Tabú 64


Otabek me contó que perdimos el campeonato.

Eso era de esperarse ya que los chicos del equipo alterno y los refuerzos de los años inferiores aún no tenían la preparación suficiente como para enfrentar a esas bestias con los que debieron disputar la primera semifinal interrumpida.

El partido se programó para un sábado en la tarde y a puerta cerrada. Así lo determinaron los jueces de la federación. En ese partido silencioso donde solo se escucharon las voces de los jugadores y de los entrenadores, los gritos y algunas palabrotas, Otabek volvió a estar casi solo frente al arco y a los defensas del equipo contrario y algunas personas comentaron que tuvo una actuación espectacular. A pesar de los golpes que todavía seguían oscureciendo su rostro, brazos y espalda el “oso” lo dio todo porque un cazatalentos deportivo lo fue a ver. Luego supimos que fue el profesor Popovich el que lo llamó.

Los últimos minutos del partido fueron vitales, pero todos los esfuerzos de los chicos de la San Marcos no fueron suficientes. La British School de Moscú se quedó con el puesto y avanzó hacia la gran final.

El coach Popovich convocó a los chicos que eran apoyo de nuestro equipo y les pidió que se integraran a las prácticas formales. Gran parte de ellos se inscribieron y así quedó conformado el nuevo listado de equipistas de la San Marcos, listos para afrontar los nuevos campeonatos del siguiente año.

Por mi parte me dediqué a estudiar con la tutora particular que contrató Víctor y hacer las asignaciones para enviarlas en línea a los maestros de la escuela. Algunos profesores me animaban a regresar, pero a pedido expreso y bajo amenaza de mi hermano yo les decía que no superaba el ataque y que estaba mejor así.

Otabek también dejó sus ganas de seguir jugando en el equipo de hockey del colegio y no quiso integrarse a los entrenamientos por más que el profesor Popovich y la directora Komarova se lo pidieron. Él no quería estar con chicos que no lo apoyaban, que lo dejarían solo y observarían indiferentes cuando alguien lo estuviera agrediendo. Los dos lamentaron la decisión de Otabek y no le hablaron más del tema.

El oso se dedicó a sus estudios y subió sus promedios llegando al quinto superior del aula, sus padres estaban muy orgullosos y por cada buena calificación que sacaba me dijo en secreto que Mila le regalaba noches de placer perfectas.

El fin de año se acercaba y con él los días festivos de Rusia, desde el veintitrés de diciembre gozaríamos de un receso en las actividades del colegio y regresaríamos el lunes veinte de enero. Yo agradecí esos días de descanso porque me permitirían estar más tiempo junto a mis tres amores: Potya, Nefrit y Vitya.

Durante una semana fui a la empresa temprano por las tardes y me dediqué a perfeccionar mi técnica de dibujo para figurín, aprendí a usar la laca para mejorar el aspecto de un volado sobre la manga y algunas noches jugué Fornite en línea con Sara. Le gané tres partidas y ella me venció en cuatro.

Al finalizar la semana Lilia me invitó a almorzar y fuimos caminando hasta el Pushkin, un restaurante familiar donde la comida sabía como si la hubieran preparado en casa. A ella le gustaba mucho y el aroma de su ambiente me hacía recordar un poco la cocina del abuelo y sus manos preparando algún plato especial para navidades.

Al finalizar el almuerzo brindamos con una copa de jerez que no me gustó y Lilia me miró con cariño antes de preguntarme algo que había estado evadiendo responder.

—¿Dónde irás a estudiar Yuri? —La capacidad que tenía esa mujer para sostener la mirada era insuperable—. Falta medio año para que acabes el colegio y no va a ser muy bueno que decidas en el último momento.

—Pensé en ir a Paris como tú —le respondí sin demora.

—Entonces ve familiarizándote con el idioma porque de lo contrario se te hará más difícil estudiar en la CESC. —Luego sacó una tarjeta de su cartera con el nombre de Annie Fonde y me comentó sonriendo—. Annie es una mujer extraordinaria, aunque es muy estricta. Si dentro de medio año me confirmas tu decisión hablaré con ella para que te apoye el primer semestre que siempre resulta ser el más difícil.

—¿Harás eso por mí? —le pregunté emocionado.

—Sí, porque el resto lo harás tú. —Me miró con orgullo y me sentí dichoso de haberla conocido.

Volvimos a Nefrit como a las tres de la tarde y pegamos pedrería fina en un traje de novia hasta el atardecer. Junto a Lilia me sentía como si estuviera en familia, como si tuviera un respaldo importante, como si ella fuera el gran pilar sobre el cual apoyarme.

Pocas veces le dije cuán importante es para mí y que la amo como si fuera una madre. Muy pocas.


Esa noche mi hermano y yo pasamos momentos de agradable y tranquila intimidad, vimos una película de guerra y bebimos un poco de vino.

—¿Siempre tendremos que ocultarnos y fingir lo que no somos? —pregunté a Víctor y él me acercó a su pecho todavía con cierto temor a provocarme dolor en el hombro.

Mis lesiones habían sanado, pero toda esa experiencia me hizo reflexionar y por primera vez me planteé si quería vivir oculto dentro del closet como lo hacía mi hermano.

—¿Sabes cómo son los modernos gulags Yura? —Ese comentario solo era un recordatorio que mi hermano me hacía para que yo entendiera sus razones de una vez. No le respondí y le miré algo fastidiado—. ¿Y sabes qué sucede con parejas de gays y lesbianas que llegan allí?

—Los hijos de perra del gobierno los sacan en la noche sin ninguna autorización y los llevan a Chechenia para que los maten a golpes en las prisiones —respondí arrastrando un poco las palabras—. Esa mierda ya la sé Vitya, pero…

—Entonces entenderás que es necesario permanecer ocultos de los ojos ajenos mi amor, si no quieres que algo así nos suceda y peor aún si tenemos por delante el vínculo de hermanos. —Víctor apretó un poco más el abrazo y yo fingí que algo me dolía.

—Nos matarían —dije resignado y apreté también mis brazos alrededor de su torso—. ¡Mierda!

—Yo debo de cuidarte Yuri y tú ¿quieres cuidar de mí? —preguntó envolviendo con su voz dulce y su risa alegre mis argumentos y pesares. Yo asentí sin decir palabra—. Entonces vamos a tener que cuidar nuestro amor.

—¿Y fingir que nos gustan las chicas pero que por algún motivo extraño somos desafortunados en el amor? —Me apoyé sobre su hombro y él rio—. ¡Qué basura!

En el fondo de mi alma, esa voz de la conciencia comenzaba a levantar su potencia y me decía que Víctor tenía razón. No solo se trataba de una relación entre dos hombres que ya estaba más que perseguida en mi patria, se trataba también de una relación condenada en casi todo el mundo.

Al amparo de sus brazos intenté imaginar cómo sería el futuro para los dos y por primera vez observé que no se veía bien, que nuestro mundo juntos jamás podría ver el sol y que no sabía si ese tipo de situación podría sostenerse con el tiempo. ¿De qué forma tendríamos que fingir nuestros deseos?, ¿cómo deberíamos ocultar nuestros sentimientos?

Si un día una maldita vieja chismosa, de esas viejas que siempre andan metiendo las narices donde no deben, nos preguntara por qué seguíamos viviendo juntos y solteros, tal vez esa sola interrogante ya levantaría sospechas.

Mientras era menor no había mucho problema, Víctor podía argumentar que estaba cuidando de mí y que era mi tutor legal. Incluso mientras yo estudiase en alguna universidad o escuela de cualquier parte de Europa y estuviera viviendo con él podríamos argumentar que me estaba apoyando mientras fuese estudiante universitario.

Pero pasado ese periodo, ¿qué diríamos a los demás?

Tenía miedo de que Víctor me propusiera tener parejas paralelas a nuestra propia relación, que me dijera que se involucraría con una mujer por un tiempo para luego dejarla. Y sabiendo lo libertino que había sido mi hermano en el pasado, no podía descartar esa idea por más absurda o infame que fuera.

Amaba tanto a Víctor y hasta ese momento no me había dado cuenta qué sentiría si llegara a perderlo. No era el mismo sentimiento que me invadió la vez que él me amenazó con llevarme a vivir con Lilia, era peor porque al haber pasado la línea que separaba nuestra relación familiar de la relación de pareja, sentí que si algo fallaba siendo amantes también nos afectaría como hermanos.

Ya no sabía distinguir donde comenzaba un amor y donde terminaba el otro. Tal vez no había ninguna frontera entre ambos sentimientos o tal vez nunca sentí amor de hermano por Víctor, porque desde que me propuse imaginarlo en mis tontas fantasías de adolescente hasta el momento en que nos entregamos, había sentido ganas de él y solo lo vi con deseo. Sin embargo, todo lo que vivimos juntos nos había unido más allá del deseo.

—Yuri vamos a preparar maletas y festejaremos mi cumpleaños en Praga. —Vitya me mostró los tikets del avión con una gran sonrisa, yo observé la imagen en su celular—. Solos tú y yo y luego… —Se quedó callado y movió las cejas.

—¡Maldición, dilo ya! —Detestaba que él se quedara con esa cara de bobo, haciendo pausas con el dedo sobre los labios que solo servían para molestarme.

—Berlín, Munich, Zurich, Ginebra, Lyon, Marsella, Barcelona y Mallorca. —Los destinos que mi hermano había trazado en el mapa para disfrutar de muchos días solo los dos, lejos de las miradas de los demás y de las presiones del trabajo.

Víctor se merecía más que nunca vacaciones y yo necesitaba alejarme de Rusia para poner en orden mis ideas, solo faltaba medio año para que dejase la escuela y todavía no estaba muy convencido de estudiar en París.

Nos abrazamos una vez más y como la ropa estorbaba y nuestras ganas estaban al límite no tardamos en convertir ese abrazo en una fuente de placer cuando su piel y la mía volvieron a encontrarse sin cabestrillos ni vendajes, sin cremas que olían extraño sobre mi cuerpo y sin límites para tocarnos a nuestro regalado gusto.

No habíamos follado como era debido desde hacía casi tres meses y yo estaba desesperado por sentir la dura polla de Víctor dentro de mi trasero, invadiendo mi cuerpo y dejándome sin aliento con cada hincón placentero que me provocaba.

Allí en la oscuridad de su habitación, a ritmo de Tiesto, sin otros testigos que Potya que, resignado, me esperaba sobre la cama de mi habitación. Sin más deseos que bebernos enteros y caer en esa espiral de espasmos deliciosos, celebramos ese día por el retiro de mis vendajes y del yeso de mi hombro.

Celebramos como dos gatos salvajes. Víctor tenía la potencia de un león albino y yo las ganas de un tigre hambriento y nos dejamos llevar solo por nuestros instintos sin pensar en el miedo, en los gulags, en las viejas chismosas, en las leyes y las prohibiciones. Dejamos de lado la moral que asesina corazones y nos fundimos como un solo cuerpo y en un solo espíritu.

Nos amamos sin permitir que nada interrumpiera ese encuentro, ni mensajes, ni llamadas, ni notificaciones. Solo los dos y las sábanas de su cama, solo los dos y el sillón que esperaba en la esquina del dormitorio, solo los dos y la suave alfombra azul, solo los dos y la mesita de noche, solo los dos y nuestras ganas desatadas.

Amé de tantas formas a Víctor, pero para él mi entrega, mi fe y mi ilusión no fueron suficientes.


Celebramos su cumpleaños en Berlín y fue maravilloso tener un salón completo para él y para mí en un restaurante exclusivo donde solo se accedía con un pase especial. No bebimos demasiado porque queríamos estar sobrios para degustar nuestros cuerpos en un exclusivo lugar donde reservó una sola habitación para los dos.

Era una mansión a las afueras de la capital alemana y tenía solo veinte habitaciones llenas de antiguos objetos lujosos, separadas por jardines y sin demasiado personal paseando por sus instalaciones. Cuando llegamos a la casa vestíamos dos largas capas con capuchas que cubrían nuestras cabezas y rostros, en la puerta verificaron la tarjeta que Víctor adquirió pagando el paquete VIP y abrieron las rejas para que ingresemos con el auto.

En la recepción de la casa, una mujer nos dio la bienvenida vestida con una túnica transparente y tacones altos. Tendría unos treinta años, llevaba el cabello rubio sujeto en una apretada cola de caballo y un piercing en el pezón derecho se movía de un lado al otro.

Después de recibir la tarjeta que le dio mi hermano nos pidió que le siguiéramos y entramos en un salón muy amplio iluminado por candiles que colgaban del techo y donde una pareja hacía el amor en un rincón. Yo no dije nada y a Víctor le pareció algo tan normal que ni se ruborizó. Una vez que estuvimos frente a la puerta de nuestro bungaló mi hermano agradeció la atención de la mujer con una buena propina y ella después de desearnos una noche caliente desapareció entre los arbustos y la oscuridad.

Dentro de la habitación nos quitamos los capuchones con los que cubríamos nuestros rostros y me quedé mirando asombrado el lugar que él había alquilado.

La cama tenía dos pilares de acero retorcidos como las ramas de un arbusto que poseían cuatro argollas gruesas, una en la parte superior y otro en la parte inferior de cada columna. Entre ambas una barra de acero cruzaba de extremo a extremo y de ella colgaban unas gruesas correas de cuero perforadas con ganchos de los que salían cadenas.

—Desnúdate —ordenó Víctor y sus ojos llenos de lujuria no se apartaron de mi hasta que dejé mi traje y mi ropa interior colgada de una silla rústica que se encontraba cerca de una ventana.

Me tomó de la mano y a paso lento me llevó al pie de la cama y me dejó con la vista hacia la cabecera dando las espaldas a la puerta. Tomó las correas una por una y sin prisa las ajustó a mis muñecas, las miró con gesto de aprobación y se inclinó a mis pies e hizo lo mismo con mis tobillos, ajustó bien cada correa y con una caricia sobre mi rostro me dio una nueva orden.

—Abre tus brazos y tus piernas. —Haló las cadenas con mucho cuidado y procuró no tensarlas demasiado.

Recordé que había visto muchos videos de tipos que eran sometidos a golpes, insultos y sexo brutal mientras permanecían atados y después de tanta tortura posaban sonriendo ante las cámaras. No tenía el carácter para ser un sumiso, sin embargo, las dos copas de vodka que Víctor me permitió tomar y el ambiente de ese extraño hotel me ayudaron a sentirme relajado y excitado con la idea.

Tras dejarme atado se dirigió a una cómoda antigua de madera oscura con patas torneadas y cajones amplios que estaba ubicada en la pared lateral derecha de la habitación, abrió el último cajón y extrajo un maletín que por el peso parecía tener algo importante dentro.

Imagine látigos, palmetas y hasta esas máquinas para pasarte cierto voltaje eléctrico por el cuerpo; pero no fue así Víctor la abrió frente a mis ojos y dejó que viera que solo contenía un gran número de juguetes sexuales de colores, tamaños y formas diferentes.

—¿No vas a golpearme? —le dije curioso por saber si del fondo de la maleta extraía alguno de esos objetos torturadores.

—Sé que toleras el dolor y así no tendría gracia. —Por fin encontró lo que tanto estaba buscando, tomó el estuche de un aparato extraño y lo observó con curiosidad—. Lo que deseo ver es cuánto placer puedes resistir.

Sacó el aparato de su estuche y lo acercó a mis ojos dando vueltas en todo su contorno. Un plug enorme de silicona y tachonado con sensores especiales que sobresalían a los costados, Víctor lo acercó a mi boca y me obligó a tragarlo y lo dejó dentro.

—No lo dejes caer niño —Fue su orden acompañada de un guiño y volvió a la maleta de la que extrajo varios vibradores de colores del tamaño de una nuez y los pegó con cinta a mis pezones, ató un par a mi falo que para ese momento estaba casi duro y dejó otro par sobre mis bolas.

Cerré los ojos adivinando lo delicioso y torturante que resultaría sentir esa vibración continua en mis zonas más cachondas y sentí mi erección aumentar en gran manera. Víctor sacó el plug de mi boca y me dejó con la saliva escurriendo por los costados. Con mucho cuidado lo introdujo en mi ano y empujó hasta que estuvo bien a fondo, y para comprobar si estaba en el lugar correcto apretó mi vientre hasta sentir la dura cabeza del aparato. Yo grité.

—No lo expulses. —Fue su siguiente mandato y yo imaginaba la manera cómo tendría que apretar mis nalgas para retenerlo.

Me acarició el rostro y me besó hasta que absorbió tanto mi lengua que me sacó un quejido, sacó un pañuelo de su bolsillo que envolvió con mucha gracia y lo introdujo en mi boca, ató sobre ella su exclusiva corbata de Mont Pelie cubriendo mis labios, comprobó que el lazo estuviera firme y se alejó de mí jalando el grueso cable del plug y los delgados cables de los vibradores que conectó a una caja ubicada sobre la cama  y que estaba conectada a un enchufe cercano.

Encendió el aparato y comenzó a probar el nivel de la vibración. Pasó de un nivel uno que era el más suave y me producía cosquillas a un nivel dos que ya se hacía sentir más fuerte.

—¿Está bien así? —preguntó y yo asentí.

Pero Víctor quiso probar un nivel más. En el número tres empecé a sentir la misma sensación que dan los aparatos para masajes. Era fuerte y me quejé. Para él no fue suficiente y subió un nivel más, cuatro de seis y eso me hizo saltar porque era excesivo.

¿Probaste alguna vez ese aparato para aliviar tensiones musculares? Yo sí después de algunas prácticas con el equipo de la escuela, era fuerte como para producir la relajación de los músculos. Víctor movió la perilla un nivel más y yo comencé a gritar. A ese nivel la vibración era excesiva, la continua corriente corría por mis caderas y mi vientre. Podía ver cómo mi pene se retorcía y yo me retorcía junto con él.

Vitya curioso quiso probar el último nivel y apretó un poco más la pequeña perilla del aparato. Comencé a moverme sin control porque sentía que a ese nivel mis regiones más sensibles se derretían. Salté suplicando que no lo hiciera y solo pude emitir gemidos de placer y dolor.

Mi hermano se quedó observándome por un par de minutos mientras yo movía mi cabeza y mis caderas de un lado a otro, intentaba zafarme de las correas de cuero y sin poder evitar algunas lágrimas intentaba suplicarle que apagara esa cosa. Cuando comencé a gemir sin control, bajó la potencia de la vibración y la dejó en cuatro. Lo sé porque él mismo me lo dijo.

Cuatro era una fuerza muy alta y sabía que no tardaría en correrme porque mi cuerpo ya estaba muy caliente y tenso. Miraba a Víctor tendido entre las almohadas con la mano sobre el aparato de control observando paciente cómo retorcía mi cuerpo, como le decía que no podía más con la cabeza y cómo mis ojos se abrían en exceso cuando observaban sus dedos posarse sobre la perilla de color negro con la que controlaba la potencia de la vibración.

Viendo mi pecho y mi vientre hundirse y elevarse ante mi inminente orgasmo, Víctor apagó el aparato y mi cabeza cayó a un costado. Parecía un mártir que se abandonaba a la voluntad de su verdugo.

Un verdugo que me atormentaba con sus juegos lascivos y con su mirada que me calcinaba la piel como si fueran sus propios dedos los que la surcaban. Sus ojos se comía mis ganas como si su propia boca estuviera succionando mis zonas más excitadas.

Víctor se puso en pie y aun vistiendo su capa y su costoso terno azul me untó aceite en todo el cuerpo con sus largas y suaves manos que se extendían sobre mi vientre, mi espalda, mis piernas, mis brazos y mis nalgas cubriéndolos en pocos movimientos.

Me sentí tan amado y deseado que me olvidé de los vibradores repartidos en mi cuerpo. Víctor se sirvió una copa llena de vodka y la alzó frente a mí mientras encendió de nuevo el aparato y pasó del uno al cinco en un solo movimiento.

Grité con fuerza y mi voz quedó atascada en el pañuelo mojado, era demasiado para mí y sé que él lo sabía, pero estaba jugando como lo hace un gato antes de comerse al ratón. Esa noche no me tocó ser el gato.

Bajó el nivel de vibración a tres y me dejó durante un buen rato con esa sensación que me provocaba chispazos que recorrían de arriba abajo y luego volvían concentrándose en mi trasero, mis caderas, mi pubis y mi polla.

Cuando se cansó de verme crispado y mojado por el sudor que ya cubría mi aceitado cuerpo, se puso en pie y aumentó un punto más la vibración. Yo suplicaba que solo fuera por un instante corto porque en verdad era insoportable sentir ese cosquilleo y tensión sobre mis pezones y sobre mi polla que se movía de un lado a otro y me dolía de tan erecta que estaba.

Víctor tomó otro vibrador sin extensión, era un aparato similar a un micrófono y lo pasó por mi vientre, mis caderas y mi espalda, eso unido al resto me provocaba un impulso imparable de estallar en cualquier momento. Creo que él adivinó que así sería y dejó resbalar el aparato desde el centro de mi pecho hasta mi pubis, tomó mi polla caliente y puso el vibrador sobre la húmeda cabeza.

Sé que torcí mis ojos, sé que me moví como un poseído, sé que grité de placer, sé que mi cuerpo se tensó y dejó de moverse para que en el último segundo todo se convirtiera en luz que me nubló la razón. Me abandoné a su efecto y después de eso no supe más.

Me había desmayado y cuando recuperé la conciencia, vi que mi hermano me acomodaba sobre la cama y me daba a probar un pequeño sorbo de trago de su boca. Lo bebí y nos besamos y fue el momento en el que mi corazón sintió el tibio roce de su amor.

—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti mi amor? —Tomó mi mano y la besó mientras me cobijaba bajo su brazo—. Podría decir tus ojos que son muy bellos o tu boca que siempre quiero besar; pero te mentiría. Lo que más me gusta es tu fortaleza y tu espíritu luchador. Resististe demasiado.

—Víctor… te amo y me da miedo porque no sé qué haría si tú me dejaras de amar. —Hasta ahora me pregunto por qué le dije eso. Tal vez era por la cercanía de los cambios que venían en nuestras vidas o porque presentía de alguna manera el final.

—Jamás voy a dejar de amarte, Yuri. —Llevó mi mano a su corazón y lo sentí palpitar con fuerza—. No importa qué suceda en el mundo siempre serás mío y siempre seré tuyo.

Los besos cortos se convirtieron en apasionados, las caricias en abrazos, los suspiros en risas y los arrullos en resuellos profundos. El dormitorio de ese alojamiento exclusivo fue el perfecto refugio para esconder nuestro amor de todos y dejar que los deseos nos robaran el sueño.

Media hora después recuperé mis ganas y volví a enredar mis piernas en las caderas de Víctor, volví a besarlo, morderlo y arañarlo. Era más delicioso sentir sus manos resbalando por mi espalda y su vientre quemando el mío, que sentir todos esos artilugios vibrando sobre mi cuerpo.

Dentro de mí, él vibraba y crecía, lo vi gemir y tensar sus labios así que me quedé quieto sin hacer ni un mínimo movimiento y él abrió los ojos desconcertado.

—¿Qué pasa? ¿Estás bien mi amor? —me dijo preocupado y miró la cicatriz sobre mi clavícula.

Yo sonreí mordiendo mis labios, ahora iba a probar mi tortura, me comportaría tan malo como él lo fue conmigo. Apreté sus pezones con violencia y luego volví a mover mis caderas aumentando la tensión en mi interior. Y una vez más me quedé quieto.

—Yuri, cariño, no hagas esto. —Estaba agitado y tenso, pero le bajé todas las ganas de nuevo.

—Esto se llama venganza, Vitya. —Me acerqué a su boca y lo besé con la sutileza que tiene un hada al besar una pequeña flor en el bosque.

—Y esto se llama dominio. —Sujetó mi cintura con ambas manos y no paró de moverse debajo de mí hasta que ambos nos rendimos a la mágica sensación del éxtasis y disfrutamos de una espectacular corrida juntos.

Nos fundimos en un solo espasmo. Yo disfruté de su gemido prolongado, le regalé unas gruesas lágrimas llenas de satisfacción y un chorro potente de semen que llegó hasta su barbilla antes que cayera sobre su cálido cuerpo sintiendo que mis caderas aún seguían en movimiento.

El resto del viaje disfrutamos de nuestros días saliendo de compras, regalándonos algunas cosas desde las más sencillas a las más caras y vivimos intensamente nuestras noches haciendo el amor en cada hotel en el que dormimos.

Hicimos muchas locuras, convertimos nuestros cuerpos en lienzos, disfrutamos con la luz de las velas, llegamos al orgasmo entre la espuma de la bañera, hicimos el amor apoyados en una ventana y terminamos siempre con tiernos besos y palabras cariñosas, en especial Víctor que nunca dejaba de decirme que amaba mucho y que yo era su sol cuando sus dedos acariciaban mi espalda.

Eso era amor, era lujuria, era dicha y fervor. Momentos que atesoré en mis días de soledad y que hoy me duelen por lo bellos que fueron para ambos y lo lejanos que parecen estar.

Momentos que decidí recordar hoy y que guardaré en un lugar muy secreto para que nada ni nadie los destruya porque son parte de mi ser y de las lecciones que aprendí en este largo, condenado e imperfecto camino que es la vida.

Si existe un cielo o un infierno, esos serán los momentos que me acompañarán cuando ya no esté en este mundo de mierda. Y si no existe nada al otro lado, esos momentos serán parte de mi conciencia que se esparcirá entre las estrellas.

Porque no solo fueron instantes de intenso placer, sé que sobre todo fueron momentos de verdadero amor.

Porque amé a Víctor y él me amó.

Porque la felicidad que sentí junto a él tuvo que haber sido amor.

Fue amor.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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