En el nombre de Dios, a quien tanto odio (22)


Capítulo 22: En casa

A las once treinta Víctor salió del edificio de la CTV, se había despedido de Olivier argumentando que tenía trabajo que hacer; estaba reemplazando a Bellamy debido a que los últimos días no se había sentido bien. Pero al salir, sus pasos lo llevaron a la parroquia de Santa Ana, allí divisó a Otabek, quien al verlo comenzó a caminar por la vía del Pellegrino, siendo seguido de cerca por Nikiforov. 

No tardaron más de cinco minutos en llegar a la puerta de Santa Ana, por la que salieron en medio de los turistas que se dirigían a la plaza San Pedro y otros lugares dentro de la Ciudad del Vaticano. Al salir, caminaron manteniendo la distancia por Borgo Pío y luego doblaron a la izquierda en la Via del Mascherino hasta llegar a la Vía Stefano Porcari, donde un automóvil negro los esperaba, Otabek subió al asiento del copiloto y poco después Víctor subió al asiento trasero junto a Minako. Phichit encendió el coche y comenzó a alejarse del lugar. 

Mientras el automóvil avanzaba, Víctor comenzó a dimensionar lo que estaba ocurriendo; al fin podía marcharse del lugar que tanto odiaba, al fin podía parar de usarse a sí mismo para obtener poder, información o favores. Era libre. Pero mirar hacia atrás dolía, dolía tanto que Víctor no pudo contener las lágrimas. Lloró por el adolescente que un día fue y que nunca podría recuperar. 

Otabek y Phichit guardaron silencio, era la primera vez que veían a Víctor quebrarse de tal manera. Aunque sus lágrimas eran escasas y su semblante no hubiese cambiado drásticamente era impactante verlo mostrar de aquella manera sus sentimientos, aún si siempre los entendieron, incluso más de lo que él mismo Víctor podía imaginar. Minako, en cambio, se sintió sobrecogida e hizo lo único que podía; lo abrazó con fuerza y lo dejó llorar en su regazo mientras acariciaba su cabello, no había palabras, solo un cálido silencio. 

Cuando el automóvil aparcó frente al edificio en el que se estaban quedando, Víctor limpió su rostro y luego de tomar aire se recompuso y bajó del coche. Los cuatro caminaron en silencio hasta llegar al departamento ubicado en el último piso. 

—Esta noche al fin todo acabará —dijo Víctor a sus compañeros aún sintiéndose extraño, menos dueño de sí mismo. 

—Esto es para ti —dijo Otabek entregando un pasaporte y boleto de avión—. Yuuri me pidió que me asegurará de que regresaría a salvo, tu vuelo sale esta tarde. 

—¿Qué? —respondió Víctor sorprendido—. No puedo marcharme ahora que estamos a un paso de sacar la verdad a la luz. 

—Víctor, tú ya has hecho todo lo que podías hacer, nosotros nos haremos cargo del resto —intervino Minako. 

—Y no haremos nada hasta que hayas abordado el avión —acotó Phichit. 

Víctor se sintió mareado ante las palabras de sus amigos y por un momento se sintió excluido: ¿Después de todo lo que había hecho estaría a bordo de un avión mientras la verdad era develada? Pero por otro lado sintió que ya era suficiente, que podía confiar en ellos y correr al único lugar que podía llamar hogar, a los únicos brazos en los que deseaba estar, a Yuuri. Tragó grueso y asintió, ya no podía ni quería pelear más. 

—Bien, lo primero que haremos será teñir tu cabello —dijo Minako. 

Dos horas después, Víctor lucía el cabello negro y el color azul de sus ojos estaba oculto tras lentes de contacto grises. También había cambiado su ropa por unos pantalones de mezclilla azul que se ajustaban a sus piernas, camisa blanca y suéter marrón. Para finalizar su nueva apariencia Minako colocó un arete de plata, a presión, en su oreja derecha y unos anteojos de marco negro que le daban un aire intelectual.

—Te ves muy guapo y diferente —elogió Minako al observarlo, contenta por su creación. 

—Es bastante extraño no llevar mi ropa de sacerdote, pero me gusta… ya no quiero usar una sotana nunca más. 

—Ya es hora —dijo Otabek—. Yura te estará esperando cuando bajes del avión, Yuuri no está en la capital, pero es mejor que viajes por tierra hasta donde se encuentra. 

—¿Dónde…?

—Con el padre Yakov —respondió Phichit. 

❄❄❄❄❄❄❄❄❄❄

A las ocho de la tarde, hora de Roma, el avión ya emprendía el vuelo mientras Víctor se perdía en el cielo azul y limpio que había tras la ventanilla. 

Y mientras Víctor volaba, Minako compraba champán: esa noche sería para celebrar. 

A las 4 de la madrugada, hora de Roma, Vatican media comenzó a transmitir una serie de vídeos e imágenes que daban cuenta de todo lo que la iglesia había estado ocultando, retransmitiendo también a los canales asociados a lo largo del mundo. Pero no solo fue el canal de televisión; la página web y todas las redes sociales del vaticano fueron hackeadas con fotografías de los documentos oficiales y denuncias que habían permanecido ocultas, vídeos testimoniales de Seung-Gil Lee y Víctor Nikiforov, también fotografías y vídeos, previamente censurados, donde se insinuaban cientos de abusos sexuales. Al mismo tiempo, copias de todo ese material fueron distribuidas en diferentes plataformas y claro, la policía y los medios de comunicación de todas partes del mundo recibieron sus propias copias. 

Cuando Víctor bajó del avión la bomba ya había explotado, pero él ya no quería saber nada más sobre eso, ya había hecho todo lo que podía hacer. Ahora solo deseaba una cosa: ver nuevamente a Yuuri.

Tal y como Otabek le había dicho, Plisetsky lo esperó en el aeropuerto y luego lo llevó a la estación de buses. Su reencuentro fue silencioso, Víctor no tenía palabras y Yuri solo pudo acariciar su espalda y musitar un sentido “gracias”. 

El viaje al sur del país pasó como una película frente a los ojos de Víctor, se sentía anestesiado, cansado. Tenía deseos de dormir, pero a la vez no podía hacerlo. Su cuerpo parecía estar en un limbo, ni dormido ni consciente; veía, escuchaba, pero nada era capturado por su cabeza y simplemente estaba allí, esperando. ¿Cómo debía sentirse? Al fin estaba libre de la sotana que odiaba, pero esa libertad tuvo un precio demasiado alto: estaba roto, era como una hermosa figurita de cristal que había ido a parar al suelo haciéndose añicos y perdiendo todo el valor que alguna vez tuvo, ya no servía. 

A las seis treinta de la tarde el bus que había abordado llegó a destino y al bajar lo vio; él estaba allí. 

Y su corazón volvió a latir. 

Yuuri corrió hacia él y lo abrazó fuerte, sosteniéndolo en sus brazos. 

Sus sentimientos anestesiados se removieron con fuerza y otra vez las lágrimas bañaron su rostro, ¿hasta cuándo sería así? Sentía que ya no era capaz de controlar sus emociones y que el vacío y dolor se conjugaban en su pecho sin saber cuál de los dos lo dañaba más. 

Pero entre los brazos de Yuuri podía encontrar consuelo. 

Y mientras estaba sujeto con fuerza del abrigo de su amado, sintió otros brazos darle su calor; su padre también estaba allí. 

Y Víctor al fin se sintió seguro.

Al fin estaba en casa. 

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