En el nombre de Dios, a quien tanto odio (18)


Capítulo 18: En Roma

Víctor llegó al aeropuerto internacional Leonardo da Vinci a las diez de la mañana. Lucía cansado por el largo viaje, las ojeras delataban que no había logrado dormir casi nada, todo por culpa de los pensamientos que no lo dejaban descansar:  Los recuerdos se entretejían con las elucubraciones sobre lo que se avecinaba. 

El viaje de Víctor había sido largo y antes de llegar a Roma estuvo varias horas en el aeropuerto de París, Charles de Gaulle, allí fue sorprendido al saber que Notre Dame había ardido mientras él volaba.

Suspiró, un edificio inanimado no era la iglesia, pero tampoco se podía hacer una separación tajante entre la obra arquitectónica y artística de la religión que concibió su nacimiento. De todos modos, esa no era la iglesia que él deseaba que ardiera. 

—Deberían arder aquellos que utilizan el poder que les confiere hablar en nombre de Dios para hacer los que les place sin pagar las consecuencias —susurró al reflexionar sobre la noticia. 

Ya en el aeropuerto de Roma, después de haber recogido su equipaje, salió a la sala común, un sacerdote lo esperaba allí.

—Monseñor Nikiforov, bienvenido a Roma. Mi nombre es Ferran Vila y también soy consejero de Su Eminencia —dijo con formalidad—. El cardenal Bellamy se disculpa por no venir personalmente a recibirlo, pero fue convocado por el Santo Padre. Aunque no sé porque un cardenal debería venir personalmente a recibir a un consejero. —El tono de fingida inocencia no pasó desapercibido para Víctor, pero lo ignoró.

—¿Tendrá esa reunión relación con lo acontecido en Notre Dame?

—Sí, ha sido un hecho lamentable y aunque la catedral es responsabilidad del gobierno francés, no deja de ser un símbolo del cristianismo, por lo que el papa está considerando hacer una donación para su reconstrucción. Ahora se encuentra reunido con varios cardenales y con el embajador de Francia. 

Víctor escuchaba las palabras del sacerdote mientras lo observaba en detalle; joven y atractivo, probablemente la entretención que Bellamy había conseguido para reemplazarlo mientras estaban separados. Una sonrisa sardónica se posó en sus labios, en todas partes era la misma basura: dinero, sexo y poder eran los nombres de los dioses que adoraban, la verdadera Santísima Trinidad.




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Phichit, Minako y Otabek también habían viajado ese día, pero por precaución abordaron otro avión y tuvieron un itinerario diferente. Llegaron con documentación falsa al aeropuerto de Malpensa, Milán, después de entrar a Europa por el aeropuerto de Ámsterdam.

Estarían tres días en Milán y luego se desplazarían utilizando la red local de trenes hasta llegar a Roma. Víctor se había autoimpuesto el límite de tres meses para jugar sus cartas en el Vaticano, estaba cansado y quería acabar con todo lo más rápido posible. 

Sabían que Víctor estaba dispuesto a vender su alma al diablo con tal de acabar con esos sacerdotes y, por diversos motivos, ellos también lo estaban.

—¿Qué les parece conocer Florencia antes de llegar a Roma? —preguntó Minako mientras caminaban con sus maletas fuera del aeropuerto. Phichit y Otabek la miraron como si quisieran regañarla—. ¿Por qué me miran así? El primer contacto con Víctor será dentro de quince días, tal vez más, no tenemos prisa…

—Creo que tienes razón —dijo Phichit luego de pensarlo un poco. 

—Bien, armaré un bello itinerario. Algo bueno podremos contar de este viaje —respondió Minako decidida.




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Ferran Vila dejó a Víctor en su nueva habitación, un cuarto espacioso y con mucha iluminación natural. El mobiliario era de madera oscura; una cama amplia, un enorme ropero, un hermoso escritorio y dos sillones junto a una chimenea. Dejó su maleta en un rincón y fue a tomar una ducha en el baño privado adjunto a su habitación. Estaba cansado y por el momento solo quería tomar una larga ducha y dormir. 

Después de veinte minutos bajo el agua tibia se envolvió en un bata y secó su cabello con una toalla pequeña, quitando con ella el agua que escurría por sus delgadas hebras plateadas. Cuando salió del baño, aún envuelto en la bata de baño, encontró a Bellamy sentado sobre la cama. Los ojos del cardenal se iluminaron al ver a Víctor y una sonrisa se dibujó en sus labios. 

—¡Víctor! —dijo poniéndose de pie y acercándose a él—, al fin estás aquí —murmuró mientras acariciaba el rostro del obispo. 

Bellamy lo besó y desató la bata que lo cubría, pero Víctor se alejó de él y volvió a ajustarse el cinturón de algodón.

—Estoy cansado, el viaje fue largo y ahora quiero dormir. 

—No me pidas que espere más de lo que ya he esperado, mi lucero. Te he extrañado tanto.

—Tanto que tienes por amante al sacerdote que enviaste por mí. 

—Él es solo un pasatiempo, jamás podría compararse contigo. 

—Si quieres que te reciba en mi cama deshazte de él. No quiero a tus molestos amantes rondando cerca de mí. 

—Víctor…

—Mientras esté aquí quiero ser el único. Ahora vete, necesito dormir, hablaremos después, Cardenal. 

Bellamy apretó la quijada y empuñó sus manos, no le gustaba ser rechazado de esa manera y Víctor lo sabía, era jugar con fuego. Pero no quería, aún no quería que la calidez del cuerpo de Yuuri recibiendolo muy dentro de él, envolviendo su carne, fuera reemplazada. Quería aferrarse con fuerza a los últimos recuerdos de su Yuuri; sentir el tacto de sus manos al acariciarlo, ver sus ojos mirarlo colmados de amor y escuchar sus gemidos salir de su boca entreabierta mientras lo tenía aprisionado bajo su cuerpo. 

Bellamy caminó hacia Víctor, quien terminó acorralado entre el cuerpo del cardenal y la pared blanca junto a la cama.

—Está bien —dijo el mayor con voz suave, aunque en su mirada se notaba la rabia por el desplante. Acarició el cabello de Víctor, enredando sus dedos en el pelo húmedo—. No quiero discutir contigo el mismo día en que has llegado, descansa; me encargaré de que Ferran no vuelva a aparecer frente a ti, pero después harás lo que yo quiera, como siempre lo has hecho.

—Claro —respondió Víctor con una sonrisa en sus labios y sus ojos brillando—, tus deseos son órdenes.

Bellamy acercó sus labios a la boca de Víctor y lo besó. Lo besó con fuerza, con rabia, mordió sus labios y penetró su boca con ímpetu. Víctor respondió con los ojos abiertos y la mente en blanco, expulsando los recuerdos que antes había querido retener, se negaba a mezclar a Yuuri con ese hombre. 

—Vendré pronto, lucero —dijo Bellamy al terminar el beso. 

—Lo estaré esperando, cardenal —respondió Víctor sin perder la sonrisa. 

Cuando la puerta de la habitación se cerró y Víctor quedó a solas, las lágrimas aparecieron de la nada. Se llevó la mano sobre su rostro y se sorprendió al sentirlo húmedo, no sabía que tenía tantas ganas de llorar. 

No quería llorar.

Se limpió el rostro con furia y corrió al baño, lavó su boca y sus dientes, sintió el asco moverse como olas furiosas dentro de su estómago y vomitó; vomitó hasta sentir su esófago ardiendo producto del ácido, hasta que el sabor agrio se instaló en su faringe y en su lengua:

—Lo mataré, lo mataré, lo mataré…

❄❄❄❄❄❄❄❄❄❄

—Pueden irse en la paz del señor —dijo el padre Yakov para dar por terminada la liturgia.

—Demos gracias a Dios —respondieron a coro las personas allí presentes antes de comenzar a retirarse. 

Yakov y el monaguillo que lo asistió entraron a la sacristía para guardar las cosas utilizadas durante la ceremonia. El niño se despidió rápido ya que debía alcanzar a sus padres y Yakov se demoró un poco más antes de salir de la sacristía.

Al salir vio a un joven desconocido sentado en una de las bancas, al sacerdote le llamó la atención puesto que conocía a todos sus feligreses, era un pueblo pequeño. Se acercó y él se puso de pie, le dedicó una sonrisa y extendió su mano para saludarlo:

—Padre Yakov, tenía muchas ganas de conocerlo. 

—Bienvenido a mi parroquia —respondió el sacerdote devolviendo el saludo, tomó la mano del joven y esperó a que se presentara.

—Mi nombre es Yuuri, Víctor me dijo que le contó sobre mí. 

Yakov miró tras Yuuri, pensando que de un momento a otro Víctor aparecería, pero al no verlo volvió a centrar su atención en el muchacho.

—Sí, me contó sobre ti, sobre ustedes y lo que han tenido que vivir. ¿Por qué has venido solo?, ¿le ha pasado algo a mi hijo? 

—Víctor… él se encuentra en Roma —respondió con su sonrisa temblando y sus ojos ahogados en lágrimas. 

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