En el nombre de Dios, a quien tanto odio (17)


Capítulo 17: El inicio del fin

Se respiraba la tensión alrededor de la mesa redonda de madera oscura que compartían las siete personas reunidas, todas bajo el propósito de acabar con la cúpula corrupta de la iglesia católica. 

—Otabek, ¿puedes conseguir identificaciones falsas para Phichit, Minako y tú? —preguntó Víctor con sus ojos fijos en el moreno—. Necesito que los tres estén en Roma junto a mí.

—Dalo por hecho —respondió. 

—Yo también iré —dijo Yuuri mirando a Víctor con el entrecejo arrugado por no ser considerado.

—No, tú te quedarás aquí bajo la protección de Yuri —contestó Víctor en un tono de voz que no admitía réplica. 

—¿Y yo simplemente debo obedecerte? —cuestionó Yuuri indignado.

—Sí —fue la declaración de Víctor que esperaba zanjar la discusión. 

Yuuri se puso de pie y se retiró sin decir nada más, pero lucía completamente furioso.

—Eres un idiota —dijo Yuri mirando a Víctor—, sabes que él siempre ha querido acompañarte en los momentos difíciles.

—Lo sé y lo entiendo, siento lo mismo cuando se trata de él. Pero no podré llevar a cabo mi papel si estoy preocupado porque Bellamy lo descubra —respondió mientras quitaba el cabello que cubría parte de su rostro—. Necesito saber que él está seguro, necesito que cuides de él, Yuri. 

—No necesitas pedirlo. —Víctor asintió y luego volvió a concentrarse en la tarea que tenían por delante, su atención se desvió a Phichit.

—Necesito que hagas copias de la evidencia que tenemos.

—Cuenta con ello.

—Sara puede hacerse cargo de algunas copias —intervino Minako—, ella es de mi completa confianza y trabaja en un medio importante, en cuanto la noticia estalle sabrá qué hacer con esa información. 

Víctor estuvo de acuerdo con la periodista y luego miró a Christophe.

—Chris, te dejaré a cargo de todo, serás mi representante en el Arzobispado.

—No puedo decir que me guste la idea —respondió el sacerdote—, pero sabes que haré lo que sea por ti. Y no necesitas chantajearme con los secretos que me guardas, querido. 

—Lo sé… y sabes que tampoco lo haría.

Víctor y Christophe se sonrieron con complicidad, ambos recordaron la ocasión en que Víctor le había le había advertido que le cobraría el favor de guardar el secreto de su relación con Masumi. Al final, fue la amistad genuina entre ambos lo que prevaleció entre ellos.

—Gracias por todo —dijo Víctor mirando a sus compañeros—, tenemos veintisiete días para preparar todo antes de mi partida al Vaticano. 

—Cuenta con nosotros —respondieron los demás.

—Ahora ve con Yuuri, seguro que quiere despellejarte vivo —dijo Yuri con una sonrisa burlona en su rostro.

Víctor suspiró derrotado, sabía que las palabras de Yuri eran ciertas.



❄❄❄❄❄❄❄❄❄❄

Víctor entró a su dormitorio, Yuuri lo esperaba allí, junto a la ventana abierta. Miraba el cielo nocturno mientras el viento mecía sus cabellos negros.

—Yuuri, amor… —dijo Víctor, se acercó despacio a él, hasta ubicarse a tan solo unos cuantos pasos de distancia.

—Me trataste como si fuera un inútil —declaró Yuuri. Luego se giró para quedar frente a Víctor y el sacerdote pudo ver el fuego furioso que refulgía en los ojos castaños que lo miraban afilados—. Me hiciste quedar como si fuera el único de nosotros que es incapaz de aportar algo  a nuestra causa.

—Lo siento, tienes razón —respondió Víctor, bajó la mirada avergonzado—. Debí discutirlo contigo a solas antes de descartar tus deseos de esa manera.

—Debiste escuchar mi opinión, Víctor. Yo quiero ir contigo…

—Lo sé, pero no puedo aceptarlo. 

—Iré de todas maneras, no puedes evitar que tome un avión a Roma aunque quieras. 

—Yuuri, por favor… —los ojos de Víctor temblaron y su mirada se cubrió con un manto acuoso. Una solitaria lágrima se derramó sobre su piel—. Por favor, no vayas. 

—¡Quiero estar contigo! Quiero ser tu fuerza.

Víctor no se contuvo y cubrió el cuerpo de Yuuri en un abrazo entrañable, fuerte y protector.

—Eres mi fuerza, Yuuri, siempre lo has sido. Sin ti siendo la luz de mi vida no sé qué habría sido de mí.

—Entonces permíteme estar allí contigo.

—Cariño, necesito saber que estás bien para poder seguir actuando como hasta ahora —respondió tomando el rostro de Yuuri entre sus manos—. El solo pensar que Bellamy pueda descubrir tu existencia me aterra.

—Víctor…

—Yuuri, amor, necesito saber que estás bien para que sigas siendo mi fortaleza. Necesito saber que me esperas para desear volver… por favor.

Más lágrimas escaparon de los ojos azules que lo miraban suplicantes. Había amor en ellos, un amor que se mezclaba con miedo.

—Está bien —cedió finalmente—, pero debes prometer que te mantendrás a salvo y volverás pronto.

—Gracias, cariño. Volveré lo más pronto posible junto a ti.

Los brazos de Yuuri se alzaron y sus dedos secaron las lágrimas que el sacerdote había derramado.

—Cuando lloras me dan ganas de hacerte el amor —le confesó. 

Una leve sonrisa se dibujó en el rostro de Víctor, entendía muy bien a lo que Yuuri se refería, para él también era así: Aliviar la tristeza y confortar el corazón, acariciar el alma a través del cuerpo. Hacer el amor era una experiencia que podía vivirse desde muchas perspectivas.

—Soy tuyo, Yuuri —contestó para luego besar el dorso de la mano derecha de su amante. 

Y los ojos castaños volvieron a brillar con fuego.

❄❄❄❄❄❄❄❄❄❄

Yuuri vio pasar los días más rápido de lo que hubiese querido. Sabía que Víctor había soportado muchísimo dolor para llegar a la posición en la que se hallaba, como uno de los hombres más poderosos dentro de la iglesia católica a nivel nacional y a un paso de instalarse en la ciudad del Vaticano. Era lo que querían, pero por un momento Yuuri deseó que las decisiones que tomaron hubiesen sido diferentes, que pudieran ser libres de todo ese pasado asqueroso, ser felices, amarse. 

—Pronto todo acabará —se dijo, intentaba convencerse de que tras todo el sufrimiento podrían encontrar la paz. 

Necesitaba creerlo y necesitaba pensar que sería pronto porque aunque nadie más lo notara, él sabía que Víctor estaba a punto de romperse: A ojos de todos el sacerdote actuaba normalmente, mantenía una actitud fría y calculadora a la hora de tomar decisiones y dar órdenes, pero las pesadillas eran recurrentes y cuando estaban a solas podía ver la fragilidad que se ocultaba tras la coraza que solo él tenía permitido cruzar. Yuuri estaba seguro que Víctor se había propuesto soportar hasta el momento en que pudiera revelarle al mundo la inmundicia que había en la iglesia católica, sabía que su voluntad no flaquearía hasta conseguirlo, pero temía lo que podía suceder después.

Era ese temor el que lo hacía desear ir hasta Roma, pero ese mismo temor le indicaba que era mejor obedecer a Víctor si no quería poner un peso mayor en sus hombros y si quería darle un motivo para regresar. 

Yuuri se sentía impotente, pero no podía más que confiar en Víctor y en que su propio plan diera resultado. 

La última noche antes de abordar el avión que lo llevaría a Roma, Víctor se mostró totalmente apasionado. Parecía que su deseo de poseer el cuerpo de Yuuri, de amarlo, se había exacerbado ante la inminente distancia que habría entre los dos. Y Yuuri dejó que hiciera todo lo que quiso, se dejó tomar de todas las maneras en que Víctor quiso poseerlo, se rindió a los brazos de su amante y se entregó sin reservas. 

Yuuri dejó que Víctor saciara su sed con su cuerpo, que marcara su piel con besos, con caricias, dejó que se adentrara en lo más profundo de su ser, que le hablara sin palabras en aquel lenguaje que escribían sus dedos y su lengua como si fuera música sobre su cuerpo caliente, canto de sirenas entre gemidos y jadeos. Se deleitó con el “te amo” que brillaba en sus ojos cuando lo miraban con absoluta devoción y se dejó morir entre sus brazos para renacer bebiendo el mismo aire que su amante. 

—Víctor, te amo —dijo Yuuri, el cuerpo sudado de su amante descansaba sobre el suyo.

—Cuando todo acabe quiero visitar al padre Yakov —susurró Víctor.

—Me gustaría conocerlo —respondió Yuuri mientras acariciaba el cabello de Víctor.

—Debo despedirme de él…

—¿Despedirte? —preguntó con los ojos ligeramente entrecerrados al percatarse del tono monocorde de Víctor, quien parecía estar hablando para sí mismo. 

Yuuri apretó los labios, pero después rodeó el cuerpo de Víctor con brazos y piernas, levantó el rostro del sacerdote y lo miró a los ojos mientras se movía sugerente bajo su cuerpo.

—Hazme el amor otra vez, Víctor… quiero que me lleves grabado en tu piel.

—Mi Yuuri —susurró mirando sus ojos castaños.

—No quiero que te olvides de que debes regresar por mí —dijo para luego jalar su rostro y dejar un apasionado beso sobre sus labios, lo que provocó la reacción inmediata de Víctor, quien respondió con la misma pasión desviviendose en los labios de su amado.

Y Yuuri no lo dijo, pero en silencio suplicaba que Víctor tampoco olvidara que el primer deseo que ambos tuvieron cuando decidieron estar juntos fue el de algún día vivir su amor con libertad.

«Algún día viviremos felices juntos», repitió Yuuri aquella antigua promesa dicha bajo cielo nocturno. 

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