En el nombre de Dios, a quien tanto odio (especial)


Capítulo Especial: La felicidad de estar en tus brazos

Capítulo escrito como especial de semana santa 2018

Al ofrecer el pan, levantando la patena y elevando al cielo sus ojos azules, Víctor pronunció:

—Bendito seas, Señor, Dios del Universo, por este pan, fruto de la tierra y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos: él será para nosotros pan de vida.

La voz del sacerdote resonó por toda la iglesia, y los feligreses contestaron la aclamación correspondiente:

—Bendito seas, por siempre, Señor.

Víctor comenzó a poner un poco de vino mezclado con agua en el cáliz dorado mientras seguía el rito eucarístico, diciendo en voz baja, en un murmullo silente:

—El agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana.

Luego levantó el cáliz y su mirada al cielo, y en voz alta pronunció:

—Bendito seas, Señor, Dios del Universo, por este vino, fruto de la vid y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos: él será para nosotros bebida de salvación.

—Bendito seas, por siempre, Señor —fue la fervorosa respuesta de los presentes. 

Víctor se inclinó, su rostro quedó oculto y sus ojos cerrados. En voz baja, sólo escuchada por él, repitió:

—Acepta, Señor, nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde; que éste sea hoy nuestro sacrificio y que sea agradable en tu presencia, Señor, Dios nuestro.

El diácono se acercó a Víctor llevando una fuente con agua, el sacerdote de pie lavó sus manos y en secreto pronunció:

—Lava del todo mi delito, Señor, limpia mi pecado.

Después, volvió a levantar sus ojos azules hacia el público que aguardaba en respetuoso silencio.

—Oremos, hermanos, para que este sacrificio mío y de ustedes, sea agradable a Dios, Padre todopoderoso —su voz hizo que todos se pusieran de pie, siguiendo el libreto litúrgico y respondieran de memoria:

—El Señor reciba de tus manos este sacrificio, para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia.

Víctor nuevamente alzó su rostro, fijando sus ojos abiertos en el crucifijo de madera que todo lo observaba desde las alturas, oró:

—Que nuestros ruegos y estas ofrendas te conmuevan, Señor, para que al vernos desvalidos y vulnerables acudas en nuestro auxilio. Acoge, Señor, con toda tu bondad las súplicas de tu pueblo, para que cuando te necesitemos nos protejas y resguardes  con la grandeza de tu amor. Te rogamos, Señor, que el vino y el pan consagrados en tu nombre sean de tu agrado y obtengan para nosotros la felicidad de la salvación y el perdón de nuestros pecados —Víctor guardó silencio unos momentos, luego volvió a mirar a las personas que aguardaban silenciosas por su palabra— El Señor esté con ustedes.

—Y con tu espíritu.

—Levantemos el corazón.

—Lo tenemos levantado hacia el Señor.

—Demos gracias al Señor, nuestro Dios.

—Es justo y necesario.

—En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno. Por Cristo, señor nuestro, porque sabemos que se acercan ya los días de su pasión salvadora y de su gloriosa resurrección, en ellos celebramos su triunfo sobre el poder del antiguo enemigo y renovamos el misterio de nuestra redención. Por él, multitudes de ángeles adoran tu grandeza, y se alegran eternamente en tu presencia. Permítenos asociarnos a sus voces y cantar humildemente tu alabanza. 

El coro junto a los feligreses entonaron entonces una canción, y mientras el tres veces santo era entonado, Víctor sólo lo miraba a él, quien seguía la rutina de la misa que desde tan pequeño había aprendido, pero cuya mirada escondía un fuego travieso que hacía a Víctor desear dar por terminado aquel insulso ritual. 

Cuando la iglesia volvió a estar en silencio, Víctor consagró los dones:

—Santo eres en verdad, Señor, fuente de toda santidad; por eso te pedimos que santifiques estos dones con la efusión de tu espíritu, de manera que se conviertan para nosotros en el cuerpo y  la sangre de Jesucristo, nuestro Señor. El cual, cuando iba a ser entregado a su pasión, voluntariamente aceptada, tomó pan, dándote gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomen y coman todos de él, porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por ustedes”. 

Víctor tomó la hostia y la elevó frente a sus ojos mientras una campanilla sonaba, luego se arrodilló junto al altar. Segundos después se volvió a poner de pie.

—Del mismo modo, acabada la cena, tomó el cáliz, y, dándote gracias de nuevo, lo pasó a sus discípulos, diciendo: “Tomen y beban todos de él, porque éste es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por ustedes y por muchos para el perdón de los pecados. Hagan esto en conmemoración mía”.

El cáliz fue elevado, la campanilla sonó nuevamente y las rodillas de Víctor se flexionaron en reverente silencio. Al ponerse de pie miró a sus feligreses.

—Éste es el sacramento de nuestra fe.

—Anunciamos tu muerte y proclamamos tu resurrección, ven Señor Jesús

—Querido padre, celebrando ahora el memorial de la muerte y resurrección de tu hijo, te ofrecemos el pan de vida y el cáliz de salvación y te damos gracias, porque nos haces dignos de servirte en tu presencia. Te pedimos, humildemente, que el espíritu santo congregue en la unidad a cuantos participamos del cuerpo y la sangre de Cristo. Acuérdate de tu iglesia extendida por toda la tierra y junto a nuestro amado papa, nuestro arzobispo Bellamy y todos santos los pastores que cuidan de tu pueblo llévala a la perfección por la caridad. Acuérdate también de nuestros hermanos que durmieron en la esperanza de la resurrección, de todos los que han muerto en tu misericordia, admítelos a contemplar la luz de tu rostro. Ten misericordia de todos nosotros y así con María, la virgen madre de Dios, San José, los ángeles y cuantos vivieron en tu amistad a través de los tiempos, merezcamos, por tu hijo Jesucristo, compartir la vida eterna y cantar tus alabanza. 

Víctor tomó la patena con las hostias y el diácono el cáliz, los elevaron y la voz profunda de Víctor volvió a resonar entre aquellas paredes.

—Por Cristo, con él y en él, a ti Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.

—Amén.

—Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir: Padre nuestro que estás en el cielo…

Las voces de todos se unieron a la plegaria, pero entre todas ellas Víctor sólo podía escuchar una, la voz suave que provenía de la boca de su amado, el muchacho de 20 años que se encontraba en primera fila, como cada misa que celebraba desde que fue asignado como párroco a esa iglesia del centro de la ciudad. 

—Líbranos de todos los males, Señor y concédenos la paz en nuestros días, para que ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro salvador Jesucristo —dijo el sacerdote fijando sus preciosos ojos azules en aquellos pozos de chocolate caliente que lo miraban con adoración. 

—Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor —la voz de Yuuri sonó como música en sus oídos, podía escucharlo y reconocer su voz entre miles, porque era la única que acariciaba su alma y calmaba su corazón. 

Con las manos extendidas y en voz alta, pero sin perder aquel contacto visual el sacerdote prosiguió con aquello tan bien memorizado:

—Señor Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles: “La paz os dejo, mi paz os doy”, no tengas en cuenta nuestros pecados sino la fe de tu Iglesia y conforme a tu palabra, concédele la paz y la unidad. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

—Amén.

—La paz del Señor esté siempre con vosotros.

—Y con tu espíritu.

—Pueden darse fraternalmente la paz.

Después del saludos de la paz, Víctor dejó caer en el cáliz una parte del pan consagrado, diciendo en un murmullo:

—El Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, unidos en este cáliz, sean para nosotros alimento de vida eterna —y mientras el resto de las personas entonaban la canción del cordero de Dios, él oraba en una extraña e íntima comunión con Dios— Señor Jesucristo, que la comunión de tu cuerpo y de tu sangre no sea para mí un motivo de juicio y condenación, sino que, por tu piedad, se conviertan en las defensas de mi alma y mi cuerpo; el remedio de mis pecados. 

Después de una genuflexión, tomó el pan consagrado, elevándolo lo muestra diciendo:

—Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor.

—Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarle.

Víctor comulgó cerrando sus ojos y el silencio reinó nuevamente. Luego dio la comunión al diácono que lo acompañaba y finalmente se cercó a las escaleras que separaban el altar de los asientos de madera donde sus feligreses esperaban. El primero en llegar a recibir la comunión fue Yuuri. Azul cielo y caramelo se encontraron y por un segundo todo lo demás desapareció.

—El cuerpo de Cristo —pronunció Víctor elevando la hostia.

—Amén —respondió Yuuri cerrando sus ojos y abriendo sus labios después de humedecerlos con gesto inocente. Víctor acercó el pan consagrado a esa boca, la fuente de aquella miel que lo hacía adicto, y dio de comer el cuerpo del salvador mientras que con un descaro, solo visto por el sacerdote, Yuuri sacó su lengua y humedeció los largos dedos antes de tragarse aquel fino pan y abrir los ojos para sumergir a Víctor en el profundo pozo del deseo. 

Con una sonrisa, Yuuri tomó nuevamente el lugar en su asiento mientras los demás pasaban a recibir la hostia. Cuando toda la congregación estaba en el íntimo encuentro con Dios, Víctor volvió a ubicarse tras el altar, limpiando la patena y el céliz mientras decía con una sonrisa ladina:

—Haz, Señor, que recibamos con un corazón limpio el alimento que acabamos de tomar, y que el don que nos haces en esta vida nos aproveche para la eterna.

Después de unos minutos de silencio, Víctor continúo con la homilía. El resto de la misa continúo mecánicamente, el sacerdote cumplía con el papel impuesto al recitar la última oración, pero sus pensamientos iban dirigidos al joven de cabello negro que lo observaba silencioso desde su asiento. 

—El Señor esté con ustedes —dijo concluyendo.

—Y con tu espíritu.

—La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre todos ustedes y los acompañe siempre.

—Amén.

—Pueden irse en la paz del Señor.

—Demos gracias a Dios.

Y mientras Víctor besaba el altar con devoción, como si sus labios tocaran los de Yuuri, los asistentes comenzaron a retirarse poco a poco. Víctor y su diácono se dirigieron a la sacristía, Víctor lo despidió pronto y cuando estuvo a solas Yuuri entró a ese cuarto pequeño a un lado del altar, puso el seguro a la puerta y se acercó al sacerdote que lo miraba anhelante. 

Ambos se fundieron en un abrazo entrañable, necesario para tranquilizar sus corazones y sentirse en casa, porque el único lugar que sentían como hogar entre los brazos de la persona que tanto amaban.

—Víctor —dijo Yuuri entrelazando sus manos tras el cuello del sacerdote—, te extraño. 

—Y yo a ti, mi amor, pero sabes que estas semanas estoy muy ocupado.

—Maldita semana santa. 

—Mil veces maldita. 

Ambos se besaron apasionadamente.

—Padre Víctor —dijo Yuuri mirándolo con fingida inocencia—, he pecado mucho, y no es el cuerpo de Cristo el que me trae la salvación.

—¿Y qué es lo que necesitas para limpiarte de tus pecados? —preguntó Víctor mirándolo a los ojos.

—El cuerpo del padre Víctor —respondió mordiendo sus labios.

—Te has vuelto insaciable, jovencito —reprendió. 

—Es culpa suya, padre Víctor. 

—Supongo que tengo que hacerme responsable.

—Así es. 

Víctor elevó a Yuuri en sus brazos y lo sentó sobre la mesa que estaba a un extremo de la sacristía, se ubicó entre sus piernas y comenzó a besarlo lentamente mientras acariciaba su cabello, el cuello y su espalda. Yuuri se aferró a la casulla que cubría a Víctor y pronto buscó quitarla. La estola y el cíngulo también fueron arrojados al suelo. 

—Se ve guapo incluso con vestido —dijo Yuuri riendo al quedar Víctor tan solo en la túnica de lino blanca, de nombre alba, que debía portar durante las misas.

—Pues tú te ves guapo con cualquier cosa, pero desnudo es como más me gustas —sonrió para luego comenzar a besar el fino y blanco cuello del menor mientras desabotonaba su camisa negra y dejaba al descubierto su suave piel. 

Entre besos y caricias se fueron desnudando, la ropa quedó esparcida por el suelo mientras las piernas de Yuuri rodeaban las caderas del mayor. Víctor llevó sus dedos, humedecidos con la saliva del más joven, hasta el anillo de carne que temblaba con excitación. Poco a poco introdujo sus dedos buscando forzar la dilatación del cuerpo tibio que se aferraba al suyo envolviendolo con sus brazos y piernas mientras sus labios abiertos dejaban escapar suaves jadeos.

—Víctor —dijo Yuuri mientras sentía su cuerpo invadido por esos largos dedos—, te amo mucho. 

—Y yo a ti, mi precioso Yuuri. Eres tú quien hace que mi corazón siga latiendo. 

Y ya no hubo más palabras, no eran necesarias porque en aquel momento se comunicaban a un nivel mucho más íntimo. Las caricias escribían poesía sobre sus cuerpos, sus lenguas hablaban el lenguaje húmedo de los besos y la succión, sus gargantas cantaban como pájaros en libertad al sentir el placer de un vuelo suave. Y Yuuri abría sus alas como una mariposa bajo los rayos del sol, mientras sus ojos de paloma se cerraban ante el placer. Y Víctor bebía en su vientre y sus botones de rosa, un sabor más dulce y delicioso que el de la miel más pura o el mejor de los vinos. 

Y la única verdadera comunión que ambos alcanzaron fue la de sus cuerpos unidos, el único acto sagrado que presenciaron fue el de alcanzar el supremo gozo aferrados al cuerpo del único ser por el cual vivían, del único por el cual morirían, del único que lograba encender la fe y la esperanza, del único que amaban por sobre todas las cosas. 

Después de amarse se abrazaron exhaustos, cobijandose en el calor del cuerpo ajeno, sin pensar en nada más que en ellos y la felicidad que alcanzaban cuando el resto del mundo desaparecía. 

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