[Siete, Yuuri] Sempiterno


A los seis meses de noviazgo, Yuuri prácticamente se había mudado al departamento de Víctor, quien día a día le fue cediendo espacio en cada uno de los rincones de su hogar. Víctor adoraba ver la ropa de Yuuri en su clóset, las zapatillas de baile en su sala de música, los libros, lápices y cuadernos en su estudio. Amaba sentir el reconfortante aroma de Yuuri entre las sábanas y su presencia llenando de vida y color todo a su alrededor.

Yuuri se había convertido en la luminosa estrella que guiaba su vida. 

—Amor —dijo Yuuri entrando a la cocina en la que Víctor preparaba de comer—, encontré esto en tu estudio —dijo con una sonrisa pícara mientras le mostraba un álbum fotográfico. 

—No te recomiendo que veas eso —dijo Víctor haciendo un puchero—, son fotografías terribles de mis años en el conservatorio. 

—¿Qué tan terribles? —preguntó curioso—, ahora tengo más deseos de verlas —contestó para luego ir a la sala y lanzarse al sofá.

—¡Por favor no te rías de las fotografías donde salgo borracho! El idiota de Christophe insistió en ponerlas allí. 

—¡Te ves adorable quitándote la ropa! —exclamó Yuuri riendo a carcajadas—. ¡Vaya cuerpo querido!

—¿Acaso no te gusto como estoy ahora? —preguntó Víctor, había caminado hacia la sala y ahora estaba de pie frente a Yuuri, con el delantal de cocina y una cuchara de palo en la mano mientras lo miraba con falsa molestia.

—¡Claro que sí, mi amor! —contestó Yuuri para después lanzarle un beso—, pero creo que has dejado de hacer ejercicio —rio.

—Yuuri malo —respondió Víctor cruzándose de brazos.

—Menos mal que eres el mayor aquí —se burló por la actitud infantil de su pareja. 

—Mejor voy a preparar la comida, mi Zvezda se está burlando demasiado. 

—Tu Zvezda te ama con locura —Yuuri se puso de pié y besó con suavidad la punta de la nariz de Víctor, el mayor lo tomó de la cintura y estuvo a punto de besar sus labios rosas, pero un caniche color café se interpuso pidiendo caricias. Yuuri rio—: Ve a cocinar, yo mimaré a nuestro bebé. 

Víctor entró nuevamente a la cocina con una gran sonrisa en su rostro. No se le hacía sencillo cocinar y se demoraba bastante más que el promedio, pero sus platillo quedaban bastante buenos. Estaba concentrado revolviendo la salsa de tomates casera que preparaba cuando Yuuri entró nuevamente a la cocina.

—Amor… podrías decirme quién es ella —dijo Yuuri en tono dulce mientras mostraba una fotografía en la que el ruso salía con una hermosa mujer que lo abrazaba y besaba en la mejilla. 

Víctor miró la fotografía y sonrió.

—Es Mila —respondió—, Mila Babicheva, mi exnovia. 

—Es muy bonita.

—Lo es —respondió Víctor, para después notar la mueca en el rostro de Yuuri—. Espera, ¿estás celoso? —preguntó sin poder evitar reir—.  No deberías, Mila se casó con un chico que conoció en un viaje que hizo cuando rompimos, Otabek creo que es su nombre. 

—No estaba celoso —declaró Yuuri cruzándose de brazos. 

—¡Oh! El señor madurez está siendo infantil —dijo Víctor apagando la olla para abrazar a Yuuri—. Mi Zvezda me cela, pero no tiene motivos. 

—¿No?

—Claro que no, para mí nunca ha habido y nunca habrá una persona tan hermosa e importante como tú.

—¿Nadie?

—Nadie —afirmó con firmeza—. Desde que apareciste frente a mí, mi vida entera te pertenece, Zvezda. 

—Te amo.

—Y yo a ti. No tienes idea de como te amo, para siempre y por siempre.

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