En el nombre de Dios, a quien tanto odio (20)


Capítulo 20: Cuenta regresiva –2

La reunión en casa del cardenal Castellanos comenzó alrededor de las siete de la tarde, Bellamy fue uno de los primeros en llegar; quería asegurarse de obtener toda la atención del Castellanos al presentar a Víctor y también de encontrar un poco de privacidad para poder deslizar sutilmente la idea de que podía tenerlo si así lo quisiera.

—Si hay algo que pueda hacer por usted, créame estaré encantado de hacerlo, Su Eminencia Reverendísima —dijo Víctor, su mirada fija en los ojos oscuros del cardenal y la coquetería abierta que mostraba expresión risueña hicieron que Castellanos relamiera sus labios. 

Durante el resto de la velada, el viejo cardenal se dedicó a observar a Víctor, quien aprovechó la instancia para conocer a los demás cardenales y obispos presentes. Pero mientras conversaba con ellos, miraba de reojo al festejado, le sonreía cada vez que sus miradas se encontraban, creaba expectativas y capturaba su atención. 

Alrededor de las ocho de la noche, Víctor divisó al cardenal Olivier saliendo al patio interior de la residencia, todavía no había tenido la oportunidad de hablar con él por lo que decidió seguirlo. Aprovechó un momento en que nadie lo observaba para escabullirse sin ser notado. 

—Buenas noches, cardenal —dijo Víctor al enfrentarse al Olivier—, pensé que no había nadie en el jardín, ¿puedo acompañarlo o interrumpo su meditación?

—No interrumpe —respondió Olivier con una sonrisa cálida—. No lo había visto por aquí antes.

—Llegue hace poco, mi nombre es Víctor Nikiforov, arzobispo y ahora nuevo consejero del cardenal Bellamy. 

—Yo soy Adrien Olivier.

—Creo haber oído de usted, ¿es el encargado de los medios de comunicación de la santa sede?

—Así es, soy uno de los encargados.

—Me agrada mucho el trabajo que han estado haciendo. Vatican media y el canal de youtube mantienen a las personas informadas sobre todo lo que está ocurriendo y las redes sociales nos acercan a miles de personas —dijo Víctor mostrando interés y genuino entusiasmo—. Tal vez debería pedir su consejo para implementar mejoras comunicacionales en mi arquidiócesis. Es muy importante saber manejar a los medios de comunicación.

—Es cierto, los medios de comunicación son poderosos. 

Después de conversar un poco más, Víctor decidió volver adentro. No quería que Bellamy lo echara de menos y tampoco perder el interés de Castellanos. Nikiforov tenía mucha experiencia juzgando a las personas e inmediatamente pudo notar las diferencias entre sus dos presas: Castellanos era ruin y estaba dispuesto a aceptar el flirteo de cualquier hombre joven y atractivo, le interesaba obtener placer y adoraba pensar que tenía el suficiente poder para hacer cualquier cosa que quisiera. Olivier era diferente, probablemente la relación que tuvo fue estable y cimentada en sentimientos más profundos, con él debía ir despacio, ofrecerse o coquetear con descaro podría resultar contraproducente; debía manipular sus afectos para poder llegar él. 

Primero se encargaría de lo más sencillo, después cocinaría a fuego lento su relación con Olivier. 

A eso de las nueve de la noche los invitados comenzaron a retirarse, el último en despedirse fue Bellamy, Víctor se quedó. Castellanos lo invitó a su habitación y no tardó en querer llevarlo a la cama, sin embargo, el cuerpo ya anciano del cardenal no reaccionó de la manera en que él esperaba. 

—Nunca me había ocurrido esto —se justificó avergonzado.

—No es algo grave —dijo Víctor con un tono dulce—, el día ha sido agotador y ha bebido bastante. Solo necesita descansar un poco… tal vez durante la noche, o por la mañana, podamos intentarlo nuevamente.

—¿Te quedarás?

—Si me lo permites. —Castellanos se acomodó sobre el regazo de Víctor y cerró sus ojos, dejándose llevar por el sueño y las suaves caricias que recibía en su cabello cano—. Duerma, ya verá que solo necesita descansar. 

En cuanto Castellanos cayó dormido, Víctor salió de la cama y buscó una pequeña jeringuilla guardada en un bolsillo oculto de su sotana. Se acercó al cardenal y, de manera rápida y precisa, inyectó el líquido en su muslo. Con eso se aseguraría de que no despertara hasta el mediodía del día siguiente. 

La habitación del cardenal Castellanos estaba conectada con su oficina a través de una puerta cerrada con llave, lo había descubierto cuando quiso ir al baño y preguntó cuál de las dos puertas que se ubicaban en paredes contrapuestas era la indicada. Víctor buscó entre las cosas del cardenal hasta que encontró las llaves en uno de los muebles donde guardaba su ropa, abrió la puerta a la habitación adjunta y rápidamente comenzó a buscar entre sus documentos. Lo que buscaba eran las pruebas que podían hundir a muchos de los sacerdotes que seguían en total impunidad engañando a personas buenas y abusando de la confianza y el poder que la sotana les proporcionaba. Eran documentos que Castellanos no confiaría a nadie, debía tenerlos él, debían estar allí, en el lugar que creía más seguro, su propia oficina junto a su habitación. 

Víctor fue minucioso y buscó en cada centímetro de la oficina del cardenal. Poco antes del amanecer finalmente dio con documentación, estaba escondida escondida en el mismo escritorio que había revisado antes que cualquier otra cosa: El cajón principal tenía un fondo falso difícil de detectar. Allí estaban los documentos que contenían denuncias, testimonios y fotografías de diversos casos que nunca fueron investigados. Víctor fotografió cada uno de los papeles antes de guardarlos nuevamente. Después entró en el computador de Castellanos, todos los archivos estaban protegidos con contraseña, pero Víctor guardaba un programa que Phichit había creado para poder acceder pese a ese tipo de restricciones.

Víctor dibujó una sonrisa burlona: «tan intocables se creen que ni siquiera buscan un sistema de seguridad más difícil de boicotear. Aunque Phichit es un hacker muy talentoso». 

❄❄❄❄❄❄❄❄❄❄

Cuando el cardenal Castellanos abrió los ojos, lo primero que vio fue a Víctor luciendo impecable con su sotana.

—¿Ya te vas? —preguntó con el entrecejo arrugado, más de lo que comúnmente estaba debido a las arrugas que surcaban su rostro regordete. 

—El cardenal Bellamy me requiere y la verdad es que ya es bastante tarde —respondió Víctor, se sentó en la cama y tomó la barbilla del hombre mayor entre sus dedos—, pero en otra ocasión puedo recibirte en mi alcoba. —El guiño que le regaló sumado a la sonrisa encantadora dejó embelesado a Castellanos, quien no encontró palabras, solo logró asentir antes de ver como Víctor se ponía de pié y se marchaba. 

En cuanto salió de la habitación del cardenal, Víctor caminó rápido para llegar a su propio cuarto. No fue una sorpresa encontrar allí a Bellamy, aunque hubiese preferido no verlo aún.

—¿Cómo estuvo tu noche? —preguntó con hipocresía.

—Dormí bien, la cama era cómoda —respondió Víctor—. Pero si quieres que algo más suceda entre nosotros, la próxima vez tendrás que regalarle viagra. 

—Viejo inútil.

—Si mal no recuerdo tenemos una reunión en diez minutos.

—Sí, tenemos que estudiar algunas solicitudes de beatificación. 

Víctor no pudo evitar pensar en el contraste que se vivía en aquellos pasillos; por la noche planificaba cómo obtener más poder dentro de la iglesia y durante el día leía historias de hombres y mujeres que son considerados extraordinarios para decidir si merecían ser beatificados. No pudo evitar una sonrisa ladina mientras seguía a Bellamy a la reunión de la Congregación para las causas de los Santos. 

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Quince días después de su arribo a Italia Minako, Phichit y Otabek se encontraban en el café Faro, ubicado en Via Piave, cerca de varios museos, un parque y algunos monumentos. Quedaron de ver a Víctor allí, a las cinco de la tarde. Como no querían arriesgarse a comunicarse a través de mails o mensajes de whatsapp, propusieron que desde el día quince siempre irían al mismo café, a la misma hora y allí esperarían, cada día hasta que Víctor pudiera llegar a la cita. 

El día pactado no llegó, ni el siguiente ni el próximo. El cuarto día de espera recién apareció: A las cinco treinta de la tarde entró con su impecable sotana negra y su cabello arreglado. La reunión no duró mucho tiempo, Víctor les contó a grandes rasgos lo que había hecho hasta el momento y les entregó una memoria USB con toda la información que logró robar a Castellanos, a cambio recibió un chip de celular que habían conseguido para él, en caso que quisiera contactar con ellos. 

—No sé cuánto tiempo me lleve obtener la confianza de Olivier, pero he estado hablando con él y creo que voy por buen camino —contó Víctor—. Tenemos algunos gustos en común y es un hombre de trato agradable, aunque su lealtad está con la iglesia y usa los medios de comunicación como una manera de limpiar la imagen del clero —les comentó.

Intercambiaron pocas palabras más y luego se despidieron.

—Ten cuidado, Víctor, no hagas nada imprudente —fueron las palabras de Minako.

—Recuerda que Yuuri te espera —acotó Phichit. 

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