En el nombre de Dios, a quien tanto odio (19)


Capítulo 19: Cuenta regresiva –3

Yuuri estaba sentado frente a Yakov mientras revolvía la taza de té que el sacerdote le había entregado. Miraba a su alrededor, sin poder evitar imaginar que dentro de esas paredes Víctor había sido un niño feliz. Una parte de él comenzó a imaginar qué habría sido de su amante si no se hubiese ido de allí a cumplir un sueño que se volvió pesadilla, pero la parte más egoísta de Yuuri se negó a seguir esa línea de pensamiento: Víctor era suyo y no quería una vida sin él. 

Yakov suspiró, había escuchado a Yuuri y se preocupó por los temores que el joven había expresado sobre el estado emocional de Víctor, también comprendió la necesidad de huir de la vida que habían llevado una vez que la verdad estallara.

—Los ayudaré —dijo Yakov rompiendo el silencio que se había instalado sobre ellos—. Pueden quedarse aquí cuando todo salga a la luz pública. La ventaja de estar en un pueblo pequeño es que nadie se interesa por venir, Ia capital será un infierno mediático y el arzobispado estará rodeado de periodistas, es probable que ocurra lo  mismo en el seminario. Cuando las cosas se calmen un poco puedo contactarlos con familiares que tengo en San Francisco para que los reciban allí. 

—Se lo agradezco, padre Yakok. —Una lágrima traicionera corrió por la mejilla izquierda de Yuuri, pero él no hizo nada por detenerla—. Necesito que me ayude a mantener a Víctor conmigo, él está más roto de lo que aparenta y no quiero… no quiero perderlo. 

—Yo tampoco quiero perder a mi hijo, quiero que regrese a salvo y pueda sanar sus heridas con ayuda de tu amor. 

Las palabras de Yakov sorprendieron a Yuuri:

—¿No le molesta que él y yo…? Ambos somos hombres. 

—Sería absurdo que me opusiera a lo único bueno que han encontrado en medio del dolor. 

Yuuri esbozó una pequeña, pero sincera, sonrisa. Allí comprendió de mejor manera la razón por la que Víctor hablaba de Yakov con tanto cariño y agradeció que lo tuviese en su vida. 

❄❄❄❄❄❄❄❄❄❄

Florencia era una ciudad realmente hermosa, el arte se respiraba en cada uno de sus rincones. Bastaba con salir a pasear para encontrarte con la sorprendente fuente de Neptuno, una escultura de mármol que se encontraba en una de las esquinas de la Piazza della Signoria, o para sorprenderte con la arquitectura del Palazzo Vecchio a tan solo unos pasos de la fuente. Ni hablar de El Duomo, una obra maestra de la arquitectura gótica y renacentista, imponente, una verdadera joya; tanto por su esplendor como por su valor artístico. 

Minako y Phichit no ocultaban su fascinación al pasear por las calles de tan bella ciudad, Otabek era menos expresivo, pero también se encontraba sorprendido, aunque exhausto de encontrarse siempre rodeado de turistas entusiastas. Aún así guardó la compostura y no manifestó más expresión que su acostumbrado semblante tranquilo y serio. Eso hasta que vio al David de Miguel Ángel: nada los había preparado para eso, ninguna fotografía.

Los detalles lo hacían parecer vivo: Su mano derecha sujetaba el arma con la que posteriormente se enfrentaría a Goliat y las venas en el dorso se marcaban como si la sangre corriera furiosa, preparándose para tal hazaña. 

—No está circuncidado —dijo Minako mirando fijamente la entrepierna de la escultura.

—¿Qué? —preguntó Phichit algo descolocado por el comentario.

—David era judío, debería estar circuncidado. 

—No creo que a mucha gente le llame la atención precisamente eso —dijo Otabek uniéndose a la conversación.

—¿También crees que lo tiene chico? —preguntó Phichit—, es una pena con esas manos tan grandes. 

—¿En serio estamos hablando del tamaño? —cuestionó Minako alzando una ceja—. Realmente los hombres le dan demasiada importancia a su pene, más de la que realmente tiene. 

—Pero siempre es bueno tener un tamaño respetable, ¿qué opinas tú, Otabek? —preguntó Phichit entre risas. Otabek simplemente alzó los hombros, pero dibujó una sonrisa minúscula y orgullosa, que alcanzó a ser percibida.  

Las últimas paradas que hicieron en Florencia fueron en el Ponte Vecchio y la galería Uffizi, donde disfrutaron de enormes salas llenas de arte. Minako quedó maravillada con las obras de Botticelli, especialmente con La Primavera, un cuadro lleno de detalles y que cuenta una historia mítica, Phichit se decantó por las obras de da Vinci, especialmente por La adoración de los magos, pese a que estaba inacabada. Otabek deseaba ver la Medusa de Caravaggio y aunque gustó de la obra, el tamaño tampoco era lo que se esperaba. 

Y después de aquellos días llenos de arte, que parecieron sólo un pequeño paréntesis en su viaje, abordaron el tren que finalmente los llevaría a Roma. 

❄❄❄❄❄❄❄❄❄❄

Una semana había cumplido Víctor desde su arribo a la ciudad del Vaticano. Una semana en la que había sido completamente acaparado por Bellamy, quien le había dejado poco espacio para moverse por el lugar y buscar a los hombres que se habían convertido en su nuevo objetivo: los cardenales Olivier y Castellanos. El cardenal Olivier era uno de los cardenales a cargo del Dicasterio para la comunicación y, según la información que Bellamy le había proporcionado en sus largas conversaciones post sexo, había tenido un largo romance con un sacerdote ya fallecido. El cardenal Castellanos, por otra parte, ocupaba el cargo de secretario de estado, era uno de los hombres más cercanos al papa y quien guardaba en su poder los archivos más comprometedores de la curia. Bellamy siempre había ambicionado obtener ese poder por lo que había investigado muy bien las debilidades del cardenal Castellanos y Víctor sabía que él encajaba como guante en aquellas debilidades. 

El mismo Bellamy le propuso un acercamiento con Castellanos, uno que lo ayudara a precipitar su renuncia. 

—Tando decías que me extrañabas —dijo Víctor después de saborear una copa de vino blanco mientras oía la propuesta de Bellamy—, y finalmente solo me has traído para utilizarme.  

—Nos conviene a ambos. Si logras que Castellanos se vuelva loco por ti lo tendré en mis manos. 

—Sí, nos conviene, pero soy yo el que tendrá que hacer el trabajo sucio y llevarlo a mi cama. ¿No te parece repugnante que deba acostarme con un anciano decrépito? —preguntó mientras se servía más vino.

—Será solo una vez,  solo necesito una imagen, un vídeo, para que deba aceptar que es demasiado mayor y renuncie, después de proponer mi nombre como sucesor por supuesto. 

—¿Y exactamente qué obtengo yo?

—¿Qué te parece ser el encargado de una de las secciones de la secretaría? —preguntó Bellamy acercándose a Víctor, acariciando su cuello y respirando su aroma—. ¿Qué te apetece más? ¿Asuntos Generales o Relación con los Estados? 

—Lo pensaré —respondió dejando que una suave risa saliera de su boca, pero luego se alejó de Bellamy y caminó hacia la ventana de su alcoba, con la copa aún entre sus dedos—. Sin embargo, si sigues acaparando mi tiempo no podré conocer a nadie, ni siquiera a Castellanos. 

—Oh, no te preocupes por eso, pronto tendrás la oportunidad perfecta. El cumpleaños de Su Eminencia es dentro de cinco días y varios cardenales iremos a su residencia. Por supuesto, tú irás conmigo. 

—¿Seré su regalo de cumpleaños? 

—Ven aquí —dijo Bellamy después de reír ante la pregunta de Víctor—, dejemos de hablar sobre esto, te deseo.

Víctor bebió de golpe el vino blanco de su copa antes de dejarla abandonada sobre el escritorio. Necesitaba adormecer sus sentidos con alcohol para lo que venía.

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