[Dos, Víctor] Sempiterno


Víctor se había dormido en el sofá de la sala. No era la primera vez que ocurría, muchas tardes solitarias se había quedado allí, miraba el atardecer y bebía vino hasta colapsar sobre el cómodo sillón y ser despertado a la mañana siguiente por los rayos del sol que se colaban por amplio ventanal. Pero esta vez el fuerte sonido del timbre lo despertó.

Víctor se sentó algo desorientado, miró el reloj que marcaba las 10 de la noche y en el suelo la botella de vino conservaba la mitad de su contenido, tomó su teléfono y vio decenas de notificaciones, todos del mismo número, el de su mejor amigo; Christophe. 

Víctor pensaba ignorar la insistencia de su amigo, pero en ese momento el timbre de su departamento volvió a sonar. Algo contrariado se puso de pie y se dirigió a la puerta, la abrió y se encontró de frente con el rostro de Christophe, él sonrió haciendo que sus líneas de expresión se marcaran aún más en su rostro. 

—¿Qué demonios estás haciendo aquí, Chris? 

—Si te dignaras a leer mis mensajes lo sabrías —respondió, entró al departamento de su amigo sin esperar invitación, hizo una mueca al ver la botella de vino, pero decidió ignorarla por el momento—. Vete a cambiar que esta noche saldremos. 

—No iré a ninguna parte —contestó Víctor con expresión de fastidio mientras acomodaba su cabello.

—¿Prefieres quedarte aquí bebiendo solo como si fueras un alcohólico? —contraatacó Christophe.

—No, dormiré, ya no estamos en edad para…

—Tonterías —interrumpió Christophe—, somos un par de guapos hombres libres que irán de fiesta como en los viejos tiempos. 

—Somos un par de viejos hombres libres —corrigió Víctor quien al fin sonrió—, aunque hasta ayer tú llorabas y suplicabas por que tu queridísimo novio volviera a casa —se burló. 

—Eso fue ayer, si no vuelve, él se lo pierde —contestó Christophe, tomó asiento y miró a su amigo—. Vete a cambiar, aquí te espero. 

—Es imposible decirte que no —rezongó Víctor para luego disponerse a hacer lo que Christophe le había ordenado. 

Christophe Giacometti lo llevó a un bar bastante tranquilo que quedaba en pleno centro de la ciudad, pero en un pasaje que pasaba algo desapercibido. Víctor reconoció que el ambiente era agradable, sencillo y con música jazz en vivo. 

—¿Ves que no era tan malo venir? —dijo Christophe, después se dispuso  a beber de su copa de champán mientras que Víctor disfrutaba del buen vino. 

—Debo admitir que es un buen lugar —contestó, dejó descansar su cabeza sobre su palma izquierda y se relajó con la música que traspasaba su piel para acariciar su corazón. 

—Oye, Víctor —dijo de pronto Christophe llamando la atención de su amigo—, esa mujer que está sentada cerca del ventanal no deja de mirarte. 

Víctor no pudo evitar mirar a la mujer rubia que su amigo le indicaba, al cruzar sus miradas ella le sonrió coqueta. Víctor desvió la mirada y luego encaró a su amigo.

—Esa chica podría ser mi hija, Chris. 

—Pero no lo es —respondió con simpleza el suizo levantando sus hombros. 

—Aún así, no se vería nada bien.

—¿Y desde cuándo te importa el qué dirán? El Víctor Nikiforov que yo conozco incluso se enfrentó a su padre para defender su amor, algo como una pequeña diferencia de edad no debería detenerte. 

—¿Pequeña? —Víctor soltó una carcajada ante el descaro de su amigo—, de todos modos, ella no me gusta. 

Víctor volvió a concentrar su atención en la música y un lejano recuerdo llegó a su memoria:

—Padre, creo que lo mejor es dejar esta conversación hasta aquí. Yo no voy a cambiar mi decisión por usted, ni voy a tolerar sus palabras. 

—¡Y yo no voy a permitir que hagas lo que se te de la gana! Eres mi único hijo, el único heredero de los Nikiforov, debes dejar a esa basura que dices amar y buscarte a una mujer que pueda darte hijos, herederos que lleven la sangre Nikiforov.

—¡No voy a tolerar que siga insultando a mí Zvezda! —respondió Víctor, su tono de voz había aumentado y sus ojos enrojecieron de ira—. ¡Lárguese, padre! —dijo para luego dirigirse a abrir la puerta con violencia. Tras esa puerta se encontraba su persona más amada con el rostro surcado por las lágrimas y el cuerpo temblando de dolor. 

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