En el nombre de Dios, a quien tanto odio (23)


Capítulo 23: Caminar a tu lado

El reportaje que Sara publicó en uno de los periódicos más importantes del país provocó un verdadero terremoto a nivel nacional, más cuando Víctor Nikiforov se encontraba desaparecido. Las especulaciones eran variadas, algunos decían que se encontraba bajo custodia de la policía italiana, otros que estaba en un programa de protección de testigos, la mayoría pensaba que estaba escondido en alguna ciudad europea junto a quienes fueran sus cómplices en el masivo hackeo que sufrió la santa sede. Lo cierto es que no habían registros de que hubiese regresado al país.

En Italia, la bomba había estallado con una fuerza abrumadora. La policía recibió pruebas contundentes de que la Santa Sede había hecho oídos sordos a las denuncias en contra de decenas de sacerdotes, y que los había protegido poniendo en peligro a muchos niños más. Imágenes de Castellanos, Bellamy y otros cardenales también salieron a la luz, dejando de manifiesto que la podredumbre corroía los cimientos de la iglesia católica, que en cada uno de sus niveles estaba manchada. 

El vocero de la Santa Sede declaró que se pondrían a disposición de la justicia para facilitar la investigación a gran escala que a esas alturas era inevitable. Pero la credibilidad de la iglesia ya estaba en ruinas. 

Alrededor del mundo, en todas aquellas iglesias donde reconocieron sacerdotes acusados de pedofilia, las mismas personas quisieron hacer justicia por su propia mano y, aunque intentaron retirar de internet las pruebas e imágenes comprometedoras, ya era demasiado tarde: Todo se había expandido de manera tal que ya era incontrolable.

Mientras las consecuencias de  esta revelación estaban en pleno apogeo, Phichit, Minako y Otabek no perdieron tiempo en salir de Roma, la red local de trenes los llevó hasta Turín y desde allí cruzaron a Francia para tomar el vuelo de regreso. 

Por su parte, Víctor no quería saber nada, se había encerrado en la habitación que aún tenía en la casa de Yakov y se la pasaba allí casi sin comer o hablar.  Algunos días eran peores que otros y en las noches despertaba sintiéndose tan sucio que no podía contener las ganas de vomitar, tenía pesadillas en las que veía las manos de tantos hombres tocando su cuerpo. A veces ni siquiera era capaz de aceptar las caricias de Yuuri porque sentía que lo ensuciaba. Pero en la mayoría de las ocasiones el tacto suave de su amante era lo único que podía consolarlo.

Yuuri y Yakov también sufrían al verlo así, tan frágil como los pétalos de una rosa en medio de la tormenta. 

—Amor, el padre Yakov dice que sus familiares de San Francisco pueden recibirnos. Otabek volvió al país y podemos pedirle que nos consiga nuevas identificaciones —le dijo Yuuri mientras acariciaba su cabello ahora negro. Estaba sentado en la cama y Víctor recostado apoyaba su cabeza en el cálido regazo que lo acogía con cariño. 

—Cerca de aquí hay un lugar precioso, la cima del Salto Sagrado… es una caída de agua de setenta metros. Yo pensaba ir allí, ¿quieres ir conmigo Yuuri?

—Víctor… 

—No podría sobrevivir a una caída de setenta metros, nadie podría…

Yuuri, en un movimiento rápido y algo brusco, quedó sobre el cuerpo de Víctor y sujetó su rostro, lo obligó a mirarlo, con la garganta apretada y escozor en los ojos, le dijo:

—Escúchame bien Víctor Nikiforov, tú me prometiste que me harías feliz y estarías siempre a mi lado. —Los ojos opacos de Víctor recobraron algo de su luz al recordar esa antigua promesa—. Así que vas a dejar de pensar en muertes poéticas o lo que sea que te están imaginando. ¡No! Esto no se ha acabado, recién inicia. 

—Me faltan fuerzas, pensé que era fuerte, pero no soporto más…

—No te dejaré ir, tú eres mío y ahora seré egoísta; debes cumplir tus promesas. —Yuuri acarició el rostro pálido de Víctor, observó sus labios tiritando y sus ojos rojos—. Eres asombroso Víctor, por eso te amo y por eso te ofrezco mis fuerzas para que te aferres a ellas. Sí es necesario cargaré tu peso hasta que seas capaz de caminar nuevamente a mi lado. 

—Yuuri…

—Sé que lo harás —afirmó con certeza mientras un par de lágrimas caían sobre las mejillas de Víctor—. Cuando nos vayamos de aquí buscaremos ayuda profesional, ambos la necesitamos para poder superar todo lo que nos ha sucedido, para poder empezar a vivir al fin.

—Caminar a tu lado…

—Caminar de la mano. Ahora solos tú y yo. 

Las manos de Víctor acariciaron las mejillas se Yuuri, su mirada devota y sus labios entreabiertos llamaron a un beso, y a otro y a otro…

—Te amo —dijo cuando los labios de Yuuri arrancaron un suspiro al besar su cuello—. Te amo —repitió al sentir las manos frías de su amante sobre la piel desnuda de su espalda—. Te amo —susurró por cada caricia que le hacía el amor. 

❄❄❄❄❄❄❄❄❄❄

Víctor al fin había decidido salir de su habitación, sus emociones al fin estaban en calma, gracias al nuevo objetivo que se había fijado: Sanar y hacer feliz a Yuuri, mientras pensara en eso podía seguir adelante. 

Yakov estaba realizando la misa dominical y Yuuri había salido a comprar algunos víveres. Víctor se baño y después de vestirse salió al patio trasero de la casa para aprovechar de entrar la ropa seca que había estado colgada desde el día anterior. Era un buen día, luminoso y templado. Descolgó la ropa, camisas y pantalones, la ordenó sobre su brazo izquierdo ya que no eran demasiadas prendas y regresó al interior de la casa con la intención de guardarla, pero la tranquilidad de ese momento fue rota debido a la terrible sorpresa que se encontraba allí, en la sala de la casa del padre Yakov: La ropa cayó de los brazos de Víctor mientras observaba al cardenal Bellamy apuntárle con un arma de fuego.

—Por tu culpa ahora soy un fugitivo de la justicia —gruño.

—Si has venido a matarme hazlo de una vez, porque si dudas y tengo la oportunidad de hacerlo seré yo quien te mate —dijo con voz firme, pero el corazón en la mano y la mente en Yuuri.

—¿Cómo pudiste hacer una cosa así después de todo lo que hice por ti? ¡Te di poder, dinero, todo lo que me pediste!

Víctor río ante el descaro de Bellamy, ¿qué podía entender él de los deseos de Víctor? Nada.

—Mátame y agrega un crimen más a tu patética existencia. Te pudrirás en la cárcel mientras piensas en mí y en que lo único que he sentido por ti en todos estos años es asco: me repugnas, cada vez que estás cerca de mí siento deseos de vomitar. 

—Te mataré —susurró, sus manos temblaban y Ia dolorosa duda se filtraba en su voz.

El disparo no se escuchó. El arma que empuñaba en sus manos tenía silenciador. Víctor no lo oyó ni lo previó, Bellamy tampoco, hasta que fue demasiado tarde y su cuerpo recibió la dolorosa bala encajando en su carne y abriéndose paso en su abdomen. 

Víctor giró su cabeza y junto a la puerta vio a Yuuri aún apuntando a Bellamy, firme y furioso: dos, tres, cuatro y más balas más acabaron con el último suspiro del cardenal. 

❄❄❄❄❄❄❄❄❄❄

—No puedo creer que le hayas dado un arma —resopló Yuri, que iba sentado en el asiento del copiloto mientras Otabek manejaba una camioneta gris. 

—Él me la pidió —respondió, esa era la única justificación que necesitaba—. No se la di de manera irresponsable, le enseñé cómo usarla.

—De eso ya me di cuenta —dijo con sarcasmo, recordaba con bastante claridad la llamada de Yuuri para contarle lo sucedido. 

Le ordenó de inmediato que no tocaran nada, él y Otabek se harían cargo de desaparecer el cuerpo y limpiar cualquier huella que pudiera delatarlos. Pese a que Bellamy había amenazado la vida de Víctor, vaciar un cargador entero no es algo que se considere legítima defensa. Además, Víctor también era un fugitivo de la justicia: pese a sus intenciones, ocultó los crímenes de la iglesia por un largo periodo de tiempo. 

Durante ese día, Yakov, Víctor y Yuuri permanecieron encerrados en la cocina. Intentaron ignorar que en la sala estaba el cuerpo muerto de Bellamy, pero no tuvieron éxito: Yakov lucía nervioso, pero estaba dispuesto a guardar silencio y hacer lo que fuera necesario para proteger a Víctor y Yuuri.

Víctor había recurrido a su fachada de hombre imperturbable, pero casi entró en pánico cuando vio a Yuuri disparar. Una de las cosas que el sacerdote siempre intentó fue mantener a Yuuri alejado de cualquier cosa que lo expusiera a manchar sus manos de cualquier tipo de suciedad. Rompió en llanto, se arrodilló y le suplicó su perdón por no poder cumplir con ese propósito, por haberlo obligado a defenderlo.

—No tienes que pedir perdón —había contestado Yuuri con voz dulce y serena, se inclinó a su lado y tomó su rostro entre sus manos—. Siempre quise matar a este bastardo y me alegra haberlo hecho. Me alegra saber que mis manos también pueden protegerte, como tú siempre lo hiciste por mí, desde el día en que nos conocimos. 

Se miraron a los ojos y no hubo necesidad de decir nada más, ambos lo sabían: morirían el uno por el otro, matarían el uno por el otro. 

Otabek y Yuri llegaron por la tarde y, sin mayor preámbulo, examinaron el cuerpo de Bellamy.

—Nos llevaremos el cuerpo esta misma noche —dijo Plisetsky.

—¿Qué harán con él? —preguntó Víctor.

—Es mejor que no lo sepan —intervino Otabek.

—No deben preocuparse, nadie nunca lo encontrará. 

—¿Están seguros de que no tiene cómplices? Tal vez alguien sepa que estuvo aquí —Yakov expresó su temor.

—Antes de venir hablé con unos amigos que están en el caso —contó Yuri—, ya sabían que Bellamy estaba en el país, su propia hermana lo denunció: dijo que llegó a su casa pidiendo refugio y ella accedió con la condición de que se entregará en lo próximos días, pero en lugar de hacerlo desapareció. Pidieron los registros de llamadas a la compañía telefónica y no se comunicó con nadie. 

—De todos modos es importante que se muevan rápido —dijo Otabek—, así como Bellamy llegó hasta aquí, pronto la policía o la prensa aparecerá. por el momento piensan que Víctor sigue fuera del país, pero no tardarán en querer conocer el lugar donde creció.

—Es cierto, no podemos quedarnos por más tiempo sin exponer al padre Yakov —dijo Yuuri. 

—Vendré por ustedes esta misma semana, Yuri y yo prepararemos todo para que salgan del país sin contratiempos —aseguró Altin. 

❄❄❄❄❄❄❄❄❄❄

Nueve días más tarde Víctor bajaba de un avión en la ciudad de San Francisco, dispuesto a enfrentar un nuevo comienzo, en un nuevo país, con una nueva identidad y una apariencia diferente, pero con una constante: Yuuri, el hombre con el que ahora podía caminar tomado de la mano. 

El hombre que estaba dispuesto a levantarlo cuando caía, a sostenerlo cuando no podía caminar por sí mismo, el hombre que amaba y por el que había regresado  desde el infierno.

No sería fácil, pero lo harían juntos: vivirían. 


Nota de autora:

¡Muchas gracias por acompañarme en esta historia! Nos veremos pronto en “Cuidaré de ti”

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