Estaba obligado a hacerlo de lo contrario, él y yo nos volveríamos a encontrar y no podríamos detener nuestro amor, nos veríamos envueltos en un gran escándalo y estaríamos expuestos a un gran peligro. Así que decidí que la siguiente noche sería yo quien iría a buscar a Anya a su trabajo en la revista.

Al verla con ese vestido verde olivo tan pegado a su cuerpo, su sacón color crudo que le llegaba hasta las rodillas y las botas negras que cubrían sus bellas piernas. Al ver sus hermosos labios y su mirada de vampiresa supe que estaba en lo correcto para reformular mi vida.

—Quiero volver a tener otra oportunidad junto a ti —le dije convencido que esa sería la solución al revoltijo que se había formado mi mente y mi corazón.

—No retomaremos nada, será mejor volver a empezar. —Anya peinó mi cabello con sus dedos y su perfume a malva me hizo sentir protegido.

No sé qué significaba en verdad sus palabras, si yo la conocía bien y ella a mí. Volver a empezar sonaba como si debíamos ser distintos a lo que fuimos, pero no quise contrariarla en un momento tan romántico en ese restaurante tradicional parisino, con luces ámbar y música de violín.

—Hola me llamo Víctor —le dije poniéndome en pie y besando con delicadeza su mano—.  Te vi a través de esa ventana y pensé «qué hace tan sola una chica tan hermosa». —Anya sonrió y sus ojos mostraron una faceta algo desconocida para mí, una calidez que llegaba desde el centro de la tierra. Anya era una mujer que parecía estar hecha de fuego.

Anya sostuvo mi mano y no volvió a soltarla nunca más.


Las primeras semanas junto a Anya fueron como un nuevo comienzo, tal como ella lo había pronosticado. Era una nueva mujer o, mejor dicho, la antigua Anya tenía trucos nuevos para conquistarme y mantenerme a la expectativa de lo que hiciera.

Se volvió más hogareña, más solícita y cuidadora, dedicaba el tiempo justo a su trabajo y hasta se daba el trabajo de ayudarme con algunas cosas de Le Beauté. Era una verdadera experta en la cama. Una prostituta de la zona roja de Ámsterdam no tendría mucho que enseñarle y ella se veía al día siguiente como una hermosa y gran dama.

Pero su hechizo no fue tan poderoso como lo había sido en el pasado, su belleza y amor no eran tan fuertes como para alejar el recuerdo de Yuri. Durante esas dos o casi tres semanas en las que nos encontrábamos casi a diario con Anya, me dediqué a enviar mensajes a mi hermano; pero no lo llamé pues temía que al escuchar su voz toda la magia de Anya desaparecería sin dejar rastros.

Ella también se convirtió en un apoyo para mi madre. Las veces que yo no podía estar cerca de mamá por mi trabajo, Anya suplía mucho mi ausencia y entre las dos crearon un vínculo muy especial. Mi madre le aconsejaba todo lo que debía hacer y no hacer para que yo pudiera seguir fiel a su pollera y ella le ofrecía charlas interminables sobre moda y belleza.

Podría decir que comenzaron a ser buenas amigas.

Y todo ese plan que, insomne elaboré cada noche, parecía avanzar a la perfección. Las piezas se movían con la misma precisión que tenía el mecanismo de mi clásico Rolex suizo. Pero cuanto más crees que estás construyendo algo fijo y sólido la vida se empeña por desmoronar esos planes y traerlos abajo.  

Anya y yo aún no vivíamos juntos, pero ella pasaba muchas noches en mi departamento. Una de esas noches ella preparaba la cena y yo estaba haciéndome líos con las botanas, cuando de pronto sonó el tono de mi celular, al ver la pantalla no pude evitar sentir un ligero vacío que me obligó a dar un respingo, salí de la cocina y a prisa abrir el balcón de la sala. Era Yuri.

—¿Por qué diablos no me llamaste en dos semanas? —Era justo que reclamase porque no sabía que su hermano había decidido no seguir viéndolo y tocándolo y amándolo.

—Tengo mucho trabajo. —Esa es la típica excusa de aquel que no sabe cómo resolver de una vez sus propios conflictos amorosos—. Además, estuvimos en contacto por mensajes.

—No es lo mismo Vitya, yo muero por escuchar tu voz. —Ese chiquillo no tenía idea de cómo temblaba mi cuerpo al escuchar la suya.  

—¿Cómo van los últimos trámites en la escuela? —No le dije cuánto lo extrañaba como lo hacía los primeros días que volví a París, no le dije que moría por repasar con mis dedos el contorno de sus hombros, no le dije que era mi niño amado porque tenía la obligación de apartarme de él.

—Pronto terminará esta tortura Víctor y por fin podremos estar juntos. —Mi corazón saltó aterrado pues no sabía cómo decirle que no podríamos estar juntos de nuevo—. Estuve viendo los catálogos de las escuelas de diseño que me enviaste y definitivamente prefiero estudiar en la de París. Es una escuela de mucho prestigio, algo clásica en la formación, pero sus años de trayectoria y sus docentes la convierten en la mejor.

—Yuri… una escuela clásica no es para ti. Con el tiempo te vas a aburrir y lo mejor será que pongas a prueba tu creatividad, yo veo mejor a la Saint Martins de Londres. —Tenía que hacerle desistir de sus propósitos—. Podría ser también la Marangoni de Milán o la Cambre de Bruselas.

Yuri se quedó callado por unos segundos al igual que yo porque no sabía cómo decirle que no podíamos vivir juntos y que Anya y yo habíamos regresado. Mi egoísmo me hizo desistir de hablar con la verdad porque temía perder ese nexo ínfimo con Yuri, esa pequeña satisfacción que me daban sus mensajes y sus llamadas. Fueron segundos en los que imaginé todas las cosas que podrían estar pasando por su cabeza ante esa actitud fría con la que yo estaba conversando con él esa noche.

De pronto se oyó la voz de Anya que hablaba con Makkachin en la cocina. Ella sabía engreírlo bien y siempre agregaba algún cocido especial para acompañar sus croquetas y justo en ese momento en el que reinaba el silencio, lo llamó con el gran cariño que siempre le dio a mi peludo compañero.

—¿Quién está contigo Víctor? —Yuri sabía que vivía solo, que mi madre vivía en su mansión y que a esa hora yo estaba en casa por la ubicación que marcaba mi celular.

—Nadie, es solo una película. —Recuerdo ahora mi respuesta y me siento tan estúpido por haber usado tan ridículo argumento. No tuve valor de decirle que sí había una mujer junto a mí y que eso debía significar un adiós a nuestra clandestina relación de amantes.

—¡¿Cuán idiota crees que soy para no darme cuenta de que estás con una mujer en tu departamento?! —Yuri comenzó a gritar por el teléfono—. ¡¿Por eso no quieres que vaya a estudiar a Paris?! ¡Podrías ser menos marica y decirme las cosas como son, pero como no tienes las bolas bien puestas no lo has hecho hasta ahora!

En ese momento sentí que el cristal de nuestro amor comenzaba a quebrarse y con dolor supe que allí se encontraba mi oportunidad para alejar a Yuri de mi vida y quizá algún día cuando todo eso pasara a ser una mala anécdota del pasado, pudiéramos empezar una verdadera relación de hermanos.

No pensé que ese era el instante del que me arrepentiría hasta ahora, que yo estaba construyendo mi propia “Dama de Hierro” y que sangraría todos los días al sentirme culpable por lo que estaba haciendo con Yuri y con Anya.

Si hubiera tenido el coraje de decir la verdad, si todo hubiera salido a la luz no estaría aquí rumiando mi pérdida. Tal vez estaría con Yuri en algún lugar secreto o quizá estaría solo o en compañía de alguna bella mujer, sin cargar todo este peso que tengo encima.

Pero mi niño era insistente y era más directo que yo. Para el no existían tonos de grises, para él solo había dos respuestas, el blanco o el negro. Y por más que intenté adornar mis argumentos el daño ya había comenzado a esparcirse en nuestra relación.

—Dime Víctor ¿me amas? —Escuché el intenso resuello de su aliento sobre el micrófono del celular.

—Claro que sí. No lo dudes. —No tuve el valor de decirle que no lo amaba más, como alguna vez le dije a Chris para alejarme de él por el temor de ofender a mi madre. Yuri era mi hermano y como tal no podía dejarlo de amar.

—¿Me amas como amante? —Insistió aclarando la voz.

—Yuri, ante todo somos hermanos y ese es el principal amor que debemos cultivar entre los dos… —Traté de organizar un discurso coherente que no lo hiriera más de lo que ya lo estaba haciendo, pero me calló.

—¡A la mierda con tus explicaciones! —dijo con la voz quebrada y pude escuchar un suspiro profundo con el cual intentó ocultar su llanto—. ¡Dime por qué carajo no quieres que vaya a París!

Me quedé callado sin saber qué más decir. Anya me miró desde el interior de la cocina y me llamó con la mano, yo le hice un gesto con los dedos para que esperase un poco más. Estaba pensando en una respuesta que no desgarrase demasiado el corazón de mi hermanito, aunque sabía que cualquier cosa que argumentara lo dejaría mal herido.

—No necesito que digas ni una puta palabra más, Víctor. —Por el tono bajo de su voz supe que estaba aguantando el llanto y mi corazón se rasgó porque yo también quería llorar y no podía hacerlo.

—Yuri vamos a hablar con calma cuando llegue a Peterburg para la reunión semestral de Nefrit, ¿sí? —Acerqué el auricular a mis labios tratando de no sucumbir ante mi dolor y mi miedo de perderlo.

Pero Yuri cortó la llamada y me detuve en la nada. Mi cuerpo quedó paralizado. Yo amaba a Yuri y estaba asesinando nuestro amor con mi falta de valor para decirle que todo había terminado entre los dos, que no volveríamos a ser amantes y que debíamos trabajar mucho para poder tener una buena relación de hermanos.

Eran las consecuencias que debían vivir dos hombres que se atrevían a ser uno solo, dos hermanos que habían pasado el límite de lo permitido. No había futuro para los dos, no en esta sociedad perfecta, no en este mundo de apariencias morales, no en la vida de un ser lleno de éxito, no para los puros de corazón, no para los dioses que nos observan de lejos, no para las miradas que nos condenan.

Yuri y yo estábamos malditos y para cortar esa maldición debíamos tomar rumbos distintos.

“Él es joven y podrá olvidarte con facilidad. Tú eres un hombre y podrás asumir con entereza esa pérdida y con el tiempo todo se arreglará”, me había dicho Angélica Vólkova en su maternal sabiduría.

Y yo le creí, quise creerle, quise hacer mías sus palabras y sus pensamientos para poder pasar ese trago amargo que laceraba la garganta. Pero cuán equivocada estaba ella, tal vez no más equivocada de lo que estaba yo.

Desde ese momento Yuri se convirtió en el látigo con el que la vida me fustigaba en los momentos menos esperados. El solo recuerdo de su voz dolida y su llanto atascado, hace que me estremezca de pies a cabeza y que tiemble ante el dolor que me produce saber que fui yo el artífice de todo este daño.

Pude haber sido más arriesgado, pude no haberme conformado con la visión de las personas de mi entorno, pude haberlo llevado conmigo a París y haber enfrentado al mundo por nuestro amor, puede haber denunciado el chantaje y las amenazas del gobierno ruso, pude haber renunciado a todo y vivir ocultos; pero el miedo me paralizó y ahora que tal vez es muy tarde me arrepiento, ahora que puedo ver con claridad todo el pasado soy consciente de lo mucho que perdí.

Perdí a Yuri, perdí mi corazón y perdí mi alma. Mi alma que sueña con encontrarlo de nuevo y hablar con la verdad, con todas las cartas volteadas sobre el tablero. Mi corazón que anhela su perdón y quisiera recuperar su sonrisa maligna con la que me provocaba todas las noches y su mirada de niño bueno con la que me despertaba todas las mañanas.

Yuri ya no es mío como lo fue ese bello tiempo de pasión. Yuri tal vez será de otro o tal vez no, pero mientras tenga vida, mientras pueda moverme y respirar buscaré su perdón, aunque nada sea igual entre los dos, aunque ya no volvamos a ser uno solo, aunque su amor por mí se haya consumido.

Por lo menos quiero rescatar algo de nuestra relación, aquella que jamás debí traicionar.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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