[Cuatro, Víctor] Sempiterno


Víctor llegó a su departamento después de las 10 de la noche. Se sentía exhausto, hacía mucho tiempo que no caminaba tanto. 

Cerró la puerta y encendió la luz. Nuevamente fue visitado por los fantasmas del pasado que habitaban ese lugar; los pasos de Makkachin, las risas de su Zvezda.

¿Cómo te fue el trabajo, mi amor? —casi pudo oír su voz y sentir sus brazos delgados abrazándolo alrededor de su cuello—. ¿Quieres cenar o prefieres el postre primero? —podía jurar que aún podía ver esa mirada lujuriosa que sólo le dirigía a él mientras Makkachin ladraba pidiendo atención. 

Víctor se apoyó en la pared y cerró los ojos con fuerza. Ese departamento estaba tan lleno de recuerdos que muchas veces pensó en mudarse y venderlo o simplemente dejarlo ahí para que los fantasmas vivieran eternamente entre esas paredes donde fueron felices. 

Caminó hasta el baño y mojó su rostro, la imagen que le devolvía el espejo era la de un hombre guapo pese a la edad, pero cuyos ojos habían perdido el brillo de la felicidad. Salió del baño y volvió a la sala, se sentó en su viejo sofá. Víctor pasaba por largos periodos de tiempo en los que se negaba a dormir en la cama en la que durmió, abrazó e hizo el amor con la persona que ahora colmaba sus recuerdos. 

Se extendió en el sofá y abrió la galería de imágenes, no tenía muchas, pero una de las pocas que aún tenía la había hecho en el parque donde paseo con Yuuri después de la cita en la que casi lo deja plantado, hizo la foto sin que él se diera cuenta, mientras miraba el cielo que se oscurecía. 

Víctor sonrió mientras delineaba el perfil delicado y joven de Yuuri, tan dulce y  hermoso. Mojó sus labios imaginando que saboreaba los labios rosados de Yuuri, cerró los ojos e imaginó que invadía su boca con su lengua, su lengua ávida y anhelante que deseaba volver a saborear, a explorar, a descubrir. 

—Yuuri…

Pronunció con la voz ronca y deseosa mientras comenzaba a tocarse imaginando que eran esas manos cálidas las que acariciaban su cuerpo. 

Una parte de él se sintió culpable, cada una de las veces en las que había fantaseado mientras se tocaba en soledad, eran las últimas imágenes de su Zvezda las que acudían a su mente, pero ahora era el rostro joven de Yuuri el que se aparecía mientras cerraba sus ojos y se entregaba a sus deseos sin oponer resistencia. 

Víctor descartó los absurdos sentimientos de culpabilidad y se entregó por completo a sus propias fantasías, ensueños en los que el cuerpo cálido de Yuuri se abría para él mientras sus gemidos suaves eran la música que lo envolvía y atrapaba, la canción que traspasaba su piel y acariciaba su alma, la melodía que le daba vida. 

Y Víctor derramó su orgasmo en sus manos mientras la respiración agitada y los ojos cerrados seguían manteniéndolo en el lugar de sus fantasías. 

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