Tabú 66


Desde que Víctor se fue y Yakov se quedó a dormir en mi cuarto, Potya vivía escondido porque le tenía mucho temor al cascarrabias, creo que mi gato pensaba que un terrible ogro vivía dentro del anciano y mis explicaciones para que hiciera las pases con él no le servían.

Hablaba a diario con mi hermano, pero no podíamos conversar mucho tiempo porque siempre me decía que estaba muy ocupado. Lo extrañaba tanto que soñaba con tener alas para volar todas las noches a París y regresar por la mañana.

Odiaba más que nunca estar encerrado en el departamento recibiendo las lecciones de los tutores que Víctor había contratado para mí y que Lilia supervisaba a diario antes de dirigirnos por la tarde a Nefrit.

Los días se sucedían unos a otros de la misma forma aburrida y estúpida, nada me parecía interesante y mi mente que estaba acostumbrada a vivir en el presente huía hacia un futuro soñado, al día en el que volvería a ver a Víctor en el aeropuerto y volveríamos a compartir el desayuno, las horas de ocio, los paseos por las calles, la música en el auto y un cálido abrazo bajo las sábanas.  

Sin darme cuenta llegó el día de mi cumpleaños número dieciocho y sucedió aquello que yo no hubiera esperado. Días atrás le dije a Víctor si podía venir solo por unas horas o si yo podía ir a París para estar juntos; pero me dijo que su mamá estaba en pleno tratamiento de radio y quimioterapia y que era el momento que más cerca a ella debía estar. No podía competir con tremenda emergencia, así que le dije que el siguiente cumpleaños, cuando estuviéramos juntos en París lo festejaríamos el doble. Víctor se quedó callado y a pesar de que su silencio me provocó una ligera presión en el corazón no pude entender su silencio.

Ese uno de marzo Lilia y Mila me rodearon durante la mañana y además de recibir sus regalos y compartir un gigantesco desayuno que mandaron preparar con una profesional en cocina, salimos de compras y cargamos con muchas bolsas el portaequipaje del auto. Luego nos detuvimos a almorzar en un restaurante tradicional y fuimos a Nefrit para partir un pastel enorme que hicieron preparar los empleados.

La noche la pasé en casa de Otabek. Su familia me hizo una pequeña celebración y fueron horas de mucha alegría y música. Lilia y Mila también estuvieron presentes, pero Yakov no pudo acompañarnos porque había viajado a Varsovia acompañando a un cliente.

Fue un día especial y llegada la noche me quedé a dormir en la casa de Lilia. Víctor me llamó cerca de las nueve de la noche y conversamos durante una hora y algo más de lo mucho que había comido, de los regalos que recibí —incluyendo la consola gamer que él compró para mí—. Hablamos de lo buenos que eran los padres de Otabek, de lo cariñosas que eran sus hermanitas, de los tutores nuevos que contrató Yakov, de mis días en Nefrit y del trato de la directora y los profesores que me evaluaban semanalmente en la dirección del colegio. Todo andaba bien, pero moría de aburrimiento.

Hablamos luego del futuro y noté que Víctor estaba algo tenso cuando yo le decía lo mucho que deseaba estar ya en París. Él me dijo que estaba tan enfocado en acompañar a su madre y hacerse cargo de la agencia de modelos, que no tendría tiempo de llevarme a conocer la ciudad luz. Además, dijo que, debido al mal estado de salud de su madre, tal vez tendría que hacerse cargo de los hoteles y eso ya era un panorama muy complicado.

—Víctor tú no sabes nada de hoteles —le dije pensando que él quería administrarlos directamente.

—Tengo que hacer una revisión de su estado, tener una idea de qué se necesita cambiar y qué reforzar. Eso para empezar. —Levantó las cejas y se estiró sobre el sofá—. Necesito saber todo el mecanismo del hotel y luego contrataré a un buen gerente.

—Víctor… —El corazón me venció y como nunca lo había hecho lo dejé hablar con libertad—. Me hiciste falta hoy.

—Tú también —dijo en voz muy bajo y suspiró apenado—. Te amo.

Sonreí y nos miramos en silencio a través de la pantalla del celular por un buen rato hasta que bostecé por el cansancio y él me pidió que durmiera ya. Ese cumpleaños fue extraño y en mi infantil cabeza todavía no cabía la posibilidad de sospechar que algo malo estaba ocurriendo en el corazón de Víctor. No noté esas pequeñas señas que ahora sí puedo notar en los demás. Todavía tenía pensamientos blancos y cuando nos dijimos buenas noches deseé que pronto acabara el año escolar para que en verano pudiera volar a París y exigir ese abrazo de cumpleaños que Víctor no me dio ese día.   

Los siguientes meses mi vida se resumió a estudiar todos los días por las mañanas, ir a Nefrit por las tardes, salir con Otabek y Mila los sábados, pasar los domingos con Lilia y aguantar el perfume añejo de Yakov por las mañanas. Estaba aburrido, pero tenía la esperanza de ver a Víctor pronto y de retomar ese amor que quedó flotando. Miraba el calendario en mi celular y contaba los días que me faltaban para ir a esa entrevista personal con la amiga de Lilia en la escuela de modas.  

Había adquirido la mayoría de edad, pero todavía me trataban como si fuera un niño. Yakov aún se quedaba a dormir en el departamento y Lilia todavía me recogía los domingos. Incluso Mila y Otabek me dejaban en casa los sábados por la noche y no me permitían tomar más de dos copas.

Esperé el final del año escolar como si fuera una fiera enjaulada a quien habían de poner en libertad pronto y que se pasaba todo el tiempo observando la selva donde lo iban a soltar. Había soportado a esos tutores ancianos para que me ayudaran a organizar mis cursos y mis estudios a distancia.

Otabek me visitaba a diario en Nefrit para alcanzarme el avance de los cursos y para que ambos presentáramos las últimas asignaciones juntos y claro que también iba para encontrarse con Mila. Él también estaba desesperado porque finalizara el año académico pues tenía grandes planes para estudiar en el extranjero.  

Organicé la economía del departamento como Lilia me había enseñado y seguí a pies juntillas sus consejos. Eso me ayudó mucho a saber cómo debía manejar un presupuesto, mis asuntos personales y tener claro que, por más que tuviera una buena posición económica, no debía actuar como un loco compulsivo de las compras o malgastar el dinero.

Lilia me enseñó a dejar desenchufados los aparatos, a no comprar comida chatarra en el supermercado, a preferir los productos locales y nacionales que eran más frescos, a no dejar de hacer ejercicio, dormir a una hora adecuada, separar la basura para no recargar el trabajo del ama de llaves, no salir en mi moto hasta altas horas de la noche, no bajar demasiado la temperatura del aire acondicionado porque podría resfriarme y no dejar vencer la fecha de las vitaminas que tomaba.

Intenté cumplir con estas recomendaciones que ella recalcó, no las había inventado, sino que las aprendió a lo largo de su vida y como siempre ella almorzaba conmigo los domingos para que no lo hiciera solo y bueno a veces éramos solo ella y yo y otras veces nos acompañaba Yakov que nos llevaba siempre a lugares muy caros que ella escogía.

Sin embargo, extrañaba a Víctor más de lo que había imaginado así que todos los días por la mañana lo llamaba para saludarlo y decirle que lo amaba mucho y él lo hacía por la noche para decirme que me cuide, que no salga con cualquier persona y que haga caso en todo a Yakov. Eso me parecía raro porque los únicos amigos que tenía en San Petersburgo eran Mila y Otabek y él ya los conocía de sobra.

Cada día le contaba cómo me había ido con los tutores, cómo rendía los exámenes por internet o una vez a la semana en la oficina de la directora o la sala de coordinación de profesores. Víctor me decía que estaba muy orgulloso de mí y que esperaba que tomara una buena decisión para estudiar en el mejor lugar que me correspondía.

No entendí al principio su pedido, así que no tomé en cuenta otras opciones que no fueran la escuela de diseño de París. También me comentaba lo ocupado que estaba organizando las cosas en la agencia de modelos y cómo su mamá recuperaba la salud de manera muy lenta.

A pesar de no congeniar con Angélica, jamás iba a desearle nada malo, era la madre de mi hermano y él la amaba mucho, yo esperaba que se pusiera muy bien para que Víctor dejase ese aire triste que notaba en sus llamadas o las veces que hablábamos por video.

Así fueron pasando los meses y la fecha de la graduación de la escuela por fin llegó. Mis compañeros celebrarían con una gran fiesta además de los clásicos almuerzos que sus familias prepararon. Incluso Otabek se encontraba muy feliz porque sus abuelos llegados de Kazajistán asistirían a la clausura de mayo.

La noche anterior a la ceremonia de graduación Lilia me ayudó a disponer mi traje, uno muy elegante que yo mismo diseñé para que al día siguiente recibiera la medalla de oro de la San Marcos por haber ocupado el primer lugar en la lista de honor del colegio, me había esforzado mucho para conseguir ese lugar. Cenamos juntos en el departamento y antes de ir a casa, Lilia me regaló un par de gemelos de oro con un jade incrustado en cada uno y me dijo algo que jamás voy a olvidar y me parte el corazón hasta ahora.

—Tu mamá debería ser quien aplaudiera mañana este gran logro y tu abuelo debería ser quien descorchara la botella de espumante para celebrar. —Sonrió con los ojos humedecidos por la emoción y acarició con cariño mi mejilla—. Víctor debería ser quien tomase las fotos y Miroslav quien dijera las palabras de agradecimiento, pero estaremos Yakov y yo en su lugar, sé que no somos el mejor referente para acompañar a un jovencito que se gradúa de la escuela porque no tuvimos hijos, pero en verdad estamos tan orgullosos de ti Yuri que será un momento de mucha felicidad.

—Gracias Lilia. —La abracé con todo ese gran cariño que no sabía hasta ese momento que tenía por esa gran mujer. Luego me demostraría una y otra vez que ella podía reemplazar a todos, podía ser una madre, un padre y un hermano para mí.

Sonreímos juntos y la acompañé hasta su auto, un caballero hace esas cosas me había dicho un día y hasta ahora no he olvidado sus lecciones. Cada vez que una dama distinguida necesita que de alguna atención especial lo hago sin escatimar ningún esfuerzo.

Después de organizar la vajilla, escribí a Víctor que estaba otra vez en la clínica acompañando a su mamá y le dije que le enviaría fotos de la graduación y que seguro la escuela filmaría la ceremonia de la última campanada.

Él me respondió que ansiaba estar en Peterburg y que su corazón estaría conmigo cada minuto de la graduación, me pidió que me tomara muchas fotos y se las enviara de inmediato y también preguntó si iría a la fiesta que organizaba la escuela para sus egresados. Yo le respondí que no iría porque no quería toparme con tanta hipocresía vestida con finos trajes y que solo fui invitado a la ceremonia porque ocupaba un lugar en el cuadro de honor de la escuela.  

No podía sonreír ni estar de fiesta si Víctor no estaba conmigo, pero sobre todas las cosas no podía ir porque no sería bienvenido a una ceremonia tan especial para los alumnos que egresaban de la San Marcos ese año.

Sintiéndome vacío y ansioso por volver a ver a mi hermano y por la ceremonia del día siguiente, pasé dos horas más viendo la información sobre la Escuela del Sindicato de Costura de París (ECSC) y observando videos y comentarios de los expertos que consideraban que era una escuela de prestigio que ofrecía una formación sólida y especializada.

También revisé información sobre los egresados de la escuela y no solo eran los nombres de clásicos diseñadores de la generación de madame Varanovskaya los que sobresalían entre los estudiantes de la escuela, también jóvenes diseñadores que destacaban en diferentes empresas y proyectos propios.

Entonces decidí no pensarlo más y sería Paris la escuela a la que asistiría desde el siguiente año para igualar y tal vez superar el genio creativo de mi padre.


A la mañana siguiente Lilia pasó muy temprano a recogernos a Yakov y a mí para ir a la ceremonia de la última campanada de la San Marcos. Me apuró todo el tiempo y antes de salir del departamento arregló un par de veces nuestras corbatas y me puso un pin especial en la mía que lo guardo junto con los gemelos. Tomó mi rostro con sus delicadas manos y sonrió con orgullo.

Esa mañana Otabek y yo nos sentamos juntos y sus padres saludaron a Lilia, Mila y Yakov quienes me acompañaron en el colegio.

Después de escuchar los logros académicos de las secciones y los premios ganados ese año, después que la directora nos recomendó buscar siempre mil caminos para alcanzar nuestras metas y que vimos algunos números de baile hechos por los alumnos más pequeños llegó el momento de entregar los estandartes y las medallas, así como las llaves del aula de los alumnos a la sección que nos seguía.

Y al finalizar las ceremonias la señora Kormarova anunció los nombres del cuadro de honor y pidió que conforme mencionara nuestros nombres fuéramos subiendo al escenario.

—El quinto puesto está ocupado por Karim Nazarov del tercer año secundario, el cuarto puesto le pertenece al señor Ruslan Grigoryev del primer año del ciclo preparatorio, el tercer lugar lo ocupa la señorita Yelena Guseva de segundo ciclo preparatorio, en el segundo lugar está la señorita Natalia Kuzminova del último año de preparación y el primer lugar lo ocupa con la calificación más alta obtenida desde hace una década atrás el señor Yuri Nikiforov, alumno de la promoción de este año. —La directora miró con mucho orgullo a mis compañeros y cuando sus ojos se fijaron en los míos me regaló una pálida sonrisa—. Pido para ellos un fuerte aplauso.

La directora y los docentes se pusieron en pie para aplaudirnos y felicitarnos además de entregarnos las medallas de honor por los logros académicos. Tras darnos la mano y desearnos el mejor de los futuros, el coordinador anunció que sería Natalia Kuzminova quien daría las palabras de agradecimiento a nombre de los alumnos.

Cada año el mejor alumno de la promoción era quien daba el discurso de despedida, esa era la tradición en el colegio, pero ese año la directora me llamó un par de días antes de la ceremonia para decirme que había obtenido el primer lugar en los calificativos a nivel de todo el colegio, pero me pidió que cediera mi lugar en el podio y le permitiera a Natalia ser la alumna que dijera el discurso porque ella había estudiado en San Marcos desde el primer año de primaria. Estuve de acuerdo con la directora porque yo no sabría qué decir de mis compañeros y porque no me sentía identificado con ellos ni con el colegio.  

Natalia se aproximó al podio cuando anunciaron su nombre y el silencio se sintió profundo y frío en el auditorio. Era el primer año que se rompía la tradición, era el primer año que el equipo había perdido un campeonato, era el primer año que los alumnos de la promoción habían sido suspendidos por tanto tiempo y muchos de ellos tendrían que hacer un curso extensivo ese verano para recuperar las clases que perdieron. Los padres estaban molestos tanto como los alumnos de la promoción y yo era la persona a quien todos señalaban con la mirada. Los vi a todos satisfechos de contemplar a Natalia en el podio con su elegante uniforme de gala, el pequeño sombrero en la cabeza y el papel donde había escrito el discurso de despedida.

—Estamos reunidos por última vez en este auditorio junto a nuestros seres queridos y voy a tratar de no llorar porque quiero que este sea un momento feliz para todos.

Natalia miraba a los compañeros y a los familiares que estaban tras de ellos. Yo estaba sentado en el rincón menos visible, el que me asignó el asesor del aula. Parece que hasta los profesores habían convenido en que yo no saliera en las fotos y ese desprecio no me dolió, yo miraba el escenario sin entusiasmo y me sentía mal porque Víctor no se encontraba tras de mí como debía haber sido.

—Desde niños hemos crecido en estas aulas y tenemos muchas anécdotas que contar como la primera vez que nuestros profesores nos enseñaron la oración del evangelista San Marcos o el día que  que fuimos juntos a la piscina del colegio y nos asustamos cuando Kitrim no salía del agua. También recuerdo que en cuarto año robamos fresas del huerto y los profesores nos llevaron a emergencias porque las fresas habían sido fumigadas dos días antes. Recuerdo los juegos, los ensayos en el coro hasta que ganamos el concurso de coros de las escuelas privadas de San Petersburgo y por supuesto recodar todo lo que vivimos durante el viaje de estudios a Kenozyorsky . Fueron días intensos y divertidos. Pero el día que más recuerdo fue cuando por primera vez el equipo de hockey ganó la medalla de oro en los juegos interestatales.

Otra vez ese silencio condenatorio me azotaba en la cara. Era como si las voces internas de todos en el colegio me dijeran que por mi culpa habían perdido ese lugar tan especial que hacía años defendían. Desvié la mirada y noté que Otabek estaba apretando las manos sobre sus rodillas. Entonces comprendí que no estaba solo.

—Durante los primeros tres años de la secundaria obtuvimos una alta reputación como los mejores alumnos en el área de letras e historias, ganamos muchos concursos de talentos y festejamos en un avión la obtención de la medalla del concurso de literatura en Moscú.

» Pero por sobre los logros académicos y deportivos tuvimos muchos logros como compañeros y amigos. Todos ayudamos a Mikhail Constantinov a superar la dislexia, apoyamos a Isaev a pesar que no obtuvo el primer lugar en el concurso de matemáticas y ayudamos a Vlado Zhúkov a superar su temor al agua y alentamos a nuestras compañeras Kolina, Martinova, Uvarova y Panina cada vez que preparaban para alentar a los equipos de hockey y de fútbol, ellas hicieron un gran esfuerzo que siempre fue reconocido y envidado por otras escuelas.

Ese momento en el que todos aplaudían cada recuerdo que Natalia nombraba me sentí más intruso que nunca. Ese no era mi lugar, la escuela que recordaba y los compañeros que tenían algo que ver conmigo eran los chicos de mi común y estatal escuela de Moscú. De todos esos chicos solo fue con Otabek con el que hice recuerdos.

—Mucha gente nos califica como la generación amantes de los chats y redes sociales, aquellos que subimos selfies cada minuto a nuestras cuentas, los que amamos salir en autos lujosos a dar un paseo por las calles; pero en la verdad es que nosotros la promoción número veintisiete del colegio somos los futuros arquitectos, ingenieros, inversionistas, directores de proyectos y constructores de Rusia y que haremos de nuestro país una gran potencia mundial.

» A nombre de mis compañeros agradezco el esfuerzo y la dedicación que nuestros maestros y nuestros padres pusieron durante estos once años de estudios y nunca olvidaremos las experiencias tan importantes que vivimos en nuestro querido y prestigioso colegio San Marcos.

» Desde mañana serán nuestras propias decisiones las que pesarán en nuestro futuro y cuando volvamos a encontrarnos en cualquier lugar de la madre Rusia o del mundo no olvidaremos que un día fuimos unidos y fuimos casi como hermanos.

Todos se pusieron en pie para aplaudir el discurso de Nataliza Kuzminova y ella posó sonriente para los fotógrafos y camarógrafos que la rodearon en el podio. Yo me limité a mirar a los docentes que también aplaudían y pensar no haber estado parado en ese podio fue lo mejor que hice ese día.

Cuando la ceremonia terminó los chicos y las chicas de la promoción salieron al patio a tomarse fotografías, todos se reunieron en la parte central del jardín principal del colegio y se abrazaron felices, aunque algunos estaban llorosos. Recuerdo que Otabek y yo estábamos a unos diez o quince pasos de ellos y que todos nos ignoraron el momento que decidieron tirar hacia arriba los birretes. El oso pasó su fuerte brazo sobre mis hombros y juntos fuimos a reunirnos con nuestros seres queridos. Él se fue con su familia y con Mila a celebrar a su casa y yo Lilia y Yakov a un restaurante lujoso.

Por la noche Víctor me llamó y me dijo que estaba orgulloso y que ahora podía decidir qué hacer con mi destino sin que nadie interviniera en mis decisiones.

—Voy a estudiar en París —volví a decirle muy feliz.

Víctor solo guardó silencio.


Un mes después di mis últimos exámenes en la sala de los profesores bajo la atenta supervisión del coordinador de disciplina del colegio. Fue solo una formalidad que cumplí para que la institución tuviera un record más que enviar a la secretaría encargada de la educación de mi país.

Antes de dejar para siempre las aulas, los pasillos y los patios de la San Marcos, observé desde la ventana la moderna construcción y recordé lo solitario que me sentí siempre en ese lugar. Nunca más volví al colegio San Marcos porque no tenía motivo para retornar, porque jamás volvería a reunirme con mis compañeros de aula, ellos fueron crueles conmigo y yo fui un maldito desquiciado que jamás se adecuó al grupo, no existía motivos para volverlos a ver y tampoco ahora existe la posibilidad de hacerlo y… no me importa.

Mi hermano me había enseñado que nunca dejara puertas cerradas en ningún lugar, así que fui uno de los pocos alumnos que se acercó a la oficina de la directora y al salón de profesores para agradecer su apoyo, su esfuerzo y su paciencia con un loco moscovita que no paraba de fregarlos en clases haciéndoles preguntas incómodas o que por lo menos les daba trabajo extra para investigar las respuestas.

Ellos me agradecieron por haberlos puesto en cuitas muchas veces y por exigirles tanto, uno de ellos se convirtió en fanático de la filatelia cuando tuvo que leer sobre la colección de estampillas especiales de la conmemoración por el aniversario número cincuenta de la unión soviética.

Al finalizar el día Otabek y yo buscamos al profesor Popovich y agradecimos todas sus enseñanzas, la manera cómo nos guio para que fuéramos los mejores jugadores del equipo y la forma cómo batalló para que la escuela no nos involucrara como provocadores de riñas y nos tomasen como las víctimas.

Por mi parte le agradecí mucho el hecho que jamás dijera a nadie la tontería que Zhúkov y yo hicimos en los vestidores y que guardase tanta discreción con el problema. Cualquier otro ruso hubiera pedido nuestras cabezas.

Fuimos a almorzar a la casa de Lilia y hablamos de mis planes. Yakov insistía en que yo estudiara en Londres, Lilia le discutía las ventajas de la escuela de París y así pasé el resto del día, despidiendo una etapa de mi vida y dando la bienvenida a otra que, según yo, me ofrecía poner el mundo entero a mis pies.

Al atardecer Mila pasó por mí en el carro de su madre, recogimos a Otabek y fuimos a cenar juntos a Teremok, fue la última vez que estaríamos en ese lugar y la última, por un buen tiempo, en que salimos los tres.

Hablamos nuevamente de nuestros planes, brindamos por nuestro brillante futuro y decidimos volvernos a ver cada año antes de las navidades para no perder esa conexión tan especial que se había creado entre ellos y yo.

—Allá en Almaty me espera una gran fiesta cuando regrese en agosto —dijo orgulloso el kazajo y me mostró la fotografía de su gran familia.

—¿Qué harás después? —Mi amigo se alejaría de mí y yo sentía que la soledad golpearía la puerta una vez más.

—Iré a Canadá tengo la propuesta para entrar a los Mapple Leafs y jugar hockey como profesional. —Otabek sí que apuntaba muy alto y estaba decidido a hacer sus sueños realidad.

—¡Guau, eso es algo increíble Otabek! —El oso tenía todas las condiciones para ser un gran jugador del hielo y yo estaba dichoso con la noticia, pero debía preguntar—. ¿Y Mila? —Ella no estaba tan triste porque su chico se iría a vivir al otro lado del mundo.

—Ella ha presentado una solicitud para hacer un curso de especialidad en Nueva York. —Otabek me miró intrigado—. Pensé que te lo había dicho.

Recordé que como un mes atrás Mila comentó con todos a cerca de sus planes personales, pero no tomé mucho interés porque justo en ese momento me llamó mi hermano diciéndome que acompañaría en el hospital a su madre que había sufrido cierta descompensación.

—Creo que sí —dije algo avergonzado por el olvido.

—Mira cómo eres, Yuri. Yo que sé todo de ti y tú que no me escuchas. —Mila estaba detrás de mí y escuchó el final de la conversación—. Iré a Nueva York y estaremos muy cerca con mi osito así que podremos vernos en forma continua.

Mila me aplastó hacia la pared hasta lograr darme un beso en la frente y dejar la gran huella de sus labios. Yo siempre peleaba con ella cuando se ponía tan cariñosa conmigo, pero en el fondo me encantaba que me apretara y me dejara el carmín esparcido en las mejillas… o en la frente como esa tarde.

—Entonces también te irás. —Sentí un extraño vacío en el estómago, la misma sensación de cuando regresé a la casa del abuelo en Moscú cuando él me dijo adiós.

—Te juro que te llamaré todos los días gatito—. A Mila sí podía creerle esa promesa.

—Yo también —dijo Otabek y a él no le creí porque ese oso era y es hasta ahora algo distraído.

Los tres seguimos conversando de planes futuros y Mila coincidió con Víctor en que tuviera que estudiar en Londres porque la visión que la Universidad de Arte Central Saint Martins había logrado imponer en su currículo de estudios. Dijo que era vanguardista y los alumnos comenzaban con un proyecto desde el primer día y lo desarrollaban desde el primer momento que ingresaban en las aulas.

Pero mi corazón estaba en París junto a Víctor. No podía imaginar otra cosa en ese momento, quería que el resto de los meses que quedaban para terminar el año pasen volando y poder reunirme de nuevo con mi hermano. Sabía que sería casi imposible que el regresara a Peter ese año porque su obligación era acompañar a su madre y organizar su vida.

Un mes después Mila y yo despedimos a Otabek en el aeropuerto, él parecía muy tranquilo y sonrió todo el tiempo. Creo que el hecho que sonriera demasiado me hizo sospechar que lo estaba haciendo para no llorar.

Quien sí lloró esa noche en mis brazos fue Mila.

—No soy la mujer fuerte que tú crees Yura.

—No seas tonta. —Sobé ligeramente sus hombros para darle calma—. ¿Quién te dijo que las mujeres fuertes no lloran?

—Sé que Otabek y yo vamos a estar separados pocos meses, pero me duele pensar que este tiempo tan bonito entre los tres esté cambiando —dijo entre lágrimas y no supe qué más hacer para consolarla. Solo la dejé llorar hasta que se quedó dormida en su sofá y su mamá me llevó hasta mi edificio.

Tres meses después Mila partió con más llanto en los ojos y la tristeza de dejar sola a Lilia.

Los dos fuimos a despedirla al aeropuerto y a desearle todo lo mejor. Antes de pasar al pasaje que la llevaba directamente al avión Mila me dijo algo especial.

—Si por algún motivo no puedes estudiar en París, podrías venir a Nueva York.

Nos abrazamos y como siempre peleamos por la marca de labial que dejó en mis mejillas. Cuando desapareció en una esquina del pasillo, sentí que junto con ella se alejaban los días más bonitos de mi adolescencia.

Notas de autor:

Teremok.- Restaurante de comida rápida de la avenida Nevsky de San Petersburgo.

Toronto Maple Leafs (Hojas de arce de Toronto) es un equipo canadiense profesional de hockey sobre hielo, situado en Toronto (Ontario). La franquicia es una de las fundadoras de la National Hockey League, por lo que el club está considerado como uno de los históricos del torneo.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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