En el nombre de Dios, a quien tanto odio (Extra)


Capítulo Extra: Nada me ha de faltar

Este capítulo extra es parte de la evaluación de los #PremiosKatsudon2018. Es el desafío que se me asignó como parte del “Desempeño del Talento”.

Víctor estaba en la sacristía de la pequeña iglesia de madera en la que pasaban gran parte de sus días, el padre Yakov se encontraba junto a él. Era domingo y la misa había terminado hacía poco, Víctor, de quince años, guardaba la sotana roja y el roquete blanco que había utilizado como vestimenta mientras cumplía su función de monaguillo, por su parte, Yakov guardaba los cirios y el incienso. 

El respetuoso silencio que ambos guardaban tras la liturgia les permitió escuchar un sollozo lleno de aflicción que venía desde los asientos de la congregación. Yakov miró a Víctor y solemne le dijo.

—Iré a ver qué sucede, termina de guardar las cosas.

—Sí, padre. 

El sacerdote salió de la sacristía y Víctor pretendía cumplir con la orden del padre, pero sintió curiosidad por saber lo que ocurría y decidió asomarse con cuidado, intentando escuchar lo que el cura diría. Al salir, Yakov se encontró con una adolescente que lloraba en medio de hipidos y palabras balbuceantes. Sentada en uno de los asientos de la iglesia, su cabeza estaba inclinada y sus manos juntas, suplicantes.

—P-por favor, señor, n-no permitas q-que mi herm-manito se m-muera —gimoteaba con las mejillas inundadas de lágrimas y el cabello castaño cubriendo su rostro. 

El párroco se acercó con cuidado a la muchacha y se sentó junto a ella.

—Dios siempre escucha a quien acude a él con fe —dijo, su voz era calma.

—Y-yo tengo m-mucha fe en él —respondió ella limpiando sus lágrimas y despejando su cara para mirar al sacerdote. 

—Entonces, él te dará lo que necesitas —afirmó Yakov—. Cuando Jesús llega a Cafarnaún, un Centurión se acerca a él y le cuenta, entre ruegos, que un sirviente de su casa se encuentra enfermo y sufriendo terribles dolores. En su infinita misericordia Jesús le dice que irá a su casa para curarlo, pero la respuesta del Centurión es conmovedora, le dice: Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarle. ¿Te das cuenta? La humildad y la enorme fe de este hombre fue lo que obró el milagro de Jesús. 

—¿E-eso quiere decir que m-mi hermanito se sanará s-si rezo con toda mi fe?

—¿Qué tiene tu hermanito?

—N-no lo sé, ha tenido fiebre y le suena el pecho cuando respira —las lágrimas volvieron a correr por sus mejillas—. Mi mamá lo llevó al consultorio y le dijeron que era un resfriado, pero ha empeorado con los días, quiere llevarlo a otro médico pero no tiene dinero para pagarle, ni para medicinas. 

Yakov pensó en el pequeño niño que debía estar sufriendo por su enfermedad y suspiró. Sabía que la atención pública era deficiente y que no siempre contaban con los medios adecuados para enfrentar una enfermedad, la escasez de medicamentos en las zonas rurales era alarmante, ni hablar del tiempo que se tardaban en llegar al consultorio ubicado en la ciudad más próxima y las largas horas de espera para la atención… No podía dejar las cosas así. 

—Dios ha oído tus súplicas —dijo Yakov—, espera un momento. 

El sacerdote se puso de pie y se dirigió nuevamente a la sacristía, vio a Víctor entrando apresurado, pero no le dijo nada, abrió uno de los cajones del pequeño escritorio que había en el lugar y sacó un sobre que Víctor reconoció.

—Ese es el dinero para pagar las cuentas de la iglesia —expresó alarmado.

—Esa chiquilla y su familia lo necesitan más que nosotros.

—¡Pero nos cortaran la luz y el agua! —exclamó sin pensarlo, sin poder dejar de lado los cálculos mentales sobre el dinero que necesitarían si Yakov regalaba el que tenían y los pocos días que había para reunirlo.

—Estás usando la razón cuando deberías confiar en tu fe —expresó Yakov acariciando el cabello de Víctor para después salir de la sacristía y volver junto a la adolescente que lo esperaba sentada en el mismo lugar. 

Víctor pasó toda la tarde pensando en las palabras de Yakov, para él sonaban enigmáticas e incomprensibles. Qué podía significar confiar en la fe, si sabía perfectamente bien que si no tenían dinero para pagar las cuentas sencillamente se quedarían sin luz y agua. 

Se sentía egoísta por estar preocupado de cosas que sin duda no eran tan importantes como la salud de un niño; podía vivir sin luz eléctrica y se las podría arreglar algunos días sin agua potable, sin embargo, le molestaba que el padre Yakov tuviese que privarse de aquellas cosas a las que estaba acostumbrado, que las misas se celebraran a oscuras o que se viera obligado a depender de la buena voluntad de los feligreses para asearse y conseguir agua. 

—Te voy a contar sobre un pasaje de la biblia —le dijo Yakov al finalizar el día, inmediatamente después de que comieran la crema de verduras que el sacerdote había preparado para cenar. 

—Me gusta escuchar esas historias, padre —contestó Víctor mostrando una sonrisa sincera, con el deseo honesto de absorber y aprender todo lo que el cura quisiera enseñarle. 

—Después de enterarse de la muerte de Juan el Bautista, Jesús cruzó el río Tiberíades junto a sus discípulos, deseaba un tiempo de descanso y reflexión, alejado de las multitudes que le seguían a todas partes debido a sus enseñanzas y milagros. Sin embargo, al desembarcar se encontró con una gran cantidad de gente reunida en ese lugar; más de cinco mil hombres dicen los evangelistas. 

»Jesús no se sintió molesto al descubrir que lo estaban esperando, al contrario, su gran misericordia lo hizo tomar su rol de maestro y allí enseñó nuevamente la verdad de la palabra de Dios. Sin embargo, sus discípulos, inquietos, le señalaron que debía despedir a la gente antes de que empezaran a sentir hambre. Pero Jesús contestó algo que los desconcertó: Denles de comer ustedes mismos.

»Felipe inmediatamente pensó que eso sería imposible, el dinero que tenían jamás podría alimentar a todas esas personas. Sin embargo, hubo alguien que no utilizó cálculos racionales y ofreció lo que tenía, simplemente confiando en su fe: un niño. Un niño que tenía lo suficiente para sí mismo, cinco panes y dos pescados, pero que en lugar de aferrarse a ellos para no pasar hambre los ofreció con la infinita inocencia de un niño. 

»Esos cinco panes y dos pescados alimentaron a más de cinco mil personas, ¿te das cuenta? La inocencia y la confianza de aquel niño posibilitó el milagro de Jesús. A eso me refería cuando te pedí que no uses la razón cuando debes confiar en tu fe. 

—Pero el dinero no se multiplicó, y lo seguimos necesitando para pagar las cuentas —insistió Víctor bajando la mirada.

—Si Dios es mi pastor, nada me ha de faltar —contestó el sacerdote mientras desordenaba el cabello de Víctor con una caricia amorosa—. Sé que pronto podrás entender el significado de mis palabras: en ese momento comprenderás lo hermoso que es vivir bajo las enseñanzas de nuestro señor, compartiendo su palabra y su infinito amor. 

Víctor asintió a las palabras del sacerdote, confiaba en él y creía cada una de las cosas que le decía, incluso si le parecían demasiado complejas para su entendimiento.

—Le prometo que haré crecer mi fe —dijo Víctor honestamente, deseando que aquel sentimiento recorriera sus venas como la sangre y entrara a sus pulmones como el oxígeno. Que lo alimentara hasta la saciedad, que lo invadiera hasta que no hubiera una célula de su cuerpo que no pudiera explotar de fe. Tal vez esa era la única manera de enfrentar la vida sin temores o preocupaciones, se dijo, porque si era Dios quien guiaba sus pasos nada malo podía haber en su futuro. 

Esa noche Víctor durmió tranquilo, desterrando de su pensamiento la ansiedad que le producía el ser consciente de la falta de dinero, confiando en las palabras de Yakov: Si Dios es mi pastor, nada me ha de faltar. Se repetía como un mantra, otorgándole aquella paz que necesitaba. 

Sin embargo, los días se sucedían unos a otros y el dinero no se multiplicaba. El desasosiego ganaba terreno en el corazón de Víctor y el mantra parecía perder poco a poco su poder. Hasta que el día jueves por la tarde un hombre apareció en la iglesia. 

El hombre entró cabizbajo buscando al párroco, cuando habló con él, Yakov pudo notar como su voz temblaba y la tristeza se filtraba en sus palabras; su madre estaba muriendo, necesitaba a un sacerdote para recibir el último sacramento. Yakov prontamente estuvo dispuesto a acompañar al hombre hasta su hogar; su madre era una mujer anciana cuya salud decaía día a día, pese al cuidado atento de sus seres queridos y la enfermera que pagaban para que estuviera pendiente de sus necesidades. 

—Dios la quiere a su lado —dijo su hijo con resignación. 

Yakov se acercó a la mujer que respiraba con dificultad, pero lo miraba en calma. Y mientras untaba sus dedos en el óleo de los enfermos, para marcar la señal de la cruz en la frente y en las manos de la anciana, recitó:

—Por esta santa unción y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo. Para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad. Amén. 

Como muestra de gratitud, el hombre le dio un sobre de dinero a Yakov, era de familia acomodada, dueño de un enorme viñedo, por lo que la paga fue bastante sustanciosa; alcanzaba para pagar las cuentas de la iglesia por varios meses. 

El dinero se multiplicó: para Víctor aquello tuvo el valor de un milagro. 

Si Dios es mi pastor, nada me ha de faltar. 

Las enseñanzas de Yakov cobraron sentido en la joven mente de Víctor. Finalmente sintió un torrente de fe correr por sus venas e invadir su cuerpo como una bocanada de aire fresco. Se sintió repleto de Dios y su corazón comenzó a latir acelerado cuando un pensamiento se instaló con fuerza en su interior: 

«Sé que pronto podrás entender el significado de mis palabras: en ese momento comprenderás lo hermoso que es vivir bajo las enseñanzas de nuestro señor, compartiendo su palabra y su infinito amor».

Y sintió el llamado. 

Fue como sumergirse en el fondo del mar. El mar cálido y refrescante, fuente de vida y amor. 

En lo profundo de su corazón, de su alma. Víctor lo supo como destino irremediable: Debía dedicar su vida a servir a Dios, a servir a sus hermanos, a entregar la buena nueva del amor del Señor. 

Debía dedicar su vida a enseñar lo que él había aprendido: Si Dios es mi pastor, nada me ha de faltar. 

Si Dios es mi pastor, nada me ha de faltar.

Él saciará mis necesidades.

Él protegerá mi camino.

Si Dios es mi pastor, nada me ha de faltar. 

Porque el amor de Dios es perfecto y bueno. 

Porque el amor de Dios todo lo puede.

Víctor aceptó ese destino con una sonrisa. Víctor pensó que su fe jamás iba a tambalear. 

Víctor era un pequeño ingenuo, un adolescente iluso que aún no conocía el significado del verdadero sufrimiento.

Fue como sumergirse en el fondo del mar. 

Y el mar no sació su sed, llenó su paladar con el sabor repugnante del exceso de sal. El mar lo asfixió, le impidió respirar con libertad, cortó su oxígeno y ahogó todo lo mejor que había en él. 

Sumergirse en el mar que lo llamó inmenso y sublime, desató una tempestad…

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